lunes, 29 de julio de 2019

Volver a Neptuno

Cuarenta y ocho horas que se agotaron en el inmenso reloj de arena.
Pasamos de nube a desierto flotando sobre una isla de fuego y procastinación rodeada de todo
menos de mar.

Reír, llorar y tener todo el vello a punto de hacer un triple mortal sobre mi antebrazo fueron tres de las hazañas de las que presumí al llegar a Neptuno.

Fui espectadora sin butaca de terciopelo
del mayor de los misterios: la amistad en todas sus formas.

Pude compartir la vida entrelazada y el cariño hecho hermandad
desde una de las salidas de emergencia.

Tan solo hicieron falta dos días para que la resaca emocional, que pecaba de mejor amiga, aflorase por todos los poros de mi piel y me amenzara- daga en ristre- con quedarse.

Los vi siendo ellos mismos, flotando en el océano de lo sincero y quise declararme habitante de la oquedad que dejaban todas sus carcajadas.

Me vi a mi misma- volviendo a los siete- con mi ilusión y mis zapatos nuevos, muy rojos y brillantes.
Bailé hasta que mis pies dejaron de ser
y pendí mi vida sobre los acordes de un par de canciones alegres.

Me atreví a mover los hilos de alguna que otra alma cercana
para tejer el mejor de los atardeceres sobre aquel verano.

Y no supe.

Ni quise desprenderme de aquellos alientos que me bautizaron con dichosa como segundo nombre.

Sólo fui capaz de agradecer aquel soplo de luz inyectado a manos llenas y desear un pronto reencuentro entre todos mis silencios.

Hace días que el calor se asentó entre estas cuatro paredes y lo único que desprende mi garganta es una mezcla de alaridos incomprensibles.

Y vuelvo a las gracias. Por las partes que les tocaron- y las que tocaron hasta descubrir mi propia melodía.
Y gracias también por la forma tan bonita de cuidar.

A mi no me deben nada;
quererlos, fue la parte fácil del rompecabezas.


miércoles, 17 de julio de 2019

Antihéroes y silencios

He aprendido a enamorarme de los antihéroes- de esos que no van a venderme una sonrisa perfecta que no tienen ni van a llamarme bonita por cómo ven su vida a través de su ombligo.

Porque me enseñaron que los prejuicios y el no ya los tienes
y sé que todo termina siendo bonito depende de los ojos que miren el mundo.

Y los antihéroes te llevan al garito más vetusto que conocen, no por quedar bien, si no porque les gusta el bar de siempre.
Los antihéroes no se visten para impresionarte sino para esconder una mente maravillosa, porque sostienen que eso de que los caballeros las prefieren rubias forma parte de la mitología.

Y te dejan quedarte siempre y cuando disfrutes y te rías.

Al mismo tiempo apuntan alto pero no disparan,  se disponen cautos a planear el próximo asalto
sin haber terminado siquiera el anterior].

Es en la espuma de cerveza donde entra tu defensa hacia las causas perdidas y te enamoras como una tonta de todas las imperfecciones que dicen tener.

Ellos nunca te piden motivos, y te pierden sus excusas.

He aprendido a enamorarme también del silencio- antes, pensaba que creaba la locura y confieso que me dio miedo quedarme a solas con mis pensamientos.
Pero pasan los años y el tiempo ha abierto un tremendo cráter en mis principios.

He aprendido que querer lento, si no hay ruido cerca, es la mayor de las verdades.

Y la última de mi cabeza es una sensación que me marea. Un ruido de fondo molesto, como la interferencia de la radio de un romántico, que la enciende por abrir una ventana al mundo.
A veces siento que maldigo todo lo que toco porque cada vez que las palabras quedan tatuadas sobre el blanco todo se convierte en humo.
Por eso tengo aún historias que guardo en algún rincón de mi cabeza- pero tengo miedo a perderla y que la multitud de sueños que pasea por esta no tenga mayor libertad que la salida de la luna.

Pirata

Sé lo que me hago cuando escribo y te digo que son pocas las personas que han descubierto la amplitud de mi sonrisa.
La misma que descubrieron tus ojos y que tengo que agradecerte.

Soy de las que piensan que la sinceridad en una sonrisa, aunque esta sea desconocida, puede otorgar el pellizco de alegría que mendigan nuestras almas.
Y lo hiciste. Contigo he conseguido sacar de paseo una de las mejores de mi repertorio.
Y has hecho que disfrute de los momentos más maravillosos de un verano que se avecinaba insulso.

Lo sé y lo entiendo. No te pido nada a cambio.
Solo te digo que ni se te ocurra perderlas, ni tu alegría ni a ella.
Ella es bonita a rabiar, te hace mejor persona y estoy segura de que te quiere más de lo que tú llegarás a quererte nunca.

Escribirte para mi tiene el mismo efecto que sobre ti el ron-cola número nueve. Sabes que si fuera el último, el sol ya habría anunciado el nuevo día y que su misión es hacerte de escudero en una guerra interminable por sacar al sentido victorioso de entre tantas de tus locuras.
Pero tú sigues el ritmo de la música, y recuerdas impasible; con demasiada cordura y lucidez sobre la tinta de tus todos tus tatuajes.

El sabor dulce consigue obnubilar tu alma y dejarte creer que mientras quede aún un único hielo flotando sobre el elixir pirata todo estará bien.

Pero desgraciadamente, nada cambia.
Y todo lo que le sucede a la salida del sol es una resaca con el olor de su pelo, que tu has aprendido a capear como un campeón.

Así que déjame decirte que no, que escribirte sin decirte las verdades a la clara no sirve sino para comenzar a cicatrizarme el alma.

Pero mientras lo hago, tengo la suerte de poder ser contigo y eso, niño, me encanta.


domingo, 28 de abril de 2019

La primera persona del plural

Todo lo maravilloso que puede albergar una mente también puede llevarlo a la ruina.
Su poder puede hacernos bajar hasta el más profundo de los abismos y querer reducir nuestra vida a cenizas.


Y lo que más miedo da es que basta un solo click de nuestra cabeza para que la bomba estalle.


Nos parece raro,
pensamos que no nos tocará nunca.
Que la gente está mal de la cabeza y que la nuestra va sobre ruedas. - Nos escondemos bajo un estándar llamándonos normales
cuando no sabemos quién define los límites de la normalidad.


Todo esto sucede hasta el momento en que comienza a llover.


Entonces nos preguntamos si tenemos algo que ver con las máquinas porque el engranaje de nuestras ideas se ralentiza y solo escuchamos el petricor y el rechinar de nuestra disfunción.


No sabemos cuándo empezó todo, ni si nos habíamos mojado antes sin que pasara nada.
Sólo nos damos cuenta de que imperan nuestras ganas de lucha y no podemos:

se nos queda grande por tamaño e importancia eso de declararle la guerra al tiempo.


Y solo nos queda, arrugado en un bolsillo, el deseo ferviente de la escampada del cielo.
Las pesadillas se vuelven rutina, las ganas se declaran en peligro de extinción

y da igual en qué día creas vivir-si cuando miras al calendario
te bailan las letras.

La lluvia continúa: termina de lavar los restos de felicidad que descansaban en nuestras mejillas y de despegar las pegatinas-sonrisa que decoraban nuestros labios.

Nos resignamos a pensar que todo pueda acabar aquí, que no somos más que una broma macabra del destino y que por muy pequeños que seamos no se nos permite soñar en grande.
Sumidas en la desidia, en las náuseas vespertinas de un mundo gris y en todos los charcos que al pisar borran nuestro reflejo, nos paramos en seco.

Intentamos buscar pistas que nos ayuden a entender vuestro comportamiento.


Por qué dijisteis querernos cuando ni tan siquiera leísteis el cuento.
Nos cuesta reconocer que no os necesitamos en nuestra rutina, que el daño ya está hecho y las cicatrices del alma no desaparecen tan fácilmente.


Pero también cuesta olvidar las risas y lanzar al vacío todo lo que fuimos: eso que ahora amenaza con congelarse en formato recuerdo.
Porque si aceptamos que nuestros caminos no volverán a juntarse nos sentiremos vacías, perderemos confianza en nosotras y creeremos no volver a experimentar la alegría.

Marchaos,

ahora que podéis;
ahora, que parece que van a darnos algo de tregua las nubes.


Marchaos lejos, porque querer significa ayudar;
significa estar, respirar con la otra persona y sentirte feliz en todas las acepciones de la palabra.

Hemos perdido la cuenta de cuántos ‘te quiero’ nos habéis robado, de cuántas noches de verano pasamos suspirando por un tiempo vivido que no volverá.

Tantas noches sintiéndonos reinas de mundo y tarima.


Porque nos queríais...o eso solíais decir -pues nos hemos dado cuenta de lo mal que lo habéis hecho.


Perdonadnos si no queremos repetir los mismos errores.


Y adiós:
es la única respuesta que vais a obtener de nosotras.


Estamos ocupadas tratando de recomponer los pedazos de una vida.
Y no os interesa pero, sabemos cómo salir del infierno.

Y no, ya no necesitaremos más vuestra ayuda.

Compostela les baila el agua.

domingo, 7 de abril de 2019

Cobardía no es sólo nombre de mujer.

Y tú le dices que se lo crea.
Que vas a prestarle tus ojos para que lo vea.
Porque ellos han sido testigos del poder de la magia.

Le dices lo bonita que es, lo linda que se ve en todo estado de la materia.
Le pides que se quiera igual que tú has conseguido quererla:
Con los ojos cerrados y alguna huella grabada con los rescoldos de una hoguera mal apagada.
La invitas a quererse más lento que las fases de todas las lunas de las que fuisteis testigos.
Le cuentas que es necesario que te escuche porque guardas la verdad más absoluta bajo la manga de la sudadera.
Y ella con el mismo pretexto juega a agrandarla para hacerla suya.

Le dices que te mire a los ojos.

Pero no le dices que te has dado cuenta tarde, ni que lleva tiempo apareciendo en tus sueños.
Solamente rodeas sus curvas en un abrazo y te percatas de que ha dejado de llorar.

No le cuentas cuánto admiras sus tripas hechas corazón,
ni le susurras cuánto vas a echarla de menos.

Y ella te mira. Y captas un brillo diferente, menos distante.
Y te cuenta todo lo que le queda por hacer.

Y tu no puedes hacer otra cosa que escucharla, deseando,
en silencio, que vuelva a incluirte en cada uno de sus planes de domingo y vida.

Y ella se ríe.
Y algo se estrella contra tu sexto sentido.
Algo que te la pinta como un ser de otro puto planeta y
Te recuerda que tú al encontrarla has desmontado
la teoría del Big Bang pieza por pieza.

Y te pide que te quedes a cenar, mientras hace trizas el reflejo de un ocaso sobre las olas del mar.

Tú le preguntas que cuántas noches necesita y ella te sorprende con un ‘todas en las que se encuentre tu vida con la mía’.

Y caes.
En su red, en sus locuras, en el eco de su risa, en sus imposibles, en los surcos de lagrima seca que aún la delatan-culpable de querer ser feliz.
En la cuenta.

Caes en la cuenta de que plantó una semilla que le venía grande entonces, y al dejar llorar al cielo, esta os ha regalado algún que otro fruto en forma de amor cobarde.



(Ignacio Montes y Blanca Parés- Los amores cobardes)

sábado, 9 de marzo de 2019

Aires de cambio


Ahora que ha cesado la tormenta de arena que amenazaba con arrasar la tranquilidad relativa de unas redes demasiado sociales.
Ahora que, al parecer, terminó el sentimiento desgarrador de esas veinticuatro horas de duelo y las infinitas pancartas  que ayer se alzaban al cielo, descansan en el camión de la basura; me dio tiempo a reflexionar.

Y voy a decir lo que pienso, porque me siento libre dentro de mi papel como persona para gritarlo- que ojalá traspasara pantallas.

Mi mensaje tiene destinatario.

Ayer fue el día internacional de la mujer y somos muchas las que tenemos fe ciega en la igualdad. Perdonadnos a las que no la sintamos de manera tan ferviente, pero esto no quiere decir que me nos neguemos a un cambio continuo ni a que queramos volver al pasado.

Partimos de la base de que queda aún mucho por hacer.
Soy de las que piensa que el miedo debería ser una especie en peligro de extinción.
Que la violencia domestica, de género, de cualquier tipo o forma debería entrar a formar parte de nuestra historia y posicionarse tan lejana como la propia mitología griega.

Pero puse mi corazón en una balanza y flotó en linea recta abogando la misma igualdad que se exigía ayer por las calles.

Por una parte me siento feliz.
Porque miro atrás y se ha conseguido mucho.
Porque soy mujer y me encanta.
Porque adoro sentirme guapa y me enorgullece que mis padres me hayan empujado hacia un mundo de oportunidades, de construirme entre valores y sueños, de perseguir ideales y tener actitud crítica ante lo que interpreto como moral.

Por eso nunca me sentí menoscabada ni menospreciada por el hecho de ser mujer, pero leí que Serguéi Polunin pensaba que la mujer usurpaba el mundo y me eché a temblar.

Serguéi es un bailarín de ballet ucraniano al que admiro profundamente en su arte.
He aquí mi incomprensión.

¿Cómo demonios puede ser tan opuestos tu baile y tus verbos, Sergéi?
Llevo tiempo desatando los nudos de mi lucha interna.
Me encantaría que lo que queda de rencor no volviera a resurgir de sus cenizas.
Que todo aquel que piensa que la mujer no vale nada, o que su importancia reside en una barra de labios y algo de rimell mirara el mundo desde nuestros ojos.

Os aseguro que si fuerais capaces, el mundo sería precioso.

Pocas veces encontré un baile más etéreo que el tuyo, Serguéi.
Juro que he creído verte volar cuando tus pies se levantaban constantemente del suelo.
Te considero una de esas pocas personas capaces de sintetizar las dimensiones de un todo en tres sencillos y volátiles movimientos.
Me emocioné cada vez que comprobé como hacías tuyo cualquier papel.

Por eso no comprendo que intentes renegar del de la mujer en la historia, que es tan tuya como nuestra.- siendo consciente de la adoración que sientes por tu madre, y el sacrificio que ella hizo cerrando los ojos fuerte para verte brillar desde lo más alto del cielo.

Explícame tus motivos.
No puedo más que cubrirme con la pena que me provoca que eso que dices.
Y que ésta me aleje de manera casi instantánea de tus pasos de baile y despegue mis ojos de la hipnosis que producen los tuyos.

No hablo de miedo a que tu idea de mujer usurpadora tome forma y comience a hacer mella en una sociedad que andaba abriendo los ojos.
Por si no te diste cuenta, somos muchas y no estamos solas.

No creo que nunca llegue a quemarse el último cartucho con olor a miedo.
Tampoco hablo de que tu criterio diste un abismo del mío.

Me siento muy orgullosa de mi papel en mi vida.
Y soy mujer, ¿tanto te duele reconocerlo?

Ignoro por qué la biología tuvo a bien hacernos de manera diferente pero pienso que en ello reside el secreto de la vida: en que dos mitades de un entero puedan regalar su aportación al mundo y completarlo- en el ámbito que sea.

Por eso, al verte bailar no quiero dejar de mirarte a los ojos.
Continúa, aunque sea para ti, pero atrévete a escucharme.
Me quedan cosas por decir, y quizás nunca me enseñaron a vehiculizarlas a través del ballet.

Podría unirme a esa lucha tan ruidosa y hacer emanar tus náuseas pero prefiero seguir admirando tu baile, continuar con el aplauso cuando salga el telón, pero hasta aquí nuestra relación profesional.

Después voy a prestarte mis ojos.

Tal vez así decidas cambiar de idea.

En cualquier caso- decidas escucharme o no, decidas comprendernos o no.-, gracias:

Porque personas como tu provocan que, con su repulsión en grado superlativo, crezca nuestra fuerza.



miércoles, 6 de marzo de 2019

Intensus

¿Te has escuchado?
Te llamas intenso cuando no me conoces, ni sabes que tu descripción perfectamente podría ser mi apellido.

Te leo e imagino tus palabras desnudas de toda intención y destino.
Y me da vértigo recrearme en las comisuras de unos labios a los que aún no pongo voz.
Y me estremezco con la idea de perder lo que llegó con la lluvia.

Creo distinguir ese marcado acento de la otra orilla por la que no paseé -donde ojalá  contar con los eones necesarios para perderme.
Y me prometo a mi misma que contemplaré esa luz algún día porque siempre quise guardar un pedazo de Argentina en el lado izquierdo de mi corazón.

Tampoco lo sabes, pero me enamoro tan rápido de un “vos” que cuando quiero darme cuenta intento cambiar de lenguaje para que se me pegue algo de esa forma de vida tan vuestra.

Lástima eso de decir adiós antes de coincidir.
Y no viajar con un equipaje de dimensiones suficientes como para adhesionar otra vida en calidad de “frágil”.

Gracias por verme de esa manera tan bonita y saber escoger las palabras que lo definieran.


Perdona si te culpo de arañarme el alma.


a N. Para cuando regreses a Mar de Plata.

sábado, 23 de febrero de 2019

Vacíos repletos

Si es cierto eso de que 'dos personas que se hacen reír tienen derecho a todo'...¿puedo pedirte algo?
Prométeme que si algún día ella se va de tu lado, o tu amor se borra con restos de mareas pasajeras vas a volver.
Prométeme que si se extingue vuestro fuego inmenso volverás a reír conmigo,
como en aquellas madrugadas pero en nuestra versión mejorada.

Cuando conoces a alguien que quiere colorearte la vida sin salirse de los bordes, pasa que se apaga el piloto automático de tu cabeza y dejas de pasar por tus días mecánicamente, de puntillas y sin darte cuenta.
Empiezas a percibir que fuera hace más frío de la cuenta, que hay vida más allá de tus heridas.

Hay veces que este tipo de personas están de paso, que llegan para dejarte respirar; volver a coger aire como bocanada o placa luminosa sobre la salida de emergencia en el garito veintisiete.
Otras vienen para quedarse, para ser brújula de una vida que creías a la deriva.

Lo primero fue lo que me pasó contigo.

Fueron algo más de cuarenta y ocho horas llenas,
de la felicidad más explosiva que haya experimentado nunca.

Me has hecho reír hasta creerme morir, has dejado que mis ojos vuelvan a brillar hasta el nivel 100 y que nuestros pulsos jueguen a un duelo de disparos a quemarropa,
siempre dentro de los límites de mi decoro y tus ataduras.

A pesar de ello debo darte las gracias por hacer que el vértigo se torne huracán.
Me has regalado un pedazo de ilusión efímera.

Y mi cabeza se llenó de dudas entonces, justo a la hora del adiós.
La maldita se colmó de pájaros queriendo recoger tu vuelo y el eco que dejó tu risa sobre el hueco de mi cuello.

No sé si volveremos a vernos.
Aunque he de confesarte que pondré todo lo que esté en mi mano para que las casualidades vuelvan a juntarnos.

Gracias por compartir tu alegría conmigo, por buscarme y encontrar todas mis cosquillas.
Gracias por dejar la cuenta de mis lunares a medias.

a C.
(Steve McQueen y Jean Shrimpton)

viernes, 15 de febrero de 2019

Sobre no saber cuando parar

Que quiere morirse, dice. Que no puede más, que está cansado.
Dice que no está hecho para la vida por mucho que ésta la trate bien.

Lo escucho intentando dejar la mente en blanco, o al menos mi faz.
No quiero que huela mi miedo, ni mi inseguridad ante el abismo que me plantea.

Y lo miro con detenimiento.
Me pregunto qué le habrá llevado a estar así. Qué le duele o qué le pesa.
Y luego se lo pregunto a él.
Cómo si me leyera la mente, pone una mano sobre la mía y trata de tranquilizarme. Que nadie lo entiende, que no ha encontrado aún las palabras para describir cómo se siente pero que necesita desaparecer.

Me cuesta creer que una persona con unos ojos tan vivos ande buscando su propia muerte.

Releeo las confesiones anteriores que tengo ante mi. Lo ha intentado en innumerables ocasiones y siempre le sale mal.
Considero que la palabra tentativa es un eufemismo para su dolor.

Que a lo mejor, no sé expresarme, susurra; pero yo no quiero estar aquí. Quisiera dejar de existir.

Y yo, quiero saber si hay algo después, si persigue a la muerte para buscarle las cosquillas o como simple aventura.
Y él me dice que cree que no, que la persigue por tratarse de su felicidad.
Y me agarro a esa creencia para intentar sacarlo a flote.

-¿Crees o estás seguro?- Le pregunto.

-Lo sé. Pero entienda mis dudas, siempre que digo que quiero morir y no hay nada detrás me dicen que no es posible. Que si lo deseo con tantas ganas será porque espero un tiempo mejor en cualquier otra parte.

Y se funde la llama de mi esperanza. Estamos en una estancia luminosa pero, para mi hemos descendido poco más que a los infiernos.

Luego me da las gracias por nada, y se marcha con la promesa oculta de no volverme a ver.
Detrás le sigue muy de cerca otra vida a la que se encuentra vinculado, pero ésta no ha ocultado sus ojos vidriosos al escucharlo.

Yo me quedo vacía: Intentando adivinar por qué hay quienes se agarran a la vida con uñas y dientes y ésta decide arrancarles la segunda oportunidad y decide abandonarles a la peor de las suertes. Y por qué, otros como él tiran gasolina sobre el miedo y se quedan a golpe de cerilla de prender la continuación de sus días.


Sol naciente- Claude Monet

domingo, 27 de enero de 2019

Desesperanzado

Las luces del cielo están en modo ahorro de energía.

Dentro intentamos crear un astro lumínico artificial que nos aleje del gris.

Fuera el frio amenaza con quitárnoslo todo, con barrer la poca esperanza de cambio que albergan nuestros corazones.

Dentro seguimos estando en alguno de los trópicos- soñando con pasear por todas las playas sobre las que clavamos alguna bandera. Todas aquellas con nombre de paraíso.
Y más adentro, aún más, solo quedan los restos marchitos de una antigua primavera, las ala rotas de un vuelo fallido, y un par de gigantes dormidos con ganas de más.

También se consumió la última vela de la discordia dejándonos adivinar el final de toda historia:
una maleta repleta de fotografías con caras veladas y un billete de ida hecho añicos donde no se lee el destino.

Por eso todos los viajes comienzan los lunes, porque de una u otra manera siempre consiguen baldear los restos de gris de los suelos.
Con el propósito de tragarnos y escupirnos lejos de aquellos lugares donde amamos la vida.

Pero hoy, aunque el juicio del lunes nos amenace, quisimos hacer coalición con los rebeldes. Planteamos sobre el domingo un campo de batalla para defender el último reducto de felicidad.
Sacamos las fotografías veladas de la maleta, y perseguimos los negativos.
Volvimos a llenarla de aquello que nos hizo sentir, y de algunas sonrisas.
Compramos un billete de ida nuevo- esta vez, con destino a casa.

Porque a veces es necesario alejarnos un par de pasos para recobrar el sentido, la cordura y la perspectiva.

Y estos días contados cometieron el error de olvidar quienes éramos y eso de que vinimos para quedarnos.

(A Coruña)

Un intento de historia sobre ojalás

Y te pienso como desorden, como día que poder saltar del calendario o silencio impasible.
Me castigo por mi instinto animal, por las vueltas de tuerca para tratar de sacar una historia de la nada fundada sobre ojalás.

Tengo que agradecerte que soplaras sobre los restos de una cabaña de paja en ruinas, que sacudieras parte de mis dudas y me hicieras verme bonita.
Me alegro de haber compartido contigo aquella madrugada, y uno de mis mejores sábados teñidos de domingo.
Me alegro de haber cruzado la prueba de fuego sin haberme quemado nada excepto las palmas de las manos y los labios.

Pero tras la exaltación,
después de la caída libre de los niveles de serotonina,
tras las despedidas,

me sentí vacía.
Y sucia, y lasciva.

Me sentí una nada de dimensiones inabarcables y sumergí la cabeza un par de minutos en el pozo más profundo.

Supongo que supe responderme a mi misma:
Las cosas suelo hacerlas con el corazón, y cuando este falta, queda atrás una parte de mi indispensable.

Por tanto, la de aquella noche, no era yo del todo.
Mi parte animal salió del paso amordazando a la racional y ejerciendo el beneficio de la duda.

Es cierto que reí mucho.
Busqué puntos para unir tus líneas y disfruté.
Pero si para ello debo volver a sentirme nada prefiero
dejar las ganas aparcadas en doble fila con las luces de emergencia encendidas.
Y doblegar a lo salvaje.

Quiero arrojar luz sobre las oscuridades que me quedan y evitar sacarle punta al recuerdo.

Hiciste que lo olvidara momentáneamente pero él es caprichoso y regresa a su antojo.
Terminó de arrancar los restos de tu persona de mis labios y arrojó a la hoguera tu perfume.
Cerró la puerta tras de ti, desde un cuarto sin ventanas.

Con todo el poder que pudo entregarle mi recuerdo.


Amantes envenenados

Al veneno lo llaman la muerte dulce.
Dicen que cuando lo pruebas no sabes cuándo será tu último suspiro.

Que empiezas a perder visión, y a sentir que tu alma despega de tu cuerpo en dirección inversa al cielo quedando a bajo mil pies de los tuyos.
Dicen también que te fallan las fuerzas para recoger los pedazos de ti,
pero que aún así lo intentas.

Y luego tu vida se apaga. OFF.
Tu cabeza se desconecta,
y todo lo que recordabas desaparece.

Los corazones unidos al tuyo comienzan a sangrar por los poros que tejieron tus colmillos al dejar huella.
Y te arrepientes eternamente de sentir curiosidad sobre lo ajeno, de querer conseguir tan solo dos gotas del maldito veneno y haber pecado de exceso hasta llegar a conocerlo.

Y vuelves a arrepentirte.
Dices de no volver a hacerlo, te escuché incluso suspirar y arrodillarte con tal de volver a poner el contador a cero.

'No queríamos morir' Te dijo el miedo.
Y juro que no he conocido abrazo más sincero.

Y a tientas, con la cabeza autómata, sin posibilidad de freno de cualquier parte de tu cuerpo buscas de manera irrevocable su censura.
Rastreas hasta dar con la tecla de reinicio.
Y que los precipicios sean la fuerza de la naturaleza que más decida sobre un posible nosotros.

Pero sientes tu cuerpo vacío, y tu mente  reinventa el color blanco roto cada vez que se mete en la dichosa lavadora destartalada.

'Vamos a reinventarnos' Te gritó la pena.

Y entonces nos concedieron un último deseo.
El de mirarnos por última vez a los ojos. Escapando de una sala de la que nos invitaron a salir de manera desordenada. Devolviéndonos los daños colaterales de días que creímos nuestros.

Haciéndonos prometer que no volveríamos a ser jamás.

Así fue como nos convertimos en amantes envenenados.

Amantes, porque tuvimos la fortuna de poder tutear al amor.
Envenenados, porque cometimos el pecado mortal de probar la adicción trago a trago.

Y entonces quedamos bautizados, pero separados por siempre.

A lo Bonnie and Clyde con la desdicha de haber pasado de banco en banco
consiguiendo robar sólo un par de lágrimas de los ojos que nos olvidan.



viernes, 28 de diciembre de 2018

Rei dos meus ollos

No sé lo que supone para ti acordarte de mí- y me sorprende que lo hagas.
Ni sé lo que sientes cuando me llamas de la forma que sólo tú sabes.

Pero a mí se me ocurren mil y un motivos para borrar todos los kilómetros que hay entre los dos cuando te escucho llamarme así entre la gente.
Porque cuando me llamas reina me significa que alguna vez vestí las mejores galas y que fui dueña y señora de algo tan maravilloso como tu corazón.
Que me llames reina hace que quiera quedarme a vivir en el instante en que rompes a reír.
Hace que quiera mandar a la mierda toda barrera susceptible de ser saltada para llegar a mi objetivo.
Hace que tú seas el único sueño que me ronda las ideas.

Cuando me llamas reina me haces contemplar que en un pasado no muy lejano fui la princesa de nadie.
Y crees en mí, fuerte. Y crees que puedo con todo. Y haces que yo me contagie de tu alegría exultante y termine por creérmelo también.
Cuando me llamas reina me dejas llorar a mis anchas y me dices que las de hoy ya no llevan corona pero que a mí eso ni siquiera me haría justicia.

Has depositado, sin saberlo, la confianza que necesitaba para dar la útilma orden a mi cerebro.
Y no has dejado de hacer enroque cuando viste venir el jaque mate para que las vistas fueran bonitas incluso con la torre en ruinas.
Has hecho que me crea eso de que el cariño es tan verídico como nosotros y que quererse demostrándolo no está sobrevalorado.

Ojalá coincidir pronto contigo de nuevo, en esta misma vida.
Y decirte de una vez por todas que yo no quiero ser reina de nada si no tengo tu sonrisa para gobernarme el alma.


                Leslie Rose y Kit Harington

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Cuento de navidad.

Diciembre siempre fue mi mes preferido pero aquella noche el fin de año inminente me saturó y necesitaba volver a poner en paz mi alma. Necesitaba silencio- cosa que, en una casa tan repleta de vida como la mía, se me antojó imposible.
Bajé las escaleras a toda prisa con el abrigo en la mano. El ascensor iba muy lento y yo necesitaba aire y fundirme en la inmensidad de la noche, y lo necesitaba en aquel instante.

Dejé que el portón me diera su estruendoso adiós y me senté en el banco de siempre. Estuve tentada a colgar un cigarrillo entre mis labios pero me recordé que aquella maldita droga era el primer punto en la lista de propósitos para el año que se nos echaba encima.
Pensaba en respirar hondo y relajarme cuando los vi.

Ella era la viva imagen de un muñeco de nieve demasiado colorido, lo cual no casaba con sus ojos. Era lo único que dejaba al descubierto de su persona y sólo supe adivinar desolación.

Primero me asusté, pensé que él iba a hacerle algo pero me obligué a esperar y; minuto y medio más tarde seguían en el mismo punto.
Ella lo miraba con el miedo con que se increpa a lo perdido y él con la sensación agridulce de estar paseando una pena por el paraíso. Parecían conocerse de años atrás aunque algo me decía que habían cambiado.

Él tenía el pelo desgreñado y una barba de dos días. Las solapas de su abrigo le tapaban el cuello y las gafas de pasta negra no me dejaban adivinar si la pequeña muñeca de nieve intentaba encontrarse con el mismísimo Clark Kent.
Mis nervios fueron desapareciendo poco a poco cuando la vi atreverse a cortar la tensión de alguna manera.

Yo sonreí en silencio: estaba tan cerca de la extraña pareja como para sacarle punta perfecta a mi vena cotilla.

-Creo que ha llegado el momento.- comenzó ella.- Deberíamos poner las cartas sobre la mesa. Y las balas. Y la artillería pesada. Por eso te he llamado. Gracias por venir…También creo que deberías empezar a hablar tú, si quieres.
Te prometo que esta vez mi única tarea será escucharte. Suelta todo lo que has callado. Vacíate. Me gustaría que te sintieses en casa de nuevo. Y, por favor, deja de mirarme como si sólo hubiéramos coincidido en una parada de metro. Cuéntame que te pasó por la cabeza la tarde que todo sonó a roto.

La escena dejó de ser monólogo y los ojos de ella vaciaron el miedo para derramar sus ganas.

-Yo… no lo sé. Te quería ¿sabes?- Él no la miraba, estaba concentrado el bullicio de la ciudad.-Más de lo que fui capaz de admitir. Parece que he madurado, porque me estoy atreviendo a decírtelo sin querer llorar. Es algo bueno, ¿no? No sé explicar el motivo. Simplemente, tenerte cerca, me hacía sentirme yo. Un yo que fui descubriendo desde cero contigo. Un yo que veía la vida de manera crítica, y estaba dispuesto a cualquier cambio activo. Y, la otra parte de la balanza…mi corazón. Te lo regalé, joder…Era tuyo y terminó en la basura. Jamás pensé que dejar de latir por alguien iba a doler tanto. Contigo me pasaba lo siguiente: te escuchaba reír (reírte de mi, de hecho), y el este músculo iba por el metro noventa y cinco de los cien lisos. Me acariciabas y juro que no he conocido rincón más bonito. Te quise pero no debí hacerlo muy bien porque no fue suficiente para que siguieras conmigo. ¿Cómo querías que me sintiera? Me dolió. Pasé por todas las fases del duelo una y otra vez. Ni recuerdo el número de veces. Hasta que decidí matar tu recuerdo. No podía seguir viendo tu sonrisa tan lejos de mi y no sentir…rabia. Me preguntaba continuamente por qué… Y creo que me equivoqué. Te odié tanto… pero más a mi por la autodestruicción. Y aún guardo mis reservas.

-¿Tus reservas…?- alcanzó a murmurar ella.
-Si. Ya sabes que siempre me alegra saber de ti pero, una cosa es eso, y otra acceder a que nos veamos…Porque, no sé si a ti te ha pasado, pero a mi al verte me ha llovido TODO lo que viví contigo. Y no necesitaba recordarlo, y más el dolor, para ser exactos.

El rostro empapado en lágrimas de la joven se crispó. Estaba deseando gritar.
Aquello era una olla a presión a punto de estallar y yo ya me había olvidado de tener una familia preparando una cena de gala en el octavo.

-Si no te importa, voy a empezar por el final… He conseguido dejar la pared de mi cuarto inmaculada de tu recuerdo. Tapé los agujeros de todas las chinchetas que marcaban las todos los sitios donde fui feliz contigo. Arranqué tu sonrisa de mi ventana. Los restos de ti ahora caben en una caja. Y eso es algo que no termino de aceptar porque alguien que me hizo sentir tan grande no debería ser recordado de manera tan escueta. Por eso quise verte. No me gustaría dejar pasar otro año para resolver lo que me pasa contigo. No puedo recordarte mejor porque he saltado de golpe varios capítulos de nuestra vida juntos. La parte de madurar, los preliminares, las madrugadas…Y ahora me vienen con el cuento de que si la audiencia, la publicidad, las cifras… Ya paro de aburrirte, porque sé que nunca te gustaron. El resultado de todo esto es una televisión apagada por impago de las facturas de luz, un helado derretido sobre la mesa y una serie que no continuará porque las criticas la tildaron de mediocre.

-¿Qué cojones dices?- Clark Kent comenzaba a desesperarse.

Pero yo me había dado cuenta de lo que ella pretendía. Hacía tiempo que no escuchaba a alguien darle tantas vueltas a una idea. Engalanarla sin decir absolutamente nada. Soltar indirectas vestidas de tul para que él siguiera tirando de su lengua. Apunté mentalmente la estrategia de la muñequita de nieve.
Lo tenía en el punto que quería, con la electricidad palpable entre los ojos, a un beso de distancia y con mucha verdad aún por revelar. ¡Bravo!

-Digo que te quiero. A lo mejor no es lo que necesitas oír. Igual piensas que soy una egoísta, que no te mereces esto pero déjame decirte por qué si. Voy a tirar de que es navidad, de que llevábamos años sin entendernos, de que la vida cuando termina de ser puta, es cuando empieza a doler… Voy a tirar de todo para pedirte otra oportunidad. Por la que no me diste cuando quise explicarme. ¿Cómo demonios le dices al amor de tu vida que te sientes fuera de la relación? ¿Cómo le dices que no te gusta ser espectadora? Que lo vuestro era el papel protagonista…
Intenté decírtelo muchas veces. Darte los motivos que me “pedías” en silencio. Quise contarte que el tedio estaba comiéndose nuestra rutina, que las ganas estaban a cero y que necesitaba que me dieras un único motivo para seguir luchando por aquello.
Perdóname…porque al final no tenía tanta confianza contigo como para decirte cómo me sentí. Y eso. Que llevo mucho tiempo intentando compartir este cariño con alguien. Y ese alguien llevaba tu nombre. Perdona también por eso.

Creo que el último lunes de diciembre se paró en seco, rendido como yo ante aquella estampa. 

Ella, vaciada, soltó el suspiro y se dio la vuelta para marcharse. Se iba así…

Él se había quedado igual de gélido que la noche con la diferencia de que ahora eran sus ojos los del miedo, el daño y los reproches.
Y ella que estaba dispuesta a salir de nuevo de su vida después de ponerla patas arriba.

Sentí pena por ver acabar aquella historia así pero él actuó todo lo rápido que le permitió el corazón.
Creo que el suyo ya jugaba en otra liga, había dejado los cien metros lisos para principiantes y se había atrevido con las maratones.
Lo vi agarrarla por la muñeca y acercarse a sus labios peligrosamente.

Y el tiempo volvió a pararse. 

Estaba viendo una jodida película y mi corazón aquella última noche era un poquito más grande. Fue el beso más bonito que he visto nunca.

-No voy a dejar que te me vuelvas a escapar, no otra vez. Ahora estoy dispuesto a aprender de mis errores. Y no, para tu desgracia, yo no he dejado de quererte nunca. Me vuelves…

-¿…loco?- Entonó ella coloreando sus mejillas.
-Cállate, idiota.- Bromeó.- Si vuelves a escaparte de esa manera un treinta y uno de diciembre no me hago responsable de mis actos.

-Te echaba de menos…pero vamos a ir lento, ¿te parece?

-Señorita, creo que deberíamos ponernos al día. Contarnos todo lo que nos hemos perdido de la vida del otro, y luego ya vemos…pero, prométemelo.

-¿El qué?

-Prométeme que a partir de ahora vas a confiar en mi.

Luego los vi marcharse de la mano. Y para cuando subí repleta de amor ajeno y maldiciendo entre dientes a la soledad en me esperaban con la copa de champán en la mano. Fui hasta mi habitación e hice añicos la lista de propósitos de año nuevo. No iba a ser yo quien creyera que aquella lista tendría un futuro. El futuro sería mío.


Al año lo recibí con un pitillo en los labios, colmada de abrazos y risas y una nueva historia que contarle a las amantes de la novela rosa. Y a ellos, en silencio, les deseé mucho tiempo de confianza y la recuperación de todo lo perdido.


domingo, 9 de diciembre de 2018

La tarde veintitrés

¿Sabes aquello que te dije la tarde veintitrés?
Te preguntarás a qué viene todo esto.

Volverás a callarte eso de cómo puedes estar tan loca, y tú seguir regalándome el caso.
Y querrás saber qué es lo que me come por dentro cómo para volver a llamarte
después de todo este tiempo.

Te echaba de menos.
Y en mi defensa, debo decir que nunca has salido de mi vida.
Te guardo en formato resueño. Un sueño repetido hasta la saciedad.
Ese que has tenido demasiadas madrugadas.
Uno en el que vuelves a ver a quien quieres y te olvidas de la parte onírica.

La veintitrés fue la tarde de la merienda interminable- la que se nos juntó con Catalina sin quererlo.
Aquella tarde en la que los gustos de uno y de otro se entrelazaron a la fuerza y no dejamos de reír.
La tarde de mi vestido verde, y mis ojos más negros de la cuenta.
La tarde de tu sonrisa tímida de más.

Aquellas horas coincidimos en que cada persona era un mundo
y que costaba mucho hacer colisionar dos planetas si orbitaban juntos,
pero a mi se me fue la cabeza, como de costumbre,
y te confié mi otra teoría:

Creía que en cada lugar en el que empiezas de cero vuelves a encontrar a todos los tuyos reflejados en otras vidas.
Como si necesitaras un elenco para completar el guión de la tuya, y aunque la escena cambie y el decorado de un giro de 360 grados,
la vida continuaría tal y como la dejaste.
Y los tuyos vuelven a ser los de siempre con un poco menos de kilómetros de diferencia.

Entonces volviste a decirme que soñaba demasiado.

Pero me ha parecido encontrarte en los ojos de otro. En su risa tímida y en su ilusión.
Has sido la prueba de que mi teoría no era humo del todo.

He conocido a alguien que me recuerda mucho a ti y creo que tengo miedo de creer enamorarme.
De tirarme al vacío de la ilusión y que vuelva a doler como antaño.
Pero lo que me da aún más miedo es dañar.
No sentir con la misma intensidad y no estar a la altura.

Y he vuelto a despertarme con el domingo mientras me llovía un rayo de lucidez.

Mi teoría vuelve a desmoronarse. Carece de base estable sobre la que sostenerse.
Eres tú en otros ojos, pero esa vida no es más que un espejismo.
Son mis recuerdos de ti proyectados en otro.

Hace tiempo también te dije que eras un ser único e irremplazable.
Que sería difícil encontrar a alguien como tú.
Y eso es de las pocas cosas sobre las que puedo presumir tener razón.

Por eso me pasaba por aquí.
Quería saber si estabas bien.

(Ryan Gosling- Blue Valentine)