sábado, 1 de noviembre de 2014

Año nuevo, Nueva Delhi

Dicen que estoy loca, pero me apetecía. Quería sentirme viva. Vine a embarcarme en la mayor aventura de mi vida.
Aquella noche le daba vueltas, quería ver las estrellas desde otro punto de vista. Subí al balcón, desde allí no las veía. Y entonces tuve una idea.
¿Por qué no? Porque ahora que puedo y soy joven, ahora que estoy viva y aunque sonase a tópico sentí que era mi día. Algo en mi interior me dijo que la encontraría.
Rebusqué en todos mis recuerdos hasta dar con lo esencial y necesario.
Cogí el último autobús cuando todo el mundo dormía y me propuse soñar despierta como tantas otras veces. En una pequeña mochila llevaba un teléfono sin batería, veinte euros y un billete de ida.
Me subí a aquel avión. Nunca pensé que lo haría. Ventanilla, como siempre, y yo mirando las estrellas pero esta vez boca arriba.
Cuando, poco a poco, el avión subió más y más alto y se camufló entre las nubes de di cuenta de que viajábamos juntas, yo con las estrellas; las estrellas conmigo, a mi vera.
Tras doce interminables horas, mientras veía a Lorenzo despertar despuntando al alba, alcancé mi destino.


En mi cabeza sólo había una palabra: Diwali.
Todo, absolutamente todo a mi alrededor era alegría: las calles llenas de gente, cada persona encalanada, cada esquina decorada y otro día, como otros cientos antes que él, que llegaba a su fin. Recuerdo que pensé por un momento que no había lugar para la pobreza.


Aquella era nuestra, nuestra noche. Con ayuda del inglés conseguí el vestido más bonito que habían visto mis ojos. Era un sari de mil colores, tan ligero y delicado que al dármelo aquella señora tuve miedo de romperlo.
Conseguí un pequeño callejero y no paré hasta encontrar aquel pequeño encanto del que todo el mundo me había hablado, el hotel Marygold.
 Cogí un taxi en la avenida principal de aquella ciudad tan llena de vida, no sin antes llenar la memoria de mi vieja cámara analógica, la de mi abuelo.
Quería que aquello con lo que tuvieron mis ojos el placer de deleitarse fuera visto por el mundo entero. Necesité compartir aquel júbilo que se apoderaba de mi.
Allí el tiempo pasaba lento y la vida era un regalo de los dioses.
Me hice amiga de un pequeño botones del hotel- Ghuil se llamaba.
Era un jovencito de tez morena y mirada profunda que aprendió a hablar español en menos de una hora.
Entre risas y sonrisas me ayudó a arreglarme, me colocó el sari y me enseño una a una todas las tradiciones que debía usar en una fecha tan señalada.


También me dio un consejo con el que se me iluminó la cara, que no dejara de bailar en toda la noche.
Quiso saber que hacía yo allí. Fue entonces cuando le relaté mi historia.
Hacía muchos años que conocí a Kendra y necesitaba encontrarla. Cuando hube terminado, tras escucharme atentamente con el rostro serio y sereno, una sonrisa apareció enmarcada por sus labios. Fue una sonrisa que le llegó a los ojos.
-Pensé que vosotros no creíais en la vida. Te pareces a nuestro pueblo mas de lo que piensas.- Me susurró.
Aquella noche volvió a mi el presentimiento de que la encontraría. 
Paseé por las calles de Delhi. La zona más antigua y milenaria era maravillosa.
En una increíble explanada repleta de fuegos y velas, vislumbré a lo lejos las sombras de los elefantes, del viento.

Fui acercándome poco a poco. Eran tan bonitos... La buscaba a ella. Los miraba a todos a los ojos y todos parecían implorar que les deshiciera todas aquellas fruslerías para poder catar la libertad, pero ninguno me conocía.
Al final del camino, cuando estuve a punto de perder la esperanza, la vi a ella en el punto donde confluían los rayos de luna sobre una fuente de mármol inmensa. Era ella, tenía que serlo.
Tenía las mismas arrugas sobre la pata delantera izquierda y su oreja derecha seguía igual de caída.
Habían pasado los años pero estaba exactamente igual.


-¡Kendra!- Grité emocionada.
La pequeña elefanta hindú se dio la vuelta y abrió mucho los ojos acercándose a mi.
No soy capaz ahora de describir realmente todo lo que sentí en aquel momento. Hay cosas que sencillamente no se pueden explicar con palabras.
Me fundí en un abrazo con ella. Era todo cuanto habíamos necesitado.
Aquella noche no dejamos de bailar. Veía las risas de los niños, que divertidos, disfrutaban a mi alrededor. Las velas eran eternas, de esas que no se apagaban nunca.


Las  estrellas nos tuvieron envidia desde lo alto mientras alzábamos las vengalas de colores.
Y el sol fue saliendo poco a poco. A golpe de ilusión.
Ella y yo no nos perdimos de vista en toda la noche y nos pilló el amanecer.
Bendito Diwali, bendita vida.
Nos pilló el amanecer bailando.


jueves, 30 de octubre de 2014

Carta de un loco, al amanecer de un ocaso

No sé a quien le hablo. No sé si le hablo al aire, al mar o tan siquiera si tú, si vosotros, me estáis escuchando.
Solo sé que no sé nada, sólo sé esa frase, que me enseñaron cuando el tiempo nunca pasaba.
Sólo quiero hablar con ella, pero ella no quiere escucharme. Y duele. Duele tan dentro que intentas en vano buscar el mecanismo que frena tus pasos, una cuerda para pararte en seco, una batería gastada, para no seguir viviendo. Para no seguir.
Lo peor de todo es encontrar su rostro y saber que sigues respirando. Mirar a la cordura a los ojos inmerso en tanta locura.


Dile a la puesta de sol que me espere, que no se vaya todavía. Dile que me queda poco para llegar y que voy en el tren de la vida, que si se para y respira, más tarde me lo podrá contar.
Dile que cuando un manto de colores intensos esté tejiéndose en ella, no se los quite, que los deje ver a las estrellas, y que a la luna la evite.
Dile a la puesta de sol que voy ya, que si quiere que le lleve algo o le basta con el mar.
Dile que para cuando duerma, ya la podré abrazar, que esta noche duermo con ella y que me quiero quedar. Dile que hace ya tiempo que destapé mis ojos para ver los suyos, tan profundos.


No le digas lo que hice, que la dejé llorando en una alcoba. No le digas que no se me ocurrió echarla de menos hasta ahora; tampoco, que las tristezas y las penas nunca vienen solas. No le digas que la distancia hace el olvido, si no que la llevo aquí conmigo. No le digas que me sacaste de aquel bar desarraigado. No le arranques las ilusiones como hicieron conmigo y deja que siga creyendo en la magia. Que si aún sigo respirando fue porque una vez la miré a los ojos.
Deja que piense que somos eternos. Deja que crea que puede comerse el mundo, y que con un poco de esfuerzo todo se consigue.

No se te olvide decirle que, a pesar de todo, la quiero.

O mejor, deja que se lo diga yo, que después de todo es verdad eso de que el amor es cosa de dos.


miércoles, 29 de octubre de 2014

Andrés

Salida concurrida de la facultad, hora de almorzar, tripas ruidosas.
Multitud de gente que avanza sin rumbo exacto pero sabiendo perfectamente hasta donde le llevaran sus  pies.
Pasillos con olor a vida, en los que las risas se pierden entre apuntes, prisas y agobios.
Fascinación por el motor de una vida, motivación. Es la que hace que recorran tantas cabezas los pasillos en las horas puntas.
Pero de pronto decides cambiar el rumbo, el camino y en vez de seguir el mismo itinerario de cada mañana, tomas las escaleras. De pronto mientras vuelves los ojos sin mirar nada en concreto lo ves y se te dispara el corazón. Respiras demasiado despacio para su ritmo frenético.
Andrés.
Comienzas a dar saltos de felicidad al darte cuenta de que le tienes delante, en un cartel,  con letras de gloria, una fecha. Su rostro entre bares y escenarios con esas melodías de corazón que tantas veces han acariciado tus oídos. Solo él. Él ha sabido entender con una sola guitarra la emoción de una vida. Ha sabido revolver tus pasos y poner tus nervios a flores y flores de tu piel.
Pasando por piedras y charcos, amaneceres en Santiago y otros tantos dieces de abril cuando te veía bailar flamenco.
Sientes que tan lejos, puede entenderte mejor que a pocos milímetros. Sientes que siendo un desconocido, te conoce demasiado bien, y desde siempre.
Gracias, Andrés, por bajar la luna y las estrellas para que seamos capaces de quemarnos por nosotros mismos.
Te deja atrás, con la felicidad de una pequeña que ha obtenido un merecido premio. Por fin va a verte, tan solo a seis caricias, para decirte que lo que quiere en media noche es una vida y media.
Y amanece.


"A Andrés Suárez, dueño de mis pasos de baile lentos"


martes, 21 de octubre de 2014

Norte


Me gusta pensar que vivimos en un mundo de casualidades.
Soy curiosa y adoro los detalles.
Normalmente, cuando voy andando por la calle, mi cabeza se imagina historias, intentando enlazar unas vidas y otras. Me gusta ver a ese pequeño corriendo, pensando en que quiere llegar antes a casa porque recordó que hoy regresaba su padre de un viaje. Me gusta contemplar el aspecto de la gente para intentar adivinar que tipo de vida lleva, si seríamos amigos, si se podría convertir en alguien imprescindible en mi vida.
Me vienen a la memoria personas que hace años que no veo, y sonrío, pensando que habrá sido de ellas; me pregunto con quién compartirán ahora esos momentos que antaño fueron tan nuestros.
Me intriga pensar a quien me encontraré en la esquina de la Rua Nova, donde el sonido de las gaitas a las tres te transporta completamente al medievo. Me sorprendo cada día al ver las caras de siempre y otras tantas que nunca volveré a ver.
En la otra de punta de casa, en el norte, la vida que se lleva es la misma, si bien con algo menos de temperatura y un poco más de agua. 
La gente sale a la calle, ríe, mira extraño o como si te conociesen de toda la vida.
Duermen, juegan, trabajan.
La vida santiaguesa fluye con todos nosotros a cuestas, sin prisa pero sin pausa.
El sol sale, disfruta la mañana y parte de la tarde para dejar paso a la luna que se engalana de estrellas.
La misma luna, los mismos cuentos cada noche, las mismas vidas que susurran que andan soñando la vida.

domingo, 19 de octubre de 2014

Más nos vale

"Más vale perder un minuto de la vida, que la vida en un minuto."

Frases de mañana, madrugadora, frases que escucha una de los labios de la experiencia en el asiento trece de un autobús de línea con destino rutina. Frases que escuchas cuando los cristales están empañados y llenos de ilusiones recorridas con un dedo.
Frases que hacen que tu cabeza de vueltas y tengas ganas de pensar mientras intentas aislarte del mundo con la ayuda de un par de auriculares.

Y qué le vamos a hacer si la experiencia tiene razón, si cada mañana al levantarnos queremos ver de nuevo la luz del sol. Que le hacemos si somos idiotas,  y no aprendemos, que le hacemos si nos gusta enamorarnos y sonreír.
Más vale un minuto de alegría, sesenta segundos de gloria, en los que trabajo y obligaciones quedan en un segundo plano, en los que una carcajada te llena de vida. Más vale eso, que decidir descansar una noche, bailar hasta reventar y no ser consciente de lo que la vida te da.
La vida puede ser egoista, puede ser mezquina, pero como todos alguna vez, la vida es vida, tiene sentimientos ilusiones, y hasta si sale se maquilla.


Somos demasiado locos para agarrarnos a la vida, para usar las salidas de emergencia y creer que el mundo es nuestro, así que perdamos juntos ese momento de nuestra vida.

Casi Ángeles

A la luz de la luna, aquella terminación quedaba perfectamente contorneada como vestigio de un tiempo pasado, entre su respiración y la octava costilla. Allá cuando los seres como nosotros fueron capaces de surcar cielos y mares, en tiempo de eras antiguas sin prisas ni carnavales.
Luz de luna serena y gitana que cantaba en balcones demasiado altos.
Luz que hizo de ese rincón de tu espalda fuera mi ocaso perfecto hasta caer en los brazos de Morfeo.


Restos de seres maravillosos, casi ángeles.
Como desde hace tiempo, los ángeles plagan el cielo, llenan la tierra. Todos somos ángeles, o al menos lo fuimos.
Bendita escápula, esquina de plata, que fuiste y siempre serás la prueba viviente de ello, de nuestro origen mítico y celestial.
Por eso aquella noche, cuando te vi de espaldas, cuando te vi estirar los brazos para abrazarme, y tu figura se dibujaba en el espejo, supe que no me equivocaba y que había encontrado a mi ángel de la guarda.
Por eso aquella noche pintaste una C junto a la A de tu nombre. Por eso fuimos felices.

Aura


 A cada hoja de cae con el viento fresco del otoño me da por recordar.
Recuerdo cada paso descalza cuando el sol de verano calentaba las piedras bajo mis pies.
Recuerdo el sonido del río en primavera, cuando los libros se amontonaban sobre la mesa y yo solo quería ver más flores pintar de colores el nuevo día.
Recuerdo de inviernos- Inviernos en sudadero, con ella.
Recuerdo las tardes de película, las risas y las llamadas interminables tan juntas y a la vez tan separadas.
Recuerdo ver llover por la ventana y recordarme que no era más que llanto de los ángeles.
Quiero recordar que después salía el sol, que se iba el invierno y llegaba él.
Llegaba el otoño, en gabardina, con una bufanda rodeando su esbelto cuello y miles de hojas secas para soplar con los labios de las nubes sobre tu nuca.
Recuerdo que estuve en todos los sitios y que luego él me abrazó.
Sol de otoño.

Amanecer bailando con cara de tontos- Susurraba  Pereza a mi oído.

viernes, 3 de octubre de 2014

Qué malo el recuerdo


Y despacio, dando vueltas y más vueltas en la cama, piensas en ella. Piensas en el maravilloso verano juntos, piensas en la vida, incluso en la muerte.
Piensas que podría haber sucedido si te hubieras atrevido a confesarlo todo antes de su marcha. Ahora sería distinto.
Lo importante es que seguís viviendo bajo el mismo cielo, que miráis las mismas estrellas cuando anochece y que ella también te echa de menos.
Debiste decirle lo que sentías a tiempo. Debiste ser sincero, por ti y por ella.
Es otra tarde de viernes, color plomizo. Tú intentas acostumbrarte a esta nueva rutina que ha empezado hace poco y ella no está contigo. Está lejos.
Crees que en cualquier momento puede olvidarse de ti, que conocerá a otros y se volverá a enamorar.
Es entonces cuando has decidido que es hora de tirar la toalla, de abandonar uno de tus queridos sueños. ¿Para qué? Has vuelto a preguntarte.
Pero lo que no te das cuenta es que quien no arriesga no gana. Que lo que estás haciendo es egoísta, y lo sabes.
Pero vuelves a dar otra vuelta en la cama y con ayuda de algo de música te quedas dormido de nuevo con ella en tu cabeza sin saberlo.

jueves, 2 de octubre de 2014

Kilómetros

Antes no hacía falta decirlo. El te quiero al oído de vez en cuando bastaba. Antes era diferente, más cerca y tan lejos.
Y es que hasta ahora no habéis entendido lo que significaba echar en falta, nunca había dado tiempo a experimentar ese sentimiento.
Ahora lo has entendido, el sentido de la palabra morriña. ahora que miras al cielo esperando ver su sonrisa, ahora que te levantas cada mañana pensando en el tiempo que falta para ese ansiado próximo beso.
Y es que ha sido él, con sus tonterías de niño pequeño y sus maravillosas buenas noches, el que te ha enseñado a necesitarle.
Es ahora cuando entiendes el verdadero sentido de cada te quiero, y cuando necesitas sus abrazos más que nunca.

a M.

Indiferente el cielo, le roba al suelo

De nuevo la vida golpea.
Esto llega con retraso, sin prisa, habiendo meditado y roto cada una de las conexiones neuronales que quedaban en tu cabeza. Lentamente y con saña.
Explícame, Ale. Si no te conocía, ¿por qué me dueles? ¿por qué miro tus ojos en una fotografía y me falta el aire?
No lo entiendo.
Solo sé que si con tan poco puedes remover tanto mi alma, es que eras especial, de los que ya no quedan.
Duele pensar que ahí arriba la toman con la gente buena, se los llevan para que no podamos disfrutar de vosotros, para que no seamos capaces de compartiros. 
Ale, esto no es una carta, no es una noticia, ni un mensaje de tristeza o compasión.
Esto es para desearte suerte, para decirte que de vez en cuando le escribas desde ahí arriba informando de que llegaste bien, para que los besos que te hemos mandado, te lleguen antes. Esto es para que los que llegaron hasta allí antes de ti te abracen.
Llevamos días que los ángeles no lloran, están secos.
Llevamos tiempo pensando que esto no puede ser casualidad, que las luces de la ciudad se mantengan siempre encendidas y que cada vez veamos más y más alas surcar el cielo.
Ya no me creo que no fueras tú.
Estoy segura de que ayer, cuando miré el cielo, te vi brillando a lo lejos.
Hasta siempre, nos vemos pronto.
Que te vaya bonito.


Todo acaba en agua salada

La suya fue una historia imposible.
De esas que llegan con el cálido aire del desierto y se marcha con el frío viento de los fiordos Noruegos. Una historia de velos, de secretos, de querer encontrarse sabiendo que nunca lo harían. Vivieron día a día, lo disfrutaron todo, se enamoraron con la mirada, con el aroma, simplemente se enamoraron. Siempre ojos verdes de por medio queriendo decir tanto.
Con el corazón partido, roto, resquebrajado, hecho harapos, Fátima perdió el habla en un grito desgarrador.
Con todo aquello terminó por mirar al amor de su vida, entre la sal de las lágrimas que corrían por sus mejillas, arrebatar el último aliento de golpe a alguien tan suyo. Con todo ello el odio explotó en su interior mientras contemplaba incrédula a parte de su sangre desaparecer  de su vida para siempre, Abdu.
Era con aquello con lo que se terminaba su vida. Dejó de sentir, dejó de latir…El alma se la llevó él con los dedos entrelazados, en un último beso, con su último abrazo.
Entonces llegó el momento de que los caminos de una vida se bifurcaran, las casualidades terminasen y el destino lo arrasara todo, para no dejar supervivientes.
Y tras el destino, el agua del mar, tan salada, iba inundando las últimas promesas inquebrantables.
"No me dejes nunca"- Susurró ella a su oído.


sábado, 20 de septiembre de 2014

Hermanos

Doce. Son las velas que hay en la foto que me han mandado esta mañana, esa en la que sale tu sonrisa de niño mayor en primer plano, esa que me dice que has crecido y que yo no me he dado cuenta. Esa vez que he escuchado al descolgar el teléfono que me enseña que después de todo, las cosas siguen como siempre.
El tiempo pasa tan rápido que asusta. Y solo hace falta distancia de por medio para valorar todo lo que tienes y lo que quieres.
Estás tan guapo. Y mayor, aunque a veces no lo parezca.
Parece que fue ayer cuando supe que iba a tener un hermanito. Fueron nueve meses interminables esperando para ver tu dulce carita. Y al fin llego ese día. Un 20 de septiembre, allá por el 2002.
Aquella noche, yo aún era una niña, me quedé con mamá para ayudarla contigo, para no perderme ni un segundo de tu maravillosa existencia.
Aunque nos peleemos, aunque parezca que no te soporte, aunque creas que me enfado muy rápido y que no se me pueda hablar a veces me gustaría que no se te olvidase nunca que siempre voy a estar a tu lado: por si no sabes a quien contarle algo, por si te enamoras, por si necesitas un abrazo o unas risas. Cuenta conmigo. Porque a día de hoy he de confesarte algo: eres uno de los pequeños tesoros que me ha dado la vida.
Feliz cumpleaños, el primero que no paso a tu lado; el primero que te siento lejos y a la vez tan cerca. Disfruta, viaja de vez en cuando al país de Nunca Jamás, que te falta poco para no poder regresar. Prométeme que vas a ser feliz, conmigo y sin mi.
Te quiero, enano.


   a G.

martes, 16 de septiembre de 2014

Dame un motivo y te diré por qué


Cómplices.
Adoro esa palabra. Nos define.
Intento adivinar cómo en esas ocho letras perfectamente ordenadas podemos caber nosotros.
"Somos dos, ¿para qué queremos más?" La música sigue sonando alta. Pereza. Nos miramos a los ojos y sonreímos. Nos gusta vivir.
¿Cuándo empieza realmente la complicidad entre dos personas?
Entre nosotros dos no sabría decirlo. Quizá fue el instante en que nos conocimos, o cuando me diste mi primer abrazo después de horas y horas hablando, cuando ya podíamos llamarnos amigos, a lo mejor fue tras esas primeras y sonoras risas, o con todos los bailes en compañía de la luna.
El caso es que sé que te quiero, y no duele querer. Nada.
Lo pasamos tan bien juntos que he llegado a pensar que esto de la complicidad es jodidamente perfecto. No terminamos de depender el uno del otro pero si nos importamos mutuamente.
Pienso más, intentando adivinar el momento.
Ahora caigo.
Aquel momento ha sido nuestro último abrazo, el beso de despedida. En ese momento hemos pasado a depender el uno del otro, a ser cómplices por completo.
Y como ya he dicho, me encanta, me encantas.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Numeros Cadinales

Sur.
Llegó la despedida. Llegó la tarde en que las luces del cielo tienen una pesadilla. Van desapareciendo poco a poco sin dejar rastro. La luna no sale, está de vacaciones, bailando hasta cansar unos pies que nunca tuvo. 
Aún es pronto y nunca es tarde. Todavía duele la distancia, todavía se siente.
La soledad amenaza con arreciar tu ventana como la lluvia matutina que ha despertado a Santiago.
Las nubes son magia, pretenden aislar el lugar, buscan marcar aún más las huellas de una vida, para luego borrarlas.
Fotografías. Ellas ayudan, recuerdan, ilusionan, esperanzan. Ellas son la pincelada de unos alegres buenos días.
Botas. Ellas protegen, ellas te ayudan a continuar el camino marcado.
Luego risas, y más risas. Si todo fuera por reír, por encontrarse, no existiría la tristeza.
Luego adiós. Hasta luego. Un gesto de una mano, un beso, un abrazo, un nos vemos pronto y ver alejarse a quien quieres sin volver la vista atrás deseando buena suerte.
Norte.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Nos vemos luego, Peterpana

Llamadme estúpida pero ahora estoy conociendo de verdad el sentimiento que guardan las letras de esa canción de Lana. Ese "Summertime Sadness" vuela por mi cabeza y se escapa entre mis lágrimas (Soy llorona, que le vamos a hacer).
El caso es que siempre fui la que se aburría del verano, la loca que ansiaba que el curso comenzara en agosto. La que se ponía nerviosa la noche antes de que la rutina llamase a la puerta y no podía dormir del revoloteo de las mariposas.
Será que he madurado. Será que he conocido la amistad verdadera, o será que la morriña viene en paquete antes de  irse a ninguna parte.
Será que este ha sido "ELVERANO".
Será todo o será nada- Ser por ser, será.
Será la playa, será la luna, serán las maravillas del mundo…
La cosa es que no me quiero ir, no todavía, ó… yo si que me quiero ir, comenzar, vivir nuevas experiencias. La que se niega a aceptar que me voy es mi cabeza. Ha borrado toda oportunidad de final, toda palabra unida al olvido y se ha aferrado a los recuerdos.
Cómo voy a echar de menos esto.
Pero me voy.
Las maletas están hechas, el sol se despide de mi acariciándome la piel como tantas otras veces. Los últimos restos de arena se van acumulando en el recogedor para despedir otro verano que se va.
Creo que estoy preparada para echar de menos. 
Las maletas están terminadas.
Me falta despedirme.
Esto no es un adiós, es solo un ¡hasta pronto!
Por una vida de sorpresas, por una vida de improvisación, y como dirían ellos, como corearía ella al mismo ritmo dando brincos en la última puesta de sol: ¡VIVA LA VIDA!


El hogar está donde está el corazón

Eran libres, eran jóvenes y estaban vivos.
Infinidad de velas alumbraban una de aquellas noches de verano en las que oscurecía un poquito antes.
Caminaban por la playa cogidos de la mano, esperando que un milagro impidiera aquel final.
Los finales dolían tanto. Dejaban un inmenso vacío en los corazones de los vivos y algo de sueños dormidos en las mentes de ninguna parte.
La música los hacía bailar lento, a todos ellos y, alejándose como las estrellas, terminaron por mojarse los pies para luego hundirlos en la arena.
Una nueva rutina se les anudaba a la cintura como una férrea cadena, impidiéndoles disfrutar de lo bueno de días atrás. 
Un último abrazo rompió todos los esquemas.
Estaban acostumbrados a lo bueno, a lo bonito y a la vida y tocaba seguir viviendo, pero esta  vez, con kilómetros de por medio.
Las primeras luces del alba salieron a despuntar a eso de las siete de la mañana. Ellos siguieron bailando sin notar el frío matutino de septiembre.
Las zapatillas se quedaron descansando en la arena, preparadas para cuando decidieran volver.
Preparadas para el próximo verano.


domingo, 24 de agosto de 2014

Momentos que marcan una vida.

Caía la tarde. La ciudad, tan urbana como siempre, impedía ver debidamente las luces del ocaso.
Miles de ilusiones se arremolinaban en torno a una multitud de personas organizadas por filas según la puerta indicada.
La inmensa carpa se erguía impertérrita ante todos ellos, queriendo destacar.


Algún que otro desorientado, entre bastidores, proporcionaba unos últimos cacahuetes a aquellos dioses. La noche iba para ellos, para que fueran eternos.
Podéis decir que una pequeña de seis años es incapaz de recordar una noche como aquella una vez ha crecido, pero os equivocáis. La recuerdo. La recuerdo con todo lujo de detalles porque fue especial, fue mágica.
Iba con mis padres a aquel espectáculo tan sonado en la ciudad. Recuerdo las ganas de tenía de ver todas las peripecias que iban a enseñarme.
Comenzó la gala y aquello era increíble: pequeños hombres que se doblaban, tigres que no habían aparecido más que en libros de cuentos, mujeres demasiado bellas para ser reales adornadas con todo tipo de piedras preciosas, cuidadores de los agradecidos animales, a los cuales trataban con cariño…


Y de pronto se apagaron las luces. La noche ya era cerrada en la ciudad y por los huecos de la carpa entraba la luz de la luna.
Una música tranquila se fue apoderando de nuestros subconscientes y poco a poco la intensidad de la luz fue aumentando.
Entonces la vi a ella. Kendra.
En el centro del ruedo había una preciosa elefanta india de no más de dos años de edad mirando embelesada a su sorprendido público. Uno de sus cuidadores anunció con ayuda de la megafonía que únicamente una persona podría comprobar la suavidad de su piel, que podría tener visión de elefante. De entre los miles de personas que allí había levantando las manos pidiendo que las eligieran, el cuidador miró al cielo. Yo daba saltos, sobre el asiento, mi madre decía que me bajara, que me caería. Aunque yo seguía con lo mío, queriendo acariciar aquel maravilloso animal, queriendo formar parte de sus recuerdos para siempre.
El cuidador miró a su alrededor y me vio. Dijo "ella". Al principio no lo entendí, pero después me llamaron los ayudantes y yo bajé precipitada y feliz por las escaleras.
Al llegar junto a Kendra no sentí miedo, sino fascinación. Ella era inmensa, preciosa. Una caricia de mis pequeñas manos de niña fue a parar hasta sus orejas, ella me devolvió el saludo acariciando mi cabeza y con lo que a mi me pareció una sonrisa.
Colocaron un pequeño pedestal junto a su lomo y yo pude subirme. No se me ocurrió otra cosa que abrazarla fuerte. Todas las personas allí presentes rompieron a carcajadas. Después me indicaron que me bajara y me regalaron mi foto con ella.
De nuevo las luces volvieron a  apagarse por completo y cuando se encendieron Kendra ya no estaba.
Con cara de seria entregué la fotografía a mi madre y le susurré que debía ir al baño.
-Te acompaño.- Me insistió.
-No- Contesté.- Puedo ir sola, ya tengo seis años.
Bajé corriendo las escaleras mientras el espectáculo continuaba. Salí de aquella carpa y me dirigí a la parte trasera del edificio improvisado.
La vi. Era Kendra. Me acerqué a ella. Jugaba tranquilamente con lo que parecía ser una muñeca de trapo.
Al verme se acerco lenta y pesadamente. Cuando estábamos a milímetros una de la otra nos abrazamos de nuevo.
Fue una sensación…sencillamente indescriptible. Aún la recuerdo.
Le susurré que no me olvidara sin saber que los elefantes no olvidan. Ella aún me recuerda.
Cuando terminó aquella noche me dormí pensando que debía encontrarla. Me dijeron que había vuelto a casa.
Ahora he crecido, pero aún la sigo buscando.
¿Dónde estás, Kendra?


domingo, 17 de agosto de 2014

San Francisco.

¿Y por qué no?



La melodía suena mientras ves a Forrest correr dentro de la caja tonta llegando lejos. Otra vez esa dichosa canción.
Maldita casualidad.
A lo mejor no es casualidad. A lo mejor la serendepia es sólo un invento de nuestra fatídica cabeza para explicar que nos encontrásemos, que no fuéramos un nosotros.
O quizá si lo fuimos.
Fuimos un pequeño infinito, interminable e intenso del que aún no hemos aprendido a salir.
"debo, debo debo…"
Debes hacer tantas cosas que una vez estas ante el precipicio admirando la belleza de la naturaleza eres incapaz de saltar.
Suéltate el pelo y decide disfrutar. Sabes que las cosas pasan por algo y que ese algo es lo que mueve el mundo.
Deja que el hable contigo pero no vayas a abrirle tu corazón hasta que estés segura de que prefiere hacerlo suyo en lugar de hacerlo pedazos.
Pasea de su mano por las calles de San Francisco.
Escucha música con un solo auricular porque el tenga el otro.
Tómate un helado y llénale con él la nariz.
Deja que te abrace sin saber lo que pasará al instante siguiente.
No corras, no frenes.
Respira.
Vive y dale la mano.
Quizá mañana él se haya cansado de ser un "no nosotros".
Quizá ahora viene en tu busca.
Cuéntale tus penas a las estrellas.
Un, dos, tres;
Sonríe.


Summertime Sadness

No sé que decirte que no sepas. quizás porque tengo suerte de tenerte en la cabeza y de tener a fuego grabados todos nuestros momentos vividos. Quizás sea que te quiero demasiado o que mi cabeza es redonda y por eso da demasiadas vueltas.
Solo me gustaría que esto no acabara nunca. Me gustaría saber predecir el futuro. O no, mejor no. Pero si me gustaría estar de por vida en tu cabeza y tener esa garantía.
Gracias por dejarme verte dormir, gracias por abrazarme cuando más lo he necesitado. Perdón por los bailes y las llamadas de madrugada pero, tú también los has disfrutado.
Gracias por decirme que te quedarías para siempre aunque ni tú mismo sepas cómo vivir y sólo estés improvisando.
Gracias por regalarme lo más bonito que hay en esta vida, el cariño.
Quiero que sepas que, aunque no lo creas, eres importante. Más que eso, eres increíble.
Eres quien me saca mis mejores sonrisas. Eres el que me hace reír a carcajadas y el que sabe cuando pararme los pies.
Quiero que sepas que te quiero. Si, que te quiero. Pero es un te quiero sincero, desde lo más hondo del imprescindible músculo que bombea mi sangre hasta el cerebro y me hace enrojecer las mejillas, desde lo más profundo de mi ser.
Cada vez los días son más cortos y las noches más largas. Sólo la luna sabe cómo mirarnos. Cada día te echo más de menos. Cada día te da por alejarte más. Tendría que decirte tantas cosas…
Pero tú no quieres oírlas y el verano se acaba.
Queda poco para que nada vuelva a ser lo mismo. Queda poco para partir con la maleta repleta de recuerdos que hemos construido durante este verano.
Y voy a echarte de menos, y voy a querer verte cada día- Y no voy a poder.
Por eso me conformo con que mi mirada hable, con que le cuente todo a la tuya al despedirnos.
Por eso me conformo con que no me olvides.




sábado, 16 de agosto de 2014

"Look at the stars, look how they shine for you.”

No podía esperar más. Faltaban horas para poder cumplir su sueño y el corazón hacía días que había dejado de vivir tranquilo. Le habían hecho una promesa: una promesa sagrada. Iba a conocer por fin al motivo de su existencia, a su inspiración.


Maletas hechas, cosas preparadas, BILLETES EN LA MANO. Se iba a Barcelona. Le hubiera gustado coger un vuelo más temprano pero el único que quedaba cuando le informaron de aquel milagro era el de las seis de la tarde y a las diez sería el concierto.


Martina repasó durante el trayecto todas y cada una de las canciones. La voz de Chris Martin salía por aquellos destrozados auriculares y le transportaba hasta el lluvioso día por Madrid, años atrás, también en otro de sus conciertos. El mismo sentimiento y la misma emoción le recorría por las venas. Miraba ilusionada a través de la pequeña ventana del avión esperando verlos de lejos, a pesar de que fuera una locura.
Llegó a la ciudad condal cuando el cielo comenzó a tornarse de mil colores. Corrió al hotel, dejó las maletas y se puso su camiseta de Coldplay tras llenarse el brazo de pulseras. El pelo algo despeinado y el brillo en sus ojos, Martina corrió por las calles de la mágica ciudad de Gaudí mientras la luna amenazaba con ser la protagonista de la noche.


Entró como pudo en el auditorio sorteando a la muchedumbre enloquecidas. Nada le importaba ya, mas que ver a su anhelado grupo. Con las entradas en el corazón y el pase VIP en el bolsillo llegó hasta las primeras líneas de la pista.

Un rugido ensordecedor dio comienzo al concierto y, de entre millones de colores y luces miles de personas adivinaron ocho pies acercándose al centro del escenario.


Como no podía ser de otra forma, la conocida voz de Chris Martin comenzó a viajar al son de los acordes de Viva la Vida y a la mitad de la canción se silenció para dar paso a las voces que le pertenecían, esas que estaban brillando como las estrellas del cielo, en aquella noche de otoño frente a él.
El grupo se entregó completo a su público. Cuando llegó el momento de "Yellow", Jon hizo levantar hasta a los más cansados con la única ayuda de su guitarra. Will y Guy se dedicaron una sonrisa cómplice y en uno de los momentos mágicos del espectáculo, los cuatro integrantes se fundieron en un abrazo.



"Look at the stars, look how they shine for you.

Recordaron sus inicios, cuando todas aquellas butacas aún estaban vacías, cuando faltaban saltos, risas, llantos y sonrisas.
Martina vivió.
Estaba viviendo aquel concierto como uno de las experiencias más maravillosas de su vida. Al igual que en el anterior, las lágrimas la acompañaron en todo el espectáculo. Queridas lágrimas, que sabían expresas todo lo que ella era incapaz de decir con palabras.
Chris miraba a la multitud uno a uno y la distinguió cantando alto, cantando fuerte, con lágrimas en los ojos.
Entonces supo que era ella. La chica de la que le habían hablado, la que después vería en el camerino.
Cientos de personas detrás de Martina, había otro que se había percatado de su presencia. Se había aprendido todas las curvas de su risa. Se sabía de memoria en muy poco tiempo el trayecto de la sal de sus lágrimas y conocía todos y cada uno del ritmo de sus desenfrenados cabellos. 
Él también cantaba. Él también estaba invitado al camerino. Pero, él no sabía siquiera si volvería a ver a aquella preciosa joven llena de vida.
Aquello acababa y el último turno fue para "Paradise". Con ello el grupo quiso agradecer el apoyo y el cariño que le habían dado de una parte hasta entonces. Con ello fueron uno más de la multitud.

Cuando las luces se fueron apagando y Coldplay desapareció del escenario, Martina partió en dirección contraria a la multitud. Primero entró en el baño, se secó las lágrimas y después comenzó a correr por un pasillo que se le antojó frío, vacío e interminable.


Al final llegó a una puerta con un cartel que rezaba "Coldplay". La puerta entreabierta y la luz de su interior le invitaban a entrar. 
En un rincón de la estancia vislumbró un piano y comenzó a juguetear con él mientras esperaba que aparecieran.


Aunque estuviera en España estaba preparada para poner en práctica todos sus conocimientos de inglés. Sonrió al alternar las teclas blancas y negras al azar.
-¿Martina?- Preguntó alguien tras de sí con un fuerte acento.
 A la joven se le heló la sangre. El vello fue erizándose poco a poco y sus ojos no cabían en sí de su gozo.
Se volvió súbitamente para verlos. A los cuatro. Perfectamente vivos ante ella. Mirándola. "Martina, respira, respira, respira….AHHHH" Pensó su cabeza. Le preguntaron cómo estaba y como respuesta, ella se abalanzó y los abrazó. Aquella era la contestación más sincera y emotiva que habían recibido.
Pasaron una velada increíble.
Subieron a la azotea donde esperaba todo el equipo y algunos conocidos. Solo quedaron las risas.
El joven invitado del grupo que había estado observando a Martina en el concierto miraba a las estrellas, de espalda a la comitiva.
-¡Ansel!- Gritó en inglés Will,- Ven, vamos a presentarte a alguien.
Por segunda vez aquella noche el corazón de Martina se paró durante dos milésimas de segundo. Aquello no podría ser bueno. ¿Había escuchado aquel nombre? "Martina, se te va la pinza. ¿Cómo va a  ser él?" pensó para sus adentros.
El joven soñador que miraba a las estrellas abrazado a un abrigo azul marinero se volvió.
Martina contuvo la respiración al verlo sonreír. No podía creerlo…


ERA ÉL.
Ansel Elgort. 
ANSEL ELGORT!!!!!!!!!
El guapísimo, barra, impresionante, barra, maravilloso actor de quien vivía enamorada. ¿Qué estaba haciendo allí?
Como adivinando sus pensamientos y de la mano de una amplia sonrisa Ansel le contestó:
-Coldplay es mi grupo favorito desde que era niño.
Los labios de Martina que hasta entonces habían descrito una enorme "o" que no disimulaba su sorpresa se cerraron.
-Soy Ansel, encantado.- Continuó.
Al ver que las palabras no salían de la boca de aquella joven increíble decidió preguntarle su nombre.
-Martina. Me llamo Martina. Lo siento.
Después de la copiosa cena en la que todos se comportaron como una gran familia tocaba bailar. 
La noche era joven y ellos se habían propuesto recogerse con la luna.
Alguien del equipo acompañó a Martina a cambiarse al hotel y fueron recorriendo todos los bares de la ciudad en busca de un movimiento frenético de pies. Martina iba preciosa, un vestido azul cielo lleno de pequeñas motas de colores.
Ansel y Martina acabaron bailando cogidos de la mano. Cogidos de la mano, reían, hasta que él se atrevió a acercarla demasiado.
Él la besó. Primero lento y luego apasionadamente. Ella se dejó besar y le correspondió.


Era tarde y la pareja se despidió del resto. Martina volvió a llorar al decir un "hasta luego" a su queridísimo grupo.
Ella con el abrigo de el sobre los hombros y el comiéndosela con la mirada.
Compartieron besos en cada esquina, en cada rincón.
Sin saber cómo, ni porque acabaron viéndose dormir el uno al otro arropados por las primeras luces del alba de la ciudad condal en una habitación de hotel que se les antojó maravillosa.
Ansel partía al día siguiente para los Estados Unidos y ella regresaba a casa. Antes de quedarse dormidos habían prometido llamarse. Ambos daban gracias a aquella noche…
Ansel se despertó sobre las diez de la mañana y la observó dormir. Era preciosa.
Ella de pronto abrió los ojos. Un beso.


Desayunaron y compartieron un taxi hasta el aeropuerto. Ella no se sintió triste. Sabía que aquella noche sería la mejor de toda su vida. Sucediera lo que sucediese después.
Un último beso, uno en el que se paró el tiempo.
Y después cada uno se fue por su lado.

Martina no podía creerse aquella experiencia. Viajó abrazada al pintalabios que había dejado marca en los labios de Ansel la noche anterior sin quererlo.
Llegó a casa sin darse cuenta y aquella noche cuando adivinaba la sonrisa del joven entre las estrellas se metió la mano en los bolsillos de su abrigo.
En el izquierdo notó algo raro. Un pequeño papel arrugado quedo atrapado entre sus dedos.
Cuando lo desplegó las lágrimas comenzaron a recorrer traviesas sus mejillas.
Aquel pequeño trozo de papel rezaba:

"Look at the stars, look how they shine for you. - Coldplay 
Yours, A.

No tenía palabras para describir aquello. Quizá "magia" lo englobara todo, o quizá no se necesitaban esas palabras. Quizás solo debía vivir como si no existiera un mañana.


Cualquier tiempo pasado fue mejor


Por un momento olvidó todo lo que había quedado etiquetado de problema. Se quitó las gafas y se frotó los ojos con fuerza hasta dar un suspiro. Luego volvió a colocar aquella vieja montura sobre su curvada nariz y miró hacia su rincón favorito de la ciudad con la ilusión de un niño.
Will ya no era joven. Las arrugas le habían hecho visitas hacía años y habían decidido quedarse ahondando en el que había sido su terso rostro de adolescente.
Sus intensos ojos azules estaban demasiado hundidos en las cuencas de sus ojos. Últimamente siempre se encontraban vidriosos.
Sin mucha dificultad se centró en el juego de luces de su adorado tiovivo. Aquel era su rincón preferido. Donde había conocido a Molly.
Cientos de niños pasaban por su rincón cada día y al igual que la joven Molly dejaban sus risas bajo los galantes corceles de madera al abandonarlos en contra de su voluntad. La música también formaba parte de su vida. Había sido la melodía que había tenido en su cabeza desde que tenía uso de razón. Tan importante era para él que, incluso, había aprendido a tocarla al piano con los ojos completamente cubiertos con el pañuelo verde olor a Molly.
Molly era pelirroja, era risueña y muy guapa. El día en que se conocieron llevaba aquel  pañuelo verde.
Will se asomó a la ventana de su habitación un día caluroso de verano. Aún estaba amaneciendo pero debía bajar ya a poner en marcha el alegre tiovivo.
Tras dos horas de subir y bajar pequeños llegó una pareja joven que pidió turno para subir a su adorada atracción. Ella reía y el joven que la miraba feliz decidió no subir para observarla y fotografiarla.
La joven pelirroja recorrió rápidamente la atracción antes de que Will la hiciera despegar y se subió a un pequeño caballo azul cielo con estrellas pintadas sobre el lomo. "Peggie" Pensó Will el nombre del caballo en el que se había subido la joven.
Comenzó la canción y las vueltas de la vida. Su risa resonó aquella vez por todos los rincones de la ciudad y hubo un momento en el que al cruzar las miradas William estuvo a punto de perder el control del tiovivo. Los colores subieron traicioneros hasta sus mejillas.
Oyó que el joven llamaba a la pequeña pelirroja para que mirase al objetivo. "¡Molly!" repetía incansable.
Una vez hubo parado la atracción, Will se acercó a disculparse a la joven y al despedirse se volvió hacia el joven alegre.
-Qué suerte tienes de tenerla.- Le dijo con una sonrisa.
Al principio el chico le miró desconcertado aunque luego comenzó a reír.
-Mi hermana es de lo mejor que hay.- Susurró señalando a Molly con la mirada.
Quizá fue ese el momento en el que nació otra historia de amor.
Una historia verdadera entre Will y Molly que había durado hasta ahora. Una vida de música, de llantos, de risas, de amaneceres, de besos, de bailes…
Y ahora ella se había ido.
Will encendió por última vez el tiovivo aquella mañana y recorrió todos y cada uno de los rincones de su mente con ella en su cabeza. La amaba con locura.

Bajo un sol de estrellas se acabó el amor.

Y ella esperó-

Esperó con su vestido, con los tacones a juego.
Esperó ese beso con su pintalabios de fuego.
Esperaba que la luna volviera pronto y que el sol la recogiera. Esperaba parar el tiempo y convertir minutos en días para que la espera no acabara nunca.
Esperó ver amanecer desde aquel amplio ventanal por el que ya asomaban las primeras luces de la mañana.
Esperó su pelo al viento, sus ojos cansados. Esperaron después sus pies, ya descalzos.
Todas y cada una de las partes de su cuerpo ansiaban esas dos palabras, esas ocho letras que lo convirtieran todo en algo más sencillo.
Mientras que en otro lugar remoto de la ciudad, amaneciendo con el sol, él decidía no volver a verla más.
En aquel lugar remoto, él tiraba el ramo de flores que no había tenido el valor suficiente para entregar y se secaba las lágrimas de los ojos.
A pesar de todo, ella seguiría esperando.

lunes, 11 de agosto de 2014

Amarillamente

Cómo bien me decías Albert, he podido comprobar por mi misma una de las experiencias para formar parte de tu mundo amarillo. Se podría decir que en este campo estoy realmente preparada y este es el de ver dormir a las personas.
Decías que ver dormir a gente, especialmente a la que quieres supone mas de la mitad de la vida de un amarillo. Pues bien: puedo decirte con total seguridad que es una maravilla...
Puedes comprender los sueños e inquietudes de una persona con solo verla dormir. Es cierto que parece una tontería, pero llevabas razón.
Tu simplemente te encuentras solo en una habitación en penumbra y ver a esa persona respirar lento y mas lento sin alterarse haciendo el mundo suyo, te hace plantearte distintas cuestiones como la de por qué los humanos les hacemos tanto daño a los demás despiertos si cuando estamos dormidos somos almas llenas de paz mientras cumplimos unos sueños volando por la inmensidad del universo.
Soy un amarillo más Albert, y no me arrepiento, al revés, estoy tremendamente orgullosa de pertenecer a la parte de la humanidad que intenta comprender la vida tal y como viene, que se emociona, que siente.
Soy amarilla.


Con cariño, a Albert Espinosa

Y te das cuenta de que fue mejor de lo que esperabas

Lunes sin sabor a lunes. Con sabor a despedida y las maletas cargadas de recuerdos en un rincón que tardara en volver a vernos.
Lunes de verano, y el calor de su mano.
Hoy es un lunes de esos en los que te das cuenta de las cosas en los que sonríes a los detalles que marcan la diferencia.
Un brindis por aquellos que fueron amigos y acabaron siendo hermanos.
Un suspiro por aquellas maravillosas noches de verano.
Un aplauso y un beso. Una sonrisa por otro amanecer junto a ellos.
El recuerdo de una música que nos hizo bailar hasta desgastarnos los oídos. Unos pares de pies de repuesto tras tantas tardes de playa, mar y desierto.
Por los juegos y por ellos. Sobre todo por ellos que han sabido disfrutar y ser disfrutados.
Ellos que, se han dado cuenta de lo que cuesta respirar, caer y levantarse y lo han seguido haciendo.
Luego está el sueño y después la luna. Ella que nos contempló todas y cada una de las noches.
Fue ella la que nos descubrió siendo nosotros.

    Almuñécar


martes, 5 de agosto de 2014

Cuando menos te lo esperas


Con ayuda de unas cerillas encendió aquel haz de luz lleno de vida en una noche de verano. Una risa tras otra se escapaba de esos perfectos labios rojos mientras los rescoldos de las llamas se consumían ávidamente. La suave brisa estival se llevaba la danza traviesa de sus cabellos.
Era ya de madrugada, cuando tras el manto de estrellas, ella pudo adivinar la silueta de un minúsculo avión que ambicionaba con aterrizar en su corazón.
Se entregó a la noche.
A lo lejos, una vez cansados los pies de aquellos estúpidos tacones de discoteca seguía escuchando algo de música en sus oídos.
Tacones en mano, se adentró en la arena hundiendo bien los pies para más tarde confundirse con unas olas cansadas de unas tres de madrugada.
No tenía sueño pero quería soñar. Quería soñar con que todo salía bien, con que las casualidades existían y a ella la habían puesto en el mundo para ser feliz.
Entonces lo sintió.
Sintió su aliento en el cuello, su risa en las comisuras de los labios y su mirada sobre los ojos de ella, quizá no tan sorprendidos como él esperaba.
De repente él estaba allí, otra vez. Sin un cómo, ni un porqué y con el único motivo de verla a ella, de poder abrazarla y de decirle cuánto había odiado siempre las despedidas.
Ella suspiró. Pedir un deseo a aquella dichosa vengala había funcionado.
Él había vuelto para quedarse susurrándole que sentía haberse enamorado de ella.