jueves, 16 de abril de 2020

Crónica de una cuarentena II

Acaba de terminar “On the Train Ride Home” de los Paper Kites.
Y a mi me ha dado por pensar. Qué raro.
Creo que de momento no hay vuelta a casa. Por ahora.
Hablando de casa como rutina.



El mundo, tal y como lo conocimos, ha dado de manos y ha invertido su razón de ser.

He de decir que a mi, abril es un mes que me tuvo siempre en las nubes, y hoy me ha cogido el día tonto. He dejado de lado mi preciosa concentración y me he encerrado en mi cabeza.
Me ha dado por recopilar imágenes.
He buscado y guardado en una carpeta todos los fotogramas que ponen nombre y apellidos al sentimiento que tengo atravesado en la garganta.


Uno que raspa al hablar, derramador de lágrimas llamadas Judas, que tenían que haber disfrutado su ultima cena.
Es una maraña de palabras preciosas que no cuentan siempre con la connotación positiva que me gusta desprender.

El primero es la impotencia. La sensación de no estar haciendo lo suficiente, de no poder ayudar tanto como me gustaría.
Después le sucede el miedo. A lo desconocido, a la incertidumbre, al que pasará, al estúpido ¿y si…?

Le sigue la desazón por el encierro. La falta de sensación de libertad y la imposición de un confinamiento para alcanzar un bien común que ahora mismo nos viene grande.
La pena por el tiempo que hemos perdido y por todo lo que quedaba por vivir en un futuro que ahora puedo tildar de inoportuno y cuesta arriba.
También puedo distinguir algo de extrañeza.
Algo que me hace acostumbrarme a la nueva rutina pero que necesita gritar alto con mi voz palabras inteligibles para luego romper a reír.

Lo que peor llevo es lo de los abrazos. Siempre me he considerado fiel defensora de estos últimos y está mañana, desayunando, tenía puestas las noticias. 
Un 50% de mí quería dejar de mirarse el ombligo y conectar con el mundo fantasmal en el que intentamos resistir ahora.
Mi otra mitad quería no desayunar sola.



Pero creedme cuando os digo que es la peor idea que pude tener esta mañana. Noticias frescas, como una mala resaca en el día de la marmota.

Hoy la única diferente ha sido que según los expertos puede que el distanciamiento social se prolongue hasta 2022.
Entonces el alma se me ha caído a los pies.
Puede que a veces me guste el melodrama pero... ¿no abrazar a los míos hasta dentro de 600 días?
No sé si me acordaré de como se daba un abrazo si quiera.
Tampoco, si habrá cuerpo que lo aguante.

En contraste con todo esto, cuando ha vuelto mi yo optimista y soñadora me he acordado de lo bueno.
Carolina, ¿qué sacas de toda esa madeja repugnante?
Y han aparecido la alegría, el cariño y la esperanza.


La alegría de ver que , aunque sea a pasos pequeños, vamos progresando como humanidad.
Ya pueden expedir el título de coronados para todos, que no solo existe el rey.
La alegría de ver llegar a mi madre desde la primera línea de batalla cada mediodía intentando luchar por los que necesitan un aliento más.
Ella, que también ha decidido posponer los besos y los abrazos a sus hijos hasta nueva orden.
La alegría de la llamada de mi padre en mitad de la mañana desde el hospital, sin contarme ninguna mala historia, y asegurándome que todo esto pasará.
El cariño, que aunque ahora solo sea telemático, arranca algún que otro vuelco a nuestra maquina de latir.

Y las esperanzas. Las muy hijas de su santísima madre que no desaparecen por muchos palos y piedras que estemos encontrando en el escabroso camino.
Las esperanzas que ponemos cuando hoy dicen que hay más altas y menos muertes.
Las que ponemos en darle brillo al ánimo y sacarlo a rastras del trastero, junto con las acuarelas y la bicicleta estática.
Las esperanzas que, incluso diezmadas, siguen consumiendo la mecha de todos los que aún aplaudimos a las ocho de la tarde desde las ventanas.
La vida que tienen ahora los balcones.
Y los músicos de dormitorio.
La familia- esté lejos o cerca.


 






Ahora suena “Hope there’s someone” de Anthony and The Johnsons.
Y de verdad que, aunque hoy la pesadumbre quiera ganarle a mis ganas, espero que todo esto pase y que cuando volvamos la cabeza solo lo recordemos como una lejana pesadilla que nos sirvió para crecer fuertes y exprimir la vida.




 


viernes, 3 de abril de 2020

What is love- Paco Caballero


Minerva paseaba su vestido rojo por la fiesta.
Y Leo su cerveza.

Lo suyo fue sonrisa a primera vista, y la noche estaba demasiado bonita como para andarse con tonterías.

Pero Minerva aún andaba rondando al amor de su vida.
Y estaba muy lejos de sentirse como una diosa romana.
Tampoco tenían el mismo nombre.
Ella era Lola.

Y Lola todo lo que quería era que Mario volviera a mirarla como en aquella verbena de tantos veranos atrás.
Y volviera a sujetarla por la cintura, sin dejarla dar traspiés.
Y que todas las canciones del mundo les parecieran pocas porque les sorprendiese el amanecer y corrieran hasta la orilla más cercana.

Y Mario, en los ojos de Leo también la quería de vuelta.
Deseaba el regreso del amor desgarrado que la hacía morir de la risa.
Deseaba seguir contando constelaciones en su espalda y que las llamas de una vela fueran suficientes para prender el incendio que traería bajo el brazo toda primavera.

Y se quisieron mucho sintiéndose extraños.
Y luego lloraron por lo que ya nunca volvería.

Volviendo a amanecer con ellos bailando, abrazados.


(Miki Esparbé y Verónica Echegui- Cortometraje What is love)

Solo les queda hora y media para deleitarse con esta maravilla.

Por soñar, que no falte.

A no ser que se me escapen las idas y venidas de esta ruleta rusa.
Hay varias cosas de las que estoy segura.
Y varias, que necesito hacer antes de cerrar los ojos.

Creo que una de ellas es volar.

Y no me malinterpreten.
Que no tengo muy claro si lo digo en modo metáfora o con los tiempos tecnológicos  que corren veré desplegar un par de alas a mi espalda.
Por el momento, es cuestión de imaginar.- que es lo único a lo que aún no le hemos puesto límites.

Creo que también me encantaría empezar desde cero, en un lugar diferente, aunque de revalorizar estamos hartos últimamente.
Crear algo desde los cimientos con la misma ilusión con la que me bebía los cuentos
cuando tenía cinco años.

Estoy segura de qué vidas van a estar aquí cuando el calendario nos propulse hasta el abril de los nuevos años treinta.
Los que van a seguir entrelazando sus dedos con los míos aunque a veces yo luche por romper con todo.

Mientras tanto, en un futuro no muy lejano me encantaría cruzar el océano.
Hay dos sitios al otro lado de él que muero por visitar.
Y oye, yo que siempre me quejo de no tener tiempo ni para respirar, ahora tenemos todo el del mundo, por soñar; que no falte.
Estos dos lugares y yo formaríamos un triángulo que lejos de perfecto, se me antojaría ancestral.

Uno de esos lugares está en mitad de ninguna parte.
Se yergue de la nada una vez al año al norte del desierto de Nevada.

Cogería el primer avión hasta Atlanta que se cruzara ante mis ojos, y al llegar allí un directo a Reno. Con una gran bolsa de viaje, repleta de ganas, ilusión y comida para subsistir durante semana y media en el desierto. Cierto que hay algunos problemas técnicos a solucionar, pero déjenme flotar sobre las nubes.

Llegaría al Burning the Man y me empaparía de todo el polvo y las estrellas que pudiera.
Buscando la canción perfecta, y contemplando de lo que es capaz el ser humano si dejas a su cabezas dando vueltas en medio de ninguna parte.
Mis pies serían incapaces de frenar su baile porque ahí esta el secreto ¿no?

Creo que regresaría puesta de amor hasta las pestañas.
Con algunos sueños de la lista tachados y la sonrisa cubierta de arena y brisa.

(Burning the Man- Black Rock Desert 2017)


Pero nunca arrastraría a alguien como tú hasta Black Rock.
Porque te conozco, y no lo entenderías. Porque eres de los que necesita ver para creer.
Y en eso, conmigo, ya habías perdido.
Porque yo sigo siendo testigo de los imposibles y estoy segura de que hay vida después de la muerte.
Creo que hay alguien ahí arriba que lo orquesta todo porque no me trago que tanta perfección rompiera filas tras la explosión del Big Bang.


El otro lugar al que muero por ir es al fin del mundo- aunque otros lo conocen como Ushuaia.
Que si, que hasta allí el camino sería algo más arduo pero como todo trayecto que te lleva a encontrarte contigo mismo, merecería la pena.

¿Cuánto pagarías por cruzar un océano y acabar donde cielo y tierra se vuelven uno?
Hace ya años que Argentina me susurra al oído que  no puedo perdérmela.

Y en estos días de no saber, desde las cuatro paredes de mi cuarto, no hay nada mejor que un mapa, una caja de chinchetas de colores y el vuelo de la imaginación para estar en el lugar que necesites.
Y en el momento exacto.

Sé que el tango no es una buena banda sonora para entrar muerta de frío en el canal Beagle.
Pero es que a mi Gardel me pellizca el alma, y hoy me apetecía no sentir tanto techo sobre mi cabeza.


(Ushuaia, Argentina)





miércoles, 1 de abril de 2020

Llevas la visión de futuro escrita a boli en la palma de la mano.

Creo que es en la antesala de las hecatombes cuando necesito tenerte conmigo.
Y que vuelvas con tus todo saldrá bien y tus resistiremos aunque no sean más que una excusa barata para no dar rienda suelta a mis miedos inconfesables.

Creo que me acuerdo de ti en esos momentos porque todo lo que me has dado en la vida, desde que te conozco, son alegrías.
Y creo que es un sentimiento bonito para poder atravesar una ilusión nublada a golpe de navaja.

Quizá me hagan falta solamente dos llamadas al año para que puedas dejar más huella en mi que cualquiera en una rutina.
Eres el mejor técnico de un equipo de ilusiones.
El eterno amante de las causas perdidas, y con perdidas ya sabes a que me refiero.
Pegado a su cerveza cada domingo de partido para sufrir llanamente por lo que cree que vale la pena.
Gracias por dejarme ver que se logra todo si se cree en ello.

He venido a decirte que fuiste un antes y después.
Y que, aunque las malas noticias vengan siempre de dos en dos, si quien las porta sabe sanar el alma, seremos inmunes.
Y que es raro el día que descuelgo el teléfono y no te tengo ahí para levantar mi mundo.

Hace mucho que te conozco y puedo decir, sin temor a equivocarme, que eres una de esas personas que cuando miran bonito, hacen pensar.
Pensar en qué he debido hacer bien para cruzarme contigo en el camino.
Pensar si contar contigo, durará hasta que uno de los dos deje de respirar.

Que a ti no te hace falta hacerte una idea de nada, porque la visión de futuro la llevas escrita a boli en la palma de la mano.
Que puede que la pereza te ronde los lunes, pero cuando dan las dos el mundo se te antoja maravilloso.
Que tus planes preferidos son polos opuestos y que siempre tendré un compañero de aventuras con el que chocar contra el muro del andén 9 y 3/4.

Que nunca dejarás de sorprenderme con el desorden milimétrico que guardas en eso que dices llamar cabeza.
Y que para cuando nos volvamos a ver, el mundo nos habrá dado un par de vueltas.

Pero no me importa.

Venía a decirte que te quiero, y mucho.
Y que gracias por estar, siempre, amigo.






lunes, 30 de marzo de 2020

Qué manera tan bonita de romperte.

Me hacen falta exactamente tres notas de aquella canción para traerte de vuelta.
Los vuelos transoceánicos están sobrevalorados, igual que las llamadas de madrugada.

En los tiempos que corren se ha revalorizado el cyberencuentro y yo,
entre el vacío emocional y el poco contacto humano, te extraño más de lo que quiero reconocer.

Lunes de radiocassette y roto por dentro ha sonado veinticuatro veces en lo que va de tarde- algunos dirán que soy masoquista.
Esto que suma un total de sesenta valiosísimos minutos canjeados en la evocación de tus manos tejiendo melodías sobre mi cuerpo.
Desconozco el motivo por el que elegiste una manera tan bonita de romperte, pero aquella fue la banda sonora de nuestra semana grande- la última, antes de desaparecer.

Siempre me preguntaron si tenía algún don extraordinario y a esto no puedo llamarlo don; ni siquiera podría calificarlo exento de ordinariez,
pero si tuviera que decir una cualidad peculiar que me defina es la de traerte de vuelta a golpe de canciones.

Aquel abril te habías dejado el acento colgado en el perchero de la entrada, las gafas sobre el microondas y ahora recuerdo que no terminabas de deshacer el equipaje.
Te gustaba pasear las plantas de los pies desnudas por el parquet y nunca nunca tuviste frío por las noches.
Decías que podríamos durar dos vidas en el norte, que para sur ya nos teníamos a nosotros.
Que el encierro podría sacar nuestra parte más creativa pero tenías miedo a que destapase todos tus demonios y no quedase sitio suficiente bajo la cama.

Las horas pasaban a nuestro antojo y yo me empeñaba en adornarlas con tés de media tarde.
Tú pusiste las cuerdas de mi guitarra a rendirme pleitesía.
Te inventaste aquello de que era tu propia roine de coeurs y me ganabas todas las partidas de parchís a grito de quedate a dormir.
En un sofá de metro y medio: tu metro noventa y yo.

Creo que fue entonces cuando me enamoré de las letras de Tarque, leyéndolas desde tus ojos.

Hay alguien en la radio-que me quiere mal-y debe adorarlo de sobre manera porque basta que sea miércoles, domingo o ambos a la vez, para que aparezca su voz y la fortaleza que creí encontrar en la pérdida desplome mis cimientos.

Las letras de Tarque siempre vuelven a mis oídos teñidas de tu voz.
Los tés siguen adornando mis tardes.
Y aquí estoy, otro año más.

Pero ya no me resultan familiares las cuerdas de mi guitarra.
Ni quedan restos de huellas descalzas sobre el parquet.
Ahora salgo a la calle sin luz y me invade el frío.

Los periódicos de mañana rezarán algo así como que Carolina nunca estuvo en sus cabales.
Tan loca como para partir su corazón con unas gotas de sopa demasiado fría como fue tu recuerdo.

Así que antes de lamentar las heridas de los martes tengo que pedirte algo:
Deja de ser mi antihéroe, porque me estás atrapando otra vez- y ni tú ni yo queremos una mancha negra en una historia que se quedó en borrador.

A pesar de todo, gracias por las formas y maneras.

Gracias por los días que vendrán.


a A., por la inspiración.


domingo, 29 de marzo de 2020

Allí estaba ella.

Como Wendy, dándole a Peter el beso de la despedida
-y llamándolo dedal.
Así fue exactamente como se sintió ella en medio de toda la movida.

Dejando de llamar a las cosas por su nombre y encontrando de todo antes que la salida
de algún tugurio mal avenido donde caerse muerta, y darse por servida.

Fue como si aquel cuento extraño, manido y ultrajado,
como si aquella pesadilla que daba de bruces con una realidad fingida,
fuera con todos menos con ella.

Y que ella se sintiera la excepción de toda regla.

Como si los días previos no fueran sino el entrante de lo que se avecinaba.
Y el ruido del ralentí ayudara a mantener la calma a todo hijo de vecino.

Como si toda la rabia contenida, que callas en un beso, que cambias por cien pesos
y que se pierde en el espeso de tu mirada, saliera a flote
para detonar el caos sobre los semblantes impacientes de todos los que la miran.

Y que el polvo de después, sempiterno, supiera a medio camino.
A medio gas de un sentimiento polvoriento y manido.
A un casi que llega siempre en mitad de la huida hacia ninguna parte.

Las migas se quedaron en la mesa mucho después de las cuatro,
víctimas, testigo y presas de toda fiesta de domingo.
En el fondo del vaso, el agua que fuera el hielo y algo de sueños no servidos dentro de la botella.

Fue como si Cenicienta no terminara de llegar al baile porque se entretuvo con el naranja del cielo.
Como si la siesta de Aurora se postergara durante eones
y las palomas de nuestra querida Blancanieves tuvieran que salir para recordarnos
lo bonito que era estar en las nubes.
Fue como si Bella arrancase las páginas de sus libros favoritos para volverlos eternos.
Porque nunca nadie le explicó las dimensiones de la eternidad.

Como si la noche, tan esperada, nos pillara desprevenidos
en mitad de un huracán de sinceridad y miedo.
Y todo por lo que un día luchamos ahora se tornara volutas de humo sobre el sucio de las ventanas.
Sin hoguera alguna a la que echarle las culpas.

Y allí estaba ella.

Campanilla se secaba las lágrimas, y jugaba a ser de nadie.
Campanilla decía que mañana,
que los domingos eran los días comodín
y que su locura no sabía atender a razones.

Y entre broma y broma, dejaba asomar los sueños que le quedaban para sentirse princesa
y volvía a recomponer su inmenso corazón.

Allí estaba el fuego que la volvió hielo
y dejó las quemaduras para los siguientes capítulos de todos sus desvelos.
Y la luna, que lejos de susurrarle todos los porqué la sumió en un océano de dudas.
Embravecido e incesante.

Pero ella nunca había dejado de quererse -aún más cada domingo.
Y más incluso durante las madrugadas.
Cuando se desvestía de temores y la cabeza la dejaban ser.

Cuando por fin podía volver a volar sin necesitar aquel maldito polvo de hadas.






lunes, 23 de marzo de 2020

Paidós-

Es inevitable que en estos días me acuerde de las personas que me lo han hecho todo más fácil.
Me refiero a este año.

Ha sido un año de cambios, de retos, de resiliencia.
Ha sido uno de los años más bonitos de mi vida.
Y parte de la culpa la tienen las personas.

Todas las vidas con las que coincidí estos últimos meses, tanto queriendo como sin querer.
Sabiendo que pasaban por mis días de manera transitoria pero queriendo llevarme de algunas de ellas, los mejores recuerdos.

No voy a engañaros. Tanto tiempo de encierro da para pensar, y mucho.
Quizá antes se pensaba al mismo nivel, pero al repartir las atenciones entre tanta actividad de rutina no le dábamos la importancia requerida a nuestro mundo interior.
Puede que haya llegado el momento de cuidarlo y darle mimos para conseguir unos frutos maduros y consonantes con lo que somos.

Mientras tanto, hasta que esos frutos aparezcan con los albores de un verano que amenaza con saltar el año, yo me quedo con las gracias.

Las gracias que le di a cada una de esas vidas a las que me refería antes- porque era lo mínimo que podía regalarles antes de cada despedida.

En especial a una de ellas:

Una vida que luchó contra viento y marea durante siete funestas mañanas para que su pasión terminara ocupando un cuarto de mi tiempo. Para que disfrutara y aprendiera a partes equiparables sabiendo que si no existen las respuestas, siempre pueden inventarse.

Gracias por la paciencia, por las ganas incansables y por tu sonrisa- siempre será una de las más sinceras con las que me choqué.
Gracias porque, por personas como tú, el mundo es maravilloso, y brilla, y nos levantamos tras cada caída.
Gracias por enseñarme cuál es el secreto del tesón.
Gracias por poblar mi vida durante siete días de sueños.

Por llegar y aterrizar de manera inverosímil. Creo que debes saber que vas a tener un rincón para siempre en mi memoria y en mi corazón.
Aunque llueva, aunque no existas más que en formato recuerdo. Aunque no volvamos a vernos.
Nunca.

Gracias por existir.



A G., por regalar vida.

Crónica de una cuarentena.

Tras semana y media de encierro, no sé si nos están sirviendo de algo estas medidas de confinamiento sin parangón.
Que estemos tan cerca y a la vez tan sumamente lejos no tengo muy claro si suma, resta o si nos deja en el mismo limbo espacio-temporal a cada uno de nosotros. Al mismo nivel de desesperanza.

Pero hay una cosa clara.
Esto se nos había ido de las manos mucho antes, incluso, de empezar.

No soy de esas que malgaste oportunidades.
De hecho, eso del carpe diem siempre ha sido una de mis máximas favoritas- aunque con algunos matices.
Claro que tienes que vivir el presente, claro que debes aprovechar todo lo que la vida ponga en tu camino; pero siempre sin quitar la vista del horizonte.
Sabiendo que todo empieza pero todo tiene también su ocaso en cada final del día. Y poniendo de tu parte. Remando con fuerza y sin pausa para alcanzar la meta que en su día te propusiste.

Y no hablo de ponernos en manos de un destino caprichoso, ni de anhelar tanto con una fuerza sobrehumana para que lo divino lo deposite a nuestros pies.
Hablo de vida.
De la que se pierde, de la que se gana, de la que se busca.
Hablo de todas las vidas que respiran junto a nosotros, y de las que estamos tomando conciencia de que están.
Quizá llegamos tarde.
Pero mejor tarde que nunca, ¿no creen?

Solamente puedo exponer mi caso. Porque a pesar del aflujo de cariño y nuevas telemáticas estos días, no tengo vísceras ni ganas para poner el futuro de nadie sobre el papel.
Desde mi ventana hace días que no veo amanecer. No sé si se ha apagado la mecha que encendía los días. No sé si se han fundido los plomos del bullicio matinal.

Últimamente ese horizonte está borroso. Velado por una cortina de agua, que ni Dios sabrá de dónde ha salido.
Hemos perdido la línea que une el cielo con el mar y ya no hay sol que corone ese límite.

Durante estos días muchos seguimos llevando ese carpe diem  amarrado al cuello y gritamos que podemos con todo para no ahogarnos con el propio peso de la pena.
Pero, lo cierto es que esta cadena de eslabón megalítico comienza a pesar más que cualquier avistamiento de futuro- por incierto que pudiera parecer.

Estamos atravesando un presente lúgubre e intimista en el que vivimos con miedo a que la tempestad, que nos está sobrevolando las ideas, traiga una tormenta de mayor envergadura.

Y ahí arriba están, espero que descansando, todas las vidas que se ha cobrado la dichosa partícula infinita y omnipresente.

Todos aquellos que, víctimas del sistema, ya no volverán a reír entre nosotros.
A muchos les ha faltado una despedida digna- pero allí estaban los héroes con bata. Para sostener sus manos e intentar no derrumbarse ante tanta ruina.

Ahora entran más rayos del sol por las ventanas que ningún otro marzo. Como si aquellos que ya no están estuvieran urdiendo un plan supremo para que no decaiga el ánimo.

Ahora que el confinamiento es dueño y señor de todas nuestras rutinas, los pulmones de la tierra han comenzado a respirar aire limpio y nosotros, a base de golpes, hemos empezado a entender el valor de un beso.

Nos hemos demostrado que toda locura puede quedar contenida en las cabezas para siempre, pero que si se comparte, pasamos por cuerdos.

Hemos sacado de los cajones todos los recuerdos por temor a que los que estamos construyendo sin darnos cuenta no nos sean suficientes.
Por tener algo que contar cuando todo esto acabe.

Si no fuera por que desde esta ventana, que se ha convertido en guía de todo, observo el vuelo que trajo consigo la primavera, pensaría que alguien nos está gastando una broma de mal gusto y ha pulsado pause mute a la vez para hacer medrar todo nuestro silencio.

Y desconozco si enteros, pero que vamos a salir de esta, lo tenemos todos claro.




martes, 17 de marzo de 2020

Otros ‘20 que no pisamos Nueva Orleans

Fue una noche de jueves de otros años veinte pero sin tener Nueva Orleans a nuestros pies.

Quedamos a las veintidós en la puerta de un garito.
En la calle en que se confunde un día con el siguiente,
una especie de bucle temporal que da la bienvenida a todo hijo de vecino.

La barra rebosaba complicidad. Y eran las luces tenues y vetustas las que obraban magia con aquel lugar.
He de confesar que nuestro atuendo desentonaba con la escena pero en mi defensa diré que nadie nos avisó de que viajaríamos a otra época. Nos faltaba el vestido vaporoso, los tacones de salón y la plumaria en el pelo. Nos faltaban los guantes del Put the blame on mame.
A ellos les faltaba el traje de tweed y el sombrero de ala corta.

El brandy corría por las gargantas como único consuelo de un encierro inminente y las dos de la madrugada nos pillaron demasiado sonrientes.

Esperamos entre risas a que la sala colgase el cartel de completo y engañamos a la luna para no volver a casa solos una vez más.

Aquella noche no se veían las estrellas sobre la ciudad. Creo que todas quedaron colgando sobre los acordes del saxofón del tercer rubio.
La presentación nos dejaba con ganas de más y las canciones fueron sucediéndose dejando maravillados a todos los presentes.

Y luego cantó un alma rota. Lo hizo escupiendo al desamor y llenando la garganta de todas las veces que pudo haber sido y no fue.
Cantó como canta quién sabe que puede erizarte la piel con una única nota.
Lento, melódico y conteniendo la última respiración acompasada.

Después de aquello nosotros volamos lejos, a otra vida. Pidiendo que esta comprara el pause permanece y dejásemos de existir.


Un adiós con trampa

Se esta acercando peligrosamente el temporal y no sabes si será bueno o será malo.
Lo único que tienes claro es que cuando llegue, todo será diferente.

Amenaza tormenta y él se ha llevado este y todos tus domingos.
Le dijiste que si las cosas no cambiaban, que si no sabíais querer(os) bien,
aquello debía terminar tal y como empezó, con un beso.

La lluvia se ha empeñado en esconder a la luna entre sus brazos y la tenue luz el domingo aún anda remolona entre las sábanas.
Quiere perseguir ese minúsculo ósculo.
El de la anunciada despedida.

Se ha ido y tú no sientes.
Ha cogido una mochila, una foto de los dos que descansaba sobre la mesilla y el cepillo de dientes de color azul.
Te ha dado el beso y ha cerrado la puerta tras de si.

Y me imagino tú cara de sorpresa.
Porque pensabas- o querías pensar- que estabais arreglándolo todo,
hasta el mundo.

Llevas la ni se sabe mirando el segundero del reloj de la cocina, con un té que hace cinco horas se quedó frío y unas galletas manidas.

Te duele.
Pero lo disimulas fenomenal.
Vaticinas una batalla demoledora con tu cabeza en la que los vencidos nunca volverán a llorar por lo vivido.
Porque ella te pedirá que sigas serena, y tú en el fondo siempre has sabido que te encantan las causas perdidas.

Los lunes dejarán de ser el peor día de la semana:
no llegaréis tarde a casa, ni terminaréis con cualquier serie hasta las tantas en el salón.

Los martes ya no os arreglaréis para bajar al japonés del centro.
Y las siestas de los miércoles tampoco se volverán paseos.

Los jueves no desayunaréis en la cama.
Aunque los viernes puede que se os siga acabando el mundo- a cada uno por separado.

Ya no notas el frío y me has contado que anoche te soñaste ante cuatro puertas cerradas con la necesidad de elegir.
No te pudo la incertidumbre aunque tu indecisión continuó queriendo ser la estrella de la película.
Como premonición de una despedida.

El invierno sigue haciendo de las suyas y a mí no me sale decirte que estás más bonita cuando sonríes, y que eres una luchadora.
Se acercan tus ganas por la calle Remedios y tú dices, sin ninguna emoción en el semblante, que siempre lo rompes todo.

Eres mi hermana, pero a veces, eres una idiota.
Deja de hacer pactos que luego no querrás cumplir.
Deja de decir adiós a lo bonito que te pasa.
Y no te pises los bajos de tus sueños.

Te abrazo, y sigues como perdida.
Veo caer un par de lágrimas y te lo tengo que decir.
Todo lo que pensaba.

Y me sonríes, volviendo a ser tú.

Cuando creo que vas a llamarlo para volver a escuchar su voz suena el timbre de la casa.
Y las dos sabemos, él está detrás de la puerta de la entrada.

Te veo hacer de tripas corazón y mesarte la melena. Intentas que no queden marcas de lágrimas y te ajustas el pijama.

-Perdóname- escucho desde la cocina.- Soy un egoista y he venido a decirte que me niego a que lo de esta mañana fuera una despedida. No me lo creo. No quiero creerlo. Te quiero, ¿sabes? Y me dan igual las peleas, si eres tú con quien la comparto.

Te veo sonreír de nuevo. Pero esta vez tu brillo en la mirada es diferente.
Le besas la mejilla y le susurras hasta siempre.




lunes, 16 de marzo de 2020

Ojos de gato

No entiendo qué tiene de malo expresar lo que se siente.
Vivimos en un mundo que grita eso de la libertad de expresión a los cuatro vientos
pero luego se ríe en nuestras caras al escucharnos hablar de los sentimientos.

Y esto provoca que nos invada la desconfianza y no nos escuchamos más que a nosotros mismos.
Nos da igual si lo que nos están contando tiene fundamento, si están poniéndole pasión o si nos hablan desde dentro, con el corazón en la mano.

Nos hemos asentado y acostumbrado a sernos solos, a vivir con ruido de fondo y en automático y son muchos los que han aparcado eso de sentir en la cuneta.
Ya nada nos parece bonito si no se conjuga desde mirarse el ombligo.

Y en este mundo escéptico, en plena era digital; entre tanto yoísmo, apareciste tú.
Con tus silencios.
Con tus sonrisas mal contadas y tus pocas ganas de matar siquiera a una mosca.

Has aparecido para hacernos creer en los cuentos. Para que recuperemos la confianza en los demás y desaprendamos el egoísmo.

Quiero que tú aprendas que la lucha eterna entre cabeza y corazón que tanto te quita el sueño es un suceso banal y prehistórico.

Te digo que he visto cabezas perder trenes por corazones rotos y billetes de ida hechos trizas al pie de los andenes.
He sido testigo de flores secas sin derecho a sentirse marchitas.
Y corazones aumentar la velocidad hasta frenar en la sístole de un suspiro.

He sido testigo de todas tus carreras.
Siempre a tiempo de alcanzar cualquier acorde para culminar el golpe maestro.

Te cuento todo esto porque es inevitable sentir miedo.
Si tienes miedo significa que tienes algo que perder pero, no que todo está perdido.

Así que abrázalo, al miedo, digo.
Cuéntale lo que has visto al oído.
Dile que claro que sabes sentir pero que aprendiste a ser trinchera a base de malos recuerdos.
Cuéntaselo todo, a ver que solución te da.

Seguro que te dice que confíes.
Que no pienses que no vas a sentirte solo alguna vez.
Seguro que te dice que te dejes llevar y experimentes.

Que tienes el alma bonita pero a pedazos.
Y las instrucciones para recomponerla están dentro de ti.




jueves, 12 de marzo de 2020

Pandemia

Marzo de norte.
Y otro doce que amanece gris.

Quiero pensar que pertenece a la rutina de la que nos han arrancado y no al mal presagio de lo que se nos avecina.

Ahora no puedo más que darle vueltas a la frase de que quién ríe el último, ríe mejor.
Porque nuestras carcajadas ya resonaban desde el día uno en que escuchamos en los telediarios que un  tal COVID-19 estaba comiéndose las vidas en China.

"Aquí no llega." "Hay muchos chinos." "Y estas epidemias son necesarias" 
son varias de las perlas  con las que pude mortificarme desde que esta pesadilla dio comienzos en un enero que ahora se me antoja lejano.

Unas semanas después el tal corona, cómo todo aquel que ambiciona el poder, se ha volatilizado y ha venido a rondar nuestra respiración agitada y a quitarnos el sueño.

Es una gripe, se pasa, no tiene cura. Hay que esperar. 
¿Pero y los que no lo pasan? 

¿Quién nos cura del miedo?
¿Quién nos rebaja la incertidumbre en el vaso que ya no sabemos si ver medio lleno o medio vacío?
¿Quién rellena ese mismo vacío?

Hace una semana veíamos circular millones de imágenes y otros tantos vídeos queriéndose atribuir las risas que provocaba esta minúscula organización proteica,
incluso éramos nosotros mismos los que fuimos propagándolas: persona a persona. 

Hace una semana no teníamos ni idea.
Decíamos ser conscientes de que el tiempo nos estaba adelantando por la derecha, pero no sabíamos que éste iba a ser un partido robado y no nos darían ni los tres minutos del descuento.

Hace unos días éramos ajenos a que el último año de la carrera nos iba a a cerrar la puerta en las narices por obligación,
éramos reacios a pensar que no seríamos bienvenidos ni una sola vez más.

Sin comerlo ni beberlo y con el corazón en agarrado entre las manos, ayer por la tarde llegaron a su fin seis años que algunos tendrán a bien describir como los mejores de nuestras vidas.

Seis años en los que a pesar del vuelo del tiempo, han ayudado a transformar las incertidumbres en certezas y a nosotros asustados, atolondrados e indecisos, en el proyecto de persona que hoy puede mirarse al espejo.

Comenzamos con la idea de salvar vidas. El típico tópico al que acompañan unas calificaciones brillantes y una visión segura de futuro.
Nos dejamos llevar por la inercia y hemos llegado hasta aquí, a base de sudor y lágrimas; pero también a base de risas, de descubrir, de compartir y de decir que aunque sepamos una mínima parte de la profesión para la que nos formamos, algo hemos aprendido sobre los secretos de la vida.

En la soledad de un encierro preventivo me da por hacer balance de estos últimos años y de dónde me veo en los venideros.
Todo lo que os cuente sobre los pasados no podrá hacerles justicia. Siempre serán mejor que lo que queda en el recuerdo.
El futuro lo veo como una página en blanco, en la que falta una historia. 

Sé que hemos escogido una de las profesiones más bonitas que existen.
Nadie dijo que no fuera sacrificada. Nadie nos dijo que el reloj se volvía adorno cuando se trataba de echar horas.
Nada, sobre que nos exigirían las respuestas para todo, ipso facto.
Nadie nos avisó lo fácil que se olvida eso de que los errores pertenecen a la condición humana, y que ésta nos viene de serie.

Por eso, y porque- aunque el mundo se empeñe en sacarnos al ring y acabar con nuestras ganas a golpe de knock out en un segundo asalto mal avenido- permitidme que hoy le escupa a la tristeza.

Estoy triste porque, aunque entiendo y comparto la prevención, me han arrancado de una rutina que se me antojaba maravillosa.

Y me invade el pánico al pensar en este ocaso tan inconcluso.

Y lo peor no es olvidarse de esta pandemia cuando pase- que pasará.
Lo peor vendrá cuando no seamos capaces de dejar volar al miedo y disipar la alarma social.
Porque es el primero, en realidad, quien ha asumido el mando de todo.


domingo, 8 de marzo de 2020

Contagiarse de la manera más bonita.

Una copa en la mano y la promesas de recorrer el mundo a hombros de una sonrisa.
Besos de Jägger, restos de barra de bar y labios.
Y veinticuatro carcajadas.
Mil bailes lentos a unas seis algo torpes hasta para nosotros y una ciudad a la que regresar.

El reloj traiciona al marcar las seis.
Cuando todo el universo se apaga y sólo quedan dos tontos jugando a contarse la vida.
Dos tontos abandonándose a los instintos que acaban por formar la mejor de las cuarentenas.

Como el adviento que acaba bien sin haber esperado ni tan siquiera señal o, una calma de pentecostés fantásticamente avenida.

Contadme qué puedo hacer yo con la manía de meterlo todo en el romanticismo de Liszt y remontarme a cuando los nocturnos eran solamente piezas de piano.
Qué hago con los acordes que prometen suspiros y con las madrugadas.

Qué hago yo que las noches tienen algo que enganchan y la vida me abre la puerta invitándome a pasar.


sábado, 29 de febrero de 2020

Guerra a destiempo.

Últimamente he tenido aquellos años más presentes de lo que debería.

Intento imaginar cómo fue vivir a finales del 36, durante un tiempo en que no importaba la sangre y las alegrías escaseaban más que las provisiones.
Un tiempo en que el único crimen y castigo era seguir vivo por unos ideales.
Unos ideales que igual se te olvidaban cuando veías sangrar al vecino de arriba y algo dentro te decía que toda ayuda era poca.

No sé si hubiera sido capaz de elegir bando en una guerra como aquella,
de volverme adulta tan deprisa.
No sé si hubiera sido capaz de pasar de puntillas por una guerra en la que no hubo
ni vencedores ni vencidos.
Fue una guerra que convirtió a las personas en soldados y a los soldados en almas perdidas.

He visto miles de imágenes de aquel entonces en mi afán de coleccionar fotografías antiguas y en ninguna he logrado encontrar la justificación de aquella lucha. He leído palabras de personas rotas que se sintieron traicionadas por el sentimiento de Patria pero que lo guardaron bajo llave para seguir respirando.

Y ahora, tanto tiempo después, siguen doliendo las heridas.
Siguen vivo el recuerdo de lo que entonces fue prohibido y las ganas de quedarse en el lugar de siempre continúan con nosotros.





Hablando de ti al espejo.

No te voy a mentir.
He venido a contarte cómo me va.
Aunque no quieras saberlo y ni siquiera queden restos de mi nombre en tu memoria.

Este año ha sido uno de los más importantes y más bonitos de mi vida.
Establecí prioridades y me siento contenta con lo que hago. Tengo cariño infinito de mi lado y todas las canciones que necesito para continuar mis pasos.

Sigo quedándome con el lado bueno de las cosas, aunque haya días que eso bueno se haga el remolón y no quiera salir de la cama un lunes por la mañana.
Sigo escuchando música de esa que calificabas de funeral porque sentirme rota me hace pensarme viva.
La que tú me enseñaste es el arma para descargar todas las energías negativas que pretenden lloverme.

Sigo diciéndole a todos que no se muerdan las uñas.
Continúo siendo adepta a las madrugadas y acordándome de ti.
Pero ya no es tristeza el sentimiento que envuelve tu recuerdo, ni pena, ni siquiera hastío.
Ahora todo lo que rodea lo poco que me quedé de ti lleva impresa mi sonrisa.
Aunque no sea perfecta, ni reluzca. Aunque a veces esté manchada de lágrimas.
Me siento distinta pero sigo teniendo los mismos cimientos.

Ahora me preocupo algo menos por la gente, y tengo más cuidado a la hora de coger las confianzas.
Continúo vistiéndome de timidez cuando me siento fuera de lugar.
Y no me descubro ante cualquiera.
La inseguridad se ha hecho más pequeña y ya no quiere frecuentar los mismos bares que yo los sábados por la noche.
Ahora me gustan los vermús de los domingos y reír a carcajada limpia.
Pero eso, ya era de antes.
Y hoy en un ataque de estupidez me apetecía hacerte llegar que
contigo fui feliz.

Y que gracias.



La M.O.D.A. siempre fue su salvavidas.


Baila siempre que suena la M.O.D.A.

Escuchaba a David engalanar la poesía y subía siempre a cincuenta el volumen de la minicadena.
No le contó a nadie que aquel joven bajito y desaliñado era su particular grito de libertad,
que todas sus melodías le arañaban las entrañas.

No le ha contado a nadie tampoco que, a veces, acalla a la lluvia con sus versos canallas que no pretenden ni ser ni estar.
Cuatro palabras que bien vestidas invitan a seguir, a saltar, a querer vivir de manera frenética y desenfrenada.
No les ha contado a los de siempre que las heridas, aunque abiertas, sangran un poco menos que antes.
Que el secreto lo guardan las madrugadas no escritas, como la que aún está por suceder.
Que la lluvia sólo moja si uno quiere, porque luego todo termina resbalando y cayendo con el peso de la gravedad.

No les ha contado que esta noche quiere volverse pirata y será el ron el que hable por ella.
Pero sus pasos la llevarán incansables al mismo garito de siempre.
Donde hacen salto temporal y las épocas se mezclan. Donde se habla el idioma de los sueños dormidos.
Donde esperar está sobrevalorado porque si no actúas, pierdes.

Allá donde un par de acordes son motivo de todas las sonrisas y de algún que otro recuerdo borroso.

Ella espera volver a casa siendo su propia heroína del sábado, en un domingo de norte. Con David cantándole al oído y algo de polvo en el corazón.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Que no sirven las excusas cuando hablamos de nosotros.

Me dices que prometes hacer todo lo que necesite con mis manos.
Sin saber que todo acto lleva implícita su consecuencia.
Como aquella vez que prometimos conocernos antes de que se nos consumieran los otoños y las cartas fueron cayendo con un maravilloso efecto dominó.

Me dices eso estando a un par de océanos de mi último suspiro y yo te siento cerca.
Agarrando toda carne viva, estrujando mi pequeño corazón exangüe- al borde de la explosión,
de sentir fuerte y a tientas.
Me lo dices sin saber que lo que quiero hacer con mis manos lleva tu nombre y se viste de tus apellidos. Sabiendo que con esto no se juega si te toca ser del banquillo y no vas a estar cuando suene el fin en el minuto noventa.

Todo lo que quiero hacer con mis manos es evitar que se desmoronen los sueños y viajar.
Viajar al centro de tu cuarto, al soporte de tus esquemas y al estallido de tu risa.
Viajar a toda la música que nos recuerda al otro, e imaginarnos en otra vida que no sea la nuestra.
Hasta que llegue la seguridad y nos arroje al minuto cero.
Entonces nuestros contadores harán de tripas, corazón y se retirarán, a tiempo
de marcarse la mejor de las victorias.

Porque nosotros ya somos.
Pero los atardeceres que nos vemos desde la otra orilla aún no tienen ni la más remota idea.
Somos más relativos que el tiempo que, cuanto más lo ansías, más despacio respira;
y sin embargo, si lo ríes te vuela.

Con mis manos necesito abarcar las tuyas. Sostenerlas fuerte.
Y no se te vaya a ocurrir contradecirme.
Ni murmures un vuelve,
porque estoy aquí y no pienso moverme.
Ni que lo sientes, porque el sentimiento entra dentro de todos nuestros prolegómenos.

Sólo, no me sueltes.
Que no sirven las excusas cuando hablamos de nosotros.



lunes, 3 de febrero de 2020

Lugares a los que regresar siempre

Playa el Palmar- Vejer de la Frontera (Cádiz)
Existen.
Y son parte de la magia de la vida.
Existen lugares a los que regresar siempre, lugares que quitan el sueño y el sentido;
que te regalan grandes instantes y mejores recuerdos.

Cada uno imprime el suyo sobre las retinas y en algún lugar recóndito del hipocampo.
Nos rondan la cabeza cuando hablamos de sensaciones, de dejarnos llevar e impedir que la desidia nos arrolle.

Estoy hablando del lugar donde perderse, desconectar de toda preocupación- que por muy nimia que pueda parecer- se nos hace abismo cuando la conjugamos en primera persona del singular.
Ese lugar en el que acabas de pensar.

Mi pequeño lugar tiene aires de sur y vientos de levante. Dicen que vuelve loco a quien lo vive, y es quizá aquí donde resida la mayor parte de su encanto.
Dicen de él que le sobra guasa y le falta cordura.
Mi pequeño lugar son unos pocos kilómetros de playa y nada más.
De punta a punta. De torre a orilla coronando un sinfín de casas encaladas.
Mi pequeño lugar huele a salitre, y aunque sea pequeño, es el espacio donde más grande he llegado a sentirme.

Han sido muchos los veranos que han sujetado mis risas, por eso será éste, el verano que más voy a extrañarlo.
Fueron muchos los libros que me han volado a páginas con las huellas hundidas sobre granos de arena clara.

Han sido muchas lágrimas que el Santo Lorenzo lanzó desde el cielo de madrugada, esperando cumplir deseos todos los agostos.
Y allí estuvimos nosotros para contarlo.

En esas orillas fue donde me di cuenta de que sufro una relación amor-odio hacia los atardeceres. El peso del amor es mayor, por supuesto.
Vivo enamorada de todos los colores que puedan concentrarse ante mis ojos a orillas de un Atlántico tranquilo.
Vivo enamorada de este sol tan distante como distinto porque me ha dado la clave para llegar a la paz infinita.
El odio viene luego. Cuando ya no quedan luces en el cielo y la tristeza del final del verano se hace palpable y da paso a toda cicatriz.

Venía a recordar este lugar porque hoy el mar del norte apestaba a brisas de verano y yo quise volver. Volver a recordar- de volver a pasarlo por el corazón. Y decirle en la distancia, que me espere.
Que ojalá no tarde mucho en regresar.

martes, 28 de enero de 2020

Tropiezo número veintiocho.

Leerte por amor al caos. A todo lo prometido que nunca se convirtió en deuda.
Leerte porque sangras como cualquier mortal pero tienes la psique de un antiguo dios griego elevada a la enésima potencia.

Leerte para endulzar las tardes de lluvia y vinilos, para escapar de las cortinas de lluvia que empapan los soportales de la urbe.
Para combatir el frío con más aludes de hielo.
Leerte para sentir la herida y estar orgullosa de todas las veces que me animaste a levantar la cabeza.
Para desvestir el pánico que se ha acostumbrado a arropar a algún monstruo que sigue durmiendo bajo mi cama.
Leerte como alternativa al llanto, para acabar creyéndome fuerte.
Para verte a menos distancia de la permitida y a algo más de la indecorosa.
Leerte con la música al trece y que solo se escuche tu voz dentro de mi cabeza.
Para que sigas siendo bote salvavidas de cada uno de mis naufragios.
Leerte para que seas, en prosa o verso, la primera opción a llevarme hasta una isla desierta.

Te leo con el alma somnolienta, y con la cabeza más despierta y siempre lista para la guerra. Los sueños me suceden de manera premonitoria: volviendo a aparecer solamente los mejores instantes.
Te leí esta tarde y, como cada vez que te respiro, quiero quedarme a vivir en cada coma que frena tu pena.

-a PB.

¨Retrato de hombre con escala de colores¨

Ella pintaba.

Pintaba mundos, caracolas.
Pintaba sonrisas a medias, y contaba a todo color cada una de sus historias.

Trotaba sobre todas las ciudades que gritaban fuerte a lo prohibido. Escapó de todos los esquemas.

Como si el mundo por entero quedara a un palmo de su alcance.
Era dueña y señora de su vida y despertaba recelo entre los que no la conocían bien pues tenía por costumbre compartir cuerpo y alma con todo aquel que supiera escucharla.
Aquella era la condición suprema para dejarse conocer: llegar desde lo carnal a lo extracorpóreo a golpe saliva y hiel.

Ella daba miedo, porque en lugar de sucumbir a la tentación nacía de ella y se sumergía a nadar en nuestro mar de dudas.
Borraba todos los malentendidos con el carmín de los labios porque decía que era la única frivolidad que era capaz de permitirse.
Su fuego no necesitaba patrón de gasolina para devastar los corazones.

Siempre dijeron de ella que era agua clara. Que las mentiras no le hacían justicia.
Luego, cierto caballero, la quiso de más; y mientras cumplía condena contó que lo hizo subir al cielo. Que sus manos eran los rayos de que no cesaban en su empeño de destruir la oscuridad.
Dijo de ella que era una mujer disfrazada del tiempo que le robó la celda.

Y yo la pienso. Qué fenómeno divino tuvo que ser respirar un aire idéntico y colorido.
Aunque no entendiera sus golpes de pincel.

Si la tuviera delante, si me dejaran algo más que dos trazos de su obra y un libro de poemas que la retrata queriéndola de manera desmesurada, no sería capaz de frenar la onda expansiva de su presencia.
Quizá su risa me sacaría del trance en me me tienen los versos de Hernández, y pasaría del blanco al tecnicolor.
Entonces me atrevería a escupir las dudas que persiguen a mis entrañas, colocándolas de forma ordenada en su pelo a modo de corona de espinas.

De entre toda la piel que repartió, le pediría la más vieja. La que estaba nutrida con la experiencia.

Aún sigo preguntándome si no me confundí de siglo al pronuncí ar mi primer buenos días,
aunque también es cierto que soy más de madrugadas.

Creo que le preguntaría si verlo todo de manera diferente fue crimen o castigo. Y si era tan maravilloso como nos quiso hacer ver en cada trazo.

-A Maruja Mallo.




lunes, 27 de enero de 2020

Para sostenerme los miedos

Tu beso en la frente me hizo perder el equilibrio.
El último del año;
y otro, sin esconder el daño.


Pero allí estabas-una vez más- para sostenerme los miedos.


No me acostumbro a volver a casa (y a verte) y que los cimientos de mi mundo se orienten hacia tu norte cada diciembre.
Si hablamos de besos, podría pasarme las ultimas veinticuatro horas que nos restan debatiéndome entre la ficción y la realidad.
Entre todos los que te faltaron, aquellos que yo necesitaba y los que en realidad imprimiste sobre los milímetros de mi piel llenaríamos al menos un par de cuadernos.
Estamos hablando del beso-imán en el que te recreas, a sabiendas de que mi corazón sigue gritando tu nombre.


Y de tus abrazos con falsas promesas de extrañar profundo.
Lástima no ser más que dos tontos a los que jugar al despiste se les viene grande.


Dos idiotas dispuestos a superar su tontería, a seguir persiguiendo unos sueños sin ánimo de llegar a meta alguna y con ganas de tropezar de nuevo en la misma piedra.


Al menos, las miradas y las risas siguen llenando el vacío con sabor a volver a vernos.

-a C.


Nosotros desbaratado.

Podríamos echarle la culpa al tiempo: de pasar y no quedarse, de fluir lento.
Al reloj que marcaba la hora que nos hizo coincidir.
Podríamos culpar a las vidas que nos quisieron por empujarnos a girar en la misma órbita.
O a los años que perdimos tratando de encontrar un camino recto que llevara al otro, aún sin saberlo.
Podríamos echarle la culpa al demonio que, sabiendo que ambos amábamos el fuego, quiso tirar de mecha y cerilla para encender esta historia.
Podríamos pasar eones tratando de lanzar la culpa al tejado de nadie.

Y todo sería inútil.

Porque terminaríamos por darnos cuenta de que la única culpa que existe es la nuestra cuando decidimos que juntos sonaba mucho mejor que separados.
Cuando confesamos que la risa nos ganaba todas las partidas y ambos decoramos el infortunio con carcajadas.
Que nos decantamos por el mismo bar, y la misma bebida, que hasta los amigos tenían que ver y la noche se quedó perfecta.
La culpa de querer bailar lento, como lo hacían antes fue solo nuestra.
Y las madrugadas, y el quererse menos que nos hizo amarnos de más.
Si tengo que culpar a algo fue al bendito nosotros que salió por la puerta de aquel garito para no regresar entero.
Un nosotros que huyó a plantarle cara a la luna y se dio de bruces con una realidad truncada.



Otra vuelta al sol en la vida de M.

Ha perdido la cuenta de los años que lleva remendando su recuerdo. Está ajado, manoseado, quizá algo viejo a pesar de la eterna juventud que rezuma.
Hoy los regalos seguro que llueven en otro punto del mapa. Y la vida se celebra a manos llenas.
Ella lo hace en secreto, desde la profundidad del ser.
Celebra otra vuelta al sol de la idea de amor en la más platónica de sus formas.


Hacía tiempo que no permitía que volaran las mariposas otro veinte de enero.
Y hoy lo recordó. Recordó todas las sonrisas que llevaba impresas en su pelo negro. Todas las veces que dejaron al silencio hablar.

Recordó que las casualidades no eran las importantes de la historia.
Hoy ha recordado por qué todo se quedó en las ganas.


Y le desea que sea feliz, en cualquier vida que eligiera lejos.
Le desea que le quieran una mínima parte de lo que ella lo hizo.
Y que siga estrellando sus carcajadas contra el costado de cualquiera.
Pero también desea que si se trata de mirar, lo sigan mirando con los ojos de ella. Porque fueron verdad. Fueron desastre y tren en movimiento. Fueron noviembre desordenado que terminó de florecer en primavera.
Pero él la quiso lejos y ella se dejó hacer por entera.


Otra vuelta al sol en la vida de M.

Mi casualidad

¿Sabéis la sensación de que el día transcurra sin incidencias?
De que todo siga su curso y la monotonía se aferre a tus prisas.
De que las pestañas amenacen con cerrar compuertas y de pronto aparezca.
Una vida;
una casualidad que hace que choques tus alegrías contra la rutina y entonces
el resto de las horas vuelan.

Una casualidad que te mantiene alerta y con la sonrisa puesta.


Pues yo vivo por esos momentos y sobrevivo entre todos los demás.

Casualidad morena, de ojos oscuros algo más de metro ochenta y cinco. 
Casualidad que se llevó aquella mañana de invierno mi sonrisa y me dejó desnuda de miedos.
Que jugó todas las cartas de la baraja para ser capitán de mi mundo y se quedó dentro, encallado en marea de mi recuerdo.

No digo que no pueda verme, ni vernos.
Solo digo que en un minuto todo se vuelve desconcierto, la saliva se escapa hacia arriba,
a cielo abierto y no me quedan costuras en el alma.

Mi casualidad se escabulle todas las tardes a las seis de mi cabeza para dejarme descansar. Se choca en los días pares contra la pena y me viste de domingo.
Dista mucho de ser la persona perfecta, pero es mi persona.