jueves, 10 de julio de 2014

¿Podrían un puñado de besos cambiar sus vidas para siempre?


Al más puro estilo de Romeo y Julieta, con la decisión del señor Darcy y su gallardía al sostener las manos de la señorita Bennet entre las suyas, la templanza de Rochester mirando a Jane a los ojos, con la belleza de la dama de las Camelias y el secreto que guardaban los acantilados de unas cumbres borrascosas.
Con todo ello Dani salió a buscar a Sol, dispuesto a conquistarla. Aún siendo de mundos diferentes, aún sabiendo la enorme brecha que los separaría de por vida.
La perseguía por los callejones donde ella un día dejó sus besos. La esperaba en su portal cuando ambos sabían que iban a encontrarse en el metro. La hacía bailar a son de una guitarra. La llevaba a los bares con más estilo de la ciudad y se quedaban los dos solos, dando tumbos por Madrid.


La miraba respirar cada noche, mientras dormía, siempre entre sus brazos.
¿Era verdad que los romances verdaderos, los amores tormentosos solo existían en los libros? Ellos ansiaban un amor de novela. un comerse a besos y desayunarse cada mañana. Quisieron apuntar alto y llegar lejos. Quisieron dárselo todo. Bailar a cada segundo, pero detrás de un espejo. Darse la mano porque si, abrazarse en un momento.


¿Tanto la quería?
La buscaba y la encontró. Una noche esperándola en aquel rincón. Los labios pintados, la mirada perdida, el pelo revuelto y la boca sabor a vida.
Ella lo esperaba.
Desde hacía tiempo. Sonó entonces un  vals lento y salieron a la pista hasta que los pies quisieron decir basta.
Se acercaron y decidieron escribir su propia historia de cuento.
¿Cual era el precio?
Un puñado de besos.





miércoles, 9 de julio de 2014

Beber estrellas de un mismo vaso


-Matarle fue una decisión suya, mis manos hicieron el resto. Siempre quiso ser eterno. Ahora lo ha conseguido.
JG




Otro angel en el cielo, uno más. 
Augustus, caiste bajo las teclas de una melodia desafinada: el teclado de un ordenador fue quien te condenaba, y su mente la que te hizo perecer para convertirte en eterno, en importante, tal y como querias.
Alson se concentró en ponerte rostro bajo la atenta mirada del señor Green, todo lo demás vino sólo. Quisiste alimentar un amor, no alejarte de ella, hacer las cosas por ti mismo.
Metáforas, decías. Todo son metáforas. Cada símbolo, cada espera, cada llamada que ella esperaba impaciente.
Supiste enseñarla a vivir, supiste amarla y amar más y mejor dentro de unos días contados que la humanidad dando vueltas en su tiempo infinito.
Porque hay infinitos más grandes que otros, y no es cuestión de números.
Fuiste de las pocas personas que se tomaban la vida a broma, entre risas. Fuiste tú quien permitió que los pulmones de Hazel respirasen profundo y la dejasen continuar. Tú, quien le abrió los ojos.
Augustus, ¿dónde estás? Seguro que has encontrado ya tu Algo con mayúsculas.
Peter vino a verte. Decidió, por una vez, satisfacer los deseos de alguien, y ese eras tú.
En cuanto a  Hazel...Ella sigue aquí como siempre, esperando reunirse contigo en algún lugar. Sabe que ya te han salido las alas, quiere que la enseñes a volar. Mientras tanto, ella e Isaac se niegan a continuar la vida sin ti.
Llevan unos días tontos. En los que tus metáforas son partes de ellos, en los que duermen sobre el tejado cogidos de la mano. Hazel mira a las estrellas e Isaac las cuenta.
Maldito John Green que no permitió que una respiración acompasada entre un millón dejase entero el corazón de aquella joven. Es tuya. Pase lo que pase. ¿Vale?





"Era como si perder a la persona que recuerda contigo implicara perder los recuerdos en sí, como si lo que habiamos hecho fuese menos real y menos importante de lo que lo habia sido horas antes."
TFIOS.

domingo, 6 de julio de 2014

De Sevilla al cielo

Leer entre líneas. Equivocarse, caer. Hablar de un fúnebre crespón y no apagar la llama de un amor.
Todo ello lo escribía un joven. Días, años, siglos atrás. No eran más que palabras. Palabras mágicas. Absurdas para quien no creía en la magia, inútiles para quien no supiera enamorarse, inverosímiles para quien no quisiera creer.
Entonces había poesía, tiraban plumas y tinta en rincones apergaminados por una mujer bella, mientras respondiera el labio suspirando al que suspiraba y las palabras se convirtieran en algo más.
La noche no era más que un hada, y la luna siempre la miraba.
Las palabras salían veloces de las manos inexpertas que raudas sujetaban aquella pluma color esperanza en altas horas de la madrugada destinadas a los cabellos de una ella que suspiraba despierta entre sollozos pidiendo volver a verle. Y él no cesaba. Nunca lo hacía.
Desde cero. Creyó en el amor, se forjó su propio criterio y decidió alimentarlo. Los ojos ya dolían y el alba despuntaba pero el había decidido entregarse. Entregarse de la forma más sincera y honesta que habían conocido sus ojos, con la poesía.
Olvidó los días, olvidó las horas contadas para volver a verla. Se citaría con ella a oscuras entre tinieblas para así evitar que nadie los distinguiera.
Ella olvidó su rostro, olvidó su nombre, se desvaneció dejando sólo las palabras que describían injustamente su persona.
Él corazón en mano, subió hasta su giralda. Cien días después y sin lágrimas en los ojos decidió cambiar.
Ya no era aquel chiquillo enamorado al que había absorbido la vida. Ya era el hombre que perduraría en los corazones ilusionados del mundo, sería el hombre que diría tanto con tan poco y al que una pluma bastaba para plasmar en una línea la hermosura de un alba de abril en Sevilla.
A  G.A. B


No dejar de existir para no perder el sentido, te quiero pero al oído

Y el corazón se me paralizó como nunca antes lo había hecho. Aunque seguía allí, seguía viva. Aunque tuviera miedo y los ojos no quisiesen dejarme ver. Contuve la respiración unas milésimas de segundo que se me hicieron eternos.
Y allí estábamos. Él, yo y unas manecillas del reloj pasando lentas. Solos, felices. Empeñándonos en aprovechar lo único que no vuelve: el tiempo. 
Nosotros y nuestra absurda manía de escuchar corazones. Tienen tanto que decir. Nosotros y nuestra manía de amar. ¿Puede haber algo más perfecto y a la vez más vulnerable?
No me creo eso de que sólo los frascos pequeños son capaces de albergar las mejores fragancias. Soy reacia a creer que el tamaño, el color, la forma o cualquier característica física importa y deba adquirir relevancia alguna por una mera creencia popular. No. 
Importa el tiempo, que no se recupera una vez perdido, importan las ganas, el empeño. Importan los sueños, y sus dueños. Importa ver amanecer un nuevo día sin pensar en todo lo que te espera, simplemente dejándote llevar. Importa el presente. Importa el ahora.
Puede que sea eso de vivir intensamente lo que nos haga cuestionarnos todos y cada uno de nuestros actos y poner nuestra vida patas arriba. Puede que sea eso, o que estemos locos.
Todo aquello transcurrió por mi cabeza entre idas y venidas de las estrellas sobre nuestras cabezas a años luz de un planeta tan cínico como romántico. Todo aquello me invadió en un solo beso.
Entonces escuché su corazón. Me olvidé de lo demás. Maldita máquina humana. ¿Quien inventaría el sentir?¿por qué no lo descubriríamos antes?
De nuevo un tictac de reloj. Pasaba el tiempo. Una luz de un faro que pretendía atraer para sí vidas perdidas. Fluir dentro de unas venas enloquecidas. Una caricia de las olas del mar al oído. Y un no querer. No querer creer que no éramos eternos. No querer creer que no estábamos vivos. No querer creer que podíamos dejar de respirar, de latir.
Y luego el olvido.

 (Un invierno en la playa)

viernes, 20 de junio de 2014

Si de ilusiones se vive, de decepciones se muere.

Esperar. Esperar un deseo, una llamada, una noche mágica, un beso, una recompensa.
Y luego nada llega. Luego se caen los sueños, las muñecas de trapo quedan abandonadas en un rincón y se termina el polvo de hadas.
Vivir esperando a que todo llegue es una auténtica farsa.
Más tarde terminas de crecer y te das cuenta de que nada es como lo pintan, de que vivías demasiado feliz y de que la vida es cuesta arriba.
Como siempre dicen, no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo aguante. Hay que quitarse los miedos y seguir hacia delante.
Pero luego llegan las dudas, los agobios, los llantos, todo se desvanece...
Entonces ves que el trabajo no tiene la recompensa merecida, y te derrumbas.
Aún no ha salido el sol y tu ya no contemplas tu futuro, aún no ha salido y ya has dejado las armas en el derrotado campo de batalla.
Si fuera por ti, llorarías, aún más, de nuevo. Pero ya no te quedan lágrimas, ya no quedan despedidas ni gritos de alegría, porque no te vas. Te quedas. Y de nuevo hay que repetirlo todo. De nuevo vuelves a caer y no puedes ver el fondo.



martes, 17 de junio de 2014

A veces

A veces la vida te enreda, te da mil vueltas y tú te mareas.
Pierdes el sentido y sientes; y te enamoras. Te sientes tonto, te sientes feliz, pierdes el norte, viajas al sur, mojas tus pies en la orilla, los cubres con arena quizás tan caliente como la vida. 
Le soplas a los problemas, pierdes millones de trenes, te cuelas en el metro, en los bolsillos nunca encuentras monedas ¿de que sirve realmente el dinero? Si no da la felicidad, ni la compra, ni la quita….
Sonrisa de autobús. Martes ligero. Vienes con el viento, atizas las penas y las hundes en el fondo del vaso, con cinco dedos de vodka, a ser posible con hielo. 
Crees en los imposibles y lo gritas alto y lento.
Porque a la vida no le tocas el culo, ni le das la espalda. Ni tan siquiera la apartas.
Que la noche no te venga con aires de grandeza, que la luna no insista,que no quieres cuentos ni de ahora, ni de un momento; que puede que sea joven, pero tú lo eres más que ella.
Salta al vacío, arriésgate, juega con fuego, gana en paradas. Mira las cosas y no digas nada.
Sigue nadando, llega a la cala. Aquella en la que la luna se prometió en secreto, aquella a la que ni el mar espanta. Nada por ti y por todos tus compañeros. Respira y luego despierta. Después de la tormenta, de un rayo de sol, de una grieta en los labios y de las estrellas…Después de todo, baja la marea y entonces llega la calma.


Bólido, mientras sienta.

Alguien tiraba de mi, querían que siguiera viviendo, ¿no? Aquí estoy.
Escuchaba pasos, voces a lo lejos, lentas, graves y silenciosas pero tuve miedo, estaba solo.
He vuelto a nacer.
Lentamente me fui dando cuenta de que escuchaba una y otra vez el susurrar de mi nombre al oído, unas lágrimas saladas mojaban de vez en cuando mi cara y alguien me apretó fuerte la mano.
La oscuridad se fue alejando poco a poco y pude ver una luz cegadora que me invadía.
El rugir de un motor, un motor nuevo, demasiada potencia, me arrolló. El calor de un volante me quemaba las manos y me dio tiempo a sonreír. No quise mirar el retrovisor de un pasado extraordinario dos veces, quise seguir, elegí vivir. Respirar.
Mi pasión: la velocidad.
Estaba esperando a que alguien me llamara, cuando millones de voces se alzaron cogiendo un corazón en alto bajo una misma bandera. Pensé que había estado demasiado tiempo fuera. Decidí regresar.
Solo entonces me sentí con fuerzas para abrir los ojos, con gritos de júbilo, celebrando una victoria.
Hace un día de ello, seis meses después y ya lo echo de menos.
Miro por la ventana pensando en reestablecer el motor de mi vida, para siempre, en repararlo.
Luego la miro a los ojos. Esos ojos que ya no lloran porque decidí quedarme junto a ella. Esa mano que me aprieta entre las mías, demasiado tensa.
Estoy vivo. Respiro. La tengo a ella y sigo.


lunes, 9 de junio de 2014

Simplemente

Necesito un vehículo para llevar de calle a mis sentimientos. Suena algo a lo lejos. Desde tiempos inmemoriales los humanos han usado el ritmo como un complemento esencial para su vida. Eso es, música.
Con una única palabra que engloba un mundo podemos ser capaz de expresarnos sin tener que abrir la boca, sin despegar los labios. Sólo dejarse llevar, sólo sentirlo.
Y es que existen pequeños portadores de ese don. Gente a la que la música le ha cambiado la vida, gente que siente, que es y se esfuerza en ser diferente.
Estas personas están menospreciadas en la sociedad actual. Personas que mientras duermen componen días y días de traviesas melodías, personas a las que le faltan medios y les sobran ganas. De ellos es en realidad el mundo, de los que con una nota hacen derramar una lágrima, o que con un acorde de guitarra hacen temblar una mirada.
Sin embargo, nadie los comprende. A sus alrededores sólo encuentran gente hueca, vacía de contenido a los que les resulta imposible llenar con su música.
Joaquín, tú eres uno dé ellos. Eres uno de los elegidos y el mundo ha empezado a darse cuenta. Están despertando del sueño profundo en el que llevan algún tiempo dormidos.
Puede que esto resulte demasiado impersonal, que no lo vayas a leer nunca pero a mi me sirve con llevarte en mi cabeza.
Tengo que darte las gracias. Por hacer de tu música uno de los sentidos de mi existencia, por levantarte cada día y respirar, por soñar, por soñar despierto.
 Porque como tú mismo has susurrado tantas tardes de primavera hay días que aún no han llegado, los besos saben a quemarropa y no está demostrado que el sol se quede fijo ahí.
Porque tú me enseñas que, se puede querer lo que no ves.

Mientras tanto pones la radio, vuelve a sonar tu canción y sonríes entre suspiro y suspiro perdiéndote en el horizonte de su mirada.

"Piensa que aun hay días que todavía están llegando. 
Piensa que hay canciones que jamás has escuchado. 
Piensa en lo que te queda por hacer. 

Piensa que hay historias que nadie te ha contado. 
Piensa que hay lugares que nadie te ha enseñado.
Piensa en lo que te queda por hacer .. "



Joaquín Polvorinos, ayer - Pol 3,14

viernes, 6 de junio de 2014

Hey there Dellilah

¿Sabes una cosa? No elegimos hacernos daño pero sí elegimos a quien nos lo hace.
 Una reflexión profunda, de un chico dentro de las páginas de un precioso libro. Un chico al que un endiablado osteosarcoma le bebe la vida a sorbos. Gracias, Augustus. Parece que hoy en día necesitamos una tragedia en nuestra vida un cambio radical para apreciar lo que tenemos y llegar a valorarlo.
Despertad, joder, estamos vivos. Somos como somos, y punto. Que no vaya a venir nadie a cambiarnos, porque perderíamos el sentido de nuestra vida, nuestra esencia.
El daño, el dolor o la rabia son partes de ella. 
Eso que dicen que desahogándose de cualquier manera te liberas, que hablando se entiende la gente. Eso es mentira. Hay guerras que empezaron porque el hombre no entendió su propia palabra.
Con esto quiero llegar a eso que, como un maldito reloj suizo, llega cada hora a repiquetear mi cabeza, sin descanso. Como una eterna pesadilla. Tú. Si, tú. Yo he elegido que me hagas daño, porque pensé que valías la pena.
He de decir que me equivocaba. Una amistad no se alimenta de falsedades. Una amistad se cultiva a base del cariño, de ser honesto, de reírse sin que nadie lo entienda.
Puede sonar egoísta, pero una amistad se basa en la comodidad de uno mismo. Sabemos que alguien es amigo cuando nos sentimos a gusto a su lado. Nuestros amigos son aquellos que nos dicen lo que queremos oír y cuando lo queremos, con cuñas de verdad entre halago y halago para no desviarnos de la realidad. Y por eso, por ese hecho tan simple, son nuestros amigos.
Me parece fantástico que hayas decidido vivir tu vida y echarme de ella por la salida de emergencia. Pero aunque fuera por un respeto a lo pasado, pienso que me merezco una explicación. Sin embargo, no explicas, no dices nada. Todo es maravilloso, al menos a la cara. Detrás de mi, la realidad es bien distinta. ¿Me da igual sabes? Me ha dolido, eso es todo. Pero ya, me da igual. Lo único que quiero, que necesito es que si has decidido ponerme en tu lista negra, que si quieres que salga de tu vida: échame para siempre, no a medias, no para un rato, no a las espaldas. 
Reúne el valor y la labia que haga falta para decirme que no quieres volver a verme la cara. Yo me voy. Tú vive tu vida como más te guste que yo, haré lo propio.
Eso, si. Voy a intentar ser feliz, voy a perseguir mis sueños. Cueste lo que cueste, le pese a quien le pese.
Y gracias, por los momentos que vivimos. Por todos y cada uno, aunque ya no sean más que eso, momentos.


lunes, 2 de junio de 2014

Siempre rey

Se me quedaba grande sin ti, querido amigo. No pude sino renunciar a esta España que un día, allá por la  juventud fue tan nuestra. No es que no vea un futuro próspero para ella, no significa que no la vea en su plenitud y sus años de bonanza vestida de un brillante rojigualdo a su espalda.
Sino que me hago viejo, los años pesan mucho sobre mi espalda y sin ti ya no es lo mismo. Han cambiado tantísimo las cosas. Suerte que tu acabaste con la inocencia de un niño y te quedaste con lo verdaderamente bueno. Pero, aunque digan que no puede salir de esta, que no podemos con nuestros problemas, yo me niego a creerlo. Ha llegado el momento de dejarles crecer y soltar su mano, indicarles el camino para que ellos lo terminen solos.
Me da miedo sabes que esto puede acabarse en cualquier momento, me da miedo no verlos crecer como antes...
Esta mañana he salido a tranquilizarlos pero, han visto el miedo en los ojos.
Ella, a pesar de todas las veces que le he fallado estaba tras las luces, tras el telón siempre expectante y me ha susurrado al oído "tú puedes, Juan Carlos". He de confesar que ella son todas mis fuerzas. Y entonces me he dado cuenta de algo. Es cierto que tenía miedo, siempre lo he tenido. Miedo de no saber dar la talla, de fallar a cuarenta y seis millones de personas pero después un sinfín de recuerdos se han acercado a mi envejecida memoria. Eran buenos, te lo aseguro. Todas y cada una de las veces que hemos caído, han sido cientas. Me atrevería a decir que llevamos cayendo toda nuestra historia. Sin embago, hemos sabido levantarnos. Una tras otra, siempre. Eso sólo puede tener un nombre: coraje. Estamos unidos bajo un mismo sentimiento: las ganas de vivir, y vivir a la española.
Puede que los defectos de nuestras gentes superen nuestras virtudes. Pero esas virtudes no las tiene nadie. Puede que nos guste mucho la fiesta, pero sabemos que en nuestras manos encontramos dos valiosas herramientas de trabajo. Sabemos que no somos perfectos y tampoco nos molestamos en serlo, pero tenemos la ambición de la buena vida.
Por eso, de un tiempo a esta parte. Desde que un calendario más pasó sobre mi cuerpo, decidí que era hora de crecer. Le toca a él erigir todos los logros que una vez tú y yo alcanzamos juntos.
Esta noche puedo dormir tranquilo, confío en ellos. Quizá no me quede mucho para verte, de hecho, podré decir que he cumplido nuestra promesa.



Un amigo para toda la vida, por favor


Ellos son el motor de tu vida. Son personas a las que puedes llamar a cualquier hora del día para que aparezcan, son tu pequeño kit de superviviencia ese que contiene algo de alcohol para limpiarte las heridas o tiritas para el corazón, ese que guarda en un compartimento secreto un bote de chocolate y un paquete de palomitas.
Son los amigos.
¿Qué significa en realidad esta palabra, qué nos regala?
Los amigos vienen y van. Son personas que a cada momento de tu vida te sostienen entre sus brazos. Son personas que pueden durar un día, un mes o toda una vida. Son personas maravillosas que a veces no nos merecemos y por las que daríamos el mundo para verlas sonreír a nuestro lado.
Normalmente hay pocas personas de este tipo, que cumplan todas las características, y en algunas etapas llegan a estar en peligro de extinción, por eso, si tienes la suerte de toparte con alguno agárralo fuerte y muéstrale la mejor de tus sonrisas.

lunes, 26 de mayo de 2014

Una noche es una noche


Daban las siete de la tarde sobre aquel inmenso almacén. Hacía ya tiempo que las puertas estaban cerradas al público. Aquel establecimiento había sido antes un teatro de renombre.
Tú la mirabas nadar entre tantos trajes de tul, entre tantos collares brillantes y tantos chales de plumas. Querías que nunca parase de bailar. Ella sonreía. La música sonaba alta- tanto que los cristales de los amplios ventanales vibraban con aquella melodía.
Ella antes no era así y llegaste tú para cambiarla. Antes ella se paseaba a puerta cerrada, más sola, más triste y no dejaba que la ayudaran. Antes no era ella.
Y de pronto llegaste tú y le cambiaste todos los esquemas. Entonces comenzó a ser feliz. Lo veías en la luz de sus ojos, lo veías en todas las fotos que te sacaba mientras dormías con la vieja Polaroid y que además pegaba en el muro de pierda. Lo veías cuando le dabas los buenos días. Ella antes no se hubiese atrevido a bailar, pero contigo se sentía capaz de todo.
Corrió hasta el perchero de sus sueños. Aquel en el que guardaba todos sus vestidos, los que realmente le pertenecían. Todos blancos, todos de fiesta. Qué sería ella sin una buena fiesta, sin un dolor de pies, sin maldecir a aquel que había inventado los tacones para luego adorarlo… Te miró cómplice y enseguida adivinaste en su sonrisa lo que pretendía.
-Esta noche nos vamos a bailar.- Te susurró.- Una noche es una noche.
Todo por verla contenta.
A las nueve estuvo lista. Pero claro, tú ya la esperabas para abrirle la puerta. Arrastraste la silla a la que vivías pegado desde años atrás y le confesaste lo guapa que iba.
Vestido blanco, largo, pendientes; también largos, tacones de altura vertiginosa y el pelo suelto, con aires de libertad. Le colocaste una flor en el pelo y saliste para verla iluminada por las últimas luces del ocaso.

miércoles, 21 de mayo de 2014

El verdadero nombre de Ricardo

Colette llevaba horas en la proa del inmenso barco de vapor en busca del amor, en vías de la felicidad. No era para nada una experta en aquellos temas por muchas habladurías que hubiesen circulado por las calles parisinas.


Quedaban pocos días para llegar a la capital chilena y los nervios de la joven estaban a flor de piel. Esperaba encontrarlo.
Entre sus torpes manos se encontraba aquella levita que se habían dejado olvidada en el café Concord. Ella se había responsabilizado de aquella prenda, cruzando incluso el continente para hacerla regresar hasta su dueño. Aquellos ojos color caramelo intenso que la habían cautivado.
No habían dicho su nombre pero en el interior de la prenda rezaba el de "Ricardo Reyes- Santiago (Chile)" 
-¡Qué gallardo! ¡qué elegancia!-Pensó Colette.
Los sucesos de Moulin Rouge regresaron a su cabeza para importunarla y ella respiró hondo. Era cierto que siempre se metía en líos, que nadie le había dado nunca un voto de confianza y que su sitio hacía ya tiempo que se había desplazado de la ciudad de la luz. Por eso y por aquel misterioso joven de mirada perdida se propuso perderse en la inmensidad del mar.
Entró y salió del camarote, vigiló a todos y cada uno de los pasajeros a los que recordaba haber visto en el embarque y luego se sentó a descansar.
Pensó que era una alucinación cuando vislumbró entre las sombras del viento la figura del joven perfectamente recortada. Su rostro se volvió conteniendo la emoción y pensó bien antes de actuar.
Para cuando la solución vino a chocarse con sus ideas, Colette se encontraba inconscientemente junto al joven.
-¿Ricardo?- Se atrevió Colette en una pregunta apenas audible.
La mirada del joven aterrizó en los cabellos de la joven que tiraba de su pasado.
-¿Me está hablando a mi?- Inquirió el joven.
-Si esto es tuyo sí. Sé que no debo inmiscuirme en sus asuntos pero…se lo dejó en la cafetería Condor.-Apuntó con una sonrisa a la levita.- Me pareció usted un buen hombre y decidí traérsela. Cual fue mi sorpresa que sin haberlo pensado estaba en una embarcación de camino a Chile, sin haber sacado mis pies flamencos de la capital.
El rostro del joven se le antojó sereno y cauto a un tiempo. No acertaba a adivinar sus sentimientos porque tampoco lo conocía pero esperaba que agradeciese el detalle.
-Es mío, si.-Afirmó. Por fin una hermosa sonrisa decoró los labios del joven.- No tendría que haberse molestado, tengo más en casa.
-Si no era molestia. Añadió Colette.- Esta levita ha sido la excusa perfecta para alejarme de todo. Empezar de cero.
El joven cogió la levita. Ella pensó que se  marcharía y que aquel viaje no había servido más que para dar una vuelta en barco.
-Por cierto, no me llamo Ricardo.
Ella la miró a los ojos sorprendida. No quiso preguntar su nombre y él tampoco se lo reveló.
-¿Podría tutearla? Quiero mostrarle algo.
-Claro que sí. Mi nombre es Claudine, aunque me conocen por el nombre de Colette.
-Claudine…, es hermoso.- Susurró el joven más cerca.
Ambos recorrieron la cubierta hasta llegar a las cómodas hamacas de mimbre y se sentaron allí. El joven dejó la levita en la hamaca. Sacó con cuidado una pequeña libreta repleta de papiros que sobresalían de ella. En la tapa de aquella libreta rezaba: "Libreta de sueños, canciones"
-Ábrela por una página, la que quieras. Ese será tuyo.
-¿Ese?- Preguntó Colette curiosa. Mas antes de esperar, alimentó su curiosidad.
Página cincuenta y cuatro.


"Cuando veo de nuevo el mar

el mar me ha visto o no me ha visto?
Por qué me preguntan las olas
lo mismo que yo les pregunto?
Y por qué golpean la roca
con tanto entusiasmo perdido?
¿No se cansan de repetir
su declaración a la arena?"





-Todo tuyo. Te lo dedicaré.
-¿Son todos tuyos?
-Si.
Sin darse cuenta, Colette leyó una pequeña firma al ocaso de la página rugosa.
-¿Te llamas Pablo?
El joven no contestó en seguida. Miró al horizonte. Si. Pablo era el nombre de aquel maravilloso joven que había robado tantos corazones. Sin embargo, no lo había buscado. Él solo se dedicaba a vivir. Por eso se había cambiado el nombre, por eso había viajado hasta París en busca de su maestro. No quería destrozar más vidas con ayuda de unas pocas palabras, vehículos de sus alocados sentimientos.
-Me llamo Pablo.- Confesó a su oído.
Ella vio en las páginas siguientes que al nombre le acompañaba una única letra: N.
Había escuchado hablar de aquel joven. Era guapo, bien parecido, de buena familia. Nunca arreglaba corazones. Más bien su oficio era romperlos.
-Te conozco.- Susurró Colette.
Las luces del crepúsculo hicieron que aquellas dos vidas se unieran lentas en un tímido beso.
-Ha sido un placer, Pablo. Un placer acompañarte en esta vida.
Pablo días después la vio bajar de primera clase. Era guapa, mucho. Pero no era para él.
Se prometió que algún día, cuando las canas poblaran su cabeza iría en su busca y le daría las gracias. Le agradecería haberle abierto los ojos.



























No la volvió a ver. Nunca.
Los años pasaron. Día si y día también Pablo buscaba la mirada de la joven en el horizonte. Siempre escribiendo para liberarse.
Una mañana encontró una levita apolillada sobre el tercer estante del armario y la recordó, feroz como las olas. Decidió coger aquel barco, una última vez.
Llegó a París y dando una bocanada de aire la buscó por donde su memoria recordaba que había estado en un corto espacio de tiempo. Los pasos, traicioneros la llevaron a su lecho. Sin saber cómo ni por qué bajo una almohada llena de lágrimas encontró una pequeña página arrancada de un diario que le parecía familiar.
El comienzo de aquel poema hizo que su avejentado corazón corriera más deprisa. Colette.

domingo, 18 de mayo de 2014

Jugar a vivir sin miedo


Playa serena. Cinco de la mañana y me suplicas de no me vaya. Que hace tiempo que ya tiraste la toalla. Que quieres que deje de mentir, de mentirte. Quieres que te diga que te quiero aunque todo se nos desmorone y al mundo le de por caerse sobre nosotros. Quieres que coja tu mano y con ella me deslice sobre la profundidad de tu mirada.
De lejos aún escuchamos el rumor de las olas y lentamente van saliendo las primeras luces de la mañana.
¿Quién nos habría advertido de la incertidumbre del mundo? ¿Quién nos diría que a día de hoy somos dos mitades en un mismo cielo?
Tú con tus verdades y tus retos, delante de mi en una playa al otro lado del mundo, demasiado lejos. Un calendario de por medio y unos días que ya se fueron.

sábado, 17 de mayo de 2014

Desde Roma con Amor


Volver. Volver sola, acompañada, pero volver. Decidir pisar sus milenarias calles mágicas y regresar, después de todo. Parece que fue ayer y sin embargo, ha pasado una vida.
Salía de aquel cuarto sin ascensor, del Trastevere y la brisa de la tarde se empeñaba en jugar con sus cabellos.
Las luces del ocaso bailaban al son del ruido de aquella ciudad. Domingo joven, romano. Veia pasar varias motocicletas a su paso, alocadas como siempre. Tenía que llegar temprano. Hoy era su día de gritarle al mundo que vivir valía la pena.
Caminando sin prisa ni pausa llegó a su rincón favorito de aquel mundo. Andrea le esperaba al final de aquella inmaculada escalinata. Croissants para dos. Lo saludó como siempre y él decidió que era la hora del grito.
Bordearon el Quirinal dando un interminable paseo por la calle del recuerdo.
En sus oídos, Ferro les recordaba porque estaban allí, entonces y juntos.
Llegaron a vía del Corso y bajaron. De aquellos suculentos dulces no quedaba más que el sabor en los labios.
Coliseo.
Ochenta arcos y mil maravillas. Puera secreta, puerta sur. Siempre estaba abierta, el bueno de Tito...
La pareja se coló con facilidad y consiguió ascender hasta lo más alto para ver los últimos rayos de sol marcharse. Olor a jazmín en flor cuando llegaba el momento del grito. Un grito, y luego el otro. Grito de amor desde Roma, de pasión de libertad.
Había vuelto.

martes, 13 de mayo de 2014

"Te querré más todavía"

"Mario, no te vayas. No me dejes entre tanto espesor de vegetación. No huyas. ¿Nunca te han dicho que huir es de cobardes? No vuelvas a aquel mil novecientos ochenta y dos. Quédate conmigo, te lo ruego."
En un rincón quedaban viejas flores de la ansiada y pasada primavera. Flores a las que los ropajes de gala se les habían caído. Flores demacradas por un sol cegador. Continuaba allí en el alféizar de la ventana, apoyada, mirando la inmensidad del mar sin tan siquiera parpadear. La ilusión se había perdido, la magia le cogía de la mano y la envolvía con un aura brillante pero ella seguía allí quitándose importancia, con lágrimas en los ojos y ansias de vivir. Con sus palabras entre los dedos. Palabras que clavaban un puñal en su angosto corazón, con muchos años de diferencia. Pasaba páginas, más y más cada día y nunca terminaba, no encontraba el punto final.
"No te vayas, Mario"
Las horas, segundo tras segundo pasaban lentas. Desde la inmensa casa de piedra en lo alto del acantilado se podía distinguir su figura, siempre expectante. La hiedra, ya vieja había decidido recorrer todos los rincones de la casa. Ya poco quedaba de la que un día había construido aquel joven lleno de sueños y esperanzas.
Los años habían pasado con la juventud y las sonrisas a quemarropa. Los cabellos de Luz brillaban plateados con el alba. Sus ojos, aún inundados de lagrimas, continuaban vivos. Su corazón entre las manos, con cada letra escrita por él.
Y aquella primavera, la de la esquina rota decidió verla partir. Luz abandonó la casa donde un día fue feliz para ir en busca de Mario.
Antes de irse volvió la vista atrás, adivinó el sonido de las olas traviesas y continuó su camino.
"Hola…¿Me has echado de menos, Mario?"


"Es claro que lo mejor no es la caricia en sí misma sino su continuación."
M.B. (1982)


sábado, 10 de mayo de 2014

Perfección


Coraza bella y fuerte, corazón valiente.
Billete de metro hasta Picadilli, bufanda al cuello.
Día nublado, noviembre dulce.
-No sale el sol, no sale nunca-

Sentado en el lugar más transitado de la capital londinense con el gorro sobre la cabeza y las gafas puestas a pesar de la escasa luz, él piensa. Debe encontrar la forma de acabar con eso. Quiere dejar de aparentar que vive una vida perfecta, y gritarle al mundo que está perdido y que no sonríe desde hace tiempo. Mira una a una las personas que confluyen en aquel vagón. Qué bonita la vida.
Necesita aire, respirar hondo y confesar otra de tantas cosas que le oprime el pecho, y le ahoga el corazón. Él, sonrisa perfecta, ojos verde tristeza la busca.
Desapareció sin decirle nada, y no pudo retroceder en el tiempo para encontrarla.
Aprieta con los dedos un pequeño trozo de papel arrugado, doblado mil veces que reza su dirección.
Una llamada le saca de sus pensamientos y raudo se levanta para salir de aquel pestilente vagón. No aguantaba más.
En la calle hace frío. El cielo es de color vida feliz, es de color rosa. Las farolas a lo largo del paseo comienzan a danzar con una tenue luz.
De pronto la ve.
Ella levanta la vista, como si supiera que alguien la estaba mirando. A través de los cristales empañados de sus gafas, el joven adivina el brillo de sus ojos.
-No te vayas…-Susurra él acercándose.
-¿Qué es lo que te pasa últimamente?- Pregunta ella llevando puesto el disfraz de indiferencia.
-¿Qué me pasa? ¿Por qué?
-Porque el teléfono de casa no suena. La pintura del óleo que hicimos se está secando, tu taza de café se ha quedado fría sobre el alféizar de la ventana, el segundo juego de llaves no está sobre el felpudo y el cajón de tus calcetines está vacío…
-Con lo fácil que es decirme que me echabas de menos.- Suspira él con una sonrisa amarga.
-Puedes tener a muchas detrás tuya.- Una lágrima se resbala por su mejilla.
-¿No te ha quedado claro? No quiero otras. Te quiero a ti. Quiero que me despiertes como haces cada mañana, necesito nuestra pelea de almohadas. Quiero dejarte notas por todas partes y que tu las encuentres y sonrías. Quiero que estos meses, lo que hemos vivido no acabe. Y no sabía cómo decírtelo sin que el secador aterrizara de nuevo sobre mi cabeza.
-¿Por eso estabas triste?- Quiere saber ella.
-¿Triste yo? Venga…-Bromea él.
-No me mientas…-Murmura frunciendo el ceño.
-Pensé que te había perdido para siempre.

Guiñar al sol

Acariciar esos recuerdos con los dedos de una sola mano, agarrarlos fuerte... ¿Cómo puede doler tanto echarte de menos? Dicen que se echa de menos la persona en la que nos convertimos cuando estamos con otros y puede que sea verdad.
¿Cómo podemos ser tan cómplices de una persona? Cuánto pueden cambiar las cosas…
Ya desde hace tiempo. Las cosas no son las mismas. Las conversaciones de madrugada terminaron, las ganas se fueron extinguiendo. ¿Dónde quedan todas las risas? Las estoy buscando, y eso que no se me da bien buscar, pero no por eso he dejado de hacerlo. Somos dos vidas paralelas que se volvieron locas y decidieron cruzarse en el camino, dos náufragos sin una isla desierta y dos mensajes en botella. Pregúntale a las estrellas cuánto hace que no sonríes como antes. Ellas te traerán de vuelta.
Porque te necesito a mi lado. Necesito que seas tú, de nuevo, quién entienda cuando no quiero sonreír y que vengas a abrazarme, necesito nuestras bromas. Necesito todas aquellas pequeñas cosas que aunque puedan parecer insignificantes me hacían feliz. Sigo siendo feliz, pero menos. Te echo tanto de menos…
Encuéntrame. Sin ti, me pierdo.

a N.

domingo, 4 de mayo de 2014

Siempre nos quedará París



-Despierta, hemos llegado. 
Ella se frotó los ojos con ambas manos. Llevaban horas en el autobús y había llovido durante todo el trayecto.
-Tenemos que ver muchas cosas.- Le volvió a sacar Mario de sus pensamientos.- Aligera.
-Mario,-Dijo ella.- te quiero.
El joven la miró tiernamente a los ojos. Ella le enseñaba a frenar, a vivir. Era cierto que debían darse prisa pero, si iban sin aliento no podrían apreciar las maravillas de la vida.
Mario la abrazó y de la mano la bajó del autobús. Una brisa fría les recorrió la espalda de arriba a abajo. Elena, todavía aturdida por el sueño se desperezó. Mario observó a la chica de sus sueños. Quién le diría que tras pasar por tanto estarían en un autobús de camino a París…Impresionante. Cómo se dejaba convencer. Aquella forma de morderse el labio de Elena se le antojó maravillosa. Otro motivo más de su sonrisa y una idea que voló fugaz hasta aterrizar en la cabeza de Mario.
-Elena…-Susurró a su oído.
Ella tembló como una hoja oponiéndose al viento del norte.
-…tengo una idea.-Terminó el joven.
Cogió con cuidado las maletas y de la más grande sacó un pañuelo colorido para vendarle los ojos.
-No puedes ver hasta que hayamos llegado.- Confesó ante el ceño fruncido de la joven.
Años atrás, cuando Mario había viajado a París con sus padres y todavía era un niño, encontró por accidente el lugar más mágico del mundo. Estaba allí, en la ciudad de la luz, y era solo suyo. Anduvieron durante unos minutos de la mano a través de las pobladas avenidas hasta que el joven indicó a Elena que se parase. La joven, intrigada, apretó aún más fuerte la mano de su novio.
-¿A dónde me llevas?- Quiso saber.
-Es un secreto.- Respondió Mario divertido.
A Elena le pareció que habían entrado a un edificio, debía de ser viejo a tenor del crujido de las escaleras de madera. Luego escuchó el chirrido de una puerta metálica y algo de luz se hizo ante la oscuridad de sus ojos cerrados, acompañada de una brisa de primavera.
Mario le soltó la mano y ella se sintió perdida. Aún así esperó. Escuchó que los pasos del joven iban de arriba a abajo. Buscaba algo que hacía quince años que había encontrado y escondido para una ocasión como aquella. Allí estaban. Bajo la florida enredadera, demasiado salvaje. Sacó dos copas de cristal, algo desgastadas y una botella de vino cerrada herméticamente. Mario estaba seguro de que antes de él, aquel lugar había sido la maravilla de otro romance de otoño. Siguió hurgando y encontró un pequeño trozo de tela rojo. Lo extendió sobre el balcón y colocó las copas y el vino sobre el mantel improvisado.
De pronto recordó que las tenues luces que habían iluminado aquella especie de jardín en otro tiempo se encendían  desde dentro. Corrió al interior y cuando dio con el interruptor salió fuera de nuevo.
-Ya puedes quitarte el pañuelo.-Musitó Mario al oído de Elena.
Ella tiró de aquel nudo para encontrarse aquel escenario salido de una película de época. Probablemente estarían en uno de los edificios más antiguos y elegantes de París, en la última planta. En el horizonte del Sena los colores se volvían intensos. Estaba atardeciendo y las nubes que habían invadido el cielo habían salido huyendo. Aquella torre, impertérrita coronaba la ciudad maravilla. Los labios de Elena aún estaban entreabiertos por la sorpresa y la joven miró a Mario, mientras estos se tornaban en una sonrisa.
-¿Cómo has encontrado este sitio?- Preguntó la joven.
-Igual que a ti.
Ella le regaló otra sonrisa. Aún así, seguía sin saber la respuesta.
-Lo encontré por casualidad.
Abajo en la calle ña música comenzaba a inundar el ambiente, transportando a la pareja a la Bohème francesa. En el cielo las luces que aquella torre y las estrellas competían por ver quien brillaba más fuerte.

El arte de vivir bailando


Es un sentimiento. 
Baile.
Acordes de una guitarra, guitarra española en una noche serena, que suenan lentos al compás de un ritmo, de unos pasos de tacones desgastados.
Volantes que vuelan frenéticos siguiendo los pasos marcados por otros. No siguen un camino, completan un círculo.
El cabello recogido, a ratos, a tientas, peinetas que lo adornan y unos pétalos de la mano de un cáliz demasiado fresco en uno de los lados de su rostro.
Faroles que iluminan ese rostro, calles demasiado largas que nunca terminan; brisa marina adornada por las noches de verano.
Quédate con ella de por vida.
Uno de sus brazos se eleva solo sobre su cabeza; su mano acompaña las notas secas que salen del cajón que otras manos tamborilean.
Una caída tras otra, y vuelta a empezar. Unos lunares que se extienden por toda su geografía. Un deseo de olor a azahar. Todo en blanco y negro para después colorearse con cada puesta de sol.
El sudor de un esfuerzo demasiado sufrido, un esfuerzo completado que ha dado sus frutos. Una sonrisa entre sus brazos puestos en jarra.
Las manecillas del reloj paradas. No es que no marquen las doce, es que ya ni siquiera marcan.
Otra rumba de voz aterciopelada.
Ansias de sur, de vida.

jueves, 1 de mayo de 2014

Del verbo echar, complemento de menos

Tengo una duda. Me gustaría saber por qué después de tanto fuimos tan poco. Quisiera poder ser capaz de articular palabra. Me gustaría decirte que te echo de menos y que tengo miedo de perderte pero no puedo hacerlo. No me sale. Siento que ya se ha acabado todo, siento que molesto y que sobro. Y eso era lo último que quería.
Me gustaría que aunque las cosas hayan cambiado, pudiéramos reírnos de la vida, al menos seguiríamos haciendo algo juntos. Me gustaría no perder amigos,poder conservarlos siempre.
A veces pensamos que nos lo merecemos todo pero yo no estoy en condiciones de pedir y menos ahora. Odio esta sensación. Esa de sentir que ya nada vale, que eres una extraña en tu propia vida, es esa que sientes cuando una punzada te atraviesa el corazón. Ni un hola, ni un adiós. Supongo que es lo que queda, lo que me merecía.


        a M.


viernes, 25 de abril de 2014

Apretando los dedos en una última caricia su corazón dejó de latir

Y de nuevo la vida golpea. Los ángeles lloran caprichosos hasta que consiguen lo que quieren y esos días inexplicablemente amanecen fríos. 
Hoy estábamos todos un poco más cansados de la rutina, aunque fuera viernes, un sentimiento extraño invadía el ambiente. Y es que siempre tienen que llevarse a rastras a los que no se lo merecen. Soñé que esa sonrisa, que esas ganas nunca se caerían de tu rostro pero claro, era sólo un sueño. Ya es tarde.
Ese abominable espectro que se ha convertido en el temor de los días de la sociedad actual debe ser encarcelado, controlado. Tenemos que acabar con él. No sólo porque sea injusto, que también, sino porque nos exprime las ganas de vivir si nos va quitando poco a poco a los que más queremos.
Tito, me hubiera gustado conocerte más allá de tu simpatía, más allá de tus ganas, tus esfuerzos y tu espíritu de lucha, más allá de esas impersonales cámaras.
Puede que suene a tópico pero contigo aprendimos un poquito mejor lo que significaba el fútbol, y parece que se estaba perdiendo pero al marcharte tu lo están volviendo a recordar. No será por mucho tiempo.
La vida ha querido pasarte por encima y lo ha conseguido.
No te preocupes, aquí estaremos bien, seguiremos tus pasos. Tus huellas aún siguen estando frescas en la arena de la playa. Esa eterna camiseta sigue colgada de un viejo balcón del paseo de gracia. Aún lleva tu olor.

Una cosa más. Cuando llegues arriba seguro que Luis te pregunta que tal sus niños, diles que le echan de menos, saluda a Puerta, a Jarque, te estarán esperando. Gabriel bromeará, dirá que se fue demasiado pronto.
Cuando las alas comiencen a salir no te asustes. Dale un beso a Nacho de mi parte y a mis abuelos, diles que les quiero.
Otro ángel más, otro que se ha llevado el cielo.


a T.V.



jueves, 24 de abril de 2014

Puedes perder pero recuerda, perder es otra forma de ganar

Decidme algo, ¿de verdad la gente se merece perder la sonrisa? ¿Merece tomarse mal algo que pueda hundirle? No. Como siempre se dice. Desde pequeños, cuando jugábamos a los barcos perseguíamos una frase que nos ha acompañado hasta ahora y de la cual hemos perdido el verdadero valor: "tocado pero no hundido",
Puede que vengan malos días, o que sean días aún peores, de esos que lo único que te pide el cuerpo es volver a tirar de la manta y darte la vuelta en la cama pero, ¿las batallas se ganan en un día? ¿Hemos visto alguna vez un hada de los sueños que venga a facilitarnos la vida? Eso pensaba yo. La tonta, la que sigue creyendo las leyendas urbanas, la que lleva por talismán una pulsera de la suerte.
Volvamos a jugar a los barcos, hoy y todos los días que queramos tomarla con el despertador, porque si no seguimos adelante, si soltamos nuestra sonrisa, la luz de nuestros ojos se irá apagando con rapidez hasta perecer. Nos perderemos lo bonito de la vida, abandonáremos la luz del sol, la brisa del mar, perderemos a esas personas que realmente se preocupan por nosotros y que sólo sonríen para imitarnos.
Si la vida te da una torta, demuéstrale que eres fuerte y no dejes que te obligue a poner la otra mejilla, devuélvesela.


Lo piensas y el mundo pierde sentido

¿Y recuerdas? Aquel era nuestro viaje. Sólo nuestro, y lo seguirá siendo. Ese viaje que comenzaría un día inexistente de verano y que realmente empezó como vagas ideas bajo los colores de una bandera.
Era un viaje de ida pero sin vuelta, un viaje en el que ni siquiera hacia falta maleta. 
Un viaje que quedó grabado en fotos de sitios que quisimos visitar, un viaje en la inmensidad del mundo.
Pero nunca llegamos a coger aquel último tren de la transitada estación. No sabemos que nos habría deparado el destino o si habríamos regresado algún día.
Ayer no me podía dormir. Me levanté de la cama y a tientas comencé a dar vueltas por la habitación. De repente mi pie se chocó con algo que no recordaba haber dejado de obstáculos. Palpé a tientas una pequeña caja: mi maleta repleta de sueños. No se lo he dicho a nadie pero ese pequeño trozo de intensidad es lo único que me pertenece en esta vida. Mis mejores momentos, los más divertidos, los más tiernos, los más alegres, todos tienen vida y están aprisionados en esa pequeña caja de madera. No le quise dar más vueltas al asunto. Esa caja siempre esta guardada, bajo llave. ¿Qué diantre hacía ahí? Cómo siempre el destino venía a importunar.
La abrí con cuidado y lo primero que encontré fueron esos dos billetes a ninguna parte. Algo de arena de aquellos días se escapó por entré mis dedos. Esos billetes ya no están en la caja, los he guardado en un lugar seguro, para evitar tener que limpiar más manchas oscuras, quizás demasiado humedecidas de su superficie.
La caja, mi parte de vida, ha vuelto a su rincón. 
Volví a meterme en la cama y mientras la luna quería impedir que cerrara los ojos yo subí a ese tren esperándote en la siguiente parada.


a R.

Noches en vela.

No sabía que pedir y pidió la luna. Pensó que no lo conseguiría nunca. Pasó que lo dejo escapar.
Él se marchó en busca de la felicidad. Se subía a los balcones más iluminados de París, al extremo más alto del Empire State, llegó hasta las montañas más altas, siguiendo siempre la noche, buscándola a ella. No entendía entonces lo difícil que sería conseguir hacerla suya. Y es que con las ganas y la ilusión encima, el camino se hacía un poco menos cansado.
Los ojos le brillaban cada vez que, sin querer, ella se escapaba entre bastidores por el horizonte. No dejaba que el la viera quitarse su vestido de gala y descubrir ese primoroso cuerpo, todo de luz. Pero él, continuando la lucha, la seguía.
Así fue como se dio cuenta de que el amor existía. Cómo se percató de que el olvido era su hermano y de que hacía ya tiempo que no se hablaban, de que él lo había traído la noche.
Como tantos otros días llego el crepúsculo, Lorenzo se despidió con un leve movimiento de la mano izquierda y él le devolvió la sonrisa. Las primeras estrellas empezaron a pegarse en el firmamento y esperaban impaciente la salida de Catalina. La luz comenzaba a brillar de nuevo cuando el joven vislumbró aquellas lágrimas de cristal. Entonces la abrazó para siempre.
Cuentan que ella sigue esperando. Él consiguió la luna pero no la llevo de vuelta a casa, Catalina a un le tiene entre sus brazos.




domingo, 20 de abril de 2014

Un número, una estrella


Llamadme rara. Si, merezco tener un cartel adherido sobre la frente que me llame por lo que soy: rara.
Adoro las casualidades, las sonrisas a media voz, los abrazos. Me encanta el pan con mantequilla, el yogur griego con galletas príncipe y ponerme en lo peor para después no llevarme decepciones. Soy de las que sacan un pie de la cama para dormir a la temperatura perfecta, una de las pocas zurdas que utiliza los cubiertos de la misma manera que un diestro.
Amo la música de todo tipo, siempre depende del momento, me encanta cantar, buscar formas en las nubes y vuelvo a ser una niña pequeña cuando me dan un beso en la frente.

En la vida hay que ser valiente y cada uno lo intenta a su manera. Porque quien no intenta, no consigue. Yo, por ejemplo, intento ser valiente entrelazando mis dedos a los dedos desgastados y longevos de las casualidades, a las comeduras de cabeza y a las noches en vela. Las madrugadas siempre son las mejores horas. Me encanta pensar que la vida nos ha colocado en un instante, en un momento en el que distintas personas se chocan por no frenar ocasionando desastrosas explosiones: de amor, de odio, de alegrías y tristezas…

Como cada domingo -el de hoy demasiado lluvioso- decido replantearme la vida del día siguiente, del maravilloso lunes, para poder empezarlo y lo que es aún mejor, seguirlo. Cada domingo surge una duda nueva que ronda mi cabeza, pero después se aleja presurosa hasta perderse en el horizonte, queriendo siempre surcar mares.
Veo las gotas caer por el cristal de una ventana que se me antoja extraña y pienso, queda poco, queda tanto, apenas hemos tenido invierno, ya casi llega el verano.

A menudo asociamos el invierno al frío, a la tristeza, a la nostalgia, lo presentamos unido a la oscuridad. Siento decirlo pero todos hemos tenido miedo a la oscuridad alguna vez, era hora de admitirlo. Nos encantaba levantarnos de madrugada y encender las luces del pasillo sin que se enterasen papá y mamá. Con un poco de luz volvíamos a ser valientes.

Por eso hoy confieso mi manera de ser valiente, no he olvidado esa luz que me salvaba de los monstruos que anidaban bajo mi cama y me hacía mecerme tiernamente en los brazos de Morfeo. Mi manera de ser valiente es correr en la oscuridad de una habitación hasta llegar a tientas al interruptor de la luz y encenderla, siempre que la apaguen, que me pasen y me pisen.

Luego llega el verano, tarde o temprano siempre llega. El verano va unido al calor, al olor a crema demasiado blanca, a amigos, a noches divertidas, a olas en un mar demasiado revuelto. El verano es ese  en el que los sueños se cumplen y las horas pasan demasiado rápidas. Me gustan los veranos.

Pero sobre todo, hoy estoy aquí para revelar que para mí ha cambiado la concepción de estas maravillosas estaciones. Sí, no olvido lo anterior, pero tampoco me estanco en el pasado.
A partir de hoy las dos estaciones son iguales, iguales de bonitas, de buenas de cariñosas. Hoy el invierno es dulce, sabor a chocolate caliente, a tardes de película, al crepitar de una chimenea, al tintineo de un trineo en navidad, a un cielo increíblemente estrellado. Ese es mi invierno. El verano por otro lado es salado, sabor a mar, a fruta, a amor, el verano tiene sabor a fiesta, a pies demasiado cansados, a espuma, tiene sabor de atardecer. No serían nada el uno sin el otro. No serían ellos.

martes, 15 de abril de 2014

Cuida que el sol no nuble tu mirada

Vas a ganar la batalla. Puedes pensar que es algo presuntuoso, decir quizás que es precipitado.
Ánimo, levanta, sé que juntos podemos hacerlo.
Nos más que un inquilino sin escrúpulos que ha decidido ahondar en tu vida y busca tus puntos débiles, y los míos. No es más que una nueva forma de vida, arrolladora, que reduce el tiempo. Qué irónico suena eso de que hasta que no te pasa no sabes lo que se siente, pero es verdad. Ni te lo imaginas. Son seis letras que rasgan como cuchillas las palabras de tu garganta y van absorbiendo hasta tu último aliento.
El 90% es la actitud. Ríe, y reirán contigo, sé feliz y se fastidiarán. No te dejes ni un minuto para pensar si lo que quieres es compadecerte o ver que falta algo sobre tu desnuda cabeza. Cuando te mires al espejo que sea porque esa línea que divide tu rostro en dos mitades desiguales decorada con perlas blancas, va a hacerse más grande y brillante. Que sea para ver que tus ojos también hablan y que las alegrías nunca vienen solas. Que sea para darte cuenta de que hay más como tu en el mundo, de que eres muy fuerte y de que cuando merece la pena vivir aunque sea por poco tiempo.
Desgraciadamente esto le ha pasado a muchos, antes que a ti. Algunos saben como llevarlo, y consiguen salir de esa pesadilla, otros estaban demasiado cerca del enemigo y la guerra los fue degradando hasta no dejar nada.
Puedo decirte que te quiero, aunque es algo que ya sabes. Y como yo miles de personas más no te han soltado nunca la mano.
Estos días está amaneciendo antes, amenaza con instalarse ya el verano y todo, para que tu puedas pasear por las playas, coger caracolas y ver al sol desaparecer antes que tú, durante muchos más años.