miércoles, 14 de noviembre de 2018

Tensando cuerdas

 ¿Hasta cuándo se puede tensar una cuerda?
¿La soltarías si ves que está a punto de romperse?
¿O continuarías tirando?

Yo la soltaría- pensando fríamente- aunque soy algo más de impulsos.

En realidad tendrían que darse muchas casualidades juntas para que la soltara.

Quizá no se rompería, pero quedaría dada de si. Y me sangrarían las heridas de las manos.

Igual que no puedes apagar un incendio presionando con los dedos la cerilla que lo provocó.
Y tampoco reducir la sal en tu vida si solo sabes sacudirte las penas cuando vas por el tercer tequila.

Si quieres saber si romperías la cuerda fíjate en un ejemplo: Un sistema cerrado de tu entorno en el que puedas verte reflejado.
Tómalo y analízalo como mejor sepas.

Y si no encuentras nadie a quien mirar, míralos a ellos.

Que no se dejan, que se han hecho alérgicos a las despedidas
pero han terminado por soportarse en silencio.

Fíjate en el.
Que la idealiza, la idolatra y la venera.
Que se cree enamorado, que si le falta el aire se olvida de respirar,
que qué bonito el mundo si ella le dice un sí.

Nada más lejos de la realidad.

Vive enamorado, si; pero de la idea que tiene de ella.
Exprime los segundos intentando hacerla feliz como si no tuviera otro propósito.
Dice que la quiere bien pero, tiene que pasar de puntillas sobre su relación para que esta no se le escape.
Debe sacrificar su felicidad para que ella se tiña de triste un poco menos.

Si es eso el amor quiero que lo pongan en el dorso de la caja cuando lo compre y que al pagar me aseguren eso de que puedo devolverlo si no estoy satisfecha.

Pero cuando crees que ya has definido al malo de la película y que el género del drama no va demasiado contigo la miras a ella.

La miras siendo ella.
La ves queriéndolo a su manera, poniendo pros y contras en una balanza, sabiendo que en el combate pujó en secreto por el odio prometiéndose antes al amor.

Mírala esforzándose por hacer lo correcto mientras todo le sale al revés.
Fíjate en ella, queriendo recuperar el abrazo de siempre y la confidencia,
al mismo tiempo que quita la mano que se arrastra hasta sus bajos fondos.

Porque no quiere, no debe.
Porque se están haciendo daño y luego...
Luego la cerilla se hará fuego y las llamas escaldarán a ambos sin poder poner remedio.

Pero ella continúa tirando de la cuerda, y vuelve la cara para no verlo cuando se rompa.
Cuando se gasten los besos, y su abrazo deje de ser.
Cuando se sequen las pocas lágrimas que quedan por derramar.

Mírala haciéndose trizas y gritando al aire su palabra amiga. Buscando desesperada el empujón que le permita acabar con el miedo y lanzarse al vacío.

Que claro que lo quiere pero no así.
Que no está enamorada pero no puede vivir sin él.
Ella quiere que vuelva su mejor amigo.

Pero cómo le dices a alguien que el abrazo ya no es al amor lo que un descosido a un roto.
Y que los finales pueden ser felices pero no todas las personas de ese final lo son.
Que siempre quedará alguien peor.



(I don't love you- My chemical romance)

¿Ilu...qué?

Y para quererme antes deberías comprenderme.
Deberías saber que la cosa viene funcionando así desde tiempos inmemoriales:
yo primero, y el mundo, después.

Lamento decirte que yo, no soy sólo yo.
Soy con todo aquel que alguna vez me quiso porque le dio la gana.

Tienes que entender que me encanta ilusionarme, asúmelo.
Que quizá viva un poco en las nubes.
Que tengo en la cabeza un exceso de sueños no resueltos pero, ¿y qué?
Soy bastante feliz, con mi mundo de arco iris. Y hasta él, se ha teñido de gris algún domingo.

No considero que por eso- lo del mundo de arco iris- haya dejado de crecer física o mentalmente- aunque me confieso amante incondicional de la inocencia de Peter.
En todo caso, al contrario:
Las ilusiones son un arma de doble filo, pueden caer en gracia o romperte en pedazos.

Soy de las que prefiero agarrar ese 50% de posibilidades de arriesgarse y terminar ganando.
También pienso que las ilusiones van aumentando su extensión con el paso del tiempo, al igual que pueden cambiar de dimensión.

No niego que hay ocasiones en las que el corazón duele demasiado, que el corazón se derrama con la lluvia.
Pero he aprendido a vivir con ello y a dolerme mejor.
Porque cuando una de mis ilusiones se torna realidad me siento plena.

?Has experimentado alguna vez esa sensación?
Si, hablo de alineacion de astros, de treboles de cuatro hojas marchitandonse en los bolsillos y de semáforos en verde por sistema.
Hablo de salir in paraguas en mitad de una tormenta; de ser gilipollas, pero que te de igual mientras sea un estado transitorio de tu conciencia.
Estoy hablando de creer que el karma y tú jugáis en el mismo equipo.

Creo que ha llegado el momento de que dejes de alimentarte de las ilusiones de los demás, de que abandones la autocrítica y le des una oportunidad a la vida. Ilusiónate.
Odiándolas en voz alta no vas a conseguir que se evaporen ni que las mías pierdan su realismo mágico.
Mira en tu ombligo y si quieres, después te enseño a ser feliz conmigo.



sábado, 10 de noviembre de 2018

Se pararon las horas.

El día que lo mataron nadie lloró.
Mandaron prenderlo y segaron una luz imposible de contener.
Se dice que después de eso, no puso un pie sobre el cielo.

El día que exhaló su ultimo aliento el lorenzo volvía por la puerta grande para derretir la jornada.

Y aquella luz de blanca silueta huyó con el sello de un tiro a bocajarro sobre el corazón.
Y cesó el tictac de su reloj de bolsillo.
Como si fuera el único que auguraba un final no escrito.

El día que se lo llevaron el río fluía ajeno a todo;
y Catalina, no supo cómo despedirse de quien tan bien le había llorado.

Los puñales descansaban inmaculados sobre una alacena, para no volver a ser culpados.
Y lo llevaron a matar.

¿Cuántos cuartos valía una vida entonces? ¿Y una pena?
Dependía de tu cuna.

Federico alcanzó la muerte en vida mientras se arrancaba el corazón a tiras.
Sangraba sus heridas sobre el papel y curaba con tinta el daño hasta quedarse sin aliento.

Una vez le abandonó ese aliento, cayó preso en la desidia, y el dolor dejó de ser insoportable.
Aprendió a no querer desaparecer, a dar vueltas en una noria sobre su misma tristeza para sacar a caballo una alegría ilusoria.

El derramamiento de sangre a destiempo no sirvió para dejar de llorar los rotos.
Tampoco sirvió para que Yerma volviera a ver vida tras su mirada, ni para que las Alba se sobrepusieran a la pérdida.
Tampoco, para que la novia dejara de teñir de sangre su vestido abrazando dos corazones y siendo prisionera de su alma.

Sus palabras volaron más allá del mar.
Y aún cerrando los ojos, llevamos muchas lunas derramando unas lágrimas que no nos pertenecen.
Todo por no dejar que quien amaba muriera de pena.
Todo por no saber escuchar la voz del desaliento y creernos dueños de todo lo que ambicionamos.

(La Novia- Inma Cuesta)



martes, 6 de noviembre de 2018

Ponerse guapa para ellos.

Lo hacía de manera inconsciente pero era algo que me volvía loco.
Se mordía el labio y se paraba mi tiempo.

Cuando pensaba, después de cada risa, cuando iba en serio y también en el óbito de cada broma.
Sus dientes secuestraban algo que yo codiciada y me era imposible explicar por qué experimentaba tanto cambio.

Creo recordar que era su sola presencia.
Cuando la sentía cerca, el vello de mi nunca se erizaba.
Mi cabeza me alertaba de que el peligro me rondaba y ese sexto sentido-que aún conservo- nunca llegó a equivocarse.

Era bonita de todas las maneras pero, mi preferida era así, sin maquillar.

Como cuando le gritaba el mundo que parase, que ella se bajaba y se la veía tan seria que siempre me acercaba para impedirle cualquier forma de salto al vacío por miedo a verla desaparecer.

Me gustaba disconforme con el mundo y siempre dispuesta cambiarlo.
Su atuendo más bonito era su piel; ella que siempre menospreciaba su piel por vicio- pero lo cierto era que lejos de ser perfecta, encajaba milimétricamente con las huellas de mi mano.
Debí ser conquistador de su geografía en una de mis vidas pasadas y cuánto lamento no recordarlo del todo.

Siempre tuve mis preferencias, fue algo que me enseñó en el tiempo que compartimos: a tener dos opciones pero marcar solamente una como favorita-y así lo hice.

Aunque lo verdaderamente sorprendente era verla acicalarse para ellos.

Quien la conozca no podrá negarme que verla ponerse guapa para la sociedad era una fantasía.

Cuando teníamos planes yo siempre fui el último en comenzar a prepararme el primero en acabar.
Daba igual como estuviera; sus rituales no me los perdía por nada del mundo

Primero escondía la piel-esa de la que os hablaba.
Pude sentirme exclusivo al ser de los pocos que la conocía al desnudo.-
y cuando no quedaba ni rastro de ella al descubierto me sonreía través del espejo.
Se mofaba de mi cara de tonto con los pies colgando de la cama.

Luego, con un pulso preciso, delimitaba su mirada hasta cambiar de lo humano a lo divino y sus párpados brillaban según el color de lo que llevara aquella noche.

Finalmente, para hacerle algo menos de justicia disimulaba con un poco de rimmel- yo que sabía que aquellas pestañas sin un gramo de petróleo habían provocado accidentes, me lo guardaba para mi.

Entonces escondía todos los tarros en el segundo cajón de la derecha, se soltaba el pelo y me miraba directamente.

Por muchas noches que hubiera vivido aquella escena nunca estaré preparado para ese huracán que eran sus ojos jugando a no ser los mismos.
Mi aliento me abandonaba entonces y lo sigue haciendo cada vez que la recuerdo.

Y luego volvía a morderse el labio y se paraba mi vida.

Hay algo más que ella me decía siempre,  que le gustaba eso de ponerse guapa para ellos.
Nunca me cansé de preguntarle quiénes eran ellos y ella olvidaba mi pregunta y me decía que las historias de verdad siempre quedaban más bonitas contadas en imperfecto.

Llevaba mucho sin recordar poco sentido que tenía para mí aquello.


Y hoy, creo que por fin lo he comprendido todo.

(10 razones para odiarte- Heath Ledger, Julia Stiles)

lunes, 29 de octubre de 2018

Lunes consternado

Será que todos mis personajes se llaman como tú y tu recuerdo es una prolongación más de mi memoria, o que hace ya tiempo que me abrazo a mi misma intentando recordar cómo era eso de sentir.

Será que el otoño duró dos paradas de metro y el invierno nos amenaza crudo, con los brazos en jarra, recriminándonos estar destruyéndonos los ideales.

Pero hoy me siento triste y un poco vacía.

Es un lunes ebrio de gris; lunes incapaz de unir los puntos en una línea
o de cantar mi canción favorita con el volumen a todo trapo.

Estoy triste porque no me sale la voz y mi cabeza se da de bruces con la realidad.
La misma que desprecia por no ceñirse al plan de supervivencia y quedarse a la altura de unos pocos elegidos.

Me siento triste porque echo de menos a muchos de los que se convirtieron en estrella.
Me arrancaron un par de charlas instructivas sobre el ser o no ser y sobre los dedos helados durante los inviernos.
Me arrancaron alguna que otra merienda y uno de esos besos sonoros que somos incapaces de describir sin sonreír.

Triste por no saber valorar hasta lo peor.
Porque me enseñaron a mirarlo del revés, a sacar partido y comenzar un nuevo juego- pero hoy no estoy preparada para ello.

Triste, porque no sé que me falta y creo que tiene algo que ver con los puntos finales.
Necesito puntos finales sobre las madrugadas.
Pausas donde coger aire y reanudar el sorteo de vicisitudes al que creo estar sometida.

Solo tengo veintidós pero no he conseguido en todo lo vivido casar cabeza y corazón.

Porque si pienso con la cabeza, mi corazón se apaga.
Dice que nunca le dará la razón. Que es egoísta y nada gentil. Dice que piensa demasiado- como si pudiera tener alguna otra sorprendente función.

Pero pensar con el corazón hace que la primera estalle y entonces, nada.
La cabeza me ha dicho que reniega de la pasión, que sólo nos trae disgustos y llantos eternos.
Dice, sabiamente, que nos hace débiles.

Y cada vez que sucede esto- accidente de intereses en la travesía de mi persona- debo poner todo de mi parte para arreglarlo.

Vuelta al reinicio de las funciones mentales:
-Apréndete de cero a gestionar lo que duele
-Piensa antes de actuar
-Quiere en la medida justa
-Evita toda forma de sentimiento
-Levanta la mano para pedir la palabra
-No esperes nada de nadie

A lo que mi desbocado corazón responde a gritos. Se siente ninguneado, y no le culpo, siempre fue mi preferido y para concentrarme debo ignorarlo.

Hace un rato que no lo escucho. Seguro que se lo encuentran enfurruñado entre los charcos: Olviden comentarle todo lo que les confesé. Sé que subiría todas las plantas con las pulsaciones a cien hasta mi puerta y me sacaría del orden mental que llevo un rato tratando construir.

sábado, 27 de octubre de 2018

'No te duermas'

Te tengo que decir algo.
No te duermas. No todavía, al menos.
No te duermas, porque aunque nos encanten los sueños podemos hacerlo mejor en este universo paralelo que es nuestra realidad.
No te duermas que no he terminado de contarte los lunares. Que nos queda el culo de la copa de champán y yo llevo toda la noche entretenida con el tuyo.
Porque dormir está sobrevalorado.
No te duermas porque para dormir debemos estar cansados, y tú y yo tenemos batería de emergencia por si saltan los fusiles de querernos lento.
Iba por lo mucho que me gusta despertar y encontrarme tus ojos. Que adoro nuestros domingos por la tarde, y las noches de los viernes. Que voy a echar de menos esos miércoles de beso en la frente.
Que eres especialista en encontrarme las cosquillas cuando ni siquiera yo sabía que las tenía.
No te duermas. Aún no.
Tengo que decirte algo. Y como siempre me pasa me voy por las ramas y tus pestañas terminan siendo partícipes de una colisión frontal hasta tu subconsciente
No quiero que te vayas. Hasta que deje de respirar rápido, hasta que se duerman mis sueños. Luego eres libre de pasar todas las noches locas que necesites y de volver por la mañana.
Lo siento. Te lo prometí, pero no he podido evitarlo. Me he enamorado de ti.
Lo que no sé es cuando se te ocurrió que creerme las promesas era tu opción de vida. Cuando yo siempre defendí que tales retos estaban para romperse.
Eso era todo. Te quiero. Y qué bonito suena el hasta mañana desde tus labios.


sábado, 20 de octubre de 2018

Por conocerme mejor que yo.

Quería darte las gracias.
No por las cosas que no hicimos y que se cierran en forma de lista interminable, ni por las veces que dejamos de vernos.
Lo cierto es que miro atrás y me da nostalgia el recuerdo.

Quería agradecerte que me supieras entender desde el minuto uno.
Sé que ni siquiera llegamos a dar aquel paseo en globo, que no te adiviné paseando por el Trastevere, ni llegamos a sentir juntos el color de las islas griegas;
pero te reconozco que lo que soñamos juntos fue inmenso.

Quería darte las gracias de la mejor forma que conozco por ser la única persona que, aún viviendo en la sombra de mi vida, ha conseguido que persiga todo aquello en lo que creo.
Gracias por ser la persona que se empeñó en que me esforzara por cambiar lo que estaba mal de mi vida y que pelease con uñas y dientes por ser yo.
Aún continúo en esa construcción de mi yo, pero tu sentaste mis bases.

He de decir en mi defensa que no quise hacerte daño, que mi cariño no era lo suficientemente bueno para alguien como tú.
Lo que necesitabas era que te quisieran fuerte y bien.

Tú me enseñaste a quererme un poco mejor. Brindo por las veces que se me olvida.

Gracias porque es muy gratificante poder ser solamente tú misma en la realidad que sorteamos;     tanto que cuando el mundo me sobrepasa con sus mil caras,
cuando las luces se apagan, y la lluvia no deja ver ni siquiera la calle vacía; me acuerdo de ti.

Sé que estás ahí y necesitaba que lo supieras.
Y de nuevo otro gracias, el último.
Por estar siempre.
Y por hacerme creer que mis palabras pueden llegar a buen puerto.

No olvides que te quiero.














(Alex Maruny,Charlotte Vega- El club de los incomprendidos)

martes, 9 de octubre de 2018

Sentirse sinestésica

Tengo el corazón sordo.
Late a destiempo y se niega a escuchar cualquier consejo que le convenga.
No sabe aceptar las opiniones de otros y hace caso omiso a las críticas constructivas.
Dice que no va a cambiar- que de nada vale ya.
Que tiene la lengua propia y que la libertad es de lo mejor que probó jamás.

Tengo las manos mudas.
Que no se atreven con el verbo entrelazar, les asusta acariciar
y andan demasiado nerviosas como para dejarme parar
y pensar.
Rehuyen toda forma de vida, se esconden entre los pliegues internes de mi vestido verde.
Visten y desvisten las líneas de mi cuerpo como autómatas- malditas desagradecidas.
Pero por más que lo intento, no les sale la voz, me hacen señas para mostrar cuánto odian cantar y se hacen las serias cuando sienten el impacto de fulanita de tal.

Tengo los labios al borde de la hipotermia,
sintiéndose como un iceberg sin fisuras, a caballo entre lo occiso y el brillo de lo congelado.
Tienen miedo de gritar tu muerte, de que vuelvas desde la otra vida y además
te quedes callado.
Dicen que el gusto no es suyo, que qué significan los besos y con cuántas heridas puedes dejar de ser preso.
Dicen que ladran más que muerden y que pasan sus horas muertas- que son todas- tarareando a algún corazón agónico entre ironías.

Fuera me gritan hasta las estrellas.

Huele a hierro de heridas abiertas y de cabezas que rodaron lejos.
Huele a quejas de aquellos que se sintieron culpables por vivir.

Siento latir mis oídos.
Se rebelan ante la noche y agradecen el refugio sobre las teclas negras del piano.
Se cobijan entre tus dedos pidiendo con susurros una última caricia.
Se dedican a querer lento, a llorarle a todos los tangos.
Bailan persiguiendo los pasos de su mejor versión.
Luego pegan un salto al vacío disponiéndose a seguir todos los acordes que nos lleven rumbo a Roma.

La aventura llegará cuando mis sentidos y yo queramos escapar de ella.
Y debamos decirle a una loba que se siente reina y madre
que sólo estamos de paso pero que pensamos robar todos los corazones
que aún queden respirando dentro.

Que nos enseñaron que robar estaba mal pero que todo lo que ayudase a sobrevivir era bienvenido.

Y esto, esto de llevarlos a Roma huyendo de tu recuerdo es cuestión de vida o muerte.


Golden tears- Gustav Klimt



lunes, 3 de septiembre de 2018

Los septiembres siempre sorprenden.

Puede que no sea el día. Que no sea el momento ni vaya a llegar el instante adecuado.
O puede que llegue, te haga mil pedazos y tu sigas como si nada. Sin saber si saliste alguna vez de aquel abrazo.
Septiembre nos acerca algunas estrellas más y nos invita a abrazarnos a nosotros mismos con fuerza.
Fuera, las noches de verano tocaron fondo. Pero esta, tiene algo.

Ya no queda cera por quemar sobre ninguna mecha, ni música como la de antes.
El sol se ha despedido más temprano y las nubes se han empeñado en estropear el poco verano que le queda a nuestros huesos.
Nos da miedo, como cada septiembre, volver a sumergirnos en la rutina.
-Una rutina que al principio atemoriza, luego se vuelve adictiva y al final se abalanza sobre nosotros como si fuéramos el último ser vivo del planeta.-
La noche lleva mucho transcurrido y ella se adentra en la oscuridad de la madrugada como si fuera el mejor de los viajes. Cuenta con una compañía variopinta pero tiene la mirada algo perdida. Él se le acerca y la agarra de la cintura.
Danzan con pasos torpes un par de canciones estridentes. No escuchan a dos que se pelean a voces, tampoco que sus corazones han metido cuarta en la autopista del quizás.
El espacio entre ambos pasa a ser innecesario y saborean la victoria en forma de besos furtivos.
Nadie quiere pensar que es tarde, ni que la canción que está sonando lo hace por cuarta vez.
Nadie ve tampoco a la pareja hablando en idioma beso al final de la barra.
Han dejado de bailar. Se sienten colonos en una tierra que no les prometieron. Salieron a disfrutar y se han encontrado bajo un ron con hielo.
El alba despunta pero a ese bar aún le quedan estrellas, y septiembres y algún que otro culo de botella sobre el que leer entre líneas.
Ella, haciendo alarde de sus cuentos de niña, huye en busca de los amigos que se escaparon minutos antes. Juega a sentirse Cenicienta. Pero no pierde un zapato de tacón, sino unos labios que comenzaron tratándola de usted y han terminado por invitarla a bailar.
No se lleva su nombre pero sí la marca de sus dientes; no se lleva su perfume, pero sí sus ganas.
Y corre calle abajo con el carmín llegándole a los ojos.
Él no va a volver a verla, pero esta noche no va a ser la primera que soñará con tropezársela en el metro. Sabe que es una dama del sur y que su sonrisa estaba acostumbrada a las madrugadas.
Ella se preguntará en algún momento si siempre sabe tan bien sentirse bonita por una noche.



miércoles, 25 de julio de 2018

Porque una vez me dijiste que volver es otra forma de estar aquí para siempre

Las cajas reflejaron a la perfección tu estado de ánimo. Se me olvidó decirte que las llevases del revés, a ver si asi, la sonrisa trepaba hasta tus ojos.

Sin embargo, tus ojos no quisieron revelarme nada.
Caminabas impasible por la acera del calor, inmerso en tu propio universo, jugando a ser planeta perfecto y dejándome a merced de los abrazos como un cinturón de asteroides.
No era la primera vez que me costaba entrar en tu órbita.

Luego frenaste en seco, apoyaste las cajas con toda tu vida a cuestas sobre el suelo y me preguntaste si dolía.
Querías saber si estaba a gusto y cómoda siendo cinturón de asteroides.

Y yo no quise hacerte daño. Por eso callé.

Hace tiempo que dejé de ser asteroide y comencé a meteorizar. Hace tiempo que me convertí en estrella a mi manera, en otro cielo, a cientos de años luz de tu galaxia. Hace años que mis mareas son prisioneras de otra luna.
Una luna muy distinta a la que nos descubrió bailando.

Porque si.
Si que dolía, y no me sentaban bien los abrazos vacíos. No me llegaba la sangre al corazón y mis ideas estaban empezando a congelarse.

Las cajas confesaron todo lo que yo necesitaba saber.
Eran las mejores sonrisas que había visto en años, el problema fue que descansaban boca abajo y a mi se me antojaban demasiado tristes.

Quiero que me enseñes a poner caras en blanco, caras de cera, de trapo, de marioneta.
Enséñame a qué sabe la libertad.

Llévame lejos,
y enséñame a trazar todos tus mapas sobre servilletas. Conservo todos tus trazos desde los 2000. Desde que tuve uso de razón y capacidad de guardar. Diógenes a mi lado se quedó demasiado pequeño.

Quiero volver al momento de antes.
Quiero quedarme en el medio, entre el primer y último beso del mejor día de nuestras vidas.

¿Sabes de que día te hablo verdad?

Vestido verde, poniente y un sol demasiado alto para estar terminando agosto.
Siempre me dijiste que el sol termina haciendo lo que quiere, como yo. Y quiero que te quedes, y volver a unir los puntos de tu espalda, los que pintaban las alas de mi mariposa favorita.
Quiero que finalices algo, que la tinta te cubra los huesos y se te quede impreso todo el dolor que alguna vez pudimos hacernos.
Nos sirve como juez y testigo de que todo lo que pueda salir mal, lo hará.
Que nos lloverá cientos de veces sobre la cabeza, que los huracanes lo primero que arrasan es el corazón, pero si te metes en su centro quedas siempre protegido.
Quiero volver a los helados de yogur, al naranja-atardecer y al rosa de poner las calles. Quiero seguir estando despierta cuando todo el mundo sueña, para no caer en la tentación.
Quiero que me llames porque te apetezca, y que los días cuenten, que cuenten cuentos e historias y miles de recuerdos, que cuenten más sobre aquellos que los cuentan menos.
Quiero que vuelvas a ser tú porque no reconozco tu mirada en el soslayo que me imprimes.
Quiero que vengas como antes, que me abraces por la espalda y sentirme destino.
Quiero aprender a llegar sola pero que te queden cinco minutos más para reír conmigo.

Que sé que me perdí cientos de veces y que vi el letrero de salida de emergencia.
Si supieras que siempre pasé de largo pensarías de otra manera, si adivinaras que me sumí en la oscuridad y cuando tuve miedo solo hicieron falta un par de cerillas, volverías a mi en lo que tardo en parpadear.
La primera cerilla era para apagarla. Como aviso de lo que se venía, como señal fugaz.
La segunda para disipar el miedo que todos seguimos guardando con el mayor de los recelos.
Ninguna de las dos guiaban un camino que se preciase o iban a señalarnos el correcto, pero si nos arroparían con cientos de fuerzas que vienen desde ninguna parte.
Si podían hacernos creer más en nosotros.

Sé que suficiente nunca fue tu fuerte y que bastante es demasiado poco como para definir nuestra dimensión.
Sé que debí decirte que tenía miedo, pero entonces me sentí jugando al estúpido “pies quietos”.
La boca estaba seca y el corazón muy lento.
Vuelve.
Porque una vez me dijiste que volver es otra forma de estar aquí para siempre.

Y yo prometo no moverme, al menos durante los próximos sesenta segundos.
Luego seguramente me de por volar.
Siempre estoy a tiempo de dibujar alas de mariposas sobre otras espaldas.


      Cilian Murphy - Peaky Blinders 

sábado, 7 de julio de 2018

Mientras maduro me quedaré a vivir en una canción de Frank Sinatra

Hace tiempo que dejé de intentar rozar la perfección.
Me sumergí en la marabunta y cerré los ojos bien fuerte.
Hace tiempo, también, que decidí aplicar mis propios consejos.
Esos que te obligaban a continuar tu camino disfrutándolo, parando a mirar cuando el sol se desvestía de nubes, jugando a ser mi mejor heroína, una que ni colocara ni fuera guardiana de la justicia.
Hace un tiempo me dije aquello del ya llegará.

Y no ha sido hasta hoy cuando he comprendido que los futuros simples no terminan nunca en presente.

No me entienden ¿verdad?
Ni una palabra.
Si, yo tampoco suelo levantar la mano cuando los interrogantes me persiguen, me quedo callada e intento terminar un rompecabezas de 1000 piezas con 999.

Nunca he encontrado la última. Y da la casualidad de que el hueco siempre se queda en el margen superior izquierdo.

Para ser sincera, hablemos en porcentajes, el 90% de los pensamientos pasan por mi cabeza para terminar en el departamento de defectuosos.
No los proceso. Los dispenso así, incompletos. Me encanta profundizar pero no soy capaz de terminar esos dichosos pensamientos.
Tengo miedo de encariñarme de ellos y que decidan marcharse por su propio pie.

Es una soberana  tontería, lo sé.
Tampoco es un secreto que la tonta sea yo.

Y todo esto venía por el  molesto
ya llegará.

Llevo mucho mucho tiempo agarrándome a esas nueve letras con uñas y dientes, con días del calendario, con subrayados amarillo, con todos los viernes y trece- olvidando que abogaban a la mala suerte.

Pero no sabía el que quería que llegara.
Estaba convencida de que mi mayor deseo bajaría del cielo a modo de solución vital porque me lo merecía. 
¿Merecer?

Me he dado cuenta de que no buscaba nada. No deseaba nada. Todo lo que alguna vez ha pisado el acelerador de mis latidos ha pasado tan rápido como vino. Todo aquello con lo que he soñado no ha salido de mi cabeza.
Y no estoy en disposición de merecer nada si me quedo sentada mirando al infinito a la espera de que baje la sonrisa perfecta a darme la enhorabuena. No, si no termino de levantar mi mano sacudiendo de mis hombros la endemoniada vergüenza.

Creo que ha llegado la hora de poner en práctica de una vez por todas las gotas de lluvia que han ido calando en mí desde aquella niña curiosa y marisabidilla que fui.
¡Cómo he extrañado a esa niña estos últimos tiempos!
El querer abarcar mundo me abrasa la cabeza y juega a la ruleta rusa con mi corazón.
Cada mañana, al abrir los ojos intento encargarme única y exclusivamente de mi papel en esta función. Pero siempre me han ido las emociones fuertes y al final del día acabo siendo director, batería y hasta técnico de luces que cuando las apaga, cierra las puertas de un gran teatro con la llave maestra.

Me he propuesto de una vez por todas disfrutar el camino. Pararme a descansar todas las veces que lo necesite y coger carrerilla otras tantas. A los que corren conmigo no tengo que decirles nada. Las gracias se las colgué en la línea de salida y los abrazos los repartiré en la meta.
Solo espero poder ver que el esfuerzo se transforma en frutos y los árboles rebosan metáforas.

Espero poder darme cuenta de que los consejos solo sirven si se aplican y que las ganas, por más que se extingan como el humo de un vil cigarrillo, siempre tienden a invadirlo todo.


viernes, 22 de junio de 2018

Hablando con nadie

No veo el fondo del abismo y me da miedo saltar sin saber si habrá final.
Tampoco sé lo que me espera bajo tanta oscuridad.
Mi alrededor es gris y no veo a dos palmos.
La niebla me abraza con ternura y yo no sé si debería prolongar las agonías.
He perdido la cuenta del tiempo que llevo de pie intentando encontrar respuestas.
He luchado contra todo pronóstico para salir adelante y, como en las mejores ocasiones, siempre se queda dentro la espina del árbol caído.
La cuestión es que estoy harta de esa espina.
Me acostumbré a vivir con ello y no sé qué hacer para sacarla.
No
Puedo.
Corro el riesgo de teñir la niebla de bermellón y verter al abismo los alientos que me queden, derramando algo de sueños estúpidos por entre las rocas.
¿Estoy preparada para ello?
Estaba convencida de que no, que prefería enhebrar más sueños embotellados antes de desaparecer.
Incluso había adaptado mis ojos al gris y aprendido a manejar la invisibilidad como forma de vida.
¿Qué ha cambiado entonces? ¿Por qué me atenazan las ganas de saltar y tentar a los miedos a pararme los pies? ¿La culpa es solo de la adrenalina? ¿Me habré cansado de luchar?

Respiro hondo. Esta es la enésima multiplicada por cien. Como hasta hace poco cuando me sentía imparable.
Me dice que piense. Que piense todo lo que dejaría atrás si decidiera saltar, que me sienta con derecho a mi vida con ellos.
Dice que deje de hacerme de menos porque soy yo la única responsable. Que deje de sangrar las heridas, que aprenda a quererme y que pare.
Me dice que espere, que sabe que no sería capaz. Que por mucho que pueda pesar la pena, se ahoga con las alegrías.
Adivina que quiero volver a verlos una vez más, y sentirme en casa.
Me pide que deje de agarrarme a los domingos como si mi vida dependiera de ello.
Que corra. Que correr no es de cobardes y que tampoco te hace mejor pero que me ayudaría a salir de las cuatro esquinas entre las que me cobijo.
¿Qué cuanto hace que no escucho mi risa? ¿Qué desde cuando el mundo no prueba mis besos?
Nunca me he aprendido el sonido de ella, porque lo poco que río lo disfruto. Y el mundo nunca conoció mis besos.

Tira de mi gritándome ¡despierta!
Dice que esto no es un mal sueño, que al mundo real se le conoce por sacarte las cosquillas a arañazos pero que es el mismo que te pide que resurjas de tus cenizas.
Y yo me he quedado embobada mirándome las llamas.

Hace frío a pesar de la época del año que atravieso y el fuego debe ser artificial porque no calienta lo suficiente.
No quema, no calcina, no se mimetiza con el gris que me rodea.
Por eso no puedo jugar a ser ave fénix.
¿ Y ahora? ¿Qué puedo hacer?

Puedo elegir.

Seguir abrazada a los a lamentos, avanzar un pie y después otro con ideaciones suicidas.
Dejar de respirar, olvidar los días mejores.
Dejar de querer, no volver a abrir los ojos, no descubrir lo que- con tanto mimo- me tiene reservado el mundo real.
No despedirme del sol, no volver a pisar tierra ni sumergirme en el mar.
Dejar de guardar recuerdos en la retina.
Despegar las notas de los cristales, no jugar con los acordes y no volver a sentir nunca más.

O puedo jugar con esos fuegos tan artificiales que me envuelven. Cargarme días y penas a las espaldas y comenzar a trepar la montaña de mis dudas.
Volver a casa, volver a verlos, sonreír porque si, no olvidar la música, hacerle cosquillas a las olas, dorarme al sol y pensar que mi transcurso irrelevante no le va a servir a nadie más que a mí para sobrevivir.
Y que venga lo que tenga que venir.

Para hacer lo primero, debería saltar. Me dice que ya estoy tardando, que no me despida porque me echaré atrás. Que lo haga. Pero sabemos que no es lo que quiero.
Que voy a elegir lo segundo.
Que yo soy más de deportes de riesgo y que aprendí que las penas quemaban y las alegrías escocían. Que no todas las heridas dejan cicatriz y que las que se quedan es porque tuvieron algún motivo de más.

Dice que soy una persona incansable y que no se lo he demostrado con el paso del tiempo sino con la manera de levantarme después de caer, con los remedios de mis lágrimas y mi cabeza dura.

Me dice que vaya, qué le de la mano y que esta noche cuando deje de sentirme gris va a llevarme al mar.

Me ha dicho que la sal que se ve en los reflejos de luna da de sobra para sus heridas y las mías.

Febrero sobre el Father Bernatek Footbridge- Cracovia

Durante los mayos

Me enamoré de ti en aquel abrazo. No recuerdo muy bien si por aquel entonces tú me querías de la misma manera.
Solo recuerdo el rodeo rápido de tus brazos hasta rozarme el alma.
Luego llegaron miles de cosas bonitas, miles de confesiones y de risas, y otras tantas complicidades. Pero ningún otro abrazo me ha hecho sentir igual de bien. Y mira que ha pasado tiempo.
Pero las primeras veces tenías la virtud de hacerme sentir alguien en la nada. De sentirme querida y correspondida y de poder regalar mi cariño tal y como lo sentía sin tener que medir mis palabras.
Me ganaste jugando con otras con ese punto canalla pero haciéndome ver que estaba la primera en tu lista de prioridades.
Tenías unas formas peculiares de querer pero dicen que cuando se quiere, se hace con todo, con virtudes pero mucho más por defectos.
Y tonta de mi, fue lo primero a lo que me agarré cuando agarraste mi corazón.
Eras la más bonita de las tempestades. Eras las buenas noches a tiempo y los amaneceres con sueño.
Entonces creí que entendí las connotaciones de significarme.
Te convertiste en mi mundo y yo me declaré satelizante de tu persona.
¿Quieres saber lo que más extraño?
De ti guardo recuerdos maravillosos, que permanecerán conmigo hasta que deje de respirar pero echo de menos la seguridad que me transmitías.
La decisión que de vez en cuando hace que me flaqueen las piernas y las palabras desmedidas.
Nadie podía cuestionar mis sentimientos porque eras mi realidad.
Sé que estás mejor que nunca, que te has convertido en tu mejor versión pero a mi, durante los mayos me cuesta asimilar que hace mucho que aprendí a vivir sin ti.


De las cosas que hacen frenar

Fuera junio no termina de florecer.
El cielo llora, incesante, pidiéndonos un respiro, una mano alentadora que lo acerque al mar. Un grito que sangre todas sus heridas.
El frío se nos ha colado por los marcos de las ventanas y del verano no hay ni rastro.
Pero no puedo evitar sonreír a la vida, cuando veo que enlentece el ritmo para aquellos que lo necesitan.
Me encanta observar el bullicio desde las ventanas. Hace que mi mente se acelere en forma de preguntas de las que ni yo sé cómo salir.
Pero hoy, mientras el cielo lloraba, vi pasar a todas las edades concentradas en cuatro vidas.
Todo ello en menos de cinco metros de una fachada vetusta y cubierta por las humedades.
Dos de esas vidas no sumaban los treintaytantos y se abrazaban ante un semáforo demasiado carmín. No llevaban paraguas pero tampoco se les veía necesitados.
Aquel fue el primer instante en que vi al mundo detenerse.
Pero luego. Me di cuenta de que no era yo la única observadora de aquella calle concurrida.
A lo lejos, venían otras dos almas con muchas más canas sobre las sienes que, al ver los abrazos calados, se dieron la mano.
Como si la vida nos enseñase a recuperar lo que perdemos cuando nos invade el pánico a intentarlo.

jueves, 31 de mayo de 2018

La risa de los niños no siempre suena a música

Y siento.
Porque sentir es eso de que algo se te mueve por dentro ¿no?
Sentir que puedo y sólo pienso en eso.
Hace años, con mi ayuda, mermaron mi capacidad de quererme.
Me encasillaron dentro de un estereotipo desaventajado y decidieron apartarme de lo que ellos conocían como sociedad.

Puede que hoy sea una más, y que la crueldad infantil por contagio no conozca límites.
Pero me hicieron caer en lo más hondo.
No veía solución posible para la negación hacia mi persona.
No era capaz de vislumbrar ningún atisbo de luz.
Sólo me salió derramar lágrimas y esperar.

Fue una suerte que no me diera por cortar por lo sano y hacer desaparecer mis miedos para siempre.
Porque ahora, dentro de mis taras, soy feliz.
Soy una persona a la que le cuesta superar los baches, como si estos no estuvieran hechos para mi. Y que no sabe, tras veintidós años, gestionar sus ansiedades.

¿Que si perdoné?
No entiendo muy bien que tenía que perdonar.
Estaban disconformes conmigo y me lo hicieron saber- aunque de mala manera, eso si.

Perdonar, considero que si.
Porque a los que no merecían mi perdón, les faltó tiempo para salir huyendo. De los fugitivos solo queda una pequeña y preciosa cicatriz a costa de los daños.

De aquellos que se quedaron, los que se merecían mi perdón los he querido incluso más. Porque creo que todos estamos hechos de oportunidades y nos equivocamos en innumerables ocasiones por el camino.

Olvidar no se olvida. Se convierte en parte de tu existencia. Hechos que van a terminar definiendo más o menos la personalidad que te define.
Te agarras al clavo de 'lo que no te mata te hace más fuerte' y quema; pero la vida continúa.
Y con el paso de los años te das cuenta de que tus miedos se vuelven marcas en la piel que vas a acariciar con las yemas de los dedos para sacar fuerzas de flaqueza.
Que puedes agarrarte a la fe, a los rezos, a clamar al dios que más cualidades te reúna.
Pero lo que consigas tú, vas a hacerlo por ti mismo, y eso no te lo puede negar nadie.


(Katherine Langford- 13 Reasons Why)

domingo, 6 de mayo de 2018

Ma mère

Que aunque pienses que no, es que si.
Que aunque digas nunca, sé que será siempre.
Que aunque tengas días malos, sabes que habrá mejores.
Y aunque la vida no me deje acabar la tuya,
nuestros caminos comenzaron unidos y acabarán de la misma forma.

Que tienes que concentrarte, Caro.
Que va a salir bien.
Que no hagas más ruido.
Que recojas.
Que te quiero mucho, ya lo sabes.
Que ya queda poco.

Que si no te lo crees tú, aquí estoy yo.
Para creer en ti todas las veces que flaquees.
Porque eres mi hija y eso una madre lo sabe.

Estas son algunas de las perlas con las que mi madre va construyendo mi collar.

Pretende dejarle algo de protagonismo a la suerte, pero en secreto se cree eso de que voy a ser capaz. Desde el segundo cero que eché el primer aliento ha sido el fuel de mi motor.
Ese que a veces se empeña en atrancarse y que pone en marcha de nuevo sin ningún esfuerzo.

Ella sabe que mis palabras y mi cariño infinito son mi mejor gracias.

Gracias por creer en lo increíble de mi persona, por hacerme a tu imagen y semejanza. Por se bonita por fuera, pero mucho más por dentro. Por ser una de las personas más maravillosas que ha tenido a bien crear el universo y guardarlo en secreto.
Porque sé que tu día son cada vez que te llamamos a gritos, o las llamadas interminables al teléfono. Porque sé que tus días somos nosotros.

Gracias por regalar tu vida, a cambio de nuestra sonrisa y por hacerlo tan bien, aún pensando que en algún momento pudieras fallar.

Gracias por ser siempre a nuestro lado.
Te quiero.



"Perdón por los bailes"

Amanda sobrevivía con miles de kilometros de por medio, dos mitades de un corazón y muchas dudas.

Disfrutaba de su nueva vida lejos de casa pero cada tarde se pegaba al teléfono verde a la misma hora esperando escuchar la voz de Jorge desde su Madrid.

Fue la misma rutina hasta el día sesenta y tres.

La tarde del día sesenta y tres la voz de Pablo Milanés le arañaba las entrañas, y sobre la mesita que había junto al teléfono encontró un trozo de papel doblado en seis.

Cuéntale que te perdiste entre la gente cuando llegaste al Malecón y yo tuve la suerte en tropezarme con tu mirada.
Que olía demasiado a mar
y eso te arrastraba al pasado.
Cuéntale lo feliz que fuiste aquellos veinticuatro primeros días del verano.
 
Y cómo reflejabas las sonrisas sobre cada luna delantera de los almendrones. 
Cuéntale que perdiste el pañuelo amarillo que te regaló y el miedo a la oscuridad.
Debieron de ir en la misma dirección porque
me dijiste que después de eso sólo eres capaz de ver estrellas en el cielo, aún con el sol bien alto.
Dile que ya no echas de menos el frío,
y que has aprendido a bailar el danzón de la mano de un tal Pablo.
Que tiene unas manos que no cambiarías ni por todos los pesos del planeta.
 
Y que ya te gusta la piña, colada y con absorbente.
Que ahora eres más de ordenar los vinilos de boleros antiguos en la tienda de la esquina.
Que lo de ordenar tu vida pasó a ser una asignatura pendiente en la suya.
Cuéntale lo bien que se está en La Habana.
 
Cuando llame, si es que vuelve a hacerlo, dile lo que has descubierto.
Dile que el secreto de la vida reside en que lo difícil es soñar bonito.
Y lo fácil, conseguirlo.
Te espero para cenar,
te quiere
 
Pablo
Desde el día sesenta y cuatro Amanda ya no recuerda a Jorge.
Baila todas las tardes pisándole los pies  a Pablo para que no se olvide de ella. Se dejó de mitades de corazón y le dio los restos al joven de la sonrisa perfecta.
Ha decidido quedarse a vivir en sus caricias.
Se niega a olvidar todas las alegrías que le hizo vivir desde el día en que la enseñó a bailar.
Desde el día en que le susurró al oído los secretos de la felicidad compartida.





A la chica triste

Busco a la chica triste,
a la que ha perdido la sonrisa y la luz de la mirada.
a la que ya no le apetecen helados, ni el color de la risa.

A la chica que fue en un pasado no tan lejano.
Es a ella a quién busco.

A la que se empeñó en romper su corazón a pedazos a base de autoengaños y de arrancarse a tiras el cariño.
No le pido que vuelva si no es lo que quiere, pero me gustaría que me regalara de forma desinteresada algunos porqués.

Que conste que no la conozco. No sé más que su nombre y su aspecto actual.
Dicen que antes sonreía, que era magia.
Que rezumaba belleza por los poros de su piel
pero que ahora tiene la boca repleta de hiel.

No la conozco pero la siento- y lo siento.

Al mirarla, me da la impresión de que no está hecha de ganas, que los minutos la sobrepasan.
Siento que se desmorona llegando a solas a la superficie de sus ojos.
Que a las velas de su alma se les acabó la mecha,
y ya no prenden.
Y ella tampoco aprende.

La busco para preguntarle si no le gusta vivir en sociedad, para saber cual es el significado que ella le da a la palabra vivir.
La busco porque quiero saber si es verdad que profesa fe por esas a las que llama amigas
y que la están destruyendo gota a gota.

Todo esto desde el marco de lo ajeno.
Desde una ventana lejana y bajo un sol de primavera.
Llevo tiempo viendo como nacen nuevas flores.

Sin embargo, la suya, no hace más que marchitarse.





miércoles, 18 de abril de 2018

Tres veces miedo

¿Cuántas veces son las que queremos y no podemos?
¿Os habéis parado a pensar en los impedimentos?
¿En lo que nos hace evitar y desatender una cuestión que ocupa gran parte de nuestro momento vital?

Porque querer, no es necesitar.
Querer- tan sencilla como palabra
y tan difícil como dimensión- lo hacemos todos.

Todos hemos querido desde que tenemos uso de razón.
A alguien, o algo.

Todos queremos de manera indiferente en nuestro día a día pero somos pocos los que nos paramos a intentar encontrarle sentido.
"te quiero"
Con todo lo que implica, según quién y a quien se dice, según dónde y cómo sea la intensidad, estas dos palabras tienen un sinfín de significados.

Desde el desorden más caótico de un bebestible a la manera más profunda de destapar los sentimientos.

Querer algo. Quererlo ahora, quererlo ya.
O no querer nada, gracias.

Confundimos tantas veces el querer con la necesidad que a la hora de la verdad lo usamos como un único late motiv.

Y ahora, regresemos a los impedimentos.
Evitamos porque no nos vemos capaces, porque no nos sentimos suficientes, ni pensamos que daremos la talla.
Pero, ¿quién es el juez supremo que nos marca la suficiencia?
¿Y en qué se diferencia esto del conformismo?

El conformismo suele ir ligado a la comodidad, a lo que nosotros llamamos zona de confort.-
Y ay quien nos saque de aquella.

Ahora está de moda hacer oídos sordos al corazón.
Sentir es de cobardes, o eso dicen. Ahora se lleva la indiferencia y el todo vale.
Y, perdonadme, si no me lo trago.

Me puedo tragar el orgullo, las contestaciones, las opiniones que distan de mi moral, pero no este naderío intenso que pretenden imponerme bajo la mentira del haz lo que quieras.

No me dejan hacer lo que quiero cuando pretenden que pase de lo que siento y eche la venda a los ojos. No me dejan cuando me ven más bonita maquillada de más y jugando a ser doña perfecta.

Me niego.

Puede paralizarme el miedo, es cierto. Me pasa mucho,
Que intento darle voz al corazón pero no sale nada de mis labios.
Y lo peor es que no sé a qué se debe este temor irracional.

Y mi corazón se cansa, cada vez más. El otro día no me dejaba dormir.
Decía que no había nacido mudo y que yo no le daba alas para perseguir sus sueños.

Si.
Mi corazón es mecánico, y sus sueños, aéreos.

Por eso, ante todo, quiero aclarar algo.

Sé que somos muchos, y muy diferentes.
Sé que no todos quieren, y no todos saben querer.
A otros lo de dejarse querer no va con ellos porque el daño previo anda consumiéndoles las entrañas.

Y sobre todo, sé que tengo miedo.
No sé a que, ni como quitarlo. Así que si alguien ha sentido alguna vez que no encajaba en ciertos aspectos de su mundo que me levante la mano. Así, de noche, a oscuras. Seguro que a mi me deslumbran sus ideas. Seguro que ellos si saben de lo que hablo.

Intentaré poner de mi parte, darle cancha al corazón para que no se canse
demasiado.
No voy a meterlo en una caja perfectamente precintada y a decir que no siento.
Porque lo hago.
Y duele a veces.

Pero qué bonito cuando sale bien.
Las pocas ocasiones.

En que quieres y encima puedes.



















(Effy Stonem- Skins)

viernes, 13 de abril de 2018

El arte de volar

En el preciso momento en el que has cuidado de alguien y lo has escondido de lo malo del mundo para que crezca feliz y completo, estás atado a esa persona.
La cosa se agrava cuando lo has visto crecer.

Has intentado enseñarle, a pesar de los errores, lo que entendías como moral. 
Le has enseñado a querer, a caer con estilo y a equivocarse.
Le has enseñado que puede que las risas no curen las heridas pero si cicatrizan el alma
lenta y paulatinamente.
Y así, como todo lo que parte de ti y sientes de verdad.

Por esta razón es muy difícil deshacer los nudos que te amarran a esa persona.
Es vertiginoso:
pensar que  tu comodidad idílica pueda desvanecerse.
Pero es del ser humano lo de preocuparse,
y resulta indispensable que la otra persona pueda izar el vuelo por si misma.

Ahora entiendo a mi madre. Todas las veces que ha venido detrás, y las que se ha puesto delante.
Cada noche sin dormir esperando el último mensaje,
el cambio y corto de las despedidas; ese
"Mamá, estoy en casa. Buenas noches" Adornado con algún que otro beso virtual.
Cada noche a la espera de venir a buscar a esa parte de la que se niega a desprenderse.
Cada agarrada de corazón con la falta de noticias.

Puede que sólo sea signo de que el tiempo pasa,
y yo con él.
A mi, personalmente, me gusta llamarlo experiencia.

El momento en que tienes que "dejar ir" para que vuelva.
La persona de la que hablo, la que forma parte de mi vida, y tiene una parte no despreciable de mi corazón es mi hermano.
Ha surcado por primera vez un cielo nítido a solas.
Ha querido correr por entre las nubes sin ayuda y lo ha conseguido.
Hoy desaté un par de nudos de esa cuerda cuando descolgué el teléfono para desearle buen viaje y aún así no pude evitar preocuparme.

Supongo que son las cosas del querer.
Como siempre nos han dicho papá y mamá:

Que disfrutes y tengas cuidado.

Hermano tras volar conmigo

domingo, 8 de abril de 2018

De tus miedos y los míos.

Ya no sé si es normal.
O sólo me lo parece.

Sólo conoces mi mejor sonrisa.
Solo te atreves cuando te encuentras mis ganas locas sobre la cornisa.
Me gusta que seas observador, que busques con la mirada,
de todo y por nada.

Siempre te paras en el brillo de mis ojos. Una vez dijiste algo sobre lo bonito del color.
Y yo te grabé en la retina como una tonta.
Observador, paciente, risueño y algo inexperto.
Y al fin y al cabo, quien soy yo para para derretir el hielo que engalana tu sonrisa.

Entonces notaste que algo no iba bien, que yo estaba triste y el brillo del que hablabas no terminaba de reflejar todos tus sueños.
Quisiste acercarte en formato abrazo y algo te lo impidió.

Luego,
como cada vez que me choco con tu vida, la mía se incendió.
No cabía más rojo en una misma sala de espera.
Tampoco más llamas sobre el pedazo de cielo que nos encajaba.

Es normal que no te acerques más.
Peligro, líquido inflamable.
Y tú no eres amigo del fuego. Nunca lo has sido.

Es normal que tengas miedo, si los míos también van en tu busca.

Miedo a lo que pueda pasar, a conocerme más y no querer quedarte vivir;
o por el contrario, a querer cavar tus últimos días sobre mi cintura.

Sigue jugando a tener miedo que me encanta que aparezcas de repente.
Tan tú convirtiéndome en un signo matemático con ambiciones.
Eres bocanada de aire en medio de las mil tormentas, eres papiro demasiado bien prensado e inmaculado.
Y no te imaginas las ganas que tengo yo de ser vida ahogada ansiando ese último suspiro.
Ni te haces a la idea de que soy una lunática con mil gotas de tinta que llorar
todavia.


jueves, 29 de marzo de 2018

Arréglatelas para bajarme una luna llena

Seré solamente de aquel que consiga bajarme la luna llena.
No pido todas las lunas, ni todas sus fases.
Solo pido una noche, una luna, y que sea llena.
Seré de aquel capaz de alzarme con versos para ponerme a su altura.
De aquel que se olvide de respirar porque siempre haya cosas más más importantes que ser consciente de los alientos.
Seré de aquel que encuentre la puesta de sol más espléndida y cuente con el arrojo necesario para traérmela en un bote de cristal.

No soy de regalar mi corazón. Tampoco soy amiga de la seguridad porque nunca me ha llamado lo suficiente.
Seré, por tanto, de aquel capaz de abarcar mis miedos en un abrazo.
Del que no le haga falta decir te quiero cada vez que escucha mi respiración porque sea algo que yo ya sepa.

Nunca he sido de nadie. Y quizá éste sea mi mayor miedo. Que no haya nadie dispuesto a ser por mi.
No creo en las medias naranjas. Ni somos frutas ni somos mitades.
Somos enteros.
Defectuosos, puede ser, pero enteros al fin y al cabo.
Somos de quién nos cuida, de quien nos baja la luna una noche, y de aquellos a quienes llamamos hogar.
Somos fragmentos de un globo que lejos de volar, flota.
Un globo inestable y frágil que puede estallar en cualquier momento.
¿Que de qué color es el globo?
Azul.
Un azul que no conoce de cielos ni de océanos.
Un océano que pretende "llegar a ser" algún día- como nosotros.
Y mientras tanto;
No somos.

Pero confío en que algún día lleguen esos ojos que me dejen ser entre entera y defectuosa cuando me encuentre cara a cara con la luna llena.


lunes, 26 de marzo de 2018

La puta no tan rosa

Y creces.
De pronto. 
Como despertar de un sueño, sobresaltada y con perlas de sudor sobre la frente.
Te das cuenta de que el rosa de la vida no es tan rosa, ni las cosas tan bonitas.
Que todo el mundo cuenta con su propio agujero negro con problemas y que la mayoría los esconde bajo una sonrisa y un “todo va de maravilla”.
Que los que te rodean no saben salir de sus propios pozos de descordura, por lo que-por muchos consejos que pidas, pocos van a servirte realmente.
Que intentas ver el lado positivo, lo bueno en lo peor, la suerte.
Y solo eres capaz de ver tu rostro de bruces contra un trozo de asfalto caliente de Arizona a más de cuarenta grados.

Te olvidas del síndrome de Peter Pan porque ya no te quedan manos para sostener tu mundo. Te olvidas de tu sonrisa y de lo bien que sonaba aquella canción en la radio porque en este momento quieres dejar de existir.
Sin decir nada
Ni adiós, ni huella,
ni tan siquiera recuerdo.

Te das cuenta de que no existe lo bonito, pero tampoco lo feo.
De que existe la vida, a secas.
Y a ella no le hacen falta adjetivos,
tiene alergia a los pronombres y se pelea con los adverbios.
Caes en que jamás te dio los buenos días.

Te das cuenta de que por mucho que busques en mil comedias románticas, en otros cientos de libros de Moccia, nunca vas a encontrar lo que buscabas.
Y de que no se puede vivir siempre con ilusión.

Arranca esa ilusión de tu pecho, lo antes posible. No la abraces, no te hagas su amiga, abandónala a su suerte en el primer motel de carretera que encuentres al pasar.
Sólo. Sola. Solemos...Solíamos.

Solíamos ser felices. Solíamos ser.
Todos juntos.
Y hace tiempo que ya no.
Y por mucho que vuelvas, que caves un socavón en el pasado, no vas a encontrar el punto que le dio la vuelta y escribió “ya no” sobre vuestras cabezas.

Y a pesar de todo. Soy de las tontas que quiere abandonar a la ilusión pero la abraza más fuerte.
Que quiere dejar de creer en el amor, pero lo lleva por bandera. Que quiere creerse que el amor se termina pero se siente reacia a creerlo.

El amor no se termina. Se transforma. Se enmohece, se destartala.
El amor, como todo, hay que cuidarlo, día a día.
Poner de nuestra parte para que las curvas se vuelvan rectas.
El amor hay que sentirlo y evitar el fatídico cambio al odio, al tedio a la rutina, a la desazón.

Pero la mayoría de las veces, eso se olvida.

Los sentimientos se guardan bajo cientos de recuerdos imborrables y los caminos comienzan de nuevo, como las oportunidades, pero esta vez separados.