miércoles, 25 de septiembre de 2019

Finisterre contigo.

No sé que vi en ti.
A día de hoy y con tanto ensayo y error a mi espalda, me volvería a quedar.
Justo aquí.

Solamente sé que el día de la colisión frontal con tus pestañas fue el primer día del resto de mi vida.
Quizá fuera que al mirarte a los ojos, estos dijeran mucho más de lo que querías enseñar.

Es cierto, recuerdo aquellos días con cariño porque fui yo el que quiso saber más.
Fui yo quién, levantando una a una las capas de tu coraza, consiguió mirarte por dentro.
Y eras exactamente tal y como te imaginé.

Antes de ti, yo era un tipo educado, formal, algo serio pero con tendencia a las bromas.
Estaba satisfecho con mi trayecto y enamorado de las pequeñas cosas de la vida.

Pero niña, contigo, todo fue más; desde aquel septiembre.

Me vienen a la cabeza todos los cafés que rechazaste.
Aún hoy, sigo sin saber si fue tu magnetismo lo que llevaba escrito el quédate.
Que me quedara y luchara una batalla que igual venía perdida de fábrica.

Nos descubrimos en los ascensores.
Comencé a perder la cabeza por temporadas.
Cayó sobre mi una losa de moral y puse tierra y tiempo de por medio.
Me dije que eras pasajera y que tenía que dejar de verte hasta con los ojos cerrados.
Le eché la culpa al tedio de una rutina demasiado monótona.

Recuerdo que te rocé el dorso de la mano derecha y decidiste que era buen momento para abrirte en canal: con idas y con venidas, con tantos sueños como deseos.

Y me enamoré.

Pensé que se me pasaría pero, al apartarte de mi lado,
sólo quedó vacío.
Tardé bastante en darme cuenta de que no estaba loco cuando pensaba que tú eras el motor de mi mundo.

No sé quién me explicó que los convencionalismos, el amor-fou, mi pragmatismo y los años de más no eran la brecha insalvable.
Ni quien convenció a quien, para que aquella historia por escribir se gritara a los cuatro vientos.

Sólo sé que una noche volví a mirar a la luna y todo volvió a ser sencillo.
Te vi como estrella polar, y me convertí en un barco destartalado que se dejaba guiar- sabedor de que el fin sería un buen puerto.
La guerra entre tú y yo estaría equilibrada; yo pondría la cabeza y tu le echarías corazón.

Te busqué y me susurraste al oído cuánto te gustaba la palabra nosotros.
Te di mil razones para no volver- y tú pasaste las mil y una notas bajo mi puerta diciendo que te quedabas.
Habíamos quemado a lo bonzo tu vergüenza y mi moralidad y solíamos jugar al despiste con las madrugadas. Vimos Troya en llamas desde nuestras retinas.

Me agarré con ansias a tu fe ciega de que aquello saldría bien y sólo me quedó remar.
Con viento a favor, con tormentas, en contra o a marejada limpia.

Me enseñaste que no estamos de paso: es nuestro paso- decías.- El resto no importará tanto.
Y te construí el más bello de los cimientos para vislumbrar esa manera tan nuestra.

Siempre fuiste un poco bruja: dijiste que pasaría, y pasó diciembre.
Y el año nuevo me regaló certezas como la de que tu recuerdo sería indeleble dentro de mi cabeza.


Y no, no fueron imaginaciones mías: tú viniste a perseguir mis huellas hasta el amanecer  de Finisterre y nos dejamos llevar.

Y hoy, te veo dormir a mi lado y juro que no me arrepiento de nada.
Que doy gracias cada día por haber hecho una maraña con la razón y no parar hasta dar contigo porque me hiciste creer en algo.
Me dejaste ser mi versión mejorada porque contigo quise hacer las cosas bien desde el principio.

Jugamos a ser nosotros en la ruleta y nos llevamos el mayor premio.

El beso


martes, 24 de septiembre de 2019

Introspección

Me siento fuerte.

Me siento feliz y contenta. Y tengo ganas.

Ganas de demostrar que puedo- que no he llegado hasta aquí en balde y que
soy un poco más capaz que ayer.

Tengo ganas de escuchar decir a la vida que necesita mi abrazo.

Hemos estado tomando café.
Comencé hablándole de usted pero nos tuteamos al tercer sorbo.

Me ha parecido excepcional, me ha contado todos los planes que tenía para con nosotros.
Me ha gustado porque, aunque no estamos de acuerdo en todo, el respeto era mutuo.

Quiere que me caiga de cuando en vez para aprender a levantarme.
Yo le he dicho que lo intentaría.

Lo cierto es que, más que miedo a la caída, le tengo miedo a que  las piernas no respondan a las ordenes de mi cabeza.

No es miedo a fallar si no a no terminar viéndome donde quiero llegar.


Calor de sangre

Resucitar.

Y volar kilómetros.

Y ver cine antiguo, en blanco y negro, quizá mudo.- con los pies en alto.

Y pasar una tarde con Cicerón a los ojos de Zweig.
Ansiar su utópica libertad y aún así adorar tu momento.

Es cierto que el ritmo se ha vuelto algo frenético y que no  paras ni los domingos.
Pero siguen siendo tus días preferidos de la semana.

Has pasado día y medio en el sur, volviendo a habituarte a los aires del norte.

Disfrutaste en demasía- guardaste lo de corto pero intenso y compraste billete de ida y vuelta a tu vida de ahora.

No te diste cuenta de lo mucho que añorabas sus cuentos hasta que los tuviste a todos delante.
Es cierto que las diferencias son abismales pero, de vez en cuando se necesita eso:

el calor de la sangre.

Cómplice

(Luna llena- Alvaro Tessa y Blanca Suárez)

Me encanta encontrarme la complicidad en los ojos de la gente.

Ver que fluye alguna corriente eléctrica de entre sus carcajadas y deponen las armas para seguir viéndose las caras.

Me hace sonreír esa atracción y se me eriza la piel cuando además de darme de bruces con ella, ese campo magnético  se hace persona y puedes cantarle al oído.

Ellos son otros de tantos que se tienen a tiro.
Y se cantan.
Y se enseñan los dientes con mimo, sin ningún tipo de cautela o reparo.

Se han prometido bajar más de una luna mientras terminan con el postre de sus veladas románticas.
Ellos se cuidan en secreto.
Y se han propuesto la verdad más absoluta para cuando llegue febrero.

Ellos son como todos los inconscientes que no verbalizan sentimientos por miedo.
Como los inocentes que tragan todos los días menos los 28 de diciembre.
Ellos creen en el amor- cada uno a su manera.

Y se han hecho a la más bella de las rutinas.
Lo que se salga de ese plan, siempre será bienvenido.



sábado, 14 de septiembre de 2019

Vuelo UX1037

Puede ser que los años que atravieso tengan parte de culpa, el caso es que hay pocos sitios en los que pueda pensar en profundidad y albergar más emociones que en un aeropuerto.

Últimamente los piso con frecuencia. De hogar número uno a hogar número dos. De visitas, de despedidas y bienvenidas. O por el simple placer de “perderse sólo para reencontrarse” como canta Juancho.

Aquel día no recuerdo a quien esperaba-o si- pero estaba nerviosa. Mis dedos jugaban con las manecillas de un reloj que parecía no moverse y el corazón amenazaba con salir y tocar techo.
Comencé desde bien temprano con mis devaneos mentales. Y entre tanta metafísica jugaba a imaginar una historia para cada una de las huellas que me pasaron por delante.
Esperaba quedarme en aquel limbo temporal de manera indefinida para ver cada reencuentro y saber si las corazonadas tenían algún fundamento científico.

Esperé y esperé. Miré la hora veintitrés veces en cuarenta y cinco minutos, escuché el primer disco de Estopa y adiviné un par de lágrimas en los ojos que aguardaban.

El chico moreno y alto la recibió con uno de los abrazos más sentidos que he presenciado. Un par de besos apretados que sellaban promesas y una sonrisa asquerosamente impoluta.
Luego vi a un par de niños de cinco y siete años correr hacia una mujer. Y detrás una pareja con caretas de Trump arrastrando dos carros repletos de maletas. Se abrazaron todos en otro idioma y se desearon un fantástico comienzo de las vacaciones.

Después se deshizo mi espera. En besos y abrazos. En sonrisas.

Y me acorde de algo que me hacía sonreír. Cada vez que podía iba a recibir a los míos a cualquier aeropuerto porque siempre me he sentido plena al poder ver una cara de sorpresa y que yo tenga parte de culpa.

El mallorquín


Ella pensó que no quedaban caballeros.
Que se equivocaba cada día al intentar curvar la sonrisa de un mundo hostil,
porque éste, jamás le remitiría tamaña muestra de cariño.

Creyó haber errado de época al abrir los ojos por vez primera.
Ella ingenua, soñadora y tan risueña por dentro; escapando de
todo daño pero, dando abrigo a sus lágrimas.

Albergaba aún, con bastante celo, la esperanza de ser feliz algún día.
Tenía fe ciega en haber llegado a rozar un estado del que todo el mundo tenía conciencia y al que muy pocos se habían amarrado.
Y quiso atesorar el tiempo sin arrepentirse de lo vivido.

Sin embargo, seguía pensando que “ser” al lado de alguien que se diera cuenta del verdadero yo era una de las aventuras más emocionantes que había vivido la condición humana.

Estaba demasiado obcecada siendo una enamorada empedernida  y, a menudo, olvidaba distinguir lo importante a su alrededor.

Fue por eso que, al aparecer un caballero de los de antes, disfrazado de muchacho de muchas letras, algo amenazó con desatar el temporal dentro de su inquieta cabeza.

Eran cuatro y las vacaciones amenazaban con darles carpetazo sobre la noche mallorquina. Un reencuentro regado con el mar Mediterráneo que fundía los corazones y lo llenaba todo de risas.
Y ella volvió la cabeza para grabar en las retinas todo lo que podía despertar aquel encuentro fortuito.

Fueron un par de miradas, el ceder una silla para poder compartir a gusto, y dejar de lado un cuaderno repleto de historias fascinantes a tinta negra, para dejar que las carcajadas resonaran despreocupadas sobre aquella plaza y su calor.

Y él, tras cederle el asiento con cualquier excusa barata,  se guardó una última pregunta entre los labios. Tuvo miedo entonces a recordarla de manera eterna como un único silencio.

Ella no tuvo más suerte.
Lo llevaría dentro como a todas las cosas bonitas de la vida:
Las que se exprimen y se sienten, pero no hacen falta que nos las cuenten.

No me suelo creer lo que dicen de las segundas partes

Hace ya tiempo que no duermes junto a mi y desde entonces, no hay noche que no me asalte el insomnio.
Es como si necesitara el run run de tu corazón para conciliar el sueño y todo lo demás me viniera grande.

Hace tiempo que te fuiste sin avisar.
Y sigues en ninguna parte, haciendo de las tuyas.
Te largaste con la excusa de que era lo mejor para los dos.

Y me dicen por ahí que te pisas las ojeras, que se te caen las orejas y que no se han topado ni por casualidad con la que fue tu sonrisa.

Quisiera saber el porqué a tanto llanto de madrugada- me lo dijeron los vecinos de al lado.
Quisiera que pudieras confiar en mi de una vez por todas y dejaras de echar el freno hasta a tu propia respiración.

Aparca los nervios y piensa.
Recuerda todos los te quiero que derramé sobre tus costillas, adivina lo que pienso en cada momento y disfruta del camino.

No te pido que vuelvas, si no es eso lo que quieres, pero si que vuelvas a ser tú.
Continúa apuntando bien alto con tu ballesta de sueños, aún estás a tiempo de alcanzar aquella estrella.
No finjas que no duele, porque esconder duele por dos.

Y dos no se pelean si uno no quiere.

Y uno era aquello en lo que se convierten dos mitades al juntarse.

Quizá el dilema estaba en que siempre anduvimos enteros y nos hacíamos de menos.

Por eso, te lo digo como persona que te quiere, te necesitaba y te recuerda con mimo: pídeles a tus carcajadas una última oportunidad y quédate como una estatua cuando el brillo de tus ojos sea el mismo que el que desprendía tu alma.




Cuatro días en los que sobraron los efectos especiales

Guardo con celo todo el polvo de hadas que desprendía aquella noche.
El exceso de humedad no permitió respiraciones profundas y las emociones impidieron que dejaran de ser agitadas.
Recuerdo mil colores sobre el negro del cielo, y una luna demasiado grande para ser medida.
Recuerdo que sobre mis ojos pesaba el tiempo pero la ilusión subía constantemente todas mis persianas.

También estaba presente la magia: la magia de ser con los demás, de unir voces desgarradas y de corazones galopantes. La magia de estar justamente en el momento indicado disfrutando de una noche de verano más.

De la cantidad de artistas que subieron al escenario me quedo con la resaca emocional que me regalaron después- como si de un vino malo se tratara, quedándose en mi cabeza- ya de por si destartalada.
Desatando el pensamiento de que todo sueño puede tener una realidad como reflejo de espejo y provocando en mí un enmudecimiento transitorio.
Porque aunque me guste bailar entre palabras, en noches como aquella, éstas vuelan lejos y me impiden acariciarlas con las yemas de los dedos.

Y yo sé que me quedo feliz pero no sé expresar como quisiera toda la emoción apabullante que me recorre.




Al chico de la risa nerviosa.

Lo confieso, me hace ilusión saber de ti por casualidad.
Encontrarte de repente y poder compartir al menos media hora de carcajadas.

Te echaba de menos y en el fondo ya lo sabíamos.

Eres una de esas personas-casa. Una de esas personas que siempre van a querer saber lo bien que te va la vida y disfrutarla contigo.
Estabas feliz, a pesar de las nubes que te rondaban cerca, tenías ganas de más y sabes- porque nos encargamos de recordártelo- que puedes con todo.

Es normal que a veces te flaqueen las ganas, pero en el fondo tú crees en ti, y eso es lo más importante.

Vivo con el secreto de querer quedarme a vivir en alguno de tus días. Que tú risa, me resuene cerca siempre y que tú pases de ser un hogar cualquiera, a ser el mío.
Mientras tanto, me contento con verte ser tú y querer darlo todo.

Gracias por seguir guardándome un par de bailes y un recuerdo en tu memoria.


Nos vemos- espero- más tarde que pronto.

A J.




lunes, 29 de julio de 2019

Volver a Neptuno

Cuarenta y ocho horas que se agotaron en el inmenso reloj de arena.
Pasamos de nube a desierto flotando sobre una isla de fuego y procastinación rodeada de todo
menos de mar.

Reír, llorar y tener todo el vello a punto de hacer un triple mortal sobre mi antebrazo fueron tres de las hazañas de las que presumí al llegar a Neptuno.

Fui espectadora sin butaca de terciopelo
del mayor de los misterios: la amistad en todas sus formas.

Pude compartir la vida entrelazada y el cariño hecho hermandad
desde una de las salidas de emergencia.

Tan solo hicieron falta dos días para que la resaca emocional, que pecaba de mejor amiga, aflorase por todos los poros de mi piel y me amenzara- daga en ristre- con quedarse.

Los vi siendo ellos mismos, flotando en el océano de lo sincero y quise declararme habitante de la oquedad que dejaban todas sus carcajadas.

Me vi a mi misma- volviendo a los siete- con mi ilusión y mis zapatos nuevos, muy rojos y brillantes.
Bailé hasta que mis pies dejaron de ser
y pendí mi vida sobre los acordes de un par de canciones alegres.

Me atreví a mover los hilos de alguna que otra alma cercana
para tejer el mejor de los atardeceres sobre aquel verano.

Y no supe.

Ni quise desprenderme de aquellos alientos que me bautizaron con dichosa como segundo nombre.

Sólo fui capaz de agradecer aquel soplo de luz inyectado a manos llenas y desear un pronto reencuentro entre todos mis silencios.

Hace días que el calor se asentó entre estas cuatro paredes y lo único que desprende mi garganta es una mezcla de alaridos incomprensibles.

Y vuelvo a las gracias. Por las partes que les tocaron- y las que tocaron hasta descubrir mi propia melodía.
Y gracias también por la forma tan bonita de cuidar.

A mi no me deben nada;
quererlos, fue la parte fácil del rompecabezas.


miércoles, 17 de julio de 2019

Antihéroes y silencios

He aprendido a enamorarme de los antihéroes- de esos que no van a venderme una sonrisa perfecta que no tienen ni van a llamarme bonita por cómo ven su vida a través de su ombligo.

Porque me enseñaron que los prejuicios y el no ya los tienes
y sé que todo termina siendo bonito depende de los ojos que miren el mundo.

Y los antihéroes te llevan al garito más vetusto que conocen, no por quedar bien, si no porque les gusta el bar de siempre.
Los antihéroes no se visten para impresionarte sino para esconder una mente maravillosa, porque sostienen que eso de que los caballeros las prefieren rubias forma parte de la mitología.

Y te dejan quedarte siempre y cuando disfrutes y te rías.

Al mismo tiempo apuntan alto pero no disparan,  se disponen cautos a planear el próximo asalto
sin haber terminado siquiera el anterior].

Es en la espuma de cerveza donde entra tu defensa hacia las causas perdidas y te enamoras como una tonta de todas las imperfecciones que dicen tener.

Ellos nunca te piden motivos, y te pierden sus excusas.

He aprendido a enamorarme también del silencio- antes, pensaba que creaba la locura y confieso que me dio miedo quedarme a solas con mis pensamientos.
Pero pasan los años y el tiempo ha abierto un tremendo cráter en mis principios.

He aprendido que querer lento, si no hay ruido cerca, es la mayor de las verdades.

Y la última de mi cabeza es una sensación que me marea. Un ruido de fondo molesto, como la interferencia de la radio de un romántico, que la enciende por abrir una ventana al mundo.
A veces siento que maldigo todo lo que toco porque cada vez que las palabras quedan tatuadas sobre el blanco todo se convierte en humo.
Por eso tengo aún historias que guardo en algún rincón de mi cabeza- pero tengo miedo a perderla y que la multitud de sueños que pasea por esta no tenga mayor libertad que la salida de la luna.

Pirata

Sé lo que me hago cuando escribo y te digo que son pocas las personas que han descubierto la amplitud de mi sonrisa.
La misma que descubrieron tus ojos y que tengo que agradecerte.

Soy de las que piensan que la sinceridad en una sonrisa, aunque esta sea desconocida, puede otorgar el pellizco de alegría que mendigan nuestras almas.
Y lo hiciste. Contigo he conseguido sacar de paseo una de las mejores de mi repertorio.
Y has hecho que disfrute de los momentos más maravillosos de un verano que se avecinaba insulso.

Lo sé y lo entiendo. No te pido nada a cambio.
Solo te digo que ni se te ocurra perderlas, ni tu alegría ni a ella.
Ella es bonita a rabiar, te hace mejor persona y estoy segura de que te quiere más de lo que tú llegarás a quererte nunca.

Escribirte para mi tiene el mismo efecto que sobre ti el ron-cola número nueve. Sabes que si fuera el último, el sol ya habría anunciado el nuevo día y que su misión es hacerte de escudero en una guerra interminable por sacar al sentido victorioso de entre tantas de tus locuras.
Pero tú sigues el ritmo de la música, y recuerdas impasible; con demasiada cordura y lucidez sobre la tinta de tus todos tus tatuajes.

El sabor dulce consigue obnubilar tu alma y dejarte creer que mientras quede aún un único hielo flotando sobre el elixir pirata todo estará bien.

Pero desgraciadamente, nada cambia.
Y todo lo que le sucede a la salida del sol es una resaca con el olor de su pelo, que tu has aprendido a capear como un campeón.

Así que déjame decirte que no, que escribirte sin decirte las verdades a la clara no sirve sino para comenzar a cicatrizarme el alma.

Pero mientras lo hago, tengo la suerte de poder ser contigo y eso, niño, me encanta.


domingo, 28 de abril de 2019

La primera persona del plural

Todo lo maravilloso que puede albergar una mente también puede llevarlo a la ruina.
Su poder puede hacernos bajar hasta el más profundo de los abismos y querer reducir nuestra vida a cenizas.


Y lo que más miedo da es que basta un solo click de nuestra cabeza para que la bomba estalle.


Nos parece raro,
pensamos que no nos tocará nunca.
Que la gente está mal de la cabeza y que la nuestra va sobre ruedas. - Nos escondemos bajo un estándar llamándonos normales
cuando no sabemos quién define los límites de la normalidad.


Todo esto sucede hasta el momento en que comienza a llover.


Entonces nos preguntamos si tenemos algo que ver con las máquinas porque el engranaje de nuestras ideas se ralentiza y solo escuchamos el petricor y el rechinar de nuestra disfunción.


No sabemos cuándo empezó todo, ni si nos habíamos mojado antes sin que pasara nada.
Sólo nos damos cuenta de que imperan nuestras ganas de lucha y no podemos:

se nos queda grande por tamaño e importancia eso de declararle la guerra al tiempo.


Y solo nos queda, arrugado en un bolsillo, el deseo ferviente de la escampada del cielo.
Las pesadillas se vuelven rutina, las ganas se declaran en peligro de extinción

y da igual en qué día creas vivir-si cuando miras al calendario
te bailan las letras.

La lluvia continúa: termina de lavar los restos de felicidad que descansaban en nuestras mejillas y de despegar las pegatinas-sonrisa que decoraban nuestros labios.

Nos resignamos a pensar que todo pueda acabar aquí, que no somos más que una broma macabra del destino y que por muy pequeños que seamos no se nos permite soñar en grande.
Sumidas en la desidia, en las náuseas vespertinas de un mundo gris y en todos los charcos que al pisar borran nuestro reflejo, nos paramos en seco.

Intentamos buscar pistas que nos ayuden a entender vuestro comportamiento.


Por qué dijisteis querernos cuando ni tan siquiera leísteis el cuento.
Nos cuesta reconocer que no os necesitamos en nuestra rutina, que el daño ya está hecho y las cicatrices del alma no desaparecen tan fácilmente.


Pero también cuesta olvidar las risas y lanzar al vacío todo lo que fuimos: eso que ahora amenaza con congelarse en formato recuerdo.
Porque si aceptamos que nuestros caminos no volverán a juntarse nos sentiremos vacías, perderemos confianza en nosotras y creeremos no volver a experimentar la alegría.

Marchaos,

ahora que podéis;
ahora, que parece que van a darnos algo de tregua las nubes.


Marchaos lejos, porque querer significa ayudar;
significa estar, respirar con la otra persona y sentirte feliz en todas las acepciones de la palabra.

Hemos perdido la cuenta de cuántos ‘te quiero’ nos habéis robado, de cuántas noches de verano pasamos suspirando por un tiempo vivido que no volverá.

Tantas noches sintiéndonos reinas de mundo y tarima.


Porque nos queríais...o eso solíais decir -pues nos hemos dado cuenta de lo mal que lo habéis hecho.


Perdonadnos si no queremos repetir los mismos errores.


Y adiós:
es la única respuesta que vais a obtener de nosotras.


Estamos ocupadas tratando de recomponer los pedazos de una vida.
Y no os interesa pero, sabemos cómo salir del infierno.

Y no, ya no necesitaremos más vuestra ayuda.

Compostela les baila el agua.

domingo, 7 de abril de 2019

Cobardía no es sólo nombre de mujer.

Y tú le dices que se lo crea.
Que vas a prestarle tus ojos para que lo vea.
Porque ellos han sido testigos del poder de la magia.

Le dices lo bonita que es, lo linda que se ve en todo estado de la materia.
Le pides que se quiera igual que tú has conseguido quererla:
Con los ojos cerrados y alguna huella grabada con los rescoldos de una hoguera mal apagada.
La invitas a quererse más lento que las fases de todas las lunas de las que fuisteis testigos.
Le cuentas que es necesario que te escuche porque guardas la verdad más absoluta bajo la manga de la sudadera.
Y ella con el mismo pretexto juega a agrandarla para hacerla suya.

Le dices que te mire a los ojos.

Pero no le dices que te has dado cuenta tarde, ni que lleva tiempo apareciendo en tus sueños.
Solamente rodeas sus curvas en un abrazo y te percatas de que ha dejado de llorar.

No le cuentas cuánto admiras sus tripas hechas corazón,
ni le susurras cuánto vas a echarla de menos.

Y ella te mira. Y captas un brillo diferente, menos distante.
Y te cuenta todo lo que le queda por hacer.

Y tu no puedes hacer otra cosa que escucharla, deseando,
en silencio, que vuelva a incluirte en cada uno de sus planes de domingo y vida.

Y ella se ríe.
Y algo se estrella contra tu sexto sentido.
Algo que te la pinta como un ser de otro puto planeta y
Te recuerda que tú al encontrarla has desmontado
la teoría del Big Bang pieza por pieza.

Y te pide que te quedes a cenar, mientras hace trizas el reflejo de un ocaso sobre las olas del mar.

Tú le preguntas que cuántas noches necesita y ella te sorprende con un ‘todas en las que se encuentre tu vida con la mía’.

Y caes.
En su red, en sus locuras, en el eco de su risa, en sus imposibles, en los surcos de lagrima seca que aún la delatan-culpable de querer ser feliz.
En la cuenta.

Caes en la cuenta de que plantó una semilla que le venía grande entonces, y al dejar llorar al cielo, esta os ha regalado algún que otro fruto en forma de amor cobarde.



(Ignacio Montes y Blanca Parés- Los amores cobardes)

sábado, 9 de marzo de 2019

Aires de cambio


Ahora que ha cesado la tormenta de arena que amenazaba con arrasar la tranquilidad relativa de unas redes demasiado sociales.
Ahora que, al parecer, terminó el sentimiento desgarrador de esas veinticuatro horas de duelo y las infinitas pancartas  que ayer se alzaban al cielo, descansan en el camión de la basura; me dio tiempo a reflexionar.

Y voy a decir lo que pienso, porque me siento libre dentro de mi papel como persona para gritarlo- que ojalá traspasara pantallas.

Mi mensaje tiene destinatario.

Ayer fue el día internacional de la mujer y somos muchas las que tenemos fe ciega en la igualdad. Perdonadnos a las que no la sintamos de manera tan ferviente, pero esto no quiere decir que me nos neguemos a un cambio continuo ni a que queramos volver al pasado.

Partimos de la base de que queda aún mucho por hacer.
Soy de las que piensa que el miedo debería ser una especie en peligro de extinción.
Que la violencia domestica, de género, de cualquier tipo o forma debería entrar a formar parte de nuestra historia y posicionarse tan lejana como la propia mitología griega.

Pero puse mi corazón en una balanza y flotó en linea recta abogando la misma igualdad que se exigía ayer por las calles.

Por una parte me siento feliz.
Porque miro atrás y se ha conseguido mucho.
Porque soy mujer y me encanta.
Porque adoro sentirme guapa y me enorgullece que mis padres me hayan empujado hacia un mundo de oportunidades, de construirme entre valores y sueños, de perseguir ideales y tener actitud crítica ante lo que interpreto como moral.

Por eso nunca me sentí menoscabada ni menospreciada por el hecho de ser mujer, pero leí que Serguéi Polunin pensaba que la mujer usurpaba el mundo y me eché a temblar.

Serguéi es un bailarín de ballet ucraniano al que admiro profundamente en su arte.
He aquí mi incomprensión.

¿Cómo demonios puede ser tan opuestos tu baile y tus verbos, Sergéi?
Llevo tiempo desatando los nudos de mi lucha interna.
Me encantaría que lo que queda de rencor no volviera a resurgir de sus cenizas.
Que todo aquel que piensa que la mujer no vale nada, o que su importancia reside en una barra de labios y algo de rimell mirara el mundo desde nuestros ojos.

Os aseguro que si fuerais capaces, el mundo sería precioso.

Pocas veces encontré un baile más etéreo que el tuyo, Serguéi.
Juro que he creído verte volar cuando tus pies se levantaban constantemente del suelo.
Te considero una de esas pocas personas capaces de sintetizar las dimensiones de un todo en tres sencillos y volátiles movimientos.
Me emocioné cada vez que comprobé como hacías tuyo cualquier papel.

Por eso no comprendo que intentes renegar del de la mujer en la historia, que es tan tuya como nuestra.- siendo consciente de la adoración que sientes por tu madre, y el sacrificio que ella hizo cerrando los ojos fuerte para verte brillar desde lo más alto del cielo.

Explícame tus motivos.
No puedo más que cubrirme con la pena que me provoca que eso que dices.
Y que ésta me aleje de manera casi instantánea de tus pasos de baile y despegue mis ojos de la hipnosis que producen los tuyos.

No hablo de miedo a que tu idea de mujer usurpadora tome forma y comience a hacer mella en una sociedad que andaba abriendo los ojos.
Por si no te diste cuenta, somos muchas y no estamos solas.

No creo que nunca llegue a quemarse el último cartucho con olor a miedo.
Tampoco hablo de que tu criterio diste un abismo del mío.

Me siento muy orgullosa de mi papel en mi vida.
Y soy mujer, ¿tanto te duele reconocerlo?

Ignoro por qué la biología tuvo a bien hacernos de manera diferente pero pienso que en ello reside el secreto de la vida: en que dos mitades de un entero puedan regalar su aportación al mundo y completarlo- en el ámbito que sea.

Por eso, al verte bailar no quiero dejar de mirarte a los ojos.
Continúa, aunque sea para ti, pero atrévete a escucharme.
Me quedan cosas por decir, y quizás nunca me enseñaron a vehiculizarlas a través del ballet.

Podría unirme a esa lucha tan ruidosa y hacer emanar tus náuseas pero prefiero seguir admirando tu baile, continuar con el aplauso cuando salga el telón, pero hasta aquí nuestra relación profesional.

Después voy a prestarte mis ojos.

Tal vez así decidas cambiar de idea.

En cualquier caso- decidas escucharme o no, decidas comprendernos o no.-, gracias:

Porque personas como tu provocan que, con su repulsión en grado superlativo, crezca nuestra fuerza.



miércoles, 6 de marzo de 2019

Intensus

¿Te has escuchado?
Te llamas intenso cuando no me conoces, ni sabes que tu descripción perfectamente podría ser mi apellido.

Te leo e imagino tus palabras desnudas de toda intención y destino.
Y me da vértigo recrearme en las comisuras de unos labios a los que aún no pongo voz.
Y me estremezco con la idea de perder lo que llegó con la lluvia.

Creo distinguir ese marcado acento de la otra orilla por la que no paseé -donde ojalá  contar con los eones necesarios para perderme.
Y me prometo a mi misma que contemplaré esa luz algún día porque siempre quise guardar un pedazo de Argentina en el lado izquierdo de mi corazón.

Tampoco lo sabes, pero me enamoro tan rápido de un “vos” que cuando quiero darme cuenta intento cambiar de lenguaje para que se me pegue algo de esa forma de vida tan vuestra.

Lástima eso de decir adiós antes de coincidir.
Y no viajar con un equipaje de dimensiones suficientes como para adhesionar otra vida en calidad de “frágil”.

Gracias por verme de esa manera tan bonita y saber escoger las palabras que lo definieran.


Perdona si te culpo de arañarme el alma.


a N. Para cuando regreses a Mar de Plata.

sábado, 23 de febrero de 2019

Vacíos repletos

Si es cierto eso de que 'dos personas que se hacen reír tienen derecho a todo'...¿puedo pedirte algo?
Prométeme que si algún día ella se va de tu lado, o tu amor se borra con restos de mareas pasajeras vas a volver.
Prométeme que si se extingue vuestro fuego inmenso volverás a reír conmigo,
como en aquellas madrugadas pero en nuestra versión mejorada.

Cuando conoces a alguien que quiere colorearte la vida sin salirse de los bordes, pasa que se apaga el piloto automático de tu cabeza y dejas de pasar por tus días mecánicamente, de puntillas y sin darte cuenta.
Empiezas a percibir que fuera hace más frío de la cuenta, que hay vida más allá de tus heridas.

Hay veces que este tipo de personas están de paso, que llegan para dejarte respirar; volver a coger aire como bocanada o placa luminosa sobre la salida de emergencia en el garito veintisiete.
Otras vienen para quedarse, para ser brújula de una vida que creías a la deriva.

Lo primero fue lo que me pasó contigo.

Fueron algo más de cuarenta y ocho horas llenas,
de la felicidad más explosiva que haya experimentado nunca.

Me has hecho reír hasta creerme morir, has dejado que mis ojos vuelvan a brillar hasta el nivel 100 y que nuestros pulsos jueguen a un duelo de disparos a quemarropa,
siempre dentro de los límites de mi decoro y tus ataduras.

A pesar de ello debo darte las gracias por hacer que el vértigo se torne huracán.
Me has regalado un pedazo de ilusión efímera.

Y mi cabeza se llenó de dudas entonces, justo a la hora del adiós.
La maldita se colmó de pájaros queriendo recoger tu vuelo y el eco que dejó tu risa sobre el hueco de mi cuello.

No sé si volveremos a vernos.
Aunque he de confesarte que pondré todo lo que esté en mi mano para que las casualidades vuelvan a juntarnos.

Gracias por compartir tu alegría conmigo, por buscarme y encontrar todas mis cosquillas.
Gracias por dejar la cuenta de mis lunares a medias.

a C.
(Steve McQueen y Jean Shrimpton)

viernes, 15 de febrero de 2019

Sobre no saber cuando parar

Que quiere morirse, dice. Que no puede más, que está cansado.
Dice que no está hecho para la vida por mucho que ésta la trate bien.

Lo escucho intentando dejar la mente en blanco, o al menos mi faz.
No quiero que huela mi miedo, ni mi inseguridad ante el abismo que me plantea.

Y lo miro con detenimiento.
Me pregunto qué le habrá llevado a estar así. Qué le duele o qué le pesa.
Y luego se lo pregunto a él.
Cómo si me leyera la mente, pone una mano sobre la mía y trata de tranquilizarme. Que nadie lo entiende, que no ha encontrado aún las palabras para describir cómo se siente pero que necesita desaparecer.

Me cuesta creer que una persona con unos ojos tan vivos ande buscando su propia muerte.

Releeo las confesiones anteriores que tengo ante mi. Lo ha intentado en innumerables ocasiones y siempre le sale mal.
Considero que la palabra tentativa es un eufemismo para su dolor.

Que a lo mejor, no sé expresarme, susurra; pero yo no quiero estar aquí. Quisiera dejar de existir.

Y yo, quiero saber si hay algo después, si persigue a la muerte para buscarle las cosquillas o como simple aventura.
Y él me dice que cree que no, que la persigue por tratarse de su felicidad.
Y me agarro a esa creencia para intentar sacarlo a flote.

-¿Crees o estás seguro?- Le pregunto.

-Lo sé. Pero entienda mis dudas, siempre que digo que quiero morir y no hay nada detrás me dicen que no es posible. Que si lo deseo con tantas ganas será porque espero un tiempo mejor en cualquier otra parte.

Y se funde la llama de mi esperanza. Estamos en una estancia luminosa pero, para mi hemos descendido poco más que a los infiernos.

Luego me da las gracias por nada, y se marcha con la promesa oculta de no volverme a ver.
Detrás le sigue muy de cerca otra vida a la que se encuentra vinculado, pero ésta no ha ocultado sus ojos vidriosos al escucharlo.

Yo me quedo vacía: Intentando adivinar por qué hay quienes se agarran a la vida con uñas y dientes y ésta decide arrancarles la segunda oportunidad y decide abandonarles a la peor de las suertes. Y por qué, otros como él tiran gasolina sobre el miedo y se quedan a golpe de cerilla de prender la continuación de sus días.


Sol naciente- Claude Monet

domingo, 27 de enero de 2019

Desesperanzado

Las luces del cielo están en modo ahorro de energía.

Dentro intentamos crear un astro lumínico artificial que nos aleje del gris.

Fuera el frio amenaza con quitárnoslo todo, con barrer la poca esperanza de cambio que albergan nuestros corazones.

Dentro seguimos estando en alguno de los trópicos- soñando con pasear por todas las playas sobre las que clavamos alguna bandera. Todas aquellas con nombre de paraíso.
Y más adentro, aún más, solo quedan los restos marchitos de una antigua primavera, las ala rotas de un vuelo fallido, y un par de gigantes dormidos con ganas de más.

También se consumió la última vela de la discordia dejándonos adivinar el final de toda historia:
una maleta repleta de fotografías con caras veladas y un billete de ida hecho añicos donde no se lee el destino.

Por eso todos los viajes comienzan los lunes, porque de una u otra manera siempre consiguen baldear los restos de gris de los suelos.
Con el propósito de tragarnos y escupirnos lejos de aquellos lugares donde amamos la vida.

Pero hoy, aunque el juicio del lunes nos amenace, quisimos hacer coalición con los rebeldes. Planteamos sobre el domingo un campo de batalla para defender el último reducto de felicidad.
Sacamos las fotografías veladas de la maleta, y perseguimos los negativos.
Volvimos a llenarla de aquello que nos hizo sentir, y de algunas sonrisas.
Compramos un billete de ida nuevo- esta vez, con destino a casa.

Porque a veces es necesario alejarnos un par de pasos para recobrar el sentido, la cordura y la perspectiva.

Y estos días contados cometieron el error de olvidar quienes éramos y eso de que vinimos para quedarnos.

(A Coruña)