sábado, 7 de julio de 2018

Mientras maduro me quedaré a vivir en una canción de Frank Sinatra

Hace tiempo que dejé de intentar rozar la perfección.
Me sumergí en la marabunta y cerré los ojos bien fuerte.
Hace tiempo, también, que decidí aplicar mis propios consejos.
Esos que te obligaban a continuar tu camino disfrutándolo, parando a mirar cuando el sol se desvestía de nubes, jugando a ser mi mejor heroína, una que ni colocara ni fuera guardiana de la justicia.
Hace un tiempo me dije aquello del ya llegará.

Y no ha sido hasta hoy cuando he comprendido que los futuros simples no terminan nunca en presente.

No me entienden ¿verdad?
Ni una palabra.
Si, yo tampoco suelo levantar la mano cuando los interrogantes me persiguen, me quedo callada e intento terminar un rompecabezas de 1000 piezas con 999.

Nunca he encontrado la última. Y da la casualidad de que el hueco siempre se queda en el margen superior izquierdo.

Para ser sincera, hablemos en porcentajes, el 90% de los pensamientos pasan por mi cabeza para terminar en el departamento de defectuosos.
No los proceso. Los dispenso así, incompletos. Me encanta profundizar pero no soy capaz de terminar esos dichosos pensamientos.
Tengo miedo de encariñarme de ellos y que decidan marcharse por su propio pie.

Es una soberana  tontería, lo sé.
Tampoco es un secreto que la tonta sea yo.

Y todo esto venía por el  molesto
ya llegará.

Llevo mucho mucho tiempo agarrándome a esas nueve letras con uñas y dientes, con días del calendario, con subrayados amarillo, con todos los viernes y trece- olvidando que abogaban a la mala suerte.

Pero no sabía el que quería que llegara.
Estaba convencida de que mi mayor deseo bajaría del cielo a modo de solución vital porque me lo merecía. 
¿Merecer?

Me he dado cuenta de que no buscaba nada. No deseaba nada. Todo lo que alguna vez ha pisado el acelerador de mis latidos ha pasado tan rápido como vino. Todo aquello con lo que he soñado no ha salido de mi cabeza.
Y no estoy en disposición de merecer nada si me quedo sentada mirando al infinito a la espera de que baje la sonrisa perfecta a darme la enhorabuena. No, si no termino de levantar mi mano sacudiendo de mis hombros la endemoniada vergüenza.

Creo que ha llegado la hora de poner en práctica de una vez por todas las gotas de lluvia que han ido calando en mí desde aquella niña curiosa y marisabidilla que fui.
¡Cómo he extrañado a esa niña estos últimos tiempos!
El querer abarcar mundo me abrasa la cabeza y juega a la ruleta rusa con mi corazón.
Cada mañana, al abrir los ojos intento encargarme única y exclusivamente de mi papel en esta función. Pero siempre me han ido las emociones fuertes y al final del día acabo siendo director, batería y hasta técnico de luces que cuando las apaga, cierra las puertas de un gran teatro con la llave maestra.

Me he propuesto de una vez por todas disfrutar el camino. Pararme a descansar todas las veces que lo necesite y coger carrerilla otras tantas. A los que corren conmigo no tengo que decirles nada. Las gracias se las colgué en la línea de salida y los abrazos los repartiré en la meta.
Solo espero poder ver que el esfuerzo se transforma en frutos y los árboles rebosan metáforas.

Espero poder darme cuenta de que los consejos solo sirven si se aplican y que las ganas, por más que se extingan como el humo de un vil cigarrillo, siempre tienden a invadirlo todo.


viernes, 22 de junio de 2018

Hablando con nadie

No veo el fondo del abismo y me da miedo saltar sin saber si habrá final.
Tampoco sé lo que me espera bajo tanta oscuridad.
Mi alrededor es gris y no veo a dos palmos.
La niebla me abraza con ternura y yo no sé si debería prolongar las agonías.
He perdido la cuenta del tiempo que llevo de pie intentando encontrar respuestas.
He luchado contra todo pronóstico para salir adelante y, como en las mejores ocasiones, siempre se queda dentro la espina del árbol caído.
La cuestión es que estoy harta de esa espina.
Me acostumbré a vivir con ello y no sé qué hacer para sacarla.
No
Puedo.
Corro el riesgo de teñir la niebla de bermellón y verter al abismo los alientos que me queden, derramando algo de sueños estúpidos por entre las rocas.
¿Estoy preparada para ello?
Estaba convencida de que no, que prefería enhebrar más sueños embotellados antes de desaparecer.
Incluso había adaptado mis ojos al gris y aprendido a manejar la invisibilidad como forma de vida.
¿Qué ha cambiado entonces? ¿Por qué me atenazan las ganas de saltar y tentar a los miedos a pararme los pies? ¿La culpa es solo de la adrenalina? ¿Me habré cansado de luchar?

Respiro hondo. Esta es la enésima multiplicada por cien. Como hasta hace poco cuando me sentía imparable.
Me dice que piense. Que piense todo lo que dejaría atrás si decidiera saltar, que me sienta con derecho a mi vida con ellos.
Dice que deje de hacerme de menos porque soy yo la única responsable. Que deje de sangrar las heridas, que aprenda a quererme y que pare.
Me dice que espere, que sabe que no sería capaz. Que por mucho que pueda pesar la pena, se ahoga con las alegrías.
Adivina que quiero volver a verlos una vez más, y sentirme en casa.
Me pide que deje de agarrarme a los domingos como si mi vida dependiera de ello.
Que corra. Que correr no es de cobardes y que tampoco te hace mejor pero que me ayudaría a salir de las cuatro esquinas entre las que me cobijo.
¿Qué cuanto hace que no escucho mi risa? ¿Qué desde cuando el mundo no prueba mis besos?
Nunca me he aprendido el sonido de ella, porque lo poco que río lo disfruto. Y el mundo nunca conoció mis besos.

Tira de mi gritándome ¡despierta!
Dice que esto no es un mal sueño, que al mundo real se le conoce por sacarte las cosquillas a arañazos pero que es el mismo que te pide que resurjas de tus cenizas.
Y yo me he quedado embobada mirándome las llamas.

Hace frío a pesar de la época del año que atravieso y el fuego debe ser artificial porque no calienta lo suficiente.
No quema, no calcina, no se mimetiza con el gris que me rodea.
Por eso no puedo jugar a ser ave fénix.
¿ Y ahora? ¿Qué puedo hacer?

Puedo elegir.

Seguir abrazada a los a lamentos, avanzar un pie y después otro con ideaciones suicidas.
Dejar de respirar, olvidar los días mejores.
Dejar de querer, no volver a abrir los ojos, no descubrir lo que- con tanto mimo- me tiene reservado el mundo real.
No despedirme del sol, no volver a pisar tierra ni sumergirme en el mar.
Dejar de guardar recuerdos en la retina.
Despegar las notas de los cristales, no jugar con los acordes y no volver a sentir nunca más.

O puedo jugar con esos fuegos tan artificiales que me envuelven. Cargarme días y penas a las espaldas y comenzar a trepar la montaña de mis dudas.
Volver a casa, volver a verlos, sonreír porque si, no olvidar la música, hacerle cosquillas a las olas, dorarme al sol y pensar que mi transcurso irrelevante no le va a servir a nadie más que a mí para sobrevivir.
Y que venga lo que tenga que venir.

Para hacer lo primero, debería saltar. Me dice que ya estoy tardando, que no me despida porque me echaré atrás. Que lo haga. Pero sabemos que no es lo que quiero.
Que voy a elegir lo segundo.
Que yo soy más de deportes de riesgo y que aprendí que las penas quemaban y las alegrías escocían. Que no todas las heridas dejan cicatriz y que las que se quedan es porque tuvieron algún motivo de más.

Dice que soy una persona incansable y que no se lo he demostrado con el paso del tiempo sino con la manera de levantarme después de caer, con los remedios de mis lágrimas y mi cabeza dura.

Me dice que vaya, qué le de la mano y que esta noche cuando deje de sentirme gris va a llevarme al mar.

Me ha dicho que la sal que se ve en los reflejos de luna da de sobra para sus heridas y las mías.


Durante los mayos

Me enamoré de ti en aquel abrazo. No recuerdo muy bien si por aquel entonces tú me querías de la misma manera.
Solo recuerdo el rodeo rápido de tus brazos hasta rozarme el alma.
Luego llegaron miles de cosas bonitas, miles de confesiones y de risas, y otras tantas complicidades. Pero ningún otro abrazo me ha hecho sentir igual de bien. Y mira que ha pasado tiempo.
Pero las primeras veces tenías la virtud de hacerme sentir alguien en la nada. De sentirme querida y correspondida y de poder regalar mi cariño tal y como lo sentía sin tener que medir mis palabras.
Me ganaste jugando con otras con ese punto canalla pero haciéndome ver que estaba la primera en tu lista de prioridades.
Tenías unas formas peculiares de querer pero dicen que cuando se quiere, se hace con todo, con virtudes pero mucho más por defectos.
Y tonta de mi, fue lo primero a lo que me agarré cuando agarraste mi corazón.
Eras la más bonita de las tempestades. Eras las buenas noches a tiempo y los amaneceres con sueño.
Entonces creí que entendí las connotaciones de significarme.
Te convertiste en mi mundo y yo me declaré satelizante de tu persona.
¿Quieres saber lo que más extraño?
De ti guardo recuerdos maravillosos, que permanecerán conmigo hasta que deje de respirar pero echo de menos la seguridad que me transmitías.
La decisión que de vez en cuando hace que me flaqueen las piernas y las palabras desmedidas.
Nadie podía cuestionar mis sentimientos porque eras mi realidad.
Sé que estás mejor que nunca, que te has convertido en tu mejor versión pero a mi, durante los mayos me cuesta asimilar que hace mucho que aprendí a vivir sin ti.


De las cosas que hacen frenar

Fuera junio no termina de florecer.
El cielo llora, incesante, pidiéndonos un respiro, una mano alentadora que lo acerque al mar. Un grito que sangre todas sus heridas.
El frío se nos ha colado por los marcos de las ventanas y del verano no hay ni rastro.
Pero no puedo evitar sonreír a la vida, cuando veo que enlentece el ritmo para aquellos que lo necesitan.
Me encanta observar el bullicio desde las ventanas. Hace que mi mente se acelere en forma de preguntas de las que ni yo sé cómo salir.
Pero hoy, mientras el cielo lloraba, vi pasar a todas las edades concentradas en cuatro vidas.
Todo ello en menos de cinco metros de una fachada vetusta y cubierta por las humedades.
Dos de esas vidas no sumaban los treintaytantos y se abrazaban ante un semáforo demasiado carmín. No llevaban paraguas pero tampoco se les veía necesitados.
Aquel fue el primer instante en que vi al mundo detenerse.
Pero luego. Me di cuenta de que no era yo la única observadora de aquella calle concurrida.
A lo lejos, venían otras dos almas con muchas más canas sobre las sienes que, al ver los abrazos calados, se dieron la mano.
Como si la vida nos enseñase a recuperar lo que perdemos cuando nos invade el pánico a intentarlo.

jueves, 31 de mayo de 2018

La risa de los niños no siempre suena a música

Y siento.
Porque sentir es eso de que algo se te mueve por dentro ¿no?
Sentir que puedo y sólo pienso en eso.
Hace años, con mi ayuda, mermaron mi capacidad de quererme.
Me encasillaron dentro de un estereotipo desaventajado y decidieron apartarme de lo que ellos conocían como sociedad.

Puede que hoy sea una más, y que la crueldad infantil por contagio no conozca límites.
Pero me hicieron caer en lo más hondo.
No veía solución posible para la negación hacia mi persona.
No era capaz de vislumbrar ningún atisbo de luz.
Sólo me salió derramar lágrimas y esperar.

Fue una suerte que no me diera por cortar por lo sano y hacer desaparecer mis miedos para siempre.
Porque ahora, dentro de mis taras, soy feliz.
Soy una persona a la que le cuesta superar los baches, como si estos no estuvieran hechos para mi. Y que no sabe, tras veintidós años, gestionar sus ansiedades.

¿Que si perdoné?
No entiendo muy bien que tenía que perdonar.
Estaban disconformes conmigo y me lo hicieron saber- aunque de mala manera, eso si.

Perdonar, considero que si.
Porque a los que no merecían mi perdón, les faltó tiempo para salir huyendo. De los fugitivos solo queda una pequeña y preciosa cicatriz a costa de los daños.

De aquellos que se quedaron, los que se merecían mi perdón los he querido incluso más. Porque creo que todos estamos hechos de oportunidades y nos equivocamos en innumerables ocasiones por el camino.

Olvidar no se olvida. Se convierte en parte de tu existencia. Hechos que van a terminar definiendo más o menos la personalidad que te define.
Te agarras al clavo de 'lo que no te mata te hace más fuerte' y quema; pero la vida continúa.
Y con el paso de los años te das cuenta de que tus miedos se vuelven marcas en la piel que vas a acariciar con las yemas de los dedos para sacar fuerzas de flaqueza.
Que puedes agarrarte a la fe, a los rezos, a clamar al dios que más cualidades te reúna.
Pero lo que consigas tú, vas a hacerlo por ti mismo, y eso no te lo puede negar nadie.


(Katherine Langford- 13 Reasons Why)

domingo, 6 de mayo de 2018

Ma mère

Que aunque pienses que no, es que si.
Que aunque digas nunca, sé que será siempre.
Que aunque tengas días malos, sabes que habrá mejores.
Y aunque la vida no me deje acabar la tuya,
nuestros caminos comenzaron unidos y acabarán de la misma forma.

Que tienes que concentrarte, Caro.
Que va a salir bien.
Que no hagas más ruido.
Que recojas.
Que te quiero mucho, ya lo sabes.
Que ya queda poco.

Que si no te lo crees tú, aquí estoy yo.
Para creer en ti todas las veces que flaquees.
Porque eres mi hija y eso una madre lo sabe.

Estas son algunas de las perlas con las que mi madre va construyendo mi collar.

Pretende dejarle algo de protagonismo a la suerte, pero en secreto se cree eso de que voy a ser capaz. Desde el segundo cero que eché el primer aliento ha sido el fuel de mi motor.
Ese que a veces se empeña en atrancarse y que pone en marcha de nuevo sin ningún esfuerzo.

Ella sabe que mis palabras y mi cariño infinito son mi mejor gracias.

Gracias por creer en lo increíble de mi persona, por hacerme a tu imagen y semejanza. Por se bonita por fuera, pero mucho más por dentro. Por ser una de las personas más maravillosas que ha tenido a bien crear el universo y guardarlo en secreto.
Porque sé que tu día son cada vez que te llamamos a gritos, o las llamadas interminables al teléfono. Porque sé que tus días somos nosotros.

Gracias por regalar tu vida, a cambio de nuestra sonrisa y por hacerlo tan bien, aún pensando que en algún momento pudieras fallar.

Gracias por ser siempre a nuestro lado.
Te quiero.



"Perdón por los bailes"

Amanda sobrevivía con miles de kilometros de por medio, dos mitades de un corazón y muchas dudas.

Disfrutaba de su nueva vida lejos de casa pero cada tarde se pegaba al teléfono verde a la misma hora esperando escuchar la voz de Jorge desde su Madrid.

Fue la misma rutina hasta el día sesenta y tres.

La tarde del día sesenta y tres la voz de Pablo Milanés le arañaba las entrañas, y sobre la mesita que había junto al teléfono encontró un trozo de papel doblado en seis.

Cuéntale que te perdiste entre la gente cuando llegaste al Malecón y yo tuve la suerte en tropezarme con tu mirada.
Que olía demasiado a mar
y eso te arrastraba al pasado.
Cuéntale lo feliz que fuiste aquellos veinticuatro primeros días del verano.
 
Y cómo reflejabas las sonrisas sobre cada luna delantera de los almendrones. 
Cuéntale que perdiste el pañuelo amarillo que te regaló y el miedo a la oscuridad.
Debieron de ir en la misma dirección porque
me dijiste que después de eso sólo eres capaz de ver estrellas en el cielo, aún con el sol bien alto.
Dile que ya no echas de menos el frío,
y que has aprendido a bailar el danzón de la mano de un tal Pablo.
Que tiene unas manos que no cambiarías ni por todos los pesos del planeta.
 
Y que ya te gusta la piña, colada y con absorbente.
Que ahora eres más de ordenar los vinilos de boleros antiguos en la tienda de la esquina.
Que lo de ordenar tu vida pasó a ser una asignatura pendiente en la suya.
Cuéntale lo bien que se está en La Habana.
 
Cuando llame, si es que vuelve a hacerlo, dile lo que has descubierto.
Dile que el secreto de la vida reside en que lo difícil es soñar bonito.
Y lo fácil, conseguirlo.
Te espero para cenar,
te quiere
 
Pablo
Desde el día sesenta y cuatro Amanda ya no recuerda a Jorge.
Baila todas las tardes pisándole los pies  a Pablo para que no se olvide de ella. Se dejó de mitades de corazón y le dio los restos al joven de la sonrisa perfecta.
Ha decidido quedarse a vivir en sus caricias.
Se niega a olvidar todas las alegrías que le hizo vivir desde el día en que la enseñó a bailar.
Desde el día en que le susurró al oído los secretos de la felicidad compartida.





A la chica triste

Busco a la chica triste,
a la que ha perdido la sonrisa y la luz de la mirada.
a la que ya no le apetecen helados, ni el color de la risa.

A la chica que fue en un pasado no tan lejano.
Es a ella a quién busco.

A la que se empeñó en romper su corazón a pedazos a base de autoengaños y de arrancarse a tiras el cariño.
No le pido que vuelva si no es lo que quiere, pero me gustaría que me regalara de forma desinteresada algunos porqués.

Que conste que no la conozco. No sé más que su nombre y su aspecto actual.
Dicen que antes sonreía, que era magia.
Que rezumaba belleza por los poros de su piel
pero que ahora tiene la boca repleta de hiel.

No la conozco pero la siento- y lo siento.

Al mirarla, me da la impresión de que no está hecha de ganas, que los minutos la sobrepasan.
Siento que se desmorona llegando a solas a la superficie de sus ojos.
Que a las velas de su alma se les acabó la mecha,
y ya no prenden.
Y ella tampoco aprende.

La busco para preguntarle si no le gusta vivir en sociedad, para saber cual es el significado que ella le da a la palabra vivir.
La busco porque quiero saber si es verdad que profesa fe por esas a las que llama amigas
y que la están destruyendo gota a gota.

Todo esto desde el marco de lo ajeno.
Desde una ventana lejana y bajo un sol de primavera.
Llevo tiempo viendo como nacen nuevas flores.

Sin embargo, la suya, no hace más que marchitarse.





miércoles, 18 de abril de 2018

Tres veces miedo

¿Cuántas veces son las que queremos y no podemos?
¿Os habéis parado a pensar en los impedimentos?
¿En lo que nos hace evitar y desatender una cuestión que ocupa gran parte de nuestro momento vital?

Porque querer, no es necesitar.
Querer- tan sencilla como palabra
y tan difícil como dimensión- lo hacemos todos.

Todos hemos querido desde que tenemos uso de razón.
A alguien, o algo.

Todos queremos de manera indiferente en nuestro día a día pero somos pocos los que nos paramos a intentar encontrarle sentido.
"te quiero"
Con todo lo que implica, según quién y a quien se dice, según dónde y cómo sea la intensidad, estas dos palabras tienen un sinfín de significados.

Desde el desorden más caótico de un bebestible a la manera más profunda de destapar los sentimientos.

Querer algo. Quererlo ahora, quererlo ya.
O no querer nada, gracias.

Confundimos tantas veces el querer con la necesidad que a la hora de la verdad lo usamos como un único late motiv.

Y ahora, regresemos a los impedimentos.
Evitamos porque no nos vemos capaces, porque no nos sentimos suficientes, ni pensamos que daremos la talla.
Pero, ¿quién es el juez supremo que nos marca la suficiencia?
¿Y en qué se diferencia esto del conformismo?

El conformismo suele ir ligado a la comodidad, a lo que nosotros llamamos zona de confort.-
Y ay quien nos saque de aquella.

Ahora está de moda hacer oídos sordos al corazón.
Sentir es de cobardes, o eso dicen. Ahora se lleva la indiferencia y el todo vale.
Y, perdonadme, si no me lo trago.

Me puedo tragar el orgullo, las contestaciones, las opiniones que distan de mi moral, pero no este naderío intenso que pretenden imponerme bajo la mentira del haz lo que quieras.

No me dejan hacer lo que quiero cuando pretenden que pase de lo que siento y eche la venda a los ojos. No me dejan cuando me ven más bonita maquillada de más y jugando a ser doña perfecta.

Me niego.

Puede paralizarme el miedo, es cierto. Me pasa mucho,
Que intento darle voz al corazón pero no sale nada de mis labios.
Y lo peor es que no sé a qué se debe este temor irracional.

Y mi corazón se cansa, cada vez más. El otro día no me dejaba dormir.
Decía que no había nacido mudo y que yo no le daba alas para perseguir sus sueños.

Si.
Mi corazón es mecánico, y sus sueños, aéreos.

Por eso, ante todo, quiero aclarar algo.

Sé que somos muchos, y muy diferentes.
Sé que no todos quieren, y no todos saben querer.
A otros lo de dejarse querer no va con ellos porque el daño previo anda consumiéndoles las entrañas.

Y sobre todo, sé que tengo miedo.
No sé a que, ni como quitarlo. Así que si alguien ha sentido alguna vez que no encajaba en ciertos aspectos de su mundo que me levante la mano. Así, de noche, a oscuras. Seguro que a mi me deslumbran sus ideas. Seguro que ellos si saben de lo que hablo.

Intentaré poner de mi parte, darle cancha al corazón para que no se canse
demasiado.
No voy a meterlo en una caja perfectamente precintada y a decir que no siento.
Porque lo hago.
Y duele a veces.

Pero qué bonito cuando sale bien.
Las pocas ocasiones.

En que quieres y encima puedes.



















(Effy Stonem- Skins)

viernes, 13 de abril de 2018

El arte de volar

En el preciso momento en el que has cuidado de alguien y lo has escondido de lo malo del mundo para que crezca feliz y completo, estás atado a esa persona.
La cosa se agrava cuando lo has visto crecer.

Has intentado enseñarle, a pesar de los errores, lo que entendías como moral. 
Le has enseñado a querer, a caer con estilo y a equivocarse.
Le has enseñado que puede que las risas no curen las heridas pero si cicatrizan el alma
lenta y paulatinamente.
Y así, como todo lo que parte de ti y sientes de verdad.

Por esta razón es muy difícil deshacer los nudos que te amarran a esa persona.
Es vertiginoso:
pensar que  tu comodidad idílica pueda desvanecerse.
Pero es del ser humano lo de preocuparse,
y resulta indispensable que la otra persona pueda izar el vuelo por si misma.

Ahora entiendo a mi madre. Todas las veces que ha venido detrás, y las que se ha puesto delante.
Cada noche sin dormir esperando el último mensaje,
el cambio y corto de las despedidas; ese
"Mamá, estoy en casa. Buenas noches" Adornado con algún que otro beso virtual.
Cada noche a la espera de venir a buscar a esa parte de la que se niega a desprenderse.
Cada agarrada de corazón con la falta de noticias.

Puede que sólo sea signo de que el tiempo pasa,
y yo con él.
A mi, personalmente, me gusta llamarlo experiencia.

El momento en que tienes que "dejar ir" para que vuelva.
La persona de la que hablo, la que forma parte de mi vida, y tiene una parte no despreciable de mi corazón es mi hermano.
Ha surcado por primera vez un cielo nítido a solas.
Ha querido correr por entre las nubes sin ayuda y lo ha conseguido.
Hoy desaté un par de nudos de esa cuerda cuando descolgué el teléfono para desearle buen viaje y aún así no pude evitar preocuparme.

Supongo que son las cosas del querer.
Como siempre nos han dicho papá y mamá:

Que disfrutes y tengas cuidado.

Hermano tras volar conmigo

domingo, 8 de abril de 2018

De tus miedos y los míos.

Ya no sé si es normal.
O sólo me lo parece.

Sólo conoces mi mejor sonrisa.
Solo te atreves cuando te encuentras mis ganas locas sobre la cornisa.
Me gusta que seas observador, que busques con la mirada,
de todo y por nada.

Siempre te paras en el brillo de mis ojos. Una vez dijiste algo sobre lo bonito del color.
Y yo te grabé en la retina como una tonta.
Observador, paciente, risueño y algo inexperto.
Y al fin y al cabo, quien soy yo para para derretir el hielo que engalana tu sonrisa.

Entonces notaste que algo no iba bien, que yo estaba triste y el brillo del que hablabas no terminaba de reflejar todos tus sueños.
Quisiste acercarte en formato abrazo y algo te lo impidió.

Luego,
como cada vez que me choco con tu vida, la mía se incendió.
No cabía más rojo en una misma sala de espera.
Tampoco más llamas sobre el pedazo de cielo que nos encajaba.

Es normal que no te acerques más.
Peligro, líquido inflamable.
Y tú no eres amigo del fuego. Nunca lo has sido.

Es normal que tengas miedo, si los míos también van en tu busca.

Miedo a lo que pueda pasar, a conocerme más y no querer quedarte vivir;
o por el contrario, a querer cavar tus últimos días sobre mi cintura.

Sigue jugando a tener miedo que me encanta que aparezcas de repente.
Tan tú convirtiéndome en un signo matemático con ambiciones.
Eres bocanada de aire en medio de las mil tormentas, eres papiro demasiado bien prensado e inmaculado.
Y no te imaginas las ganas que tengo yo de ser vida ahogada ansiando ese último suspiro.
Ni te haces a la idea de que soy una lunática con mil gotas de tinta que llorar
todavia.


jueves, 29 de marzo de 2018

Arréglatelas para bajarme una luna llena

Seré solamente de aquel que consiga bajarme la luna llena.
No pido todas las lunas, ni todas sus fases.
Solo pido una noche, una luna, y que sea llena.
Seré de aquel capaz de alzarme con versos para ponerme a su altura.
De aquel que se olvide de respirar porque siempre haya cosas más más importantes que ser consciente de los alientos.
Seré de aquel que encuentre la puesta de sol más espléndida y cuente con el arrojo necesario para traérmela en un bote de cristal.

No soy de regalar mi corazón. Tampoco soy amiga de la seguridad porque nunca me ha llamado lo suficiente.
Seré, por tanto, de aquel capaz de abarcar mis miedos en un abrazo.
Del que no le haga falta decir te quiero cada vez que escucha mi respiración porque sea algo que yo ya sepa.

Nunca he sido de nadie. Y quizá éste sea mi mayor miedo. Que no haya nadie dispuesto a ser por mi.
No creo en las medias naranjas. Ni somos frutas ni somos mitades.
Somos enteros.
Defectuosos, puede ser, pero enteros al fin y al cabo.
Somos de quién nos cuida, de quien nos baja la luna una noche, y de aquellos a quienes llamamos hogar.
Somos fragmentos de un globo que lejos de volar, flota.
Un globo inestable y frágil que puede estallar en cualquier momento.
¿Que de qué color es el globo?
Azul.
Un azul que no conoce de cielos ni de océanos.
Un océano que pretende "llegar a ser" algún día- como nosotros.
Y mientras tanto;
No somos.

Pero confío en que algún día lleguen esos ojos que me dejen ser entre entera y defectuosa cuando me encuentre cara a cara con la luna llena.


lunes, 26 de marzo de 2018

La puta no tan rosa

Y creces.
De pronto. 
Como despertar de un sueño, sobresaltada y con perlas de sudor sobre la frente.
Te das cuenta de que el rosa de la vida no es tan rosa, ni las cosas tan bonitas.
Que todo el mundo cuenta con su propio agujero negro con problemas y que la mayoría los esconde bajo una sonrisa y un “todo va de maravilla”.
Que los que te rodean no saben salir de sus propios pozos de descordura, por lo que-por muchos consejos que pidas, pocos van a servirte realmente.
Que intentas ver el lado positivo, lo bueno en lo peor, la suerte.
Y solo eres capaz de ver tu rostro de bruces contra un trozo de asfalto caliente de Arizona a más de cuarenta grados.

Te olvidas del síndrome de Peter Pan porque ya no te quedan manos para sostener tu mundo. Te olvidas de tu sonrisa y de lo bien que sonaba aquella canción en la radio porque en este momento quieres dejar de existir.
Sin decir nada
Ni adiós, ni huella,
ni tan siquiera recuerdo.

Te das cuenta de que no existe lo bonito, pero tampoco lo feo.
De que existe la vida, a secas.
Y a ella no le hacen falta adjetivos,
tiene alergia a los pronombres y se pelea con los adverbios.
Caes en que jamás te dio los buenos días.

Te das cuenta de que por mucho que busques en mil comedias románticas, en otros cientos de libros de Moccia, nunca vas a encontrar lo que buscabas.
Y de que no se puede vivir siempre con ilusión.

Arranca esa ilusión de tu pecho, lo antes posible. No la abraces, no te hagas su amiga, abandónala a su suerte en el primer motel de carretera que encuentres al pasar.
Sólo. Sola. Solemos...Solíamos.

Solíamos ser felices. Solíamos ser.
Todos juntos.
Y hace tiempo que ya no.
Y por mucho que vuelvas, que caves un socavón en el pasado, no vas a encontrar el punto que le dio la vuelta y escribió “ya no” sobre vuestras cabezas.

Y a pesar de todo. Soy de las tontas que quiere abandonar a la ilusión pero la abraza más fuerte.
Que quiere dejar de creer en el amor, pero lo lleva por bandera. Que quiere creerse que el amor se termina pero se siente reacia a creerlo.

El amor no se termina. Se transforma. Se enmohece, se destartala.
El amor, como todo, hay que cuidarlo, día a día.
Poner de nuestra parte para que las curvas se vuelvan rectas.
El amor hay que sentirlo y evitar el fatídico cambio al odio, al tedio a la rutina, a la desazón.

Pero la mayoría de las veces, eso se olvida.

Los sentimientos se guardan bajo cientos de recuerdos imborrables y los caminos comienzan de nuevo, como las oportunidades, pero esta vez separados.


jueves, 8 de marzo de 2018

Latidos corrientes


Autodestrucción. Auto porque es a mi misma. Porque me gustaría correr, llegar a tu portal y decirte que te has convertido en una de mis personas favoritas.

Luego si quieres vuelvo por dónde he venido o mejor me invitas a pasar y te explico a lo que me refiero.
Luego si quieres le pedimos a este gris que nos deje de llorar.

Autodestrucción. Porque veo mi vida rozando tus ganas y me dan miedo las colisiones frontales.
Siempre me dio pánico cruzar las calles más lento de la cuenta y eso, por muchas sonrisas que me enseñes al otro lado de las rayas de cebra, no va a cambiar.
Autodestrucción porque mi cabeza regresa a ti- o soy yo, sin querer admitirlo.
Porque suena Quique (Fiesta de luna llena) y me recuerda a ti.
Porque Compostela esta bonita de todas las formas pero lo que hace bajo la lluvia debe ser cosa de brujería.
Y a mi, que me encanta quejarme por vicio, me gustaría compartir sus calles con tus pasos.

No te asustes, ni salgas corriendo despavorido.
Sólo te digo que me apetece chocar risas contigo sobre los muros de piedra, y que necesito que reboses un poco de tu alegría irracional sobre mi alocada cabeza.
Tranquilo. Que no te pido la vida, ni el corazón en un cofre, como en los cuentos.

Te pido que las despedidas duren un par de minutos más, y tres de esos encuentros de repente sin sabernos estar.
Te pido que te vayas para un rato y no muy lejos, y que me recuerdes.
Que nunca dejes de hacerlo: eso de conseguir que un día absurdo y abrumador se torne maravilloso.
Que lo arregles todo con tus parches de “ya veremos” y que las cosas te sigan saliendo igual de bien.
Pásame por debajo de la mesa algo de eso a lo que llamas suerte.

Puede que sólo te parezca una loca de remate por mirar más a las estrellas que a mi presente, pero es que el pasado dolió y no quiero bajar más la cabeza.
Y si, confieso que me acerqué a ti porque me dijeron que tú también creías en la magia.

Me gustaría saber cual es tu truco favorito , y si eres de los que sacan conejos blancos de la chistera.
Me gustaría saber qué piensas sobre el verbo volar. Pero eso ya me lo cuentas con menos luz, y entre tú cerveza y mis carcajadas.

Yo soy más de trucos propios.
Ayer, por ejemplo, después de tropezar por enésima vez con tus ojos espanté a las mariposas azules y tiré el ultimo as que guardaba bajo la manga.

Ahora me apetece eso de dejarse llevar.
Así que, permíteme tomar prestada tu filosofía del ya veremos.
No tardes, te espero donde siempre.

sábado, 3 de marzo de 2018

Dos caras

Miles de almas unían sus voces por alguna causa honorable. Corazones henchidos bajo sonidos que se hacían llamar música, luces de mil colores y de cualquiera de los gustos inimaginables.

Y al mismo tiempo, a no sabemos cuántos kilómetros, ella caminaba tranquila.
Los pies le pesaban como plomo.
Las ganas se le habían terminado,
exactamente igual que los cristales hechos añicos de la última copa,
a oscuras, y por lo suelos.

Aquel sitio, de día, vacío de vida, y lejano a todos los ruidos de la noche, se le antojaba extraño.
Él ya no estaba al fondo de la barra con su sonrisa de fiesta, pero se había dejado la chaqueta.
Debió olvidarla con tanta prisa y tantas ganas de roces con aquellos rizos rubios.

En aquellos lugares era donde ella se daba cuenta de las dos caras de la vida.
La animal y la racional.
Pero no entendía por qué la luna era todo instinto y el sol pensaba de más.

Los pies seguían pesando y ella era reacia a compartir el sonido de sus pensamientos con una multitud que no terminaba de verla aunque la mirara, por eso siempre llevaba puestos los auriculares.

Su padre le había dicho muchas veces que la vida te tatuaba lento y bien, que no hacían falta ni medias tintas ni tintas enteras. Que te dejaba marcas como cicatrices que luego eran difíciles de borrar hasta para el olvido.
Por eso su sonrisa se asomó de madrugada cuando levantó partes del alma negra que le cubría los hombros.
Justo ahí. Tenía la primera de las cicatrices. No le dolía, aunque puede que si lo hiciera hacía unas diez lunas; pero le traía de vuelta unos tiempos en los que lejos de sentirse plena, fue feliz con poco.

Y no sabía cómo atesorar cicatrices, no le importaba dormir de menos soñando más, si con ello el corazón se le hacía más grande que las ideas.


Radiohead siempre fue buena opción

Y no sé si te has dado cuenta de la felicidad que desprendes cuando la miras.
O de las ganas que le tienes.
Ganas de más.
De abrazarla para no soltarla, de seguir adivinando su sonrisa bajo todos los soportes de tu cabeza.
No sé si no te has dado cuenta- o no te la quieres dar- de que la has convertido en tu salida de emergencia.

Y cuando fuera oscurece y todas las puertas se cierran
se te olvida por donde entraste,
no consigues regresar a casa.
Y la ves a ella.

Ella, que siempre quiere dar lo mejor de si, por muchas nubes que aparezcan.
Ella,  que escapó del sur para volver algún día, y te ha robado el norte.
Ella, con aroma a primavera.
Y tú contando los días para volver a verla.

No lo sé, si la cuenta no ha caído en ti, o quieres que nosotros te abramos los ojos.
La cuenta de los bailes que le debes, de las noches que le juegas o la de todos los bares donde olvidasteis la última cerveza.

Y tú te has quedado prendado de la carrera de su pelo,
y no sabes cómo frenar el murmullo incesante que te ronda la cabeza.

Por eso, y por todo lo que podría venir.
No la frenes y...
Como a ella le encanta 'déjala que vuelva'

Richard Gere, Julia Roberts- Pretty woman

jueves, 15 de febrero de 2018

Los amantes con rotos

Fuera llueve la madrugada.
No hay flores en su papelera. Ni mensajes de buzón.
No hay bombones bajo la puerta, ni caricias a media estrella.

No los quiso. Renegó de todo aquello que materializaba el amor. Y no porque odiara todos los catorce de febrero. El odio no se llevaba bien con la adoración. Y ella era una enamorada empedernida.

Siempre pensó que su error era esperar demasiado de la vida, de los retazos que la rodeaban.
Siempre pensó que los cabezazos contra la pared eran enseñanza y las piedras sobre el camino eran pasatiempos para llegar a aquella playa.
Pero su mayor error no fue más que dar el doscientos por ciento de si misma. Echar el alma en cada suspiro y no guardarse nada para los restos. Dar de más en un mundo que la quería de menos.

Y allí sigue. Hablándole a la luna. Pensándolo bajo la cortina de agua que lloran las nubes. Demorándose en sus ojos grises, como el tiempo en sus días menos remotos.
Sigue queriendo sin querer, y regalando lo mejor de si porque no se lo enseñaron de otra forma. Sigue recomponiendo bajo la luz de un par de velas los pedazos de corazón. Se le han derramado intentando colocarlo en la repisa más alta.

Y confía.

Es hora de entregarse a los sueños. De perseguirlos bajo las sábanas, y de construirlos cuando llegue la mañana de mañana.
Otro catorce escapando sin hacer ruido y extrañando la presencia de los amantes con rotos.
Otras flechas que un ángel semidesnudo nunca tirará.

Y más besos. Más roces de labios sobre sus ojos grises en medio de ninguna parte.

En mitad de ella, pero lejos, él la piensa. De todas las formas posibles. La piensa piensa libre, la quiere niña. Pero hace ya mucho que se siente triste.
Fuera no llueve.
Se siente lobo, aullando a la luna un vuelve que no termina de hacerse eterno.
Descubre las marcas de sus rodillas, los surcos bajo sus mejillas persiguiendo a su reflejo.
Debería haber previsto aquel adiós. Las estaciones, fueran del tipo que fueran, nunca debieron escribir la palabra fin.
Y el suyo fue un disparo a quemarropa, a bocajarro y a mandíbula batiente.
El suyo fue un te quiero murmurado.
Demasiado bajo como para que la vida le perdonara los pecados.


martes, 6 de febrero de 2018

Mañanas de martes reconstruyendo heridas de domingo


Cómo puedes convencerte a ti mismo de que todo va a salir bien si sigues la línea; si te esfuerzas, lo disfrutas y trabajas.
Cómo convencerte de que vales algo, por mínimo que sea.
Cómo, que algún alma paseante de la tierra tiene un hueco para ti en su compendio cabeza-corazón.

Te dicen siempre que no hay que preocuparse, que todo llega; aunque luego pase.
Te dicen que estés tranquila pero, ¿y si no llega? ¿O si marcho antes de pasar por la casilla de salida?
Perdonen mi osadía pero vivo con ese miedo impreso sobre las heridas.

En descontadas ocasiones intento actuar acorde a los bombeos de mi corazón.
Tal vez el problema resida en la ambición inmensa de mi pequeño motor.
Mi cabeza, por el contrario, siempre reprende esta conducta de la manera más recta, estricta y racional.

Pero, díganme:
¿Cómo se vive sin intensidad? Sin que te dejen.. ¿Cómo se vuela sin alas o se baila sin pasos? ¿Cómo demonios se canta sin tono, ni timbre, ni formas?

Como yo, encerrada, al sur del norte; como yo con ojos cerrados-a corazón abierto, recordando mi antiguo pero aplastante miedo a la oscuridad.

Hoy, a domingo, lucho contra todos mis fantasmas. Y reconstruyo una épica batalla en la cabeza grita y araña, batida en duelo contra el corazón, que deja ir su último suspiro.
Pero luego, el humo de los sueños que me sobrevuelan se expande, lo abarca todo y me maldigo mil y una vez por dejar las ventanas de par en par: porque se me escapan. Esos sueños corren sobre el alféizar sin darme opción a perseguirlos.

Y mi cuerpo los observa impasible. 

Por un lado se aferra a aquello de “si amas algo, déjalo libre” y por otro soy un cúmulo de órdenes implícitas que no finalizan su cometido. Y sobre mi cerebro descansa un ‘cerrado por vacaciones’.

Y ahora en todos estos domingos de matices grises, es cuando más tiempo me da a echar de menos a mi yo de ayer.
Mi yo segura de sí misma. Mi yo incansable, soñadora e imparable. Extraño su forma de vislumbrar la vida: querida, feliz y decidida.
Con esto no quiero restarle pedazos a mi felicidad actual. Lo soy, aunque este domingo ceniciento me tilde de lo contrario.
Sólo me refiero a que a veces, la riqueza de mente y experiencia que intenta nutrirme desde hace ya algunos años me hace sentirme cada vez más diminuta.




viernes, 12 de enero de 2018

Extrañar el mar.

Y de repente me sobrevuela un recuerdo entrañable.
Uno de ti y de mi, a mil kilómetros de mar.
O llegando a tierra, no estoy segura.
Me gustaría que si te cuento este grabado de memoria en tres o cuatro líneas me regalaras algún porqué.

Por qué me pellizca el corazón ese recuerdo.

Recuerdo que llevaba mirándote cada dos olas y la tormenta tropical nubló nuestros sentidos.
Nunca supe si fueron las vistas desde proa o los excesos los que me llevaron a adorar todas tus imperfecciones.

En tu defensa he de decir que siempre me pareciste una incógnita a despejar. Siempre que me paré a mirarte, miles de ¿...y si? me bailaban lento.

Tu sonrisa no era menos amplia que la mía y el paraíso nos respiraba por los cuatro costados.
Me dijiste que adorabas el mar. Pero que lo preferías más frío y ahora,
el frío tonto y este recuerdo te han devuelto a mi memoria.

Me acerqué a ti todo lo que pude y te llamé por tu nombre completo.- Aún no sabes que odio los nombres completos.
Te parecerá una tontería pero me transmitiste mucha confianza cuando te escuché reír.

Me dijiste que no. Que parase. Y yo sin entender.
Que aquellas letras que jugaban bautizarte eran demasiado serias. Que así solo te llamaba tu padre.
Entonces mi sonrisa abarcó océanos.

Y  tu nombre de pila quemó mis labios al salir.
Pero esta vez la sonrisa oceánica fue la tuya. Y luego nos llovió un deshacer de kilómetros y tres o cuatro maletas. Un regreso para otra marcha.

Espero que estés disfrutando de tus ciento ochenta  días en cualquier otra parte pero me apetecía deciente que echo de menos seguir conociéndote y que desearía tener tu sonrisa oceánica cerca para sacudir mis miedos.

a Q.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Desórdenes emocionales

Cómo demonios les dices que salgan de tu cabeza.
Cómo planteas a alguien con quien existes que te abandone a tu suerte sin llevarse la experiencia.
Te han reñido, te han escondido. Te han ayudado a convertirte en pequeña, más pequeña.
Te han abrazado con el don de la invisibilidad en la alcoba del no saber.
Han reído contigo escondiendo puñales a la espalda.
Y lo peor es que tú lo sabías desde el principio.

Sabías que el dolor se servía en plato frío. Que las llamas nunca te han quemado.
Sabías que el viento y el tiempo no querrían ayudarte si no te atrevías a soltar las manos de ellas.
Tú y nadie más sabía que en la vida no había peores compañías.
Que el compartir se volvía amargo y los días, eternos.
Sabías que dolía pero también supiste aguantar el dolor.

El problema llega cuando no puedes seguir viviendo una mentira. Ni quieres.
El problema son ellas, y tú, que por convencimiento las sigues queriendo. Son ellas que no te dejan solas pero tampoco te viven como mereces.
El problema llega cuando para de llover y no te queda más remedio que levantar la cabeza. 
Y las dudas atraviesan poco a poco el inexperto corazón que revolotea en tu pecho.
El problema lo tienes tú, que no te basta con ver oír y callar; que ansías sentir y gritarlo desde lo más alto.
El problema...
Si todos ellos fueran el problema los habrías solucionado hace tiempo.

Aquí, ahora, en este instante...el único problema es que sigues encerrada en tu interior, estrellando todas tus ganas contra el muro de tu cabeza.

Y ellas, las abominables inseguridades que te coronan no van a soltarte las cadenas.

Llevas años preparando el plan de fuga, millones de engranajes que encajan a la perfección con los esquemas, a la espera de una última pieza.
La pieza con forma de llave, la que pondrá fin a todo sufrimiento y te dejará volar.


La pieza que sin quererlo, guardas en lo más profundo de todo corazón, deseando la libertad.


martes, 12 de diciembre de 2017

Llamas.

Me han pedido que me exprese. Que diga lo que me hace sentir bien. Y tu sonrisa ha volado por mi mente.

Me resulta tremendamente difícil esto de elegir. Yo, que me declaro más cambiante que las mareas.
Hoy no iba a ser la excepción que confirmaba la regla.

Ha amanecido gris. Fuera casi hiela y de nuevo no he sido capaz de sacar ni una mano, ni la oreja.
Un septimo está demasiado cerca como para morir y demasiado lejos para tocar fondo.

Toca crisis existencial.
Toca preguntarme qué es lo que prefiero.
Si volar o rozar espuma del mar. Si sentirme maravillosa o maravillada.

Y es que cariño, desde que llegaste a mi vida, has conseguido que sea más curiosa que nunca. Que viva en una eterna pregunta.
Que cambie más de ganas que de tangos, que me haga un lío como un ovillo que nunca terminó por desenrollarse
y no sepa como salir.

Veo la oscuridad en el fondo de mi mirada. Me apetece ser tuya o de nadie.
Ser tuya, no como objeto ni como posesión,
sino como sentimiento compartido.

No sé si esto es un juego del destino- que se ríe a nuestra costa- o si eres tú el que quiere reírse de mi en todas las costas en las que nos encontramos.

No sé porque juegas con mi corazón trillado y me llamas por mis apellidos.
A que vienen esos besos en la esquina de mi hombro si no es con propósito de enamorarme.

Pero claro, me olvidaba que a ti también te han hecho daño en un pasado, que los segundos no  pasan solos delante de mi puerta y que tu sonrisa a pesar de las heridas, es la más bonita de toda la ciudad.

Me olvidaba que estoy en el norte, que fuera va a llover siempre, pero que contigo me aparece el sol por la mejor de las esquinas.
Me olvidaba que sabías cantar lo que sientes, y pensar lo que siento.
Que siempre aciertas, y que aún no es demasiado tarde.


a J.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Ana

La loca de los domingos tiene a Hozier rasgándole el corazón. La música sobrepasa el volumen de los vendavales.

El temporal le trae de cabeza, y no encuentra mejor excusa que un café para ser eternamente feliz durante tres minutos.

Se ha calzado las botas de agua porque el norte no cesa su llanto para no terminar de salir y ha vuelto a adorar sus interminables domingos.
Ella, que quería saltar charcos, solo patalea viendo las carreras de gotas de lluvia sobre el cristal.

Gotas, farolas y oscuridad que se entremezclan para formarle la más bellas de las postales navideñas ante el escritorio.

Hoy se sentía peleona y rebelde. Hoy lucía una corona algo anárquica y su pelo sólo quería volar.
Hoy no se puso demasiado cerca, por temor a no ser suficiente. Y su modo despeinado ha invadido toda la casa.
La bautizaron como Ana, y ha venido a hasta el norte para desatar la guerra.

Ríe en silencio y va al contrario que el tiempo. Le busca la luz a lo oscuro de la manera más ilusa y esconde las ganas tras las pupilas.

Quiere contarle al mundo que está preparada.
Que en eso del amor, nadie nació sabiendo y que ya ha desperdiciado demasiadas oportunidades.

Quiere susurrar al oído del primero que le escuche que las noches son para los valientes, que el mundo pertenece a los que siguen creyendo en la magia y que los días a su lado pasan como los segundos, desfilando incansables.


martes, 5 de diciembre de 2017

Luz


Y estando en medio de ninguna parte solamente escuché 'I'm going back to the stars'.
Y te miré. De repente me sentí sobrevolar miles de kilómetros y un par de océanos para verte triunfar como siempre quisiste.

Yo de regreso al Lunario a contemplar las vidas pasar entre telones de escenario.
A adivinar la flor en la piel de todos los que te vieron conseguirlo.
Y declararme uña de la carne que le pusiste al sentimiento.

Volvíamos a la magia, y como dijo Izal, a sus efectos especiales.
Regresábamos al cajón desastre de tu ropa con la mía;
al frío de las tormentas de verano;
y al calor de la lumbre cuando ahí fuera se te helaba de todo,
menos el corazón en mis manos.

Me quitaste el auricular y aún con voz susurrante pude recoger tus palabras.

Y me encantó darme cuenta de que los mi vida y las caricias no estaban del todo perdidos.
Y al escucharte solo supe abrazar
(te).

Contigo no vuelvo a las navidades pasadas porque ya no nos quedan, pero si a las anteriores, y de la mano del famoso pero olvidado fantasma que dejó de ser etéreo.
Ese que una vez decidió hacerse poeta para sangrar todas sus letras.

Nunca nos hemos sido y sin embargo quererte es demasiado fácil. Tener el privilegio de compartir vida con alguien que ilumina la tuya, el más bonito de los regalos.

Por eso te pido, que aunque sea difícil, que aunque no quieras querer:
no me sueltes.

Sé que no eres de esos pero, no te vayas.

Quédate.
Si quieres para un rato, porque hueco en mis recuerdos tienes para toda la vida.

-a J.

Disconforme incesante

Vivamos como vivamos y lo mucho o poco que dure esta vida, nada va a parecernos suficiente.
Nunca.
Somos por definición seres inconformistas.
No queremos cesar en engaño ni frenar los efectos, y si estos nos llenan, mejor.
Aunque nos ronde eso de que nada en exceso es bueno, tampoco terminaremos de creérnoslo.

Debe existir el exceso de risas. El exceso de alegrías y el de felicidad.
He pensado muchas veces en nuestra fecha de caducidad. El  día en que nos de por dejar de respirar.
Y me gustaría saberla- y así organizarme y decidir qué vivir y qué saltar. Pero sobre todo para poder agarrarme al clavo ardiendo que me de la gana- si este me promete un 'te quiero a mi lado'.

Pero por otro lado, nos miro y pienso que mejor dejemos hacer de las suyas a la casualidad.
Somos gentes, humanidad errante, destinada a equivocarse y a grabar a fuego esos errores.
A aprehender.

Pedimos clemencia al dios de los mil nombres, según los labios que se dignen a llamarlo, o el alma que le susurre.

Entonces,
¿Quién se ha tomado la estúpida molestia de tejer los destinos de estos seis mil millones de vidas? Y de otros tantos ojos desconocidos que se empeñan en sobrevivir en contra de todo sistema?
¿Quién puso la primera piedra del universo?
¿Quién vio encenderse las estrellas?
¿Quién decidió organizar las notas que alumbraran la primera melodía? La que hizo bailar y disfrutar a la más cándida de las mentes.
¿Cuándo empezamos a querer?
¿Y por qué , si nos movemos por ensayo y error, no nos hemos arrancado el corazón de cuajo y hemos dejado de lado al amor?

Son seres complejos estos humanos.

Se debaten entre el existencialismo y la fantasía, entre lo místico y lo terrenal. Ponen peros a la razón y buscan los límites del alma.
Defienden la realidad pero se pasarían las horas flotando sobre las nubes.

Y este sentimiento de disconformidad incesante no se detiene.
Es un devenir constante de energía que nos envuelve.
Son las luces de una llama con mecha eterna; espuma de unas olas que nunca terminan de romper; o las canas incipientes que muestran que el saber está en más en los años que en los daños.

Somos la última pieza de un puzzle que se cayó bajo el armario del salón.
Continuamente pregunta sin encontrar jamás la respuesta.


(Anne Hattaway)