lunes, 31 de octubre de 2016

El mes de la tristeza

He llegado a la conclusión de que noviembre es un mes triste. No porque me lo susurre Diego cantero en sus canciones, ni porque lo empecemos celebrando el recuerdo de los difuntos.
Noviembre es un mes tristemente dulce y dulcemente triste porque algo dentro nos lo dice, porque en esta vida tenemos siempre una de cal y otra de arena. Y necesitamos esa tristeza para afrontar las fechas navideñas que nos vienen pisando los talones con su alegría rebosante.

Es un mes triste y yo me doy cuenta ahora, cuando faltan horas para que se me eche encima.
Me doy cuenta cuando no dejo de escuchar a Supersubmarina, como esperando que ese gesto les mande una pronta recuperación de un fatídico accidente estival.

Todo el mundo se levanta con ganas de posponer el despertador cinco minutos más, y el sueño pesa en las pestañas.
Tantos cambios de hora no pueden ser buenos. Van a volvernos a todos locos. Ya no sabemos si somos más de luz del sol o de luna. Si nos apetece quemar ciudades a ciegas, o vigilarlas en la penumbra.

Todos quieren dedicarse a contemplar las hojas caer desde una Alameda que nunca estuvo más bonita, sin embargo les pueden las prisas, los agobios, y los kilos de apuntes necesitados de chapa y pintura que aguardan en los escritorios, expectantes.
Noviembre es un mes triste porque se acaba la fiesta-hasta nuevo aviso, y comienza más que nunca una rutina que cansa.
Noviembre es triste porque, aunque quede poco no vemos el momento de volver a casa; porque echamos de menos más fuerte, y más intenso. Porque las lágrimas se escapan solas y la susceptibilidad se convierte en nuestro apellido. Porque el frío nos hiela la cara y nos pilla casi en tirantas.

Pero, al fin y al cabo, la tristeza es bonita si vemos todo lo que esconde detrás.

Noviembre es triste porque es un mes muy nuestro, y si esta tristeza crónica no nos pintara la cara, dejaríamos de ser nosotros.
Y eso es justo lo que no queremos, ¿verdad?

    Ante el espejo

viernes, 28 de octubre de 2016

Manual de usarme

La pulsera que me regalaste sigue brillando como el primer día. Pero sólo la contempla la oscuridad del cajón. Y yo, cada cuarto creciente.

Es irónico que te pensaras que aquel era el mejor regalo y no pensaras en ti.
En que tú eras mi regalo, desde el día en que desvestiste tus miedos.

Venía a decirte todo lo que no me gusta. A reprocharte todo lo que pudimos haber hecho, y sido. Todo lo que debiste saber entonces, cuando creías que me conocías a la perfección. Cuando me di cuenta de que no conocías la mitad del juego, y yo te llevaba ventaja.
Venía a decirte todo lo que me hizo daño.

Pero he pensado que, mejor te digo lo que me gusta, a lo que aspiro, lo que me encanta.
Para que si vuelves a cruzarte por el camino con alguien que se parezca en algo a mi,  sepas cómo tratarla y merecerla. Porque me ha apetecido ser egoísta.

Como buena piscis adoro el agua, caída del cielo, sobre la arena, bajo las huellas, inmersa en charcos, resbalando por mis mejillas. Me encanta nadar. Y en ella, me siento en mi elemento.

Me considero soñadora de más. Si, me encanta soñar, pensar en los imposibles y no poder dormir  hasta las tantas planteando realizarlos en un futuro lejano.
Me gustan las distancias cortas, los besos en la frente, los detalles, los reencuentros.

Me gusta la música. De todo tipo. La tengo desde la más cañera para los momentos de adrenalina, hasta la más corta venas, para las melancolías que no compartiré nunca. Sólo los cantantes saben hacerme sentir comprendida- por ahora.

Me enamoran los domingos. Sus amaneceres entre mis sueños. Me gusta que sean días de no hacer nada o de hacerlo todo, sin término medio. Me gustan los domingos en familia, con amigos; los domingos de playa o montaña; los domingos de desayunos casi comidas, de sobremesas que terminan con las estrellas. Me gustan los domingos de propósitos que no llegarán a cumplirse. Y todos los días de la semana que quieren parecerse a estos últimos.

Me encanta abrir los ojos con un nuevo día y no levantar la vista de las páginas de mi libro preferido.  Adoro el cine, y las palomitas, y el chocolate.

Siento debilidad por el amor en todos sus formatos.
Soy cursi, terriblemente cursi, y llorona desde que nací.
Siempre intenté arreglarlo todo con el llanto.

Me gustan las palabras como vehículo de mis sentimientos, y los girasoles, y recibir cartas.
Me encanta viajar y conocer nuevos lugares, las puestas de sol de Cádiz, mi querida Compostela, mi sur.
Me gusta hacer regalos y adoro las sorpresas.
Me encanta vivir en concierto, las montañas rusas, y los pendientes largos.
Adoro las manualidades y el trabajo en grupo.
Y conocer gente, y volver a casa, y los recuerdos.
Me encanta querer, y ser querida.

Me encanta ser feliz.




Símil

Te pareces tanto a él.

A mi poeta preferido, a mi querido Escandar.

Siempre has sido de pocas palabras pero de grandes abrazos. Has sabido cuándo y cómo decir lo justo y necesario.
Tienes un pecho defectuoso, abierto. Todo por un corazón que no cabe.

Nunca has querido que te paren los pies ni que te pisen los esquemas.
Siempre has presumido de una vida tan cómoda como nómada.

Algunas madrugadas te daba por escribirle cartas de amor a aquella chica acabada en A, y enseguida acababan formando parte de tu magnífica tanda de triples contra la papelera.
Nunca fuiste de atreverte ni atraparte.

Te encanta el baloncesto, pero cada vez lo juegas menos.
Adoras las tardes de flamenco y los domingo con Marley en los oídos. A los martes los llamas 'las noches de los artistas', y los viernes, son de míticos: te sigues durmiendo escuchando a Dani cuando aún le cantaba a un loco.

Tu sexto sentido tiene cuerdas, y nombre de guitarra.
Tus febreros son para cantarle al Falla; y tus odios inexistentes.
Adoras el sol, pero prefieres los inviernos.

Te apoyas mucho en tus amigos, a los que llamas hermanos.
Sabes a quien acudir cuando te llueven problemas.
Y los de tu misma sangre estarán eternamente agradecidos de contar contigo.
Eres tan de familia como de soledad.
Has cruzado mares sin caer en brazos de ninguna sirena.
Has visto belleza en la más triste de las miserias.
Y querido cambiar el mundo desde el sofá.

Y eso que te conozco poco,
pero mi deuda siempre estará detrás del día en que te conocí.


Vida en verbo

Irse de las manos- como persona o como concepto de desmadre.

Volver tornados a tus tripas.
Querer con ganas gastadas.
Estrenar enfados.
Ocupar estómagos repletos de mariposas,
terminar con pájaros en tu cabeza.

Perseguir sueños y odiar daños.

Que tu sonrisa se vuelva bonita con el paso de las horas,
y nuestros besos maduren con el de los años.

Volvernos maduramente inmaduros.
Jugar como Lope, al claro desengaño.

Imaginarnos juntos y gustar a nadie.
Ser escépticos de miras y bohemios de tardes.
Conocer las estrecheces del alma, y el ancho del arte
Llegar-hasta dónde- para aparecerte en ninguna parte.

No salir a matar, ni a morir.
Pasar noches, quemar lunas.
Sufrir eclipses de cabeza.
Volar para hablar, charlar,
bailar, reír, llorar,
y que a la conjugación no le de por acabar.

Hablar de salvar- Sé mi salvavidas y sálvame de mi.
Cruzar líneas de metro, ríos, brazos, caras, bocas.

Guiñar al sol.
Esperar,
y escapar.


viernes, 14 de octubre de 2016

Tercer otoño...

...y el tiempo vuela.

Y 'Parece que fue ayer' se ha convertido en nuestra muletilla preferida. Me siento vieja con tan solo veinte años y esto no es más que una estúpida contradicción.
Imagino que, producto del ritmo frenético que está llevando mi vida.

Nunca antes había oído hablar de este lugar que ahora me tiene comida las entrañas,
ni de sus formas,
ni de su gente.

En ningún momento se me ocurrió pensar 'Galicia' como alternativa.

Y mírame, míranos.

Siempre había vivido en una rutina concéntrica, que consistía en ir de casa al colegio, y del colegio a casa.
Con alguna excepción de viernes noche.
Un eclipse de luna entre tanta vuelta al sol.

Pero entonces, me descubrí a mil kilómetros de casa.
Sin saber a ciencia cierta, si hacía lo correcto, peleando por un sueño- el mío- y muerta de miedo.

Nunca pude imaginar que una ciudad tan pequeña como está podría albergar un espacio tan grande en mi corazón.

Me han preguntado muchas veces, ¿por qué allí? ¿No estás muy lejos? ¿Te pedirás el traslado?

Realmente, lo nuestro, no fue más que una casualidad.
Una que se tornó en fortuna.

Y siempre contesto lo mismo, no me canso.
Un no rotundo entre sonrisas.

Si ellos supieran...

Si ellos supieran que no quería venir, y ahora no contemplo la idea de marcharme,
si supieran que necesito Compostela en vena, más que aire para respirar,
si conocieran el sentimiento de morriña en todos sus sentidos,
si se hubieran lanzado a los brazos de la suerte, como yo hice-
y esta le hubiera contestado con el mejor de los abrazos.
Si se pararan a pensar que sólo tienen que dirigir su vida- y no la mía.
Si supieran lo que duele echar de menos, pero qué maravillosos que son los reencuentros.
Si creyeran cuando se dice que siempre hay algo que hacer, y sino se inventa.
Si hubieran visto nevar en  enero en Compostela,
si los agobios suyos estuvieran tan justificados como los míos.
si no hubiéramos cambiado el llevar las cosas al día y el dormir, por los estudios intensos y las salidas....

Si tan si quiera, se pararan:
A mirarla,
a admirarla,
a sentirla,
a beberla,
a vivirla.

Si pisaran y vieran Compostela con los mismos pasos y ojos con los que yo la camino y la miro desde todos sus rincones,
podrían llegar a comprenderme.

Si no...siempre hay tiempo de creer en la magia.

Atardece en Compostela

domingo, 9 de octubre de 2016

Banda sonora de vida

Hay canciones que por un motivo u otro, siempre vuelven.

Vuelven siempre a recordarte quien eres y en qué momento te convertiste en esa persona.
Siempre vuelven a sonar.
Y en ese instante algo se acciona en tu cabeza. Y te llueven recuerdos, casi como tormentas de verano en pleno invierno.
Las botas de agua se te quedaron pequeñas y tu paraguas tiene demasiados rotos. Y tú te mojas con tus propios recuerdos.
El poco rímel que vestía tus pestañas se resbala por tus mejillas.

Hay canciones que vuelven siempre para respirarte profundo. E impregnarte.
Las hay que tienen el poder de tele transportarte al día 'X' en el momento 'Y'. A instantes que nunca pensaste revivir. A momentos enterrados en un cofre, en tu jardín.

Hay canciones que son personas. Por su vitalidad, por su forma de definirnos, por sus versos, por su sentido, el que nos cobra en cabezas ajenas, siempre por culpa del recuerdo. Como tú y como yo.

Y luego hay canciones que son banda sonora de la vida. Que te resuenan sin estar presentes cuando ves sonreír a alguien que te importa, cuando paseas lento, cuando bailas a ritmo frenético, cuando te apetece cantar a voz en grito. Cuando te escapas a Madrid, cuando guardas un secreto, cuando te concedes el beneficio de la duda y tiras por la borda las prisas...

En mi vida hay tantas canciones que llevan tu nombre que se me hace raro que el que faltes seas tú.

Hoy ha vuelto una de ellas a mi cabeza. Mi preferida, realmente. Favorita por la voz de Alberto de fondo, por lo que supuso, por la lágrima que se me escapa cada vez que vuelve, o tal vez, por lo mucho que me gustaba nuestra rutina anárquica.
'Mi rutina preferida' eras tú, y Miss Caffeina tuvo la culpa.
Pero claro, hay canciones que también llevan mi nombre y el de mis desastrosos domingos.
Por eso, yo me encargué del resto.

lunes, 3 de octubre de 2016

¿De los 'no errores' se aprende?

Lo tuyo no fue más que un error de principiante. Buscabas al hombre de tu vida, el perfecto. Buscabas un abrazo al despertarte, un compañero de manías.

Pero no tuviste en cuenta que ese tipo de hombres no existen. No existe el hombre perfecto porque todos lo son. Cada uno a su manera.
Existen aquellos que te lo dan todo, o que por el contrario no te dan nada. Los que se hacen querer, y se dejan odiar. Los orgullosos, los bordes, los arrastrados, los lentos.
Existen hombres alegres, resueltos, despiertos, tímidos, o tristes. Existen infinidad de temperamentos hechos hombres, tan complicados como simples.
Pero ninguno será el de tu vida, por que no están para eso. Están para querernos, hacernos reír, compartir, llorar, perderse. Pero nunca le pidas a ninguno que se quede para siempre. Corres el riesgo de asustarlos, de que entren en estado de pánico y desaparezcan de la misma estúpida manera en que se dejaron caer en tu vida: de repente.
Algo como un 'para siempre' debe salir de ellos.

Ese fue tu error. Creer, que con él habías encontrado tu tesoro mejor guardado. Sin saber que rondando la veintena, aun nos queda vida.
Quisiste apostar fuerte, y te equivocaste.
Lo viste aparecer, con aires de sur y sonrisa infranqueable y tu mundo de mariposas echó a volar antes de lo previsto. Los castillos de arena quedaron reducidos a sus ruinas antes de empezar.
Y las últimas olas de septiembre arrastraron a su paso cualquier atisbo de nuevo comienzo, de nueva ilusión, de deseo alguno..

Y te enamoraste. Como lo hubiera hecho otra cualquiera al mirarlo a los ojos, al verlo sentir.

Pero ahora, sabes que no serías más que otra de las que desfilaron por la pasarela de su vida. Y no recuerdas cómo te dijeron que se digería esto. Porque eres consciente que de los errores puedes sacar enseñanza, pero, ¿de aquello que no fue un error también se podría?

Quiero que reflexiones acerca de un par de cosas. La primera es que no eres la única. Como tú, todas hemos tenido en algún momento de nuestra vida que tirar de tiritas para recomponer el corazón.
La segunda es que no estás sola. Tienes a tu familia, a tus amigos, y a miles de vidas paralelas que aún esperan encontrarte en sus caminos. Porque estoy segura de que eres maravillosa.

Así que levanta esa sonrisa, vístela de fiesta y que la única sal que surque tu rostro sea la de los restos de un verano maravilloso.

Que amar se puede hacer siempre. Porque el amor está para eso, para hacerlo en cualquier circunstancia; pero reír, eso solo sale a base de ganas.



miércoles, 28 de septiembre de 2016

Girasoles y promesas

Y quería quedarse con aquella escena. La de la vida  de la pequeña inexperta como una auténtica diva de Hollywood. Cumpliendo la mayoría tan bien acompañada y feliz.
En noche de invierno cerrada, de febrero, en madrugada.

Aquella noche la vi sentirse desde allá arriba reina del mundo, con el corazón dividido.
Yo, soy de los pocos que pudo contemplar el brillo de sus ojos.
Yo, que en silencio, tenía la libertad y la osadía de amarla y amarrarla a mis días.

La vi quererlos, a los dos.
A cada uno a tiempo distinto, con formas diferentes.
Los vi a duelo de miradas.
Uno cargado con flores amarillas, y el otro, con  promesas de media vida.

Y ella aceptó las flores, sus preferidas. Como si aquello no tuviera mayores implicaciones que las de remover rescoldos de una antigua llama. Como si la cabeza no diera vueltas por si sola, y los corazones no nos delataran latiendo a destiempo.

Y en aquel momento, cuando todos la miraban sonreír. Yo lo miré a él. Al idiota que le prometía la vida, sin saber que siempre fue libre. Como en una boda de cuento, mirando al desgraciado que espera en un altar un si, quiero en forma de promesa. A pesar del rostro ensombrecido él fue el elegido. Él compartió todas sus horas, y quebró su cabeza en perseguirla incluso con tierra de por medio.

Y tiempo después, ella continúa libre. Las flores se desvanecieron, fueron derramando todos sus pétalos por la habitación, y las promesas se quedaron guardadas en un escalpelo acorazado sin recuerdos en su interior.

Y yo, sigo amarrando sus pestañas a mis días, haciéndome el loco. Creyendo no saber que su risa es mi punto débil y sus susurros, todos mis esquemas.


París desde tus ojos

Y volveré a aquel lugar al que una vez juré hacerlo.
Porque si. Porque me faltó verla erguida de noche, tan alta y tan torre, llena de luces y destellos, coronando la mal llamada ciudad del amor, desde el suelo.
Porque juré por Eiffel contemplar esa maravilla.

Porque prometí que aquella sensación de estar flotando la viviría de nuevo. Sólo que no con ellos, sino contigo de la mano.
Que recorreríamos juntos los Elíseos mientras la juventud de la noche nos llegara a los talones. Y que saldría la voz de la señorita Piaf cantándole al rosa de la vida, desde una ventana de un quinto piso.
Que nos esconderíamos en Moulin por desentonar demasiado, entre bambalinas.
Y saldríamos a bailar lento a algún garito del Barrio Latino.
Que iríamos a cenar a aquel bistro de la esquina para luego llegar a la otra punta, exhaustos, con las primeras luces de un nuevo día.

Prometí llegar al hotel más encantado entre tus brazos y dejarme hacer. Y que luego nos trajeran café y croissants a la cama, y volver a soñar entre besos y caricias.
Y tener cortinas, y poder dormir hasta pasadas las doce con tu aliento sobre el ángulo derecho que harían mi hombro y mi cabeza.
Y volver a exprimir la noche. Así todos los días restantes, hasta el vuelo de vuelta.

Porque ya vi París una vez. Pero era de día, y el sol brillaba. Y la vida se volvía más frenética que de costumbre. Y ya sabes que a mi, me desesperan las prisas.

Ahora la necesito a oscuras. Traviesa, alocada.
Ahora necesito ver París desde tus ojos.

(Anochece en París)

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Como fin último

Quizá haya llegado la hora de dejar de creer (de crecer).
Creer en las hadas, en los cuentos, en que las historias bonitas no terminan nunca.
Estamos en ese momento de nuestra vida efímera.
La era del escepticismo.
En 'el momento'.
Por definición: el momento es aquel en el que cada cual puede con todo. Actúa como una apisonadora humana y todo lo que sucede es bienvenido, sea bueno, malo o peor.
Estamos en ese momento de descubierta de los sentimientos fuertes.
Ese en que, si el amor llega, puede volverse infinito;
y si lo hace el odio, es irrevocable y devastador.

La era de los para siempre que se acaban,
la de los rotos sin descosidos- arrancados de cuajo,
la era de 'se ha terminado la espera'.

Ya nadie espera por nada,
ni por nadie.

Cada día que acaba se corona con un final, y un punto.
Cada día hay más ocasos prematuros.
Y las historias no se viven,
y los momentos pueden contarse con los dedos de una mano,
y la vida pasa, y pesa-.
Cada día los recuerdos importan menos, y el carpe diem desenfadado se lleva atado al cuello.
Un cuello que se cree libre, importante- un cuello en el que se puede dibujar un mapamundi a nuestro antojo que por mucho que queramos, no seremos capaces de completar.

Y mientras todo esto pasa, fuera, ellos han dejado de sonreírle a la felicidad.

Brangelina


La chica de la barra

Quisiera saber por qué a la chica de la barra le duele tanto echar de menos.
Por qué le escuecen los abrazos. Y la punta de una pistola le da más calor que el ultimo rayo del sol del verano.
Por qué no olvida aunque quiera, ni aunque se lo proponga.

Por qué llorará por ellos.
Por qué tiene sueños que saben a imposibles de limón, y siempre espera en ese rincón, junto al espejo.
Hasta que la madrugada canta las tres.
Como con esperanzas, como creyendo que fueran a volver por donde un día desaparecieron. Como teniendo la fe que le falta-hoy- al resto del mundo.

Por qué llorará por ellos.
Los que un día le prometieron llenar de coronas sus ondulados cabellos.
Y de los que hoy no queda más que un enero triste. Otro comienzo con sabor a fin.
Un verano que termina, para dar paso a un otoño vestido de frío.

Con tanta lluvia por el norte que camufla las muchas lágrimas que descansan en sus pestañas antes de caer al más oscuro de los abismos.
El de una vida llena de contrastes.
Una vida en la que puedes abandonarte en la mas bella de las tristezas, o querer hasta doler el mundo, sin poder moverlo, no más que la luna.
No más que el sol, egoísta, pidiendo que esta salga solo cuando él se vaya.
Para así no mirarle a los ojos, y no verle la cara.

(O Caldereiria 26, Compostela)


sábado, 17 de septiembre de 2016

Porque lo vemos todo demasiado difícil

El beso era lo fácil.
Lo difícil es eso. Estar ahí, a un centímetro.

A un centímetro de comernos la boca, de jugar con fuego.
A un centímetro de arriesgar y ganar.
Lo difícil, es quedarse después de la primera noche.
Lo difícil, es hacer vida juntos.
Y bailar pegados, y ser.

Lo difícil es respirar aire ajeno. Y que no nos importe nada.
Lo difícil es que nosotros veamos el lado fácil de las cosas y no le busquemos trescientos pies al gato.

Y luego está lo fácil, que siempre fue darnos la vuelta, evitarnos, no gritar a los cuatro vientos que los dos lo estamos deseando. 
Lo inevitable.
Luego está  lo fácil que es abrir los ojos sin ti al lado y con demasiado dolor de cabeza.
Luego está lo de no arriesgarnos por miedo a perder.
Que siempre fue más fácil.

                                                 (Un invierno en la playa)

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Carrera de la vida

Tener miedo.

Me confieso presa del miedo.
Miedo a que dejes de ser.
A desaparecer.
Tengo miedo a los cambios,
a la incertidumbre de qué me deparará
el futuro no tan lejano.

Miedo de mi, de mis decisiones.
Miedo de equivocarme,
de no hacer lo correcto.
De pensar mal, y acertar.
Miedo de pasarlo bien.

Tengo miedo de mi cabeza,
de mis recuerdos.
Es absurdo, pero le tengo
miedo al propio miedo.

Miedo de no volver a escuchar esa canción, a que se acabe el mundo demasiado pronto y no me pille bailando. Miedo a que mi mundo se desmorone antes de lo previsto. Miedo a enamorarme, a querer con ganas, a decir adiós.
Temo las despedidas. A no encontrarme en los ojos de que quien me mira.
Tengo miedo a sentirme bien, y mal.
Me da miedo sentir.
Tengo miedo al naranja intenso de los atardeceres. Porque eso significa que otro día se acaba.

Un día menos. Que en algunas vidas puede suponer una alegría, incluso un alivio. Pero en otras, una opresión en el pecho, una oportunidad menos, un paso más en una estúpida cuenta atrás.

Tengo miedo a descolgar el teléfono, llamarte y que no sea tu voz la que oigo al otro lado del auricular, a miles de kilómetros de mi estúpida sonrisa.
Tengo miedo a no arriesgar. A no decir te quiero en el momento indicado.
Y a que al decirlo, suene tan mal que sólo salga un adiós de tus labios.
Tengo miedo a echar de menos. A extrañar. A no saber dejar la mente en blanco.
Miedo a, si desapareces, no hacerlo contigo.

Pero he aprendido algo. Los miedos están para eso. Para superarlos.
Al fin y al cabo la vida es una carrera llena de miedos, que se yerguen como mismísimas barreras de  una carrera de obstáculos.
Y ahí estás tú, como siempre.
Esperas en la grada, animándome, a que empiece la carrera. Teniendo la certeza de que vaya a ganarla, sin que yo me lo crea.
Tres, dos, uno. Ya.

A ganarle la batalla al miedo.


Gádir

Sabedora de nada

No quise vivir toda mi vida en un recuerdo.
No quise que lo fueras, que te fueras.
No quería ser más que una fecha en tu memoria de la que, inevitablemente, no podías escapar cada vez que aparecía en cualquier numeración- tanto arábiga, como romana.

No quería convertirme en pasado, sino respirar tu presente, el nuestro.
Nunca quise ser una fotografía tomada a traición en el fondo de un cajón de tu escritorio.
Tampoco las miles de cosas que me dijiste- solo a mi- ni siquiera las que te dejaste por decir.

Nunca deseé ser una suerte en tu vida, ni convertirme en tu maldición.
No había pensado, hasta ahora, lo difícil que resulta que alguien desaparezca de tu vida.

Así. Sin darte cuenta. De la misma manera en que apareció.
La única diferencia que hay entre el principio y el final es que la trayectoria cambia.
Cambian esquemas, maneras, ilusiones. Cambias tú, y cambio yo. Pero el mundo nunca.

Resulta difícil porque nos hacemos muy rápido a la idea de que tenemos una vida más a nuestras espaldas, cuando contamos con el gozo de compartirla. Y luego, cuando todo se acaba. En ese lento periodo de penumbra, comienzas a imaginar la vida sin esa persona. Sin quererlo.

Al principio, parece imposible. Todas las cosas que se te antojaban tan cotidianas, vas a tener que dejar de hacerlas. De sentir lo mismo. Soy de las que piensan que no existen dos sentimientos iguales. Ni remotamente parecidos.

Y ahí estamos nosotros. Intentando luchar contra la fuerza de la naturaleza. Creyéndonos más héroes que nadie. Queriéndole cambiar los esquemas a la vida.
Sin saber que la vida siempre ha sido demasiado caprichosa.

Y The Fray suena, mientras la resignación a que la vida pueda ganar me maquilla la piel.- 'Never Say Never'
(Vejer de la Frontera  (Cádiz), Días de verano)

domingo, 21 de agosto de 2016

Santiaguiño

Y hoy amaneció gris.
Con lo que a mi me gustan los domingos, y amanece como na terriña.
Y eso hace que la extrañe aún más de lo que imaginaba.

Hoy no quiso entrar el sol por mi ventana.
Hoy no quiso despertarme, y optó por dejarme dormir cinco minutos más.
Creo que quería que siguiera soñando.

Y el día comienza con morriña, sin que dure la fiebre de sábado noche un domingo por la mañana.

Confieso que cada verano que vivo, se supera aún más.  Que las emociones se tornan gigantes y no sé parar molinos. Que de locuras, tengo la cabeza llena.

Creo que es porque he aprendido a vivir intenso (la clave, de sol del sur)

Suena 'Hey Daydreamer' de Neil Heilstead y mi corazón quiere contarlo.
Contar los días que quedan hasta que llegue septiembre; los días, para volver a pisar norte.
Quiero contar(los) días que quedan para volver a ver llover.

Que no todo sea perseguir gotas de agua en el cristal de mi ventana. Que también nos de por amar la vida y hacer lo que nos dicte el corazón.

Que nos de otro año más, por vivir.
Y aprendamos a volar.
Que las luces del teatro sean las últimas en apagar nuestra función.
Y seamos de los que sigan mirando cada mañana las torres más altas de la catedral.

(Compostela)

Cierra los ojos

No sé- puede que a lo que realmente tenga miedo, es a enfrentarme al blanco,
al vacío inmenso que se me presenta delante cuando no encuentro respuestas a tanta pregunta.
A pensar.
Y mientras mis ánimos decaen al ritmo de melancolías de cantautores- lejos- hay una vida que se apaga. Que no va a volver a encenderse, pero que siempre brillará junto a la luna desde hoy.
Algo más cerca hay dos que se pelean, porque quieren. No se dan cuenta de que cada minuto que se pierde no se recupera jamás, y que la ley del corazón es la de dolerse.
Y su doctrina, el querer (mal o bien).
Y al otro lado del mundo, se agarran al último aliento.
En Rio de Janeiro muchos rozan el oro, otros resoplan, para llegar a un último esfuerzo, a una meta impuesta o soñada. Y  están los últimos: los que lo consiguen, los que a base de esfuerzo  y trabajo obtienen algo por lo que ser reconocidos.
Otros, lo ven todo desde fuera. Desde la felicidad ficticia de lo compartido, desde no saber si existirá un mañana.

Estamos en el verano de dos mil dieciseis, según los expertos, uno de los más calurosos desde hace cientos de años. Pero hay quiénes siguen teniendo frío.
Que dicen que durante el verano, los polos se derriten, pero los nuestros hace tiempo que dejamos de disfrutarlos como simples helados.
Que tenemos en nuestras manos, las llaves del universo.

Sigo teniendo miedo. Mucho. Porque soy consciente que hemos entrado a jugar con la vida al escondite.
Y en ello, ella siempre fue la experta.
Que no gana quien pierde, gana al último al que se encuentra.

(Amanece en Conil de la Frontera)

Cuánto dura un recuerdo

Aparecerte.
De la nada, siendo todo.
Aparecer para cortar respiraciones, disminuir distancias y reavivar recuerdos.
Olvidar olvidos; hacer como si no existieran, solo durante las milésimas de segundo que dura un saludo.
Despedirte, despedirnos.
Pero no volver la vista atrás.
Aunque duela,
Aunque el corazón grite, y el alma arañe.
No volver aunque el que me lo pida seas tú, ni mirándome a los ojos.
Aparecerte en sueños, en ilusiones, en salidas del sol a rastras, cada mañana por la ventana de mi habitación.
Pero no, esto no siempre será sur.
Allá por casa, sigue lloviendo.
Y tú no vuelves.
Y yo no miro atrás.

























Rincones de Málaga

lunes, 1 de agosto de 2016

Segunda estrella a la derecha.

¿Crees que para mi ha sido fácil? Respóndeme.
Tan sólo quería hablar contigo. Mirándote a los ojos. Sin pantallas de por medio, ni malditas distancias.

¿Crees que no han sangrado las heridas contra todo pronóstico?¿que no duele?
Quema.

Lo difícil de sentirse perdida un único instante de tu tiempo, de sentirte lejos, es que eso puede disparar el ritmo de las vidas de los que te rodean.
Corren el riesgo de querer romper con todo, y con nada.
Querer seguir siendo y dejar de ser. Seguir queriendo y querer odiarlo.
Corren el riesgo de querer evitar el dolor.

Sentirte perdida lo único que me provocó fue un periodo frenético de vida intensa, sin frenos, para evitar pensar en ti.
Lo reconozco: lo he evitado;
te he evitado.
Pero no conscientemente. Sólo me salió así.
Me salió a flote el frío invierno, y me agarré a sus copos nevados en pleno verano.

Nunca te fuiste, y si te soy sincera, tampoco creo que vayas a hacerlo.

Desde que te conocí, desde aquella tarde de octubre, en que compartimos cuatro risas viendo un partido de fútbol, supe que ibas a quedarte.
No me arruines esa sabiduría, ni nos des por vencidas, por favor.

No necesito más 'lo siento', más palabras cariñosas- las palabras son sólo eso.
Sólo necesito que no te vayas, que te quedes conmigo.

Y a lo mejor me has echado de menos, pero lo mío fue el doble.
Que no quiero que una persona que solo me había regalado momentos maravillosos, se esfume así. Poco a poco- diciéndonos hoy tres, mañana dos (palabras).

Si vas a salir -si quieres hacerlo-, que sea por la puerta grande.

Tu juegas a extrañar con Ed.. Pero yo no quiero llorar más, así que lo intento con Dani Martín.
Aunque en realidad, valdría cualquiera. Los hemos compartido todos. A cualquier hora del día.

T e   e s p e r o.





domingo, 31 de julio de 2016

Por el último día del resto de mi vida

No recuerdo cuanto tiempo pasé pensando sobre la arena. Ni soñando despierta.
En aquella playa siempre habia perdido el sentido de las horas. Los minutos a veces volaban, pero otras- en silencio- eran eternos.
Ya iba siendo hora de despedirse. Y entendí las palabras que por aquel entonces me susurraron sobre el odio y la aversión hacia las despedidas.
Y recuerdo que juré no haber vivido mejor comienzo de verano que el de aquel año. Después de un año que había querido acabar conmigo por el norte; el sur me había recibido con la mejor de sus sonrisas y con miles de vidas con las que cruzarme. Algunas de ellas venían con garantía (garantía de que iban a durar siempre).

Recuerdo que hundí los pies en la arena.
Aquellos granos con complejo harinoso que amenazaban con no soltarse nunca de los dedos de mis pies.
Que miré de frente a mi presente. A mis dudas, y les planté cara.
Que me desvelé con el pasado.
Y me cuestioné qué sería de mi vida las horas próximas.
Y que nada, en absoluto, era lo que parecía.
No recuerdo haber visto unos colores más vivos que aquel treinta de julio contemplando la puesta de sol. La última.
Ni un deseo más ansiado, colgado sobre mi cuello en forma de gargantilla.

Era cierto que algunos podían pensar que era una nimiedad, que los colores podían conseguirse con simples mezclas y había cosas más importantes, que el tiempo era inútil perderlo.
Pero para mi, observar aquello con mis propios ojos, y tener el privilegio de compartirlo con los míos era la definición de felicidad.

Luego podían venir muchas noches de fiesta, muchos bailes e infinitos pies de repuesto, pero aún no había experimentado nada como aquel pequeño instante de felicidad que guardo en mi memoria.


lunes, 11 de julio de 2016

Imprescindible

La primera vez que te vi no supe pensar en nada.
Eras un paisano más, perdido en tierra de nadie, que habías venido persiguiendo un sueño, y eso se merecía, como mínimo, mi admiración. Y me diste más motivos para pisotear fuerte eso que dicen de que Málaga y Sevilla se odian a muerte.
Luego, a lo largo de una sola noche, y junto con los demás, os ganasteis mi cariño. A pulso.
La gente, la que no te conoce, puede pensar que no eres más que una percha, una cara bonita, todo eso en unos kilos de arte.

Pero yo, ahora que tengo el gusto, la risa y el privilegio de conocerte, aseguro que no saben bien lo equivocados que estuvieron si alguna vez lo pensaron.
Te digo, y sabes bien que me gusta ponerme tonta cuando escribo, que eres todo corazón.
Y que ha llegado la hora de darle de nuevo las gracias a Compostela porque contigo, con vosotros, me llegó otro regalo más.
Espero que como mínimo queden cuatro años compartiendo vida, antes de que nosotros le tomemos el pelo a ella.
Que queden muchos momentos, y cada cual más único. Que sigan lloviendo goteras, y abriles de feria, agobios de biblioteca y por supuesto noches de fiesta.
Que busquemos sol inexistente por las cuatro esquinas de cada piedra.

Estoy segura de que esto, no es más que un bache en el camino. Un bache de los que a ti te gustan, de los que agarras fuerte y derrapas en las curvas.
Y que sepas, que yo, como todos los que te quieren, vamos a estar delante y detrás. Siempre.

En muy poco tiempo te has convertido en uno de esos imprescindibles de la vida. Y ojo, como decidas escaparte.
Necesitaba decírtelo, para luego meterme contigo tranquila
Va por ti, sevillano.

miércoles, 22 de junio de 2016

Acércate descalzo

Llega la noche, y con ella tus miedos.
Todos.
El de no saber empezar, el de olvidar.
El de terminarte.
Terminarte durmiendo, terminar soñando, terminar(nos).
El miedo a no aprender a volar lo suficientemente alto.
El miedo a ahogarte.
El miedo a estar cerca de mi.
El miedo a perderme.

Ese es mi preferido, permite que te lo diga.
Me gusta que le tengas miedo al vacío de mi.
Me enseña que significo algo.

Vuélvete.
Vuélvete y te cuento los lunares.
Cierra los ojos fuerte, y no te vayas lejos,
que me quedan muchas estaciones por verte.

Que me ha llamado la noche, de tarde.
Confesó que nos tenía ganas, así que no vamos a darle motivos.

Vuélvete y divido tus sonrisas, que hoy vamos a llevarnos bien,
Que vamos a dejar de lado las diferencias
y vamos a comer mundo, sin modales y de frente.

¿Ya te has dado la vuelta?
Voy a contarlos.
Por ti, por mi, por mis compañeros
y las noches que prometimos.
Por cada estrella que no llegamos a ver,
porque las luces de neón lo cubrían todo.

Luego, más tarde
cuando al fin termine de unir puntos,
de modelar cordilleras en tu espalda,
seremos nosotros.

Es lo que mejor se nos da de esta
historia.















("Closer"- Natalie Portman, Clive Owen)

martes, 21 de junio de 2016

'I love London - Crystal Fighters'

Y pararte a mirar en una línea de metro las vidas que confluyen en la siguiente parada.
E imaginarte todos los que compartirán contigo la vista hacia un mapa, una puerta de salida- o de entrada.
Pensar en cuantas personas a lo largo de 24h pueden sentarse en el mismo sitio en el que ibas de madrugada. El mismo sitio, pero a distinto tiempo- a des(tiempo).

Intentar adivinar el ritmo de la vida.
Y querer visualizarla a cámara lenta.
Sin siguientes paradas, sin claustrofobia, sin prisas, sin botones, sin mapas por puntos, sin controles.
Querer perderte, para encontrarte.

¿Cómo puedes sentirte sola en una ciudad con ocho millones y pico de habitantes?
¿Cómo te sientes cuando experimentas esas sensaciones?
Vacía. Fuera de lugar. Mucho más lejos de las fronteras de lo desconocido.
'Es como estar en un universo paralelo'
Al menos yo.
Lo he experimentado.
Es una soledad distinta.
Caminas junto a millones de pies y sientes que no notan tu presencia. Que puedes plantearte hacer el ridículo más espantoso porque no te mirarán. Ni una sola vez.

La capital londinense no deja de sorprenderme cada vez que vuelvo a pisarla.
Han sido cuatro días de viaje frenético. En los que el tiempo ha pasado lento y rápido.
Cuatro días que han dado  para mucho, pero me quedo con el recuerdo de un atardecer de sábado, un 18 de junio. Y lo guardo como una de las experiencias más maravillosas que he tenido el placer de compartir: Verlos a ellos.
Chris Martin y sus chicos. Coldplay.
Se hicieron esperar, pero mereció la pena cada segundo, cada minuto y cada hora por ver lo que presencié. Por vivir lo que viví, y de la manera en que lo hice.
No puedo hacerles justicia con mis palabras aunque lo intente.
Fueron dos horas de acorde tras acorde. Una melodía llevaba a otra hasta que conseguimos unirnos cerca de cien mil voces, y sus luces para acompañarlos.

Entonces Chris nos regaló su risa. Fue la más sincera de todas.

Como todo lo bueno, el concierto llegó a su fin. Y con él, llegaba la separación de miles de vidas compartidas en ese instante. Muchos hablarían de aquel concierto en días venideros. Y de todos los demás.
Otros se quedarían con la energía que transmitieron.
Pero yo me quedo con la magia. Magia fue lo que descubrí aquella tarde-noche en Wembley.
Me quedo con ella y la sensación de felicidad en la que flotaba cuando salí.

De Londres he regresado con el corazón dividido.
Me gustan sus aires de grandeza, su gente, su eterna manía de ir en contra del mundo (al contrario de todos), me gustan los músicos del metro, la guardia real,  me encanta Candem, y adoraría cruzar ese andén nueve y tres cuarto desde King Cross cada septiembre. Adoro saber que realmente no puedo perderme aunque quiera.

Pero odio sus prisas. Prisas por llegar, por terminar, por comer. Prisas por vivir. Pienso que las prisas arrastran los pies, te comen el día y no te dejan tiempo para disfrutar de las pequeñas cosas.





(Coldplay en Wembley, 18 de junio)


jueves, 9 de junio de 2016

Gastas ganas

(Maxwell Jury)

Lo escucho como sintiéndome un poco más alejada del mundo, de los problemas.
Si no nos enfadáramos, no me entrarían ganas de vivir en concierto.

Deberíamos enfadarnos menos.
Hace poco leí que hacían falta muchos más músculos para fruncir el ceño que para sonreír.
También descargar la ira contenida sobre algo o alguien- aunque relaje- consume muchas energías.

Max Jury es mi confidente cuando a ti te da por desaparecer.

Quisiera calzarme los tacones esta noche y sentirme brillo de luna.
Sentarme en un banco en  mitad de la calle y reír a carcajadas.
Hundir los pies en la arena.
Quisiera volver a cubrirme los ojos con las manos,
y que al retirarlas estuviera tu sonrisa.

Pero si no. Si todo fuera tan fácil.
Si las peleas no fuesen motor, ley y orden,
Tú no serías tú, 
y no te habrías enamorado de mi.

No nos enfadaríamos nunca, la vida sería aburrida.
Y no habríamos llegado a ser.

Así que moléstate conmigo las veces que lo necesites, si prometes traer de vuelta tu sonrisa y que esto continúe siendo un cambio continuo.

Sonreír al vacío

Y sin venir a cuento.
Contigo en mi cabeza, me han llovido todos los buenos momentos.
Me han entrado unas ganas locas de bailar. De comenzar el día temprano, y tirar de las sábanas al sol, para que se despierte de una vez, y abra la veda.

Estamos exprimiendo la primavera, tensando la cuerda que pone sus límites.
Pol quiere reventar los altavoces de mi portátil y me invita a ser amante de las cosas imposibles.

Ahora mismo mi corazón se ha colocado en la salida. Se revuelve nervioso mirando fijamente la línea a rayas.
Esperando el tiro, preparado para correr, dos maratones, una carrera de obstáculos, y regresar contigo a cuestas. Me ha dicho que puede. Que lo va a hacer el solo, que tenga fe y confíe.
Es cierto que debo darle manga ancha, aunque en esto del querer ninguno podemos pecar de expertos.

El verano se hace de rogar, pero el calor, 
por el sur, ya hace tiempo que se quedó a vivir.

Y de nuevo, quiero convertirme en la sirena del mar muerto a la que canta Pol. Siempre quise ser sirena. Adoraba tanto el mar, que se me hacía imposible imaginarme fuera de él.

Hacía tiempo que no sonreía por nada, que me costaba ser feliz. Pero hoy no. Ella está un poco más lejos, pero nunca creí en el imposible de no volver a verla.
Solo cuatro meses, y parece que pasó una vida. Pero por ti, abuela.
Hoy sonrío por ti.



martes, 7 de junio de 2016

Mi seguro de vida














Los días pasan demasiado rápido.
Y las noches son...curiosas.

Lo curioso de esas noches,
en las que tanto presumí disfrutar,
es el maldito momento en que más te recuerdo.

Y ya no, no disfruto,
sólo duelo.
También sueño;
aunque esto último ni si quiera  lo recuerdo.

No quedan estrellas que no rememoren
qué pudimos haber hecho
para salir ilesos,
para no ahogarnos, ni caernos.

Se acerca el verano y sé, que será estupendo.
Aunque no termine de serlo sin ti.
Verano.

Porque en aquella despedida te llevaste
algo de mi contigo.
Y no termino de encontrarme.

Soñé que éramos la solución que tanto necesitaba el mundo.
La solución al ruido de las puertas,
la solución al crujir de mis pestañas,
y al dormir de tus aceras.
La solución a uno y a todos los problemas.

Pero olvidé que de los sueños, uno siempre despierta.

Y por más que quiera no se me borran
los recuerdos de tus palabras:
aquel espero que estés segura.

¿Segura? ¿De qué, exactamente?

Segura de no quererte, de querer más
de extrañarte mal.

Segura del cómo diablos te va,
segura de la distancia.

Sentirme segura de que si esto no es amor,
no tengo cómo llamarlo.

Segura de que en la próxima luna
quiero que bailes conmigo.

Estoy segura de ser insegura,
de serlo mucho.
Insegura de mi.

martes, 31 de mayo de 2016

La intensidad del dolor será directamente proporcional a tu implicación emocional

A base de darme fuerte contra un muro he aprendido que no podemos depender de las personas. Es triste, pero es así.
Ni intentarlo.
Grábate bien hondo eso de "depende de ti" porque va a ser tu ley a partir de ahora.
No depende de nadie más, que tu alrededor te afecte.
No depende de los demás que seas feliz.
Tu eres el que da el pistoletazo de salida en la carrera de la vida- de la tuya.
Los demás pueden ponerte obstáculos, adelantarte o quedar detrás.
Pero una vez que llegues, tu puesto es solo tuyo. Y eso depende enteramente de ti.

Será que estoy acostumbrada a sentir con la gente y por eso cuando llegan los jarros de agua fría me cogen siempre de espaldas y bailando. Pero esta vez, decir que me cogió desprevenida es quedarse muy corto.


Dime cómo hago ahora para borrarlo todo.
Quisiera tener a mi alcance ese botón. Un resorte que haga volvernos a conocer, a reencontrarnos por primera vez y dejar de ser. Ni empezar.
Miro las sonrisas, los momentos recopilados contigo, las cartas y seguidamente mis dedos  se desplazan hacia la herida. La has ido dibujando poco a poco. Y ahora escuece.
Dime qué canciones son las que tengo que escuchar ahora. Las de antes ya no m valen porque cometí el error de compartirlas contigo.

Y así, con cosas como esta, se me quitan las ganas. Me da miedo el futuro próximo, la incertidumbre. Me dan mido los cambios si eso significa que mi vida pase de 100 a cero sin tener un motivo justificado.
Y después de tanto, de todas las veces que me ha pasado, sigo tomándomelo igual de mal. No aprendo.

Quizá me quedaré con algo tuyo. Tus letras. Era lo bonito de seguir escribiendo cartas. El romanticismo de la espera, las ganas de recibir, de enviar.
Lo bonito era que sabíamos que estaríamos con un siempre, la una por la otra.
Pero acaba mayo, y sin quererlo, también esto.


sábado, 21 de mayo de 2016

Tatuado

Tenía el mundo tatuado en la piel.
Como si la tinta grabada le recordarse de donde venía, y que camino tenía que seguir.

Lo tenía tatuado en un rincón al que solo los sueños eran capaces de llegar.

Los sueños, y yo.
Hace unos días que me dejó descubrirlo.
Éramos los privilegiados que tenían conciencia de su locura imborrable.

Algunos decían que ella era la de las mariposas. Que la cabeza se le iba más de la cuenta, y que las risas estaban aseguradas, si eran a su lado.

Pero yo sabía que ella era la única que veía la parte perra de la vida. Que se había hecho a base de rotos y descosidos, y que el color intenso de su mirada, contrastaba a la perfección con su forma de guipar al cielo, en blanco y negro.

Decía que sabía apreciar la belleza monocromada, que así, se disfrutaba más el tiempo.
Cómo si difrutar el tiempo no fuese un misterio en si mismo.

Pero, para mi. El mayor misterio era ella.

Lo sigue siendo.
Ella y su curioso tatuaje. Que algunas mañanas te parece mar, otras, tormentas.
Pero cuando llega la noche, y la luna no sale, se convierte en la más absoluta de las tristezas.

En unas letras que no servirían para instrucciones, unas palabras que se clavan hondo y unos besos.
Unos besos que me los quedo para cuando ella ya no esté.
Para seguir recordándola tal y como la contemplo.

En camiseta, sin nada más. A lomos de la primavera. Y con el tatuaje asomando por el lateral de una de sus costillas.

El pelo le cae sobre los hombros.
Dice que lo tiene demasiado largo, pero a mi me gusta de todas las maneras.
Y trasteando en el cajón de la mesa, junto a la ventana.

El día gris, igual que el humo del incienso que descansa junto a la puerta.
Y yo, intentando dar a cada segundo, con el misterio que encierra.


miércoles, 18 de mayo de 2016

Resistente al olvido

Me gustaría ser tu resistencia al olvido permanente.
Como la primera vez que viste el mar.
¿Recuerdas?
Tendrías unos seis años, y siempre te habían contado cómo era,
pero tú ibas más allá. Necesitabas verlo.

Una buena mañana aprovechaste que estaba la abuela en casa,
le preguntaste si podíais ir de excursión.
"qué inocente" Pensaste.
Pero no, aquella señora tan bondadosa como entrañable quería que cumplieses tu sueño de niño.
Y tras dos horas de autobús, tus menudos pies pisaron al fin la tierra firme de tu nuevo paraíso.
-Este es nuestro secreto, ¿vale, abuelita?- Le susurraste al oído.- Mamá no puede saber nada.

Digo de ser tu resistencia al olvido como aquel recuerdo, porque sé que por mucho que ella falte, tú seguirás eligiendo siempre ese momento como vuestro, tu preferido.
Digo resistencia al olvido porque me niego a que me saques de tu memoria.

"Has entrado a formar parte de mi memoria implícita."
Me lo dijiste en domingo. Domingo tarde.
Ya sabes que esos días te lo permito todo y el mirador camufló tu confesión.
No me di cuenta hasta que llegué a casa de que esa era tu forma más bonita de decirme te quiero.
Fue al ver tu mensaje: "Memoria implícita, dícese de la memoria automática, de recuperación no intencional que resiste al olvido."
Y quise comerme a besos cada coordenada de tu perfecta geografía.

Porque, si me preguntases por qué te quiero, no sabría explicártelo, al menos con palabras.
Pero si me insistieras, terminaría por confesarte entre risas y bajito que te quiero por ser tú.

Porque ser tú implica tener el compañero perfecto de guerra de almohadas, que además se las da de pizzero amateur, y payaso en prácticas.
Ser tú implica iluminar tu vida, y las de los que te rodean con más intensidad que el sol del sur.
Ser tú significa continuar sin descanso, ver el lado fácil de las cosas y querer quedarse a vivir en cada parada de metro tras un beso rápido de despedida.
Ser tú son todas y cada una de las penas y alegrías que me trajeron tus brazos, abrazos y sonrisas.
Ser casa, tempestad y calma.

Ser tú no es hacerse viejo, es hacerse sabio y llamar a la experiencia amiga, pero seguir contando con el factor sorpresa.
Ser tú es ser yo contigo.

Y por eso te quiero.

("Before we go"- Chris Evans)

sábado, 14 de mayo de 2016

Desamor

Te has levantado melancólico.
Fin de Semana.
Y le das al contestador escuchando por enésima vez
su voz enlatada, tantos años después.

"Está sonando Thunderstrack en nuestro bar.
Hoy es noche de soltarnos el pelo y bailar.
Aprovecha, que está largo, 
y tu barba de tres días me trae de cabeza.
¿Vienes?
...
No conocemos frenos,
mientras yo canto subida a la barra,
tienes que hacer como que tocas la guitarra.
...
Nunca he sido de tenerme en cuenta,
siempre más de bromear.
Y contigo es tan fácil.
...
Siempre es AC/DC
pero, ¿y yo?
¿Nos vemos esta noche?"

Pero no la volviste a ver. Ni pisaste vuestro bar preferido de Madrid a las 3 de la mañana.
Te cuesta volver a aquel Thunderstrack,
tu barba peina canas,
y ya no te eclipsan sus piernas.

Noche cerrada de movida.
Entras por la puerta del garito de siempre.
Un par de cañas.
El día ha sido bastante intenso pero, te encanta tu trabajo.
Has aprendido a quererlo.
Un gran reto, teniendo en cuenta que sólo sabías quererla a ella.

Y te pones a pensar en la vida.
Dos hijos maravillosos.
Pero al amor no le diste oportunidad alguna.

Prometiste que seríais los dos.
Aunque te olvidaste.
No recordaste que a las promesas
se las llevaba el viento de la primavera.

Piensas en tu Thunderstrack, en los miles de mensajes que te dejó en el contestador y que tú nunca devolviste. Por miedo.
Y decides que ahora o nunca.
Que vas a llamarla.

Aunque se enamorase de otro,
aunque tú hubieras vivido hasta ahora dando tumbos
con dos balas más en la recamara.

Quieres vivir el ahora:
echando-más de la cuenta- de menos tus locos 20,
de más a alguna rubia que te recuerde a ella y
con los únicos que te quedan: los colegas.
Quién iba a decirte que la vida te trataría tan bien pero que te haría sentir tan sólo.
A eso sabía el desamor cuando te dijo entre lágrimas 'algún día llamará a tu puerta.'

La llamas y tras dos pitidos, descuelga.
Le dices de repetir el dúo una última noche.
Después ya veréis que pasa.

Adivinas su sonrisa, y te dice que te des la vuelta.


A R.F.




domingo, 8 de mayo de 2016

Recuerdo

Re cuerdo.
Cuerdo.

No estamos cuerdos.
Me he dado cuenta de que sólo los locos olvidamos.
Que tenemos el privilegio de borrar de distintas formas lo que una vez nos hizo daño. De que no guardamos copia de seguridad.
Los locos escribimos, como terapia, para dejar escapar un poco de nuestra locura, y sentirnos bien con nosotros mismos.
Aunque siempre quede una huella difuminada por la espuma del mar. Nuestra seña, nuestra identidad.

Los locos somos capaces de jugar sin pensar en las consecuencias, de tocar el fuego sin quemarnos, de querer más cuanto menos nos dan.
Somos locos de remate, de jaque.
Somos una torre que se tira por un God save the Queen, el peón que se sacrifica para proteger a su rey, y el caballo astuto que recorre tres pasos y retrocede dos. Saber retroceder a tiempo no es de cobardes.

Locos, los que Roxette les parece una buena opción para la nostalgia del domingo.
Los que amamos los domingos.
Los locos somos los que pisamos solo un tipo de baldosas sobre las aceras, o las blancas o las negras- y al mismo tiempo adoramos el gris como estado, sobre el cielo.

Los locos somos los que damos vueltas a la cabeza, paseando los olvidos de madrugada. Los que bailamos y reímos sin importar el porqué.

Somos locos si, contra todo pronóstico, contra toda inclemencia del tiempo, seguimos adelante- nos hacemos los cuerdos.


(A walk to remember- Shane West, Mandy Moore)

miércoles, 4 de mayo de 2016

Equinoccio

Y llega una ráfaga de viento frío. Demasiado para la tímida primavera que nos estaba dejando el abril.
El viento apaga las velas que encendimos anoche, y la esperanza.
El viento te llevó consigo.
Y la habitación se ha quedado vacía. Un vacío desolador que nadie podrá volver a llenar porque, entre quien entre, no serás tú.

Perdona por haberme enterado tarde y así, perdona por no haberte conocido más y que me duelas tanto. Perdóname tú, que puedes.
Que tu risa y tu alegría seguirán llenando de naranjas los atardeceres. Que por ti, tenemos que disfrutar ahora de las cosas buenas el doble.

Perdóname porque yo nunca podré perdonarme no haber estado ahí cuando ella me necesitó.
Y ahora es tarde, y sé que ella es fuerte, y que sabe vivir con más peso que ninguno sobre los hombros. Que se encargará que alegrarle los días para que a ellos les cueste vivir un poco menos.
Creo que lo de estar a su lado, lo necesito yo más que ella.

Y con el corazón desgarrado, con los sueños de madrugadas altas-sabor a sal de lágrimas-te deseo el mejor de los vuelos por ahí arriba.
Cuídalos mucho, y recuerda.
Que no te roben la sonrisa.


A S., esté donde quiera que esté



lunes, 2 de mayo de 2016

Mamá

Me gusta mucho dar las gracias. Pienso que es una palabra que, al menos para mí, tiene mucho significado.
Una palabra que se me escapa cada dos por tres. Y a ti te la digo poco.
Sencillamente hay sentimientos que no sé describir. Nunca me planteé ponerle palabras  a lo que siento por ti.
Pero creo que podría empezar por un gracias.
Gracias por haberme enseñado a leer, a dibujar, a jugar, a sonreír, por las tardes de barbies y de muñecas.

Gracias por todas las noches que robé tu sueño, por preocuparte, aunque no hiciera falta.
Gracias hacerme ver que todo problema tiene su solución, solo hay que encontrarla.
Por los mejores desayunos, por las mejores comidas de cumpleaños, por las charlas interminables, por los domingos al sol, por el cariño que siempre has puesto en todo.
Gracias por animarme a seguir, un poco más, por muchas toallas que me apetezca tirar al día. Por hacerme ver que puedo, y que los imposibles existen en según que cabezas.

Gracias porque, sabes hacer algo que a día de hoy no le he visto hacer a nadie: estar a mi lado, y al mismo tiempo a mil kilómetros de mi.
Gracias por tener ese don de la ubicuidad para que te sienta cerca. Gracias por tener tu corazón inmenso dividido en cinco partes, y aún así querernos al cien por cien a cada uno.
Gracias por ser mi superheroína favorita y multiplicar el tiempo para que todo pueda hacerse en un solo día. Gracias por ser como eres, aunque estés triste, cansada o harta. Gracias por tirar de todo y de todos siempre. Por ser madre 25 de las 24h que tiene un día, cada día de los 365 desde aquel 24 de febrero.

Como digo, esto es solo una pequeña parte del lugar que ocupas en mi vida. Y que me es imposible ponerle voz. Pero eso, que te quiero- desde el día que vi la luz.

Gracias por darme la vida, mamá.




sábado, 30 de abril de 2016

Evanescente

Se fue.

Desapareció de las miles de vida que tocaba con su arte cada día, sin dejar rastro, sin un último mensaje de contestador. Sin decir que iba irse, aunque sospecho que lo sabía. Que su estúpida brújula ya le había marcado el destino.

Se fue tras una bonita despedida. Tras miles de mensajes pegados de distinta manera en las paredes de mi habitación.
Y por más que busco, no consigo encontrar aquello que propició su marcha inevitable. Lo que la hiciera desaparecer.

Los mensajes, más que un adiós inminente, desprendían un 'voy a quedarme junto a ti el resto de mis días'.
Esto me hace cuestionarme si por algún motivo, desconocido para mi, le quedan días.
Y el corazón se me encoge.
¿Cómo no van a quedarle días si rezuma juventud por todas las esquinas de su sonrisa?

Algo estás haciendo mal, entonces-me digo. Puede que seas tú, que has cambiado. Puede que ya no la veas con los mismos ojos, y pienses que se aleja. Pero te sientes igual.

Decides que vas a dejar pasar el tiempo. Que, por una vez, se merece que lo dejes hacer y deshacer a su antojo.
Y la única solución provisional que dilucida tu cabeza es dejar la puerta entreabierta.
Entreabierta-para ver si ella regresa, si deja sus rarezas paseando por Madrid y vuelve con un montón de nostalgia.
Dejando la puerta entreabierta también invitas, sin quererlo, a pasar al tiempo.
Que pase, que se siente, y eche la tarde.
Que corran las horas.
Que tú hoy no vas a decidir nada.


jueves, 28 de abril de 2016

El graduado

El semáforo parpadea en ámbar y yo no quiero que cambie.
Bely canta  a ella baila sola. Siempre me apetece llorar esa canción en la que preguntamos si echarlo a suerte. Confiar en la suerte. Llegar hasta el punto de cederle tu camino y cumplir todas sus órdenes como si fueras un mando más.
Ámbar. Quiero que siga esa incertidumbre, ese "todo puede pasar" en el que reina el caos durante unos instantes. Que todos podamos cruzar y parar a nuestro antojo. Quiero que seamos de nadie.

La luna no quiere salir, aunque le avisamos que quemaríamos la ciudad.
El sol se resiste también a marcharse. A dejarnos del todo.

Y yo.
Yo no quiero sacarte de mi cabeza. Lo intenté pero me convertí en un daño colateral de tu vida. ¿Puedes sacarlos de mi vida? ¿Sacarme?
Has provocado un seísmo de nivel nueve en la escala Ritcher y ya no queda mucho que aprovechar, por decir nada. Sólo sé que estoy en el mismo sitio donde me dejaste, pero sin mirar al mar. Es el único que me reprocha las lágrimas y no quiero que me vea llorar.

Y de lejos, la noria quiere terminar de vestir de luces. Ajena a todo, ilusa, busca vivir su carrera rítmica y efímera a contrarreloj. Quisiera ser ella.
Quisiera que el limbo en el que me siento tan extraña como vacía tuviera sentido.
Quisiera que las cosas me importaran menos, que no fuera tan fácil hacerme daño.

Ayer vi que hay luz detrás del túnel, que todo tiene un final. Si me espera un final, por favor, que sea como ese. Que sea un final en el que me de la vuelta, y vea que el pasado maravilloso queda atrás y que vivo como me encanta, en gerundio-viviendo.

Ayer me di cuenta de que la vida tiene el sentido que queramos darle.
Que la suerte, no es más que una cara de la moneda, una broma en el camino, que a veces se puede convertir en piedra. Ayer comprobé que tú historia, la nuestra, la escribimos nosotros. Sé que tu prefieres el teclado, pero yo, hasta que llegue mi ansiado final, voy a seguir manchándome el anular de la mano izquierda de tinta azul.



miércoles, 27 de abril de 2016

Que no me roben el abril



Leer 'un invierno sin sol'
Y querer quedarme a vivir en cada rincón de su cabeza.

Y escuchar entonces los versos de Escandar en la mía. Gracias Artista.
Y querer ser yo la tinta de todos los besos que dio y los que le quedan.
Y sentirme pequeña, y a la vez inmensa.

Y no perder de vista el horizonte, ni bajo la lluvia.
Y bailar la lluvia, danzarla y susurrarle al oído lo bonita que esta cuando sale de fiesta.

Pero, no. Ahora no estoy visible. No disponible.
Llamémoslo ausente.

Ausente de toda soledad quebrada, distante de cualquier distancia y al otro lado de la fe, ahora apagada.
Lejana a cualquier cosquilleo que suponga mirar más allá de estas páginas.

Al fin y al cabo, la vida es eso ¿no? Levantarse tras la caída, sin saber si caíste bien, o solo caíste.

La vida es un leer entre líneas: líneas de periódicos, de libros, de revistas, líneas de poesía, de metro, de etiqueta y de expresión.

No me saquéis aún, que me quedan unas líneas por leer.
No me llevéis, que me quedo a vivir.
Y aquí, entre cuatro paredes dispuestas de la forma más desordenada, soy feliz.