lunes, 30 de marzo de 2020

Qué manera tan bonita de romperte.

Me hacen falta exactamente tres notas de aquella canción para traerte de vuelta.
Los vuelos transoceánicos están sobrevalorados, igual que las llamadas de madrugada.

En los tiempos que corren se ha revalorizado el cyberencuentro y yo,
entre el vacío emocional y el poco contacto humano, te extraño más de lo que quiero reconocer.

Lunes de radiocassette y roto por dentro ha sonado veinticuatro veces en lo que va de tarde- algunos dirán que soy masoquista.
Esto que suma un total de sesenta valiosísimos minutos canjeados en la evocación de tus manos tejiendo melodías sobre mi cuerpo.
Desconozco el motivo por el que elegiste una manera tan bonita de romperte, pero aquella fue la banda sonora de nuestra semana grande- la última, antes de desaparecer.

Siempre me preguntaron si tenía algún don extraordinario y a esto no puedo llamarlo don; ni siquiera podría calificarlo exento de ordinariez,
pero si tuviera que decir una cualidad peculiar que me defina es la de traerte de vuelta a golpe de canciones.

Aquel abril te habías dejado el acento colgado en el perchero de la entrada, las gafas sobre el microondas y ahora recuerdo que no terminabas de deshacer el equipaje.
Te gustaba pasear las plantas de los pies desnudas por el parquet y nunca nunca tuviste frío por las noches.
Decías que podríamos durar dos vidas en el norte, que para sur ya nos teníamos a nosotros.
Que el encierro podría sacar nuestra parte más creativa pero tenías miedo a que destapase todos tus demonios y no quedase sitio suficiente bajo la cama.

Las horas pasaban a nuestro antojo y yo me empeñaba en adornarlas con tés de media tarde.
Tú pusiste las cuerdas de mi guitarra a rendirme pleitesía.
Te inventaste aquello de que era tu propia roine de coeurs y me ganabas todas las partidas de parchís a grito de quedate a dormir.
En un sofá de metro y medio: tu metro noventa y yo.

Creo que fue entonces cuando me enamoré de las letras de Tarque, leyéndolas desde tus ojos.

Hay alguien en la radio-que me quiere mal-y debe adorarlo de sobre manera porque basta que sea miércoles, domingo o ambos a la vez, para que aparezca su voz y la fortaleza que creí encontrar en la pérdida desplome mis cimientos.

Las letras de Tarque siempre vuelven a mis oídos teñidas de tu voz.
Los tés siguen adornando mis tardes.
Y aquí estoy, otro año más.

Pero ya no me resultan familiares las cuerdas de mi guitarra.
Ni quedan restos de huellas descalzas sobre el parquet.
Ahora salgo a la calle sin luz y me invade el frío.

Los periódicos de mañana rezarán algo así como que Carolina nunca estuvo en sus cabales.
Tan loca como para partir su corazón con unas gotas de sopa demasiado fría como fue tu recuerdo.

Así que antes de lamentar las heridas de los martes tengo que pedirte algo:
Deja de ser mi antihéroe, porque me estás atrapando otra vez- y ni tú ni yo queremos una mancha negra en una historia que se quedó en borrador.

A pesar de todo, gracias por las formas y maneras.

Gracias por los días que vendrán.


a A., por la inspiración.


domingo, 29 de marzo de 2020

Allí estaba ella.

Como Wendy, dándole a Peter el beso de la despedida
-y llamándolo dedal.
Así fue exactamente como se sintió ella en medio de toda la movida.

Dejando de llamar a las cosas por su nombre y encontrando de todo antes que la salida
de algún tugurio mal avenido donde caerse muerta, y darse por servida.

Fue como si aquel cuento extraño, manido y ultrajado,
como si aquella pesadilla que daba de bruces con una realidad fingida,
fuera con todos menos con ella.

Y que ella se sintiera la excepción de toda regla.

Como si los días previos no fueran sino el entrante de lo que se avecinaba.
Y el ruido del ralentí ayudara a mantener la calma a todo hijo de vecino.

Como si toda la rabia contenida, que callas en un beso, que cambias por cien pesos
y que se pierde en el espeso de tu mirada, saliera a flote
para detonar el caos sobre los semblantes impacientes de todos los que la miran.

Y que el polvo de después, sempiterno, supiera a medio camino.
A medio gas de un sentimiento polvoriento y manido.
A un casi que llega siempre en mitad de la huida hacia ninguna parte.

Las migas se quedaron en la mesa mucho después de las cuatro,
víctimas, testigo y presas de toda fiesta de domingo.
En el fondo del vaso, el agua que fuera el hielo y algo de sueños no servidos dentro de la botella.

Fue como si Cenicienta no terminara de llegar al baile porque se entretuvo con el naranja del cielo.
Como si la siesta de Aurora se postergara durante eones
y las palomas de nuestra querida Blancanieves tuvieran que salir para recordarnos
lo bonito que era estar en las nubes.
Fue como si Bella arrancase las páginas de sus libros favoritos para volverlos eternos.
Porque nunca nadie le explicó las dimensiones de la eternidad.

Como si la noche, tan esperada, nos pillara desprevenidos
en mitad de un huracán de sinceridad y miedo.
Y todo por lo que un día luchamos ahora se tornara volutas de humo sobre el sucio de las ventanas.
Sin hoguera alguna a la que echarle las culpas.

Y allí estaba ella.

Campanilla se secaba las lágrimas, y jugaba a ser de nadie.
Campanilla decía que mañana,
que los domingos eran los días comodín
y que su locura no sabía atender a razones.

Y entre broma y broma, dejaba asomar los sueños que le quedaban para sentirse princesa
y volvía a recomponer su inmenso corazón.

Allí estaba el fuego que la volvió hielo
y dejó las quemaduras para los siguientes capítulos de todos sus desvelos.
Y la luna, que lejos de susurrarle todos los porqué la sumió en un océano de dudas.
Embravecido e incesante.

Pero ella nunca había dejado de quererse -aún más cada domingo.
Y más incluso durante las madrugadas.
Cuando se desvestía de temores y la cabeza la dejaban ser.

Cuando por fin podía volver a volar sin necesitar aquel maldito polvo de hadas.






lunes, 23 de marzo de 2020

Paidós-

Es inevitable que en estos días me acuerde de las personas que me lo han hecho todo más fácil.
Me refiero a este año.

Ha sido un año de cambios, de retos, de resiliencia.
Ha sido uno de los años más bonitos de mi vida.
Y parte de la culpa la tienen las personas.

Todas las vidas con las que coincidí estos últimos meses, tanto queriendo como sin querer.
Sabiendo que pasaban por mis días de manera transitoria pero queriendo llevarme de algunas de ellas, los mejores recuerdos.

No voy a engañaros. Tanto tiempo de encierro da para pensar, y mucho.
Quizá antes se pensaba al mismo nivel, pero al repartir las atenciones entre tanta actividad de rutina no le dábamos la importancia requerida a nuestro mundo interior.
Puede que haya llegado el momento de cuidarlo y darle mimos para conseguir unos frutos maduros y consonantes con lo que somos.

Mientras tanto, hasta que esos frutos aparezcan con los albores de un verano que amenaza con saltar el año, yo me quedo con las gracias.

Las gracias que le di a cada una de esas vidas a las que me refería antes- porque era lo mínimo que podía regalarles antes de cada despedida.

En especial a una de ellas:

Una vida que luchó contra viento y marea durante siete funestas mañanas para que su pasión terminara ocupando un cuarto de mi tiempo. Para que disfrutara y aprendiera a partes equiparables sabiendo que si no existen las respuestas, siempre pueden inventarse.

Gracias por la paciencia, por las ganas incansables y por tu sonrisa- siempre será una de las más sinceras con las que me choqué.
Gracias porque, por personas como tú, el mundo es maravilloso, y brilla, y nos levantamos tras cada caída.
Gracias por enseñarme cuál es el secreto del tesón.
Gracias por poblar mi vida durante siete días de sueños.

Por llegar y aterrizar de manera inverosímil. Creo que debes saber que vas a tener un rincón para siempre en mi memoria y en mi corazón.
Aunque llueva, aunque no existas más que en formato recuerdo. Aunque no volvamos a vernos.
Nunca.

Gracias por existir.



A G., por regalar vida.

Crónica de una cuarentena.

Tras semana y media de encierro, no sé si nos están sirviendo de algo estas medidas de confinamiento sin parangón.
Que estemos tan cerca y a la vez tan sumamente lejos no tengo muy claro si suma, resta o si nos deja en el mismo limbo espacio-temporal a cada uno de nosotros. Al mismo nivel de desesperanza.

Pero hay una cosa clara.
Esto se nos había ido de las manos mucho antes, incluso, de empezar.

No soy de esas que malgaste oportunidades.
De hecho, eso del carpe diem siempre ha sido una de mis máximas favoritas- aunque con algunos matices.
Claro que tienes que vivir el presente, claro que debes aprovechar todo lo que la vida ponga en tu camino; pero siempre sin quitar la vista del horizonte.
Sabiendo que todo empieza pero todo tiene también su ocaso en cada final del día. Y poniendo de tu parte. Remando con fuerza y sin pausa para alcanzar la meta que en su día te propusiste.

Y no hablo de ponernos en manos de un destino caprichoso, ni de anhelar tanto con una fuerza sobrehumana para que lo divino lo deposite a nuestros pies.
Hablo de vida.
De la que se pierde, de la que se gana, de la que se busca.
Hablo de todas las vidas que respiran junto a nosotros, y de las que estamos tomando conciencia de que están.
Quizá llegamos tarde.
Pero mejor tarde que nunca, ¿no creen?

Solamente puedo exponer mi caso. Porque a pesar del aflujo de cariño y nuevas telemáticas estos días, no tengo vísceras ni ganas para poner el futuro de nadie sobre el papel.
Desde mi ventana hace días que no veo amanecer. No sé si se ha apagado la mecha que encendía los días. No sé si se han fundido los plomos del bullicio matinal.

Últimamente ese horizonte está borroso. Velado por una cortina de agua, que ni Dios sabrá de dónde ha salido.
Hemos perdido la línea que une el cielo con el mar y ya no hay sol que corone ese límite.

Durante estos días muchos seguimos llevando ese carpe diem  amarrado al cuello y gritamos que podemos con todo para no ahogarnos con el propio peso de la pena.
Pero, lo cierto es que esta cadena de eslabón megalítico comienza a pesar más que cualquier avistamiento de futuro- por incierto que pudiera parecer.

Estamos atravesando un presente lúgubre e intimista en el que vivimos con miedo a que la tempestad, que nos está sobrevolando las ideas, traiga una tormenta de mayor envergadura.

Y ahí arriba están, espero que descansando, todas las vidas que se ha cobrado la dichosa partícula infinita y omnipresente.

Todos aquellos que, víctimas del sistema, ya no volverán a reír entre nosotros.
A muchos les ha faltado una despedida digna- pero allí estaban los héroes con bata. Para sostener sus manos e intentar no derrumbarse ante tanta ruina.

Ahora entran más rayos del sol por las ventanas que ningún otro marzo. Como si aquellos que ya no están estuvieran urdiendo un plan supremo para que no decaiga el ánimo.

Ahora que el confinamiento es dueño y señor de todas nuestras rutinas, los pulmones de la tierra han comenzado a respirar aire limpio y nosotros, a base de golpes, hemos empezado a entender el valor de un beso.

Nos hemos demostrado que toda locura puede quedar contenida en las cabezas para siempre, pero que si se comparte, pasamos por cuerdos.

Hemos sacado de los cajones todos los recuerdos por temor a que los que estamos construyendo sin darnos cuenta no nos sean suficientes.
Por tener algo que contar cuando todo esto acabe.

Si no fuera por que desde esta ventana, que se ha convertido en guía de todo, observo el vuelo que trajo consigo la primavera, pensaría que alguien nos está gastando una broma de mal gusto y ha pulsado pause y mute a la vez para hacer medrar todo nuestro silencio.

Y desconozco si enteros, pero que vamos a salir de esta, lo tenemos todos claro.




martes, 17 de marzo de 2020

Otros ‘20 que no pisamos Nueva Orleans

Fue una noche de jueves de otros años veinte pero sin tener Nueva Orleans a nuestros pies.

Quedamos a las veintidós en la puerta de un garito.
En la calle en que se confunde un día con el siguiente,
una especie de bucle temporal que da la bienvenida a todo hijo de vecino.

La barra rebosaba complicidad. Y eran las luces tenues y vetustas las que obraban magia con aquel lugar.
He de confesar que nuestro atuendo desentonaba con la escena pero en mi defensa diré que nadie nos avisó de que viajaríamos a otra época. Nos faltaba el vestido vaporoso, los tacones de salón y la plumaria en el pelo. Nos faltaban los guantes del Put the blame on mame.
A ellos les faltaba el traje de tweed y el sombrero de ala corta.

El brandy corría por las gargantas como único consuelo de un encierro inminente y las dos de la madrugada nos pillaron demasiado sonrientes.

Esperamos entre risas a que la sala colgase el cartel de completo y engañamos a la luna para no volver a casa solos una vez más.

Aquella noche no se veían las estrellas sobre la ciudad. Creo que todas quedaron colgando sobre los acordes del saxofón del tercer rubio.
La presentación nos dejaba con ganas de más y las canciones fueron sucediéndose dejando maravillados a todos los presentes.

Y luego cantó un alma rota. Lo hizo escupiendo al desamor y llenando la garganta de todas las veces que pudo haber sido y no fue.
Cantó como canta quién sabe que puede erizarte la piel con una única nota.
Lento, melódico y conteniendo la última respiración acompasada.

Después de aquello nosotros volamos lejos, a otra vida. Pidiendo que esta comprara el pause permanece y dejásemos de existir.


Un adiós con trampa

Se esta acercando peligrosamente el temporal y no sabes si será bueno o será malo.
Lo único que tienes claro es que cuando llegue, todo será diferente.

Amenaza tormenta y él se ha llevado este y todos tus domingos.
Le dijiste que si las cosas no cambiaban, que si no sabíais querer(os) bien,
aquello debía terminar tal y como empezó, con un beso.

La lluvia se ha empeñado en esconder a la luna entre sus brazos y la tenue luz el domingo aún anda remolona entre las sábanas.
Quiere perseguir ese minúsculo ósculo.
El de la anunciada despedida.

Se ha ido y tú no sientes.
Ha cogido una mochila, una foto de los dos que descansaba sobre la mesilla y el cepillo de dientes de color azul.
Te ha dado el beso y ha cerrado la puerta tras de si.

Y me imagino tú cara de sorpresa.
Porque pensabas- o querías pensar- que estabais arreglándolo todo,
hasta el mundo.

Llevas la ni se sabe mirando el segundero del reloj de la cocina, con un té que hace cinco horas se quedó frío y unas galletas manidas.

Te duele.
Pero lo disimulas fenomenal.
Vaticinas una batalla demoledora con tu cabeza en la que los vencidos nunca volverán a llorar por lo vivido.
Porque ella te pedirá que sigas serena, y tú en el fondo siempre has sabido que te encantan las causas perdidas.

Los lunes dejarán de ser el peor día de la semana:
no llegaréis tarde a casa, ni terminaréis con cualquier serie hasta las tantas en el salón.

Los martes ya no os arreglaréis para bajar al japonés del centro.
Y las siestas de los miércoles tampoco se volverán paseos.

Los jueves no desayunaréis en la cama.
Aunque los viernes puede que se os siga acabando el mundo- a cada uno por separado.

Ya no notas el frío y me has contado que anoche te soñaste ante cuatro puertas cerradas con la necesidad de elegir.
No te pudo la incertidumbre aunque tu indecisión continuó queriendo ser la estrella de la película.
Como premonición de una despedida.

El invierno sigue haciendo de las suyas y a mí no me sale decirte que estás más bonita cuando sonríes, y que eres una luchadora.
Se acercan tus ganas por la calle Remedios y tú dices, sin ninguna emoción en el semblante, que siempre lo rompes todo.

Eres mi hermana, pero a veces, eres una idiota.
Deja de hacer pactos que luego no querrás cumplir.
Deja de decir adiós a lo bonito que te pasa.
Y no te pises los bajos de tus sueños.

Te abrazo, y sigues como perdida.
Veo caer un par de lágrimas y te lo tengo que decir.
Todo lo que pensaba.

Y me sonríes, volviendo a ser tú.

Cuando creo que vas a llamarlo para volver a escuchar su voz suena el timbre de la casa.
Y las dos sabemos, él está detrás de la puerta de la entrada.

Te veo hacer de tripas corazón y mesarte la melena. Intentas que no queden marcas de lágrimas y te ajustas el pijama.

-Perdóname- escucho desde la cocina.- Soy un egoista y he venido a decirte que me niego a que lo de esta mañana fuera una despedida. No me lo creo. No quiero creerlo. Te quiero, ¿sabes? Y me dan igual las peleas, si eres tú con quien la comparto.

Te veo sonreír de nuevo. Pero esta vez tu brillo en la mirada es diferente.
Le besas la mejilla y le susurras hasta siempre.




lunes, 16 de marzo de 2020

Ojos de gato

No entiendo qué tiene de malo expresar lo que se siente.
Vivimos en un mundo que grita eso de la libertad de expresión a los cuatro vientos
pero luego se ríe en nuestras caras al escucharnos hablar de los sentimientos.

Y esto provoca que nos invada la desconfianza y no nos escuchamos más que a nosotros mismos.
Nos da igual si lo que nos están contando tiene fundamento, si están poniéndole pasión o si nos hablan desde dentro, con el corazón en la mano.

Nos hemos asentado y acostumbrado a sernos solos, a vivir con ruido de fondo y en automático y son muchos los que han aparcado eso de sentir en la cuneta.
Ya nada nos parece bonito si no se conjuga desde mirarse el ombligo.

Y en este mundo escéptico, en plena era digital; entre tanto yoísmo, apareciste tú.
Con tus silencios.
Con tus sonrisas mal contadas y tus pocas ganas de matar siquiera a una mosca.

Has aparecido para hacernos creer en los cuentos. Para que recuperemos la confianza en los demás y desaprendamos el egoísmo.

Quiero que tú aprendas que la lucha eterna entre cabeza y corazón que tanto te quita el sueño es un suceso banal y prehistórico.

Te digo que he visto cabezas perder trenes por corazones rotos y billetes de ida hechos trizas al pie de los andenes.
He sido testigo de flores secas sin derecho a sentirse marchitas.
Y corazones aumentar la velocidad hasta frenar en la sístole de un suspiro.

He sido testigo de todas tus carreras.
Siempre a tiempo de alcanzar cualquier acorde para culminar el golpe maestro.

Te cuento todo esto porque es inevitable sentir miedo.
Si tienes miedo significa que tienes algo que perder pero, no que todo está perdido.

Así que abrázalo, al miedo, digo.
Cuéntale lo que has visto al oído.
Dile que claro que sabes sentir pero que aprendiste a ser trinchera a base de malos recuerdos.
Cuéntaselo todo, a ver que solución te da.

Seguro que te dice que confíes.
Que no pienses que no vas a sentirte solo alguna vez.
Seguro que te dice que te dejes llevar y experimentes.

Que tienes el alma bonita pero a pedazos.
Y las instrucciones para recomponerla están dentro de ti.




jueves, 12 de marzo de 2020

Pandemia

Marzo de norte.
Y otro doce que amanece gris.

Quiero pensar que pertenece a la rutina de la que nos han arrancado y no al mal presagio de lo que se nos avecina.

Ahora no puedo más que darle vueltas a la frase de que quién ríe el último, ríe mejor.
Porque nuestras carcajadas ya resonaban desde el día uno en que escuchamos en los telediarios que un  tal COVID-19 estaba comiéndose las vidas en China.

"Aquí no llega." "Hay muchos chinos." "Y estas epidemias son necesarias" 
son varias de las perlas  con las que pude mortificarme desde que esta pesadilla dio comienzos en un enero que ahora se me antoja lejano.

Unas semanas después el tal corona, cómo todo aquel que ambiciona el poder, se ha volatilizado y ha venido a rondar nuestra respiración agitada y a quitarnos el sueño.

Es una gripe, se pasa, no tiene cura. Hay que esperar. 
¿Pero y los que no lo pasan? 

¿Quién nos cura del miedo?
¿Quién nos rebaja la incertidumbre en el vaso que ya no sabemos si ver medio lleno o medio vacío?
¿Quién rellena ese mismo vacío?

Hace una semana veíamos circular millones de imágenes y otros tantos vídeos queriéndose atribuir las risas que provocaba esta minúscula organización proteica,
incluso éramos nosotros mismos los que fuimos propagándolas: persona a persona. 

Hace una semana no teníamos ni idea.
Decíamos ser conscientes de que el tiempo nos estaba adelantando por la derecha, pero no sabíamos que éste iba a ser un partido robado y no nos darían ni los tres minutos del descuento.

Hace unos días éramos ajenos a que el último año de la carrera nos iba a a cerrar la puerta en las narices por obligación,
éramos reacios a pensar que no seríamos bienvenidos ni una sola vez más.

Sin comerlo ni beberlo y con el corazón en agarrado entre las manos, ayer por la tarde llegaron a su fin seis años que algunos tendrán a bien describir como los mejores de nuestras vidas.

Seis años en los que a pesar del vuelo del tiempo, han ayudado a transformar las incertidumbres en certezas y a nosotros asustados, atolondrados e indecisos, en el proyecto de persona que hoy puede mirarse al espejo.

Comenzamos con la idea de salvar vidas. El típico tópico al que acompañan unas calificaciones brillantes y una visión segura de futuro.
Nos dejamos llevar por la inercia y hemos llegado hasta aquí, a base de sudor y lágrimas; pero también a base de risas, de descubrir, de compartir y de decir que aunque sepamos una mínima parte de la profesión para la que nos formamos, algo hemos aprendido sobre los secretos de la vida.

En la soledad de un encierro preventivo me da por hacer balance de estos últimos años y de dónde me veo en los venideros.
Todo lo que os cuente sobre los pasados no podrá hacerles justicia. Siempre serán mejor que lo que queda en el recuerdo.
El futuro lo veo como una página en blanco, en la que falta una historia. 

Sé que hemos escogido una de las profesiones más bonitas que existen.
Nadie dijo que no fuera sacrificada. Nadie nos dijo que el reloj se volvía adorno cuando se trataba de echar horas.
Nada, sobre que nos exigirían las respuestas para todo, ipso facto.
Nadie nos avisó lo fácil que se olvida eso de que los errores pertenecen a la condición humana, y que ésta nos viene de serie.

Por eso, y porque- aunque el mundo se empeñe en sacarnos al ring y acabar con nuestras ganas a golpe de knock out en un segundo asalto mal avenido- permitidme que hoy le escupa a la tristeza.

Estoy triste porque, aunque entiendo y comparto la prevención, me han arrancado de una rutina que se me antojaba maravillosa.

Y me invade el pánico al pensar en este ocaso tan inconcluso.

Y lo peor no es olvidarse de esta pandemia cuando pase- que pasará.
Lo peor vendrá cuando no seamos capaces de dejar volar al miedo y disipar la alarma social.
Porque es el primero, en realidad, quien ha asumido el mando de todo.


domingo, 8 de marzo de 2020

Contagiarse de la manera más bonita.

Una copa en la mano y la promesas de recorrer el mundo a hombros de una sonrisa.
Besos de Jägger, restos de barra de bar y labios.
Y veinticuatro carcajadas.
Mil bailes lentos a unas seis algo torpes hasta para nosotros y una ciudad a la que regresar.

El reloj traiciona al marcar las seis.
Cuando todo el universo se apaga y sólo quedan dos tontos jugando a contarse la vida.
Dos tontos abandonándose a los instintos que acaban por formar la mejor de las cuarentenas.

Como el adviento que acaba bien sin haber esperado ni tan siquiera señal o, una calma de pentecostés fantásticamente avenida.

Contadme qué puedo hacer yo con la manía de meterlo todo en el romanticismo de Liszt y remontarme a cuando los nocturnos eran solamente piezas de piano.
Qué hago con los acordes que prometen suspiros y con las madrugadas.

Qué hago yo que las noches tienen algo que enganchan y la vida me abre la puerta invitándome a pasar.


sábado, 29 de febrero de 2020

Guerra a destiempo.

Últimamente he tenido aquellos años más presentes de lo que debería.

Intento imaginar cómo fue vivir a finales del 36, durante un tiempo en que no importaba la sangre y las alegrías escaseaban más que las provisiones.
Un tiempo en que el único crimen y castigo era seguir vivo por unos ideales.
Unos ideales que igual se te olvidaban cuando veías sangrar al vecino de arriba y algo dentro te decía que toda ayuda era poca.

No sé si hubiera sido capaz de elegir bando en una guerra como aquella,
de volverme adulta tan deprisa.
No sé si hubiera sido capaz de pasar de puntillas por una guerra en la que no hubo
ni vencedores ni vencidos.
Fue una guerra que convirtió a las personas en soldados y a los soldados en almas perdidas.

He visto miles de imágenes de aquel entonces en mi afán de coleccionar fotografías antiguas y en ninguna he logrado encontrar la justificación de aquella lucha. He leído palabras de personas rotas que se sintieron traicionadas por el sentimiento de Patria pero que lo guardaron bajo llave para seguir respirando.

Y ahora, tanto tiempo después, siguen doliendo las heridas.
Siguen vivo el recuerdo de lo que entonces fue prohibido y las ganas de quedarse en el lugar de siempre continúan con nosotros.





Hablando de ti al espejo.

No te voy a mentir.
He venido a contarte cómo me va.
Aunque no quieras saberlo y ni siquiera queden restos de mi nombre en tu memoria.

Este año ha sido uno de los más importantes y más bonitos de mi vida.
Establecí prioridades y me siento contenta con lo que hago. Tengo cariño infinito de mi lado y todas las canciones que necesito para continuar mis pasos.

Sigo quedándome con el lado bueno de las cosas, aunque haya días que eso bueno se haga el remolón y no quiera salir de la cama un lunes por la mañana.
Sigo escuchando música de esa que calificabas de funeral porque sentirme rota me hace pensarme viva.
La que tú me enseñaste es el arma para descargar todas las energías negativas que pretenden lloverme.

Sigo diciéndole a todos que no se muerdan las uñas.
Continúo siendo adepta a las madrugadas y acordándome de ti.
Pero ya no es tristeza el sentimiento que envuelve tu recuerdo, ni pena, ni siquiera hastío.
Ahora todo lo que rodea lo poco que me quedé de ti lleva impresa mi sonrisa.
Aunque no sea perfecta, ni reluzca. Aunque a veces esté manchada de lágrimas.
Me siento distinta pero sigo teniendo los mismos cimientos.

Ahora me preocupo algo menos por la gente, y tengo más cuidado a la hora de coger las confianzas.
Continúo vistiéndome de timidez cuando me siento fuera de lugar.
Y no me descubro ante cualquiera.
La inseguridad se ha hecho más pequeña y ya no quiere frecuentar los mismos bares que yo los sábados por la noche.
Ahora me gustan los vermús de los domingos y reír a carcajada limpia.
Pero eso, ya era de antes.
Y hoy en un ataque de estupidez me apetecía hacerte llegar que
contigo fui feliz.

Y que gracias.



La M.O.D.A. siempre fue su salvavidas.


Baila siempre que suena la M.O.D.A.

Escuchaba a David engalanar la poesía y subía siempre a cincuenta el volumen de la minicadena.
No le contó a nadie que aquel joven bajito y desaliñado era su particular grito de libertad,
que todas sus melodías le arañaban las entrañas.

No le ha contado a nadie tampoco que, a veces, acalla a la lluvia con sus versos canallas que no pretenden ni ser ni estar.
Cuatro palabras que bien vestidas invitan a seguir, a saltar, a querer vivir de manera frenética y desenfrenada.
No les ha contado a los de siempre que las heridas, aunque abiertas, sangran un poco menos que antes.
Que el secreto lo guardan las madrugadas no escritas, como la que aún está por suceder.
Que la lluvia sólo moja si uno quiere, porque luego todo termina resbalando y cayendo con el peso de la gravedad.

No les ha contado que esta noche quiere volverse pirata y será el ron el que hable por ella.
Pero sus pasos la llevarán incansables al mismo garito de siempre.
Donde hacen salto temporal y las épocas se mezclan. Donde se habla el idioma de los sueños dormidos.
Donde esperar está sobrevalorado porque si no actúas, pierdes.

Allá donde un par de acordes son motivo de todas las sonrisas y de algún que otro recuerdo borroso.

Ella espera volver a casa siendo su propia heroína del sábado, en un domingo de norte. Con David cantándole al oído y algo de polvo en el corazón.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Que no sirven las excusas cuando hablamos de nosotros.

Me dices que prometes hacer todo lo que necesite con mis manos.
Sin saber que todo acto lleva implícita su consecuencia.
Como aquella vez que prometimos conocernos antes de que se nos consumieran los otoños y las cartas fueron cayendo con un maravilloso efecto dominó.

Me dices eso estando a un par de océanos de mi último suspiro y yo te siento cerca.
Agarrando toda carne viva, estrujando mi pequeño corazón exangüe- al borde de la explosión,
de sentir fuerte y a tientas.
Me lo dices sin saber que lo que quiero hacer con mis manos lleva tu nombre y se viste de tus apellidos. Sabiendo que con esto no se juega si te toca ser del banquillo y no vas a estar cuando suene el fin en el minuto noventa.

Todo lo que quiero hacer con mis manos es evitar que se desmoronen los sueños y viajar.
Viajar al centro de tu cuarto, al soporte de tus esquemas y al estallido de tu risa.
Viajar a toda la música que nos recuerda al otro, e imaginarnos en otra vida que no sea la nuestra.
Hasta que llegue la seguridad y nos arroje al minuto cero.
Entonces nuestros contadores harán de tripas, corazón y se retirarán, a tiempo
de marcarse la mejor de las victorias.

Porque nosotros ya somos.
Pero los atardeceres que nos vemos desde la otra orilla aún no tienen ni la más remota idea.
Somos más relativos que el tiempo que, cuanto más lo ansías, más despacio respira;
y sin embargo, si lo ríes te vuela.

Con mis manos necesito abarcar las tuyas. Sostenerlas fuerte.
Y no se te vaya a ocurrir contradecirme.
Ni murmures un vuelve,
porque estoy aquí y no pienso moverme.
Ni que lo sientes, porque el sentimiento entra dentro de todos nuestros prolegómenos.

Sólo, no me sueltes.
Que no sirven las excusas cuando hablamos de nosotros.



lunes, 3 de febrero de 2020

Lugares a los que regresar siempre

Playa el Palmar- Vejer de la Frontera (Cádiz)
Existen.
Y son parte de la magia de la vida.
Existen lugares a los que regresar siempre, lugares que quitan el sueño y el sentido;
que te regalan grandes instantes y mejores recuerdos.

Cada uno imprime el suyo sobre las retinas y en algún lugar recóndito del hipocampo.
Nos rondan la cabeza cuando hablamos de sensaciones, de dejarnos llevar e impedir que la desidia nos arrolle.

Estoy hablando del lugar donde perderse, desconectar de toda preocupación- que por muy nimia que pueda parecer- se nos hace abismo cuando la conjugamos en primera persona del singular.
Ese lugar en el que acabas de pensar.

Mi pequeño lugar tiene aires de sur y vientos de levante. Dicen que vuelve loco a quien lo vive, y es quizá aquí donde resida la mayor parte de su encanto.
Dicen de él que le sobra guasa y le falta cordura.
Mi pequeño lugar son unos pocos kilómetros de playa y nada más.
De punta a punta. De torre a orilla coronando un sinfín de casas encaladas.
Mi pequeño lugar huele a salitre, y aunque sea pequeño, es el espacio donde más grande he llegado a sentirme.

Han sido muchos los veranos que han sujetado mis risas, por eso será éste, el verano que más voy a extrañarlo.
Fueron muchos los libros que me han volado a páginas con las huellas hundidas sobre granos de arena clara.

Han sido muchas lágrimas que el Santo Lorenzo lanzó desde el cielo de madrugada, esperando cumplir deseos todos los agostos.
Y allí estuvimos nosotros para contarlo.

En esas orillas fue donde me di cuenta de que sufro una relación amor-odio hacia los atardeceres. El peso del amor es mayor, por supuesto.
Vivo enamorada de todos los colores que puedan concentrarse ante mis ojos a orillas de un Atlántico tranquilo.
Vivo enamorada de este sol tan distante como distinto porque me ha dado la clave para llegar a la paz infinita.
El odio viene luego. Cuando ya no quedan luces en el cielo y la tristeza del final del verano se hace palpable y da paso a toda cicatriz.

Venía a recordar este lugar porque hoy el mar del norte apestaba a brisas de verano y yo quise volver. Volver a recordar- de volver a pasarlo por el corazón. Y decirle en la distancia, que me espere.
Que ojalá no tarde mucho en regresar.

martes, 28 de enero de 2020

Tropiezo número veintiocho.

Leerte por amor al caos. A todo lo prometido que nunca se convirtió en deuda.
Leerte porque sangras como cualquier mortal pero tienes la psique de un antiguo dios griego elevada a la enésima potencia.

Leerte para endulzar las tardes de lluvia y vinilos, para escapar de las cortinas de lluvia que empapan los soportales de la urbe.
Para combatir el frío con más aludes de hielo.
Leerte para sentir la herida y estar orgullosa de todas las veces que me animaste a levantar la cabeza.
Para desvestir el pánico que se ha acostumbrado a arropar a algún monstruo que sigue durmiendo bajo mi cama.
Leerte como alternativa al llanto, para acabar creyéndome fuerte.
Para verte a menos distancia de la permitida y a algo más de la indecorosa.
Leerte con la música al trece y que solo se escuche tu voz dentro de mi cabeza.
Para que sigas siendo bote salvavidas de cada uno de mis naufragios.
Leerte para que seas, en prosa o verso, la primera opción a llevarme hasta una isla desierta.

Te leo con el alma somnolienta, y con la cabeza más despierta y siempre lista para la guerra. Los sueños me suceden de manera premonitoria: volviendo a aparecer solamente los mejores instantes.
Te leí esta tarde y, como cada vez que te respiro, quiero quedarme a vivir en cada coma que frena tu pena.

-a PB.

¨Retrato de hombre con escala de colores¨

Ella pintaba.

Pintaba mundos, caracolas.
Pintaba sonrisas a medias, y contaba a todo color cada una de sus historias.

Trotaba sobre todas las ciudades que gritaban fuerte a lo prohibido. Escapó de todos los esquemas.

Como si el mundo por entero quedara a un palmo de su alcance.
Era dueña y señora de su vida y despertaba recelo entre los que no la conocían bien pues tenía por costumbre compartir cuerpo y alma con todo aquel que supiera escucharla.
Aquella era la condición suprema para dejarse conocer: llegar desde lo carnal a lo extracorpóreo a golpe saliva y hiel.

Ella daba miedo, porque en lugar de sucumbir a la tentación nacía de ella y se sumergía a nadar en nuestro mar de dudas.
Borraba todos los malentendidos con el carmín de los labios porque decía que era la única frivolidad que era capaz de permitirse.
Su fuego no necesitaba patrón de gasolina para devastar los corazones.

Siempre dijeron de ella que era agua clara. Que las mentiras no le hacían justicia.
Luego, cierto caballero, la quiso de más; y mientras cumplía condena contó que lo hizo subir al cielo. Que sus manos eran los rayos de que no cesaban en su empeño de destruir la oscuridad.
Dijo de ella que era una mujer disfrazada del tiempo que le robó la celda.

Y yo la pienso. Qué fenómeno divino tuvo que ser respirar un aire idéntico y colorido.
Aunque no entendiera sus golpes de pincel.

Si la tuviera delante, si me dejaran algo más que dos trazos de su obra y un libro de poemas que la retrata queriéndola de manera desmesurada, no sería capaz de frenar la onda expansiva de su presencia.
Quizá su risa me sacaría del trance en me me tienen los versos de Hernández, y pasaría del blanco al tecnicolor.
Entonces me atrevería a escupir las dudas que persiguen a mis entrañas, colocándolas de forma ordenada en su pelo a modo de corona de espinas.

De entre toda la piel que repartió, le pediría la más vieja. La que estaba nutrida con la experiencia.

Aún sigo preguntándome si no me confundí de siglo al pronuncí ar mi primer buenos días,
aunque también es cierto que soy más de madrugadas.

Creo que le preguntaría si verlo todo de manera diferente fue crimen o castigo. Y si era tan maravilloso como nos quiso hacer ver en cada trazo.

-A Maruja Mallo.




lunes, 27 de enero de 2020

Para sostenerme los miedos

Tu beso en la frente me hizo perder el equilibrio.
El último del año;
y otro, sin esconder el daño.


Pero allí estabas-una vez más- para sostenerme los miedos.


No me acostumbro a volver a casa (y a verte) y que los cimientos de mi mundo se orienten hacia tu norte cada diciembre.
Si hablamos de besos, podría pasarme las ultimas veinticuatro horas que nos restan debatiéndome entre la ficción y la realidad.
Entre todos los que te faltaron, aquellos que yo necesitaba y los que en realidad imprimiste sobre los milímetros de mi piel llenaríamos al menos un par de cuadernos.
Estamos hablando del beso-imán en el que te recreas, a sabiendas de que mi corazón sigue gritando tu nombre.


Y de tus abrazos con falsas promesas de extrañar profundo.
Lástima no ser más que dos tontos a los que jugar al despiste se les viene grande.


Dos idiotas dispuestos a superar su tontería, a seguir persiguiendo unos sueños sin ánimo de llegar a meta alguna y con ganas de tropezar de nuevo en la misma piedra.


Al menos, las miradas y las risas siguen llenando el vacío con sabor a volver a vernos.

-a C.


Nosotros desbaratado.

Podríamos echarle la culpa al tiempo: de pasar y no quedarse, de fluir lento.
Al reloj que marcaba la hora que nos hizo coincidir.
Podríamos culpar a las vidas que nos quisieron por empujarnos a girar en la misma órbita.
O a los años que perdimos tratando de encontrar un camino recto que llevara al otro, aún sin saberlo.
Podríamos echarle la culpa al demonio que, sabiendo que ambos amábamos el fuego, quiso tirar de mecha y cerilla para encender esta historia.
Podríamos pasar eones tratando de lanzar la culpa al tejado de nadie.

Y todo sería inútil.

Porque terminaríamos por darnos cuenta de que la única culpa que existe es la nuestra cuando decidimos que juntos sonaba mucho mejor que separados.
Cuando confesamos que la risa nos ganaba todas las partidas y ambos decoramos el infortunio con carcajadas.
Que nos decantamos por el mismo bar, y la misma bebida, que hasta los amigos tenían que ver y la noche se quedó perfecta.
La culpa de querer bailar lento, como lo hacían antes fue solo nuestra.
Y las madrugadas, y el quererse menos que nos hizo amarnos de más.
Si tengo que culpar a algo fue al bendito nosotros que salió por la puerta de aquel garito para no regresar entero.
Un nosotros que huyó a plantarle cara a la luna y se dio de bruces con una realidad truncada.



Otra vuelta al sol en la vida de M.

Ha perdido la cuenta de los años que lleva remendando su recuerdo. Está ajado, manoseado, quizá algo viejo a pesar de la eterna juventud que rezuma.
Hoy los regalos seguro que llueven en otro punto del mapa. Y la vida se celebra a manos llenas.
Ella lo hace en secreto, desde la profundidad del ser.
Celebra otra vuelta al sol de la idea de amor en la más platónica de sus formas.


Hacía tiempo que no permitía que volaran las mariposas otro veinte de enero.
Y hoy lo recordó. Recordó todas las sonrisas que llevaba impresas en su pelo negro. Todas las veces que dejaron al silencio hablar.

Recordó que las casualidades no eran las importantes de la historia.
Hoy ha recordado por qué todo se quedó en las ganas.


Y le desea que sea feliz, en cualquier vida que eligiera lejos.
Le desea que le quieran una mínima parte de lo que ella lo hizo.
Y que siga estrellando sus carcajadas contra el costado de cualquiera.
Pero también desea que si se trata de mirar, lo sigan mirando con los ojos de ella. Porque fueron verdad. Fueron desastre y tren en movimiento. Fueron noviembre desordenado que terminó de florecer en primavera.
Pero él la quiso lejos y ella se dejó hacer por entera.


Otra vuelta al sol en la vida de M.

Mi casualidad

¿Sabéis la sensación de que el día transcurra sin incidencias?
De que todo siga su curso y la monotonía se aferre a tus prisas.
De que las pestañas amenacen con cerrar compuertas y de pronto aparezca.
Una vida;
una casualidad que hace que choques tus alegrías contra la rutina y entonces
el resto de las horas vuelan.

Una casualidad que te mantiene alerta y con la sonrisa puesta.


Pues yo vivo por esos momentos y sobrevivo entre todos los demás.

Casualidad morena, de ojos oscuros algo más de metro ochenta y cinco. 
Casualidad que se llevó aquella mañana de invierno mi sonrisa y me dejó desnuda de miedos.
Que jugó todas las cartas de la baraja para ser capitán de mi mundo y se quedó dentro, encallado en marea de mi recuerdo.

No digo que no pueda verme, ni vernos.
Solo digo que en un minuto todo se vuelve desconcierto, la saliva se escapa hacia arriba,
a cielo abierto y no me quedan costuras en el alma.

Mi casualidad se escabulle todas las tardes a las seis de mi cabeza para dejarme descansar. Se choca en los días pares contra la pena y me viste de domingo.
Dista mucho de ser la persona perfecta, pero es mi persona.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Los días raros- Vetusta Morla

Primer día del resto de mi vida sin ti.
Me encantaría decirte que solamente escueces.
Como una herida que ha madurado y ha empezado a echar raíces.

Pero dueles. Y no sé si dentro hay sangre porque no he tenido el valor de entrar a comprobarlo.
Sólo sé que derramo pena, y no precisamente de la que mereces.

Me escribo a fuego que no eras tan importante.
Pero no puedo mentirme, no a mi, ni ahora que
la verdad es la única que sale a flote y lo llena todo como la calma que sucede a cualquier tempestad.

No puedo mentirme y decirte que ya estaba todo terminado.
Porque la verdad era que tú ya habías condenado ese nosotros a morir ahogado.
Porque quiero verte y no puedo.
Y no me queda valor ni siquiera para mirarte a los ojos.

¿Sabes? Creí conocerte.
Ahora ya no me queda claro si me quisiste todas las veces,
si buscabas hacerme daño o el daño se dio de bruces contra tu risa.
Tampoco sé si pensaste que las mentiras podía sostener nuestro intrincado castillo de naipes.
O si en alguna ocasión disfrutaste al reírte de mis miedos.

Y lloro.
Lloro porque me enamoré de ti sin darme cuenta,
porque hiciste que volverá a soltar las manos de bordillo. Y me prometiste volver a volar sin alas para luego dejarme caer.

Lloro porque pensaba que todo iba bien y el bien se quedó castigado en casa.
Y no lloro por mi.
Lloro por nosotros.

Porque fuimos, y fuimos de verdad.

Lloro porque hoy me sangras, pero mañana será otro día.
Y espero poder decirte que me acuerdo de lo bueno.

Pero hoy es domingo, y estoy cansada de fingir que todo va bien.
Hoy es el primer día del resto de mi vida sin ti y me niego a pasarlo
contigo- en la cabeza.

Por eso escribo esto, para que se convierta en el adiós que nunca tuvimos.

A M. porque siempre será más fuerte de lo que quiere hacernos creer.


Querido Norman, yo ya te conocía

Ya conocí a aquel joven británico en otra vida. Lo juro.
Al encontrarnos ayer con tanto que decir fue como si no hubiese pasado el tiempo. Él hace algunos años que descansa porque sus sueños se hicieron realidad. Coincidíamos en todo porque: él ha conseguido recorrer el mundo; y yo, porque mis sueños están hechos de unas ilusiones preciosas.

Me pidió que fuera paciente, que llegaría el día en que agarrase una mochila y no volviera, porque todo lo que necesito va a mi espalda y hogar será cada nuevo destino sobre el cuaderno.

“Cuando no te queden sueños que cumplir, pequeña, vuela”
Pero claro, quise saber mucho más y vi el mundo desde sus ojos.
Salí de aquella enorme sala de exposiciones fascinada. Porque pensaba en que son pocos los que sepan enseñar al mundo su manera de vivir y hacerse respetar por disfrutarlo todo al máximo.
Él era uno de ellos.
Lástima que llegué tarde y él no estaba allí. Solo su obra. Todos y cada uno de los golpes de pestaña hechos papel, sobre lienzos, en blanco y negro y a todo color.

Pero ahí estaba gran parte de su visión.  Di cuatro vueltas al recinto. Intentando reconocer el patrón, el secreto.
Y creo que iba de elevar a octava maravilla lo cotidiano, de ponerlo al alcance de tus manos y morder la manzana del ansiado paraíso.

Ayer reconocí a un genio, de otra época. Un joven excéntrico que enamoró al mundo con su movimiento y se enamoró para siempre de una de sus musas.
Y qué vértigo tuvo que darle su para siempre a la muerte, porque a ella se la llevó primero. Pero la belleza de Wenda  quedó grabada en los ojos de él.


(Wenda Parkinson, para Vogue por Norman Parkinson)



Ventana de bar.

Apuro mi copa y veo a una pareja bien parecida. Se quieren. Se les ve en los ojos, en las caricias que van dejando el uno en el otro olvidadas durante el medio minuto que se demoran en cruzar la estancia.
Se sientan en la barra y tras pedir un par de copas al camarero se sumergen en su burbuja.
Los escucho hablar del tiempo, de la lluvia, del gris, del cariño que se tienen. Los escucho hablar de un proyecto de vida en común y me dan cierta envidia porque desprenden toda la seguridad que ando buscando.

Vuelvo a pasear la mirada por la caoba vetusta de la barra y entonces me paro en el joven poeta.
Que no sé quién habrá tenido el arrojo de robarle el corazón pero ahí sigue el. Escondiéndose tras el cuarto whisky, apestando a colonia barata y sangrando a versos con el tormento impreso sobre el rictus.
Los hay que sufren por los demás, que se desviven, que necesitan ser el alguien en la vida de cualquiera para ser feliz. Pero también hay quienes hacen del sufrimiento su cadena perpetua personal.
Yo aún no he decidido a que bando agarrarme.
Luego hay un par de pandillas- o cuadrillas, como diría mi querida pelirroja. Algún habitual de sábado noche con la mesa convalidada. Y unas amigas que si no son de toda la vida, bien lo parecen.
Porque cuchichean jugando a no saberse la vida de los demás. Y luego ríen, como terapia.
Ellas han visto lo putos que pueden ponerse algunos días y decidieron hacerle competencia con algo de carmín sobre los labios.

También he visto una cita a ciegas. Y que me disculpe quien la inventó pero, no soy muy devota de ellas. Creo que se rigen por el principio de forzar la magia, cuando esta debe dejarse correr.
Creo que persiguen conformarse con los restos. Y bastante únicos y extravagantes somos con nuestra persona como para meternos nosotros mismos en el famoso montón del tedio.

Miro al vaso vacío. Creo que necesito otra, pero abrazo a eso de que una retirada a tiempo siempre fue una victoria. Dejo la dolorosa saldada sobre la barra y me despido de Lucas.
Creo que volveré mañana, porque estas cuatro paredes siempre tienen otra historia que contar y yo ando bastante ávida de ellas.

Carolina está en la ciudad de las galerías. Perdiéndose entre la gente. Se deja llevar por el espíritu navideño que desprende la ciudad, pero su cabeza le sobrevuela kilómetros. Esta despidiéndose de Lucas en algún garito de Malasaña.

Louis Garrel 


sábado, 23 de noviembre de 2019

La timidez

Minipunto para ella, que amordazó sus ganas para que el joven se le acercara.

Debería dejar de cuestionarse su valía. Dejar de imaginarse para siempres de saliva con cada mirada que se cruzaba en su camino.
Aquella mañana, el hambre le pisaba los talones y, sueño y tedio acariciaban con hastío el dorso de su mano izquierda mientras pasaba el viernes sintiéndose guapa.

Entró en el odioso armazón rojo cuando este frenó en seco, persiguiendo a la rutina.
Y al verlo sentado al fondo no quiso molestar.
Era de las que adoraban los experimentos sociales así que, con la cabeza bailando entre canciones de otra era, se quedó a mitad de camino.

"Si le caigo bien, vendrá." Se dijo.

Entre la mirada curiosa de él y la entrada triunfal de ella,  la joven jugó a atravesar muros de piedra con la vista puesta en el vacío sin atreverse a llamar la atención de él.
Creyó saber retener a su yo impaciente y dar al joven el beneficio de la duda.

Y él viajó hasta estamparse en su sonrisa. Le quitó uno de los auriculares y paró el tiempo en el segundo veintitrés de la canción.
La imagen de los dos sorteando futuro y pasado era cuanto menos pintoresca, pero desprendía algo de ternura y pellizcaba el corazón.

Ella quería agarrarse a la confianza hasta convertirla en abrazo. Quiso que sus sospechas fueran de todo menos infundadas y la timidez se quemara a lo bonzo.

Se despidieron pero se quedaron con la compañía y con las ganas de seguir descubriéndose en los ojos del otro.

(No kiss list)

Recuerdos

Hoy te he recordado.
Y sólo tengo claro que Bukowski vomitó toda la verdad sobre el amor, y Austen encorsetó un corazón para darle forma de mujer.

El primero se arrancó a tiras el hedonismo mientras que la segunda se recreaba en las formas.

Hoy te recordé en la última estrofa de mi canción preferida de Sabina, y en otra canción pueril e inocente que nos hizo bailar tantas noches en la voz de Sr. Trepador.

Abrí por equivocación uno de los múltiples cofres que albergan los recuerdos de una Diógenes empedernida como yo.
Y ahí estaban todos- Confesando tu cariño que ya daba por muerto. Alzando los brazos para acercarme tus caricias:

Aquel búho que cambiamos a un truhán desde un atardecer en Cádiz, cuando creíamos que podíamos atrapar todos los sueños que nos rondaran.
Los restos de los cristales que se rompieron tras nuestros primeros 365, en las voces de cada loco que nos daba por muertos justo antes de empezar.
Algunas de las monedas de los dos viajes que anudamos a nuestra espalda- como secreto de un regreso inminente hasta aquellos lugares que nos vieron ser.

He encontrado restos de pétalos de una camelia seca que recogimos desde el balcón del barrio latino, y un bote de cristal repleto de arena blanca que juro que aún desprende algo de magia de Tulum.

Y he querido regresar. Transportarme a todos los lugares donde supimos querernos bien, con mimo, cuidado y sin celo.
Pero con ganas, y hambrientos de fuego.

Estaban nuestro primeros pasaportes: sellados y garabateados hasta los márgenes- con la fecha de caducidad vencida. Nunca te lo dije, pero el tuyo me lo llevé yo.
Los restos de una pulsera que, pensaste, quedaría bien como promesa en mi muñeca.
Un  par de cartas con manchas de café esparcidas donde nos confesamos en un momento de debilidad todo lo que el orgullo quiso silenciarnos.

Ahora sé que lo hicimos bien.
Que si terminó aquello fue porque los dos estábamos de paso y la vida nos tenía preparada una huida hacia adelante por caminos diferentes.

Quiero que sepas que te quise por encima de todas las cosas y que siempre serás uno de los pequeños imposibles que se hicieron realidad.

Gracias por regalarme ilusiones en forma de besos, abrazos empaquetados y postales desde ninguna parte.




miércoles, 13 de noviembre de 2019

La simpleza de lo complicado

Estoy en ese momento de mi vida, en el que considero que he vivido mucho-aunque (espero) me queden miles de lunas por descubrir.
Ese limbo temporal en el que quieres aspirar alto, y deseas que tu huella no se borre tan fácil del universo.
El mismo en que los sentimientos van cayendo del árbol maduros, y comienzas a hacerte una idea de la persona en la que te has convertido.
Esa de la cual quieres seguir caminando al lado.

Hablo de querer comer mundo sin usar ni los cubiertos, con un miedo que cubre toda cicatriz y dándole la espalda al protocolo.
De ansiar lo imposible y presentarte a filas en la primera línea de guerra indeleble aún sabiendo que llevas más batallas perdidas que libradas.

Hablo de los años, y del paso del tiempo. Que asusta tanto como encandila.
En toda esta maraña de miércoles negro- siempre que es noviembre y dulce- y con la cabeza en toda parte que no sea sobre mi cuerpo he llegado a la conclusión de que llevamos en la condición humana ser tan sencillos como complejos.

Porque nos gusta cumplir metas y objetivos, y saltar obstáculos. Nos encanta que nos digan que no- tal vez para demostrar que somos capaces si vomitamos nuestras ganas y nuestro tesón. Adoramos que no salga a la primera si con ello vamos a disfrutar del camino. Por muchos suspiros, por muchas lágrimas, por muchos días sin dormir que amenacen con quitarnos lo que sentimos como nuestro. Por otros tantos disgustos y defraudes, haciéndonos de menos.
Nuestra parte complicada es la que se lleva a las mil maravillas con el paso del tiempo. Y lo ordena, organiza y coloca todo para que nada nos pille de sorpresa. Para que el ‘in fraganti’ sea sólo una expresión de la lengua del descaro.

Pero también somos sencillos.
Lo somos cuando queremos quedarnos a vivir en un abrazo, o que no se nos acabe un recuerdo. Lo somos cuando asociamos las sonrisas a la felicidad. O cuando el mejor concepto de viernes es ver amanecer desde la ventana. Somos felices cuando una tormenta de verano nos pilla en plena calle o cuando alguien nos hace saber que se acuerda de nosotros.
Somos sencillos porque nos enamora lo sencillo. Porque los detalles, que siempre se tildan de nimiedades, son la marca de diferencia para según que alma rota.

Y esto venía a que fuera es noviembre y este frío hace difícil hasta respirar. Porque lo quise dulce y ha venido con regusto amargo.
El norte no tiene a bien cesar su llanto y se están fundiendo muchas de nuestras bombillas.
Venía a que me siento afortunada porque, aunque siempre se pueda aspirar a más, tengo a personas que si las juntas en secreto puedes crear un universo paralelo.
Venía porque una de esas personas se me aparece en forma de recuerdo. Y la extraño, tal vez en exceso. Y le digo que puede contar conmigo. Y lo sabe y se ríe- a carcajada limpia.
Y está: ‘siempre, cuando y sobre todo’; de la misma manera que clamaba al amor el gran Lucas Masciano.
Porque pienso que la felicidad puede llover, pero si la vida diera media vuelta, la mía llevaría su nombre.
Y sería precioso poder quedarme para verlo.


domingo, 3 de noviembre de 2019

El temporal

Los vimos salir del local de la esquina. Corriendo para no mojarse y esquivando al temporal a golpe de risas.
Los vimos subir a toda prisa hasta el tercero del portal de enfrente.
Luego se iluminó lo que parecía el salón y los vimos comerse a besos.
Bendita locura, el desenfreno de la pasión.

A nosotros, el resto de los mortales, nos tenían que servir la siguiente copa de aguardiente para volver a esconder nuestra pena bajo la alfombra.
A ellos no parecía importarles ni el ruido, ni los mirones de bares como nosotros.
Estaban hechos de otra pasta. De una de realidad moldeada. Sin pelos en la lengua y con fuego en las entrañas.

Salieron al pequeño balcón y compartieron un cigarrillo.
Y yo me quedé embobada en sus siluetas deseando fuerte la fuga de la desidia de todas nuestras vidas.

El humo de aquel cigarrillo cómplice confundió a la lluvia y dejó de empapar sus cabezas.
Y ellos, conscientes del frío helador, juntaron sus cuerpos para volver a ser uno.

Y admiré que los ojos de él coronaran la sonrisa de ella.
Y admiré los dedos de ella recorriendo su cuello, como marcando un territorio conquistado en otra batalla cualquiera.

Luego bajé la cabeza y di el último trago al maldito aguardiente.
Porque era cierto que el amor era una jodida maravilla pero también
era verdad que a mi me gustaba quejarme de vicio.

Y aprendí a reírme de mi en el corto lapso de tiempo en el que amainó el temporal.


martes, 22 de octubre de 2019

Despertar y verte al lado.

Hoy quería que la canción se pareciera a ti y encendí el volumen al máximo cuando sonó el despertador.
Que llevara algo de rock n’ roll y tus gafas de los domingos.
Que los trazos de la penúltima obra sobre el blanco fueran siameses de tu sombra.

Hoy quería despertarte y que volviera a ser lunes por la mañana.
Que el aroma a café siguiera siendo el beso de buenos días y que no saliéramos de la cama.

Hoy quise quererte sin silencio.
Y verte sonreír desde la parada del autobús hasta el final de las galerías.

Hoy tenía mucho que reír y verte fue el motivo y la excusa para detonar la bomba lapa.
Porque volví a ver amanecer desde tus ojos.

Hoy vine a decirte cuánto me gustan nuestros encuentros fortuítos.
Porque no contento con ser fuel y motor de mis madrugadas,
Te tornaste el Katrina de mis rutinas.

Porque he olvidado mi manera de soñar si no eres tú el que sostiene mis ideas.
Porque escucho Marea y me viene a la cabeza tu sonrisa.
Y acaricio esa brújula petrificada de tu brazo, a sabiendas de que tú no miras.
Porque nada ni nadie va a despegar la profundidad de tu sueño.

Venía a darte las gracias.
Por aparecer y quedarte. Por dejarme equivocarme a tiempo y poner en mi la confianza necesaria como para saber que eras tú.
Gracias por dejarme hacer y deshacer a mi antojo.

Porque puedo coincidir contigo en otra vida y seguiría agarrándome el corazón en un suspiro.

Hoy quería decirte que hace tiempo que no creo en los cuentos pero sí en la poesía.
Y que esta me dijo la otra noche que nos queda de camino juntos al menos unas cuatro vidas.
Para cuando llegue la quinta, ya habré encontrado otra manera de enamorar(nos).




jueves, 17 de octubre de 2019

Colorear lo malo de tus lunes

Me gusta pensar que alguna vez hemos cruzado un par de recuerdos.
Que nuestras vidas podrían llegar a encajar si tuviéramos a bien chocar casualidades.

Cuando te pienso, lo hago con la sonrisa puesta sobre los labios.
Evoco tu voz y me urge la necesidad de aguardar en tu puerta para
colorear lo malo de tus lunes.
No sé si atreverme, y decirte que paso a buscarte sobre las diez.
Que tengo dos entradas para el teatro y tus ojos son mi excusa perfecta.

No sé si decirte que me apetece llevarte a bailar, por si el día ha ido de mal en peor, y solo te quedan fuerzas para enterrar la cabeza bajo la almohada.

No sé si decirte que tenía ganas de estrellar un par de carcajadas contra tu sonrisa.
Que ya es como si te conociera de siempre y que no supero el lunar de los bajos de tu espalda.

Dudo si decirte todo esto porque tengo miedo a una estrepitosa negativa.

Pero luego me acuerdo de que eres tú y me digo que la vida es la única que ha conseguido echar alas y nos está ganando la partida.
Que el no, lo llevo escrito en la frente, y tú solo puedes decirme que un viernes siempre es un día de puta madre para empezar nuestra semana.

Te pienso y me digo que esto de andar jugando al gato y al ratón con las emociones no es cosa de niños. Que a veces duele más de lo que debería, porque las ilusiones tienden a maquillar la realidad.
Y ni tú eres tan perfecto ni yo tan desastre como nos pinto.

Y que necesitamos más noviembres para agarrar todos nuestros porqués a la cintura.
Así que, vístete.
Me da igual que el día haya salido del revés, que creas que los únicos verbos que se conjugan en los pozos empiezan por hundir. Sólo te digo que si lo prefieres puedes coger prestado mi sumergir, para luego ponernos juntos con eso de salir a la superficie.

Vístete y sal de la cama.
Que vamos a bailar. Que yo sólo conozco, de la esquina de siempre, el penúltimo bar.
Y también sé cuánto te gusta un margarita.

Y me quiero quedar, porque me he dado cuenta de que cuando encuentras algo que vale la pena tenemos el instinto animal de intentar hacerlo nuestro.
Y yo no quiero retenerte, pero si contarte un secreto:

La vida ya nos jode lo suficientemente fuerte como para tener que sentirnos mal por ello.
Sólo debemos aprender a disfrutarla.
Y tú, eres una de esas partes bonitas de mi vida.


Torre de Hércules, A Coruña

jueves, 10 de octubre de 2019

Medio gramo de serotonina

Luego dicen que la magia es de los locos.
Que solo se tatúan a tinta los inconscientes.
Después de presumir llevar el mundo a las espaldas,
se suelen dar lecciones de moralidad.

Pero no,
no es todo como lo pintan.
No todo puede ser llamado por su nombre.
Hay vidas que parecen circos, y cielos que desaparecen
simulando el más cruel de los incendios.

Hay corazones que laten después de muertos.
Y recuerdos, que lejos de doler, impulsan a la superficie,
a perseguir la última bocanada en contra del silencio.

Después de empujarte al vacío, te cuentan que de todo se sale.
Que el clavo que saca el que hincaste dentro de tu rutina
saldrá del paso en la próxima esquina.

Y te muestran como en abanico, todo lo maravilloso de la vida.
Sin revelarte que la mejor de las rebeliones la tendrás que liderar
a solas, y sin opción a despedida.

Y luego, tu incertidumbre se funde con el invierno,
y la costumbre se agarra a tu pasión para que
la abandones.

Pero alguien sabio te dijo una vez entre acordes de una guitarra
que tendrías muchos miedos y fantasmas
pero que siempre serías capaz de encontrarte.

Y esa es la única verdad que tienes por bandera.


lunes, 7 de octubre de 2019

Seguir apostando al tres

Transcurre el sábado sin incidencias.
Te has levantado temprano y a eso del medio día el deber está entero cumplido.
Te sientes bien y corres a descargar adrenalina al lugar de siempre.

Luego recibes una llamada inesperada que te propone algo de fiebre de sábado noche.
Y lo próximo, eres tú montada en un tren rumbo al pasado.
Se te encoge el corazón pero decides no pensarlo demasiado.

Y te encuentras relatando vida, obra y tus pocos milagros al desconocido número tres ante la segunda copa de vino.
Él, tinto; como si quisiera expiar sus pecados sin derramar ni una gota de sangre, escupiendo todo exceso de sinceridad. Llevándose lo malo a una tumba que nunca será la suya.

Tú, blanco; para recordar que bajo toda la capa de hielo, tu corazón sabe derretirse con facilidad.

Le tienes alergia a momentos como ese. Los ojos en blanco y las mejillas con más rubor del necesario.
Te da rabia e impotencia encontrar a gente a quien querer tan bien con tan poco margen de maniobra. Con fecha de caducidad y expiración de menos de veinticuatro horas.

Tanto, que esa magia negra de la que sois testigos tardará en  romperse menos que el tiempo que tardó Cenicienta en perder el zapatito de cristal y poner pies en polvorosa.

Le tienes alergia porque te sabes adicta a entrar en los ojos de los huracanes.
Pero luego te quejas, porque tanto entrar, pero aún no aprendiste cómo demonios salir.

Pero tú continúas. Te sientes bien y sigues apostando al tres. Y te dejas llevar.
Bailas y sonríes.
Y dejas que esta sea solo otra más de las noches que guardarás con mimo y celo- pero en secreto.

Esas en las que conoces a alguien y sientes que debes retenerlo al menos hasta que termine la última canción.

Y él, que ha llegado a conocerte mejor incluso que las madrugadas en una vuelta de reloj de arena, a la hora de decirte adiós te abraza y besa tu frente.

Todo para que duelan menos las despedidas y nada sirva de precedente.


Quintana, madrugada y luna llena de septiembre 

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Finisterre contigo.

No sé que vi en ti.
A día de hoy y con tanto ensayo y error a mi espalda, me volvería a quedar.
Justo aquí.

Solamente sé que el día de la colisión frontal con tus pestañas fue el primer día del resto de mi vida.
Quizá fuera que al mirarte a los ojos, estos dijeran mucho más de lo que querías enseñar.

Es cierto, recuerdo aquellos días con cariño porque fui yo el que quiso saber más.
Fui yo quién, levantando una a una las capas de tu coraza, consiguió mirarte por dentro.
Y eras exactamente tal y como te imaginé.

Antes de ti, yo era un tipo educado, formal, algo serio pero con tendencia a las bromas.
Estaba satisfecho con mi trayecto y enamorado de las pequeñas cosas de la vida.

Pero niña, contigo, todo fue más; desde aquel septiembre.

Me vienen a la cabeza todos los cafés que rechazaste.
Aún hoy, sigo sin saber si fue tu magnetismo lo que llevaba escrito el quédate.
Que me quedara y luchara una batalla que igual venía perdida de fábrica.

Nos descubrimos en los ascensores.
Comencé a perder la cabeza por temporadas.
Cayó sobre mi una losa de moral y puse tierra y tiempo de por medio.
Me dije que eras pasajera y que tenía que dejar de verte hasta con los ojos cerrados.
Le eché la culpa al tedio de una rutina demasiado monótona.

Recuerdo que te rocé el dorso de la mano derecha y decidiste que era buen momento para abrirte en canal: con idas y con venidas, con tantos sueños como deseos.

Y me enamoré.

Pensé que se me pasaría pero, al apartarte de mi lado,
sólo quedó vacío.
Tardé bastante en darme cuenta de que no estaba loco cuando pensaba que tú eras el motor de mi mundo.

No sé quién me explicó que los convencionalismos, el amor-fou, mi pragmatismo y los años de más no eran la brecha insalvable.
Ni quien convenció a quien, para que aquella historia por escribir se gritara a los cuatro vientos.

Sólo sé que una noche volví a mirar a la luna y todo volvió a ser sencillo.
Te vi como estrella polar, y me convertí en un barco destartalado que se dejaba guiar- sabedor de que el fin sería un buen puerto.
La guerra entre tú y yo estaría equilibrada; yo pondría la cabeza y tu le echarías corazón.

Te busqué y me susurraste al oído cuánto te gustaba la palabra nosotros.
Te di mil razones para no volver- y tú pasaste las mil y una notas bajo mi puerta diciendo que te quedabas.
Habíamos quemado a lo bonzo tu vergüenza y mi moralidad y solíamos jugar al despiste con las madrugadas. Vimos Troya en llamas desde nuestras retinas.

Me agarré con ansias a tu fe ciega de que aquello saldría bien y sólo me quedó remar.
Con viento a favor, con tormentas, en contra o a marejada limpia.

Me enseñaste que no estamos de paso: es nuestro paso- decías.- El resto no importará tanto.
Y te construí el más bello de los cimientos para vislumbrar esa manera tan nuestra.

Siempre fuiste un poco bruja: dijiste que pasaría, y pasó diciembre.
Y el año nuevo me regaló certezas como la de que tu recuerdo sería indeleble dentro de mi cabeza.


Y no, no fueron imaginaciones mías: tú viniste a perseguir mis huellas hasta el amanecer  de Finisterre y nos dejamos llevar.

Y hoy, te veo dormir a mi lado y juro que no me arrepiento de nada.
Que doy gracias cada día por haber hecho una maraña con la razón y no parar hasta dar contigo porque me hiciste creer en algo.
Me dejaste ser mi versión mejorada porque contigo quise hacer las cosas bien desde el principio.

Jugamos a ser nosotros en la ruleta y nos llevamos el mayor premio.

El beso