viernes, 6 de junio de 2014

Hey there Dellilah

¿Sabes una cosa? No elegimos hacernos daño pero sí elegimos a quien nos lo hace.
 Una reflexión profunda, de un chico dentro de las páginas de un precioso libro. Un chico al que un endiablado osteosarcoma le bebe la vida a sorbos. Gracias, Augustus. Parece que hoy en día necesitamos una tragedia en nuestra vida un cambio radical para apreciar lo que tenemos y llegar a valorarlo.
Despertad, joder, estamos vivos. Somos como somos, y punto. Que no vaya a venir nadie a cambiarnos, porque perderíamos el sentido de nuestra vida, nuestra esencia.
El daño, el dolor o la rabia son partes de ella. 
Eso que dicen que desahogándose de cualquier manera te liberas, que hablando se entiende la gente. Eso es mentira. Hay guerras que empezaron porque el hombre no entendió su propia palabra.
Con esto quiero llegar a eso que, como un maldito reloj suizo, llega cada hora a repiquetear mi cabeza, sin descanso. Como una eterna pesadilla. Tú. Si, tú. Yo he elegido que me hagas daño, porque pensé que valías la pena.
He de decir que me equivocaba. Una amistad no se alimenta de falsedades. Una amistad se cultiva a base del cariño, de ser honesto, de reírse sin que nadie lo entienda.
Puede sonar egoísta, pero una amistad se basa en la comodidad de uno mismo. Sabemos que alguien es amigo cuando nos sentimos a gusto a su lado. Nuestros amigos son aquellos que nos dicen lo que queremos oír y cuando lo queremos, con cuñas de verdad entre halago y halago para no desviarnos de la realidad. Y por eso, por ese hecho tan simple, son nuestros amigos.
Me parece fantástico que hayas decidido vivir tu vida y echarme de ella por la salida de emergencia. Pero aunque fuera por un respeto a lo pasado, pienso que me merezco una explicación. Sin embargo, no explicas, no dices nada. Todo es maravilloso, al menos a la cara. Detrás de mi, la realidad es bien distinta. ¿Me da igual sabes? Me ha dolido, eso es todo. Pero ya, me da igual. Lo único que quiero, que necesito es que si has decidido ponerme en tu lista negra, que si quieres que salga de tu vida: échame para siempre, no a medias, no para un rato, no a las espaldas. 
Reúne el valor y la labia que haga falta para decirme que no quieres volver a verme la cara. Yo me voy. Tú vive tu vida como más te guste que yo, haré lo propio.
Eso, si. Voy a intentar ser feliz, voy a perseguir mis sueños. Cueste lo que cueste, le pese a quien le pese.
Y gracias, por los momentos que vivimos. Por todos y cada uno, aunque ya no sean más que eso, momentos.


lunes, 2 de junio de 2014

Siempre rey

Se me quedaba grande sin ti, querido amigo. No pude sino renunciar a esta España que un día, allá por la  juventud fue tan nuestra. No es que no vea un futuro próspero para ella, no significa que no la vea en su plenitud y sus años de bonanza vestida de un brillante rojigualdo a su espalda.
Sino que me hago viejo, los años pesan mucho sobre mi espalda y sin ti ya no es lo mismo. Han cambiado tantísimo las cosas. Suerte que tu acabaste con la inocencia de un niño y te quedaste con lo verdaderamente bueno. Pero, aunque digan que no puede salir de esta, que no podemos con nuestros problemas, yo me niego a creerlo. Ha llegado el momento de dejarles crecer y soltar su mano, indicarles el camino para que ellos lo terminen solos.
Me da miedo sabes que esto puede acabarse en cualquier momento, me da miedo no verlos crecer como antes...
Esta mañana he salido a tranquilizarlos pero, han visto el miedo en los ojos.
Ella, a pesar de todas las veces que le he fallado estaba tras las luces, tras el telón siempre expectante y me ha susurrado al oído "tú puedes, Juan Carlos". He de confesar que ella son todas mis fuerzas. Y entonces me he dado cuenta de algo. Es cierto que tenía miedo, siempre lo he tenido. Miedo de no saber dar la talla, de fallar a cuarenta y seis millones de personas pero después un sinfín de recuerdos se han acercado a mi envejecida memoria. Eran buenos, te lo aseguro. Todas y cada una de las veces que hemos caído, han sido cientas. Me atrevería a decir que llevamos cayendo toda nuestra historia. Sin embago, hemos sabido levantarnos. Una tras otra, siempre. Eso sólo puede tener un nombre: coraje. Estamos unidos bajo un mismo sentimiento: las ganas de vivir, y vivir a la española.
Puede que los defectos de nuestras gentes superen nuestras virtudes. Pero esas virtudes no las tiene nadie. Puede que nos guste mucho la fiesta, pero sabemos que en nuestras manos encontramos dos valiosas herramientas de trabajo. Sabemos que no somos perfectos y tampoco nos molestamos en serlo, pero tenemos la ambición de la buena vida.
Por eso, de un tiempo a esta parte. Desde que un calendario más pasó sobre mi cuerpo, decidí que era hora de crecer. Le toca a él erigir todos los logros que una vez tú y yo alcanzamos juntos.
Esta noche puedo dormir tranquilo, confío en ellos. Quizá no me quede mucho para verte, de hecho, podré decir que he cumplido nuestra promesa.



Un amigo para toda la vida, por favor


Ellos son el motor de tu vida. Son personas a las que puedes llamar a cualquier hora del día para que aparezcan, son tu pequeño kit de superviviencia ese que contiene algo de alcohol para limpiarte las heridas o tiritas para el corazón, ese que guarda en un compartimento secreto un bote de chocolate y un paquete de palomitas.
Son los amigos.
¿Qué significa en realidad esta palabra, qué nos regala?
Los amigos vienen y van. Son personas que a cada momento de tu vida te sostienen entre sus brazos. Son personas que pueden durar un día, un mes o toda una vida. Son personas maravillosas que a veces no nos merecemos y por las que daríamos el mundo para verlas sonreír a nuestro lado.
Normalmente hay pocas personas de este tipo, que cumplan todas las características, y en algunas etapas llegan a estar en peligro de extinción, por eso, si tienes la suerte de toparte con alguno agárralo fuerte y muéstrale la mejor de tus sonrisas.

lunes, 26 de mayo de 2014

Una noche es una noche


Daban las siete de la tarde sobre aquel inmenso almacén. Hacía ya tiempo que las puertas estaban cerradas al público. Aquel establecimiento había sido antes un teatro de renombre.
Tú la mirabas nadar entre tantos trajes de tul, entre tantos collares brillantes y tantos chales de plumas. Querías que nunca parase de bailar. Ella sonreía. La música sonaba alta- tanto que los cristales de los amplios ventanales vibraban con aquella melodía.
Ella antes no era así y llegaste tú para cambiarla. Antes ella se paseaba a puerta cerrada, más sola, más triste y no dejaba que la ayudaran. Antes no era ella.
Y de pronto llegaste tú y le cambiaste todos los esquemas. Entonces comenzó a ser feliz. Lo veías en la luz de sus ojos, lo veías en todas las fotos que te sacaba mientras dormías con la vieja Polaroid y que además pegaba en el muro de pierda. Lo veías cuando le dabas los buenos días. Ella antes no se hubiese atrevido a bailar, pero contigo se sentía capaz de todo.
Corrió hasta el perchero de sus sueños. Aquel en el que guardaba todos sus vestidos, los que realmente le pertenecían. Todos blancos, todos de fiesta. Qué sería ella sin una buena fiesta, sin un dolor de pies, sin maldecir a aquel que había inventado los tacones para luego adorarlo… Te miró cómplice y enseguida adivinaste en su sonrisa lo que pretendía.
-Esta noche nos vamos a bailar.- Te susurró.- Una noche es una noche.
Todo por verla contenta.
A las nueve estuvo lista. Pero claro, tú ya la esperabas para abrirle la puerta. Arrastraste la silla a la que vivías pegado desde años atrás y le confesaste lo guapa que iba.
Vestido blanco, largo, pendientes; también largos, tacones de altura vertiginosa y el pelo suelto, con aires de libertad. Le colocaste una flor en el pelo y saliste para verla iluminada por las últimas luces del ocaso.

miércoles, 21 de mayo de 2014

El verdadero nombre de Ricardo

Colette llevaba horas en la proa del inmenso barco de vapor en busca del amor, en vías de la felicidad. No era para nada una experta en aquellos temas por muchas habladurías que hubiesen circulado por las calles parisinas.


Quedaban pocos días para llegar a la capital chilena y los nervios de la joven estaban a flor de piel. Esperaba encontrarlo.
Entre sus torpes manos se encontraba aquella levita que se habían dejado olvidada en el café Concord. Ella se había responsabilizado de aquella prenda, cruzando incluso el continente para hacerla regresar hasta su dueño. Aquellos ojos color caramelo intenso que la habían cautivado.
No habían dicho su nombre pero en el interior de la prenda rezaba el de "Ricardo Reyes- Santiago (Chile)" 
-¡Qué gallardo! ¡qué elegancia!-Pensó Colette.
Los sucesos de Moulin Rouge regresaron a su cabeza para importunarla y ella respiró hondo. Era cierto que siempre se metía en líos, que nadie le había dado nunca un voto de confianza y que su sitio hacía ya tiempo que se había desplazado de la ciudad de la luz. Por eso y por aquel misterioso joven de mirada perdida se propuso perderse en la inmensidad del mar.
Entró y salió del camarote, vigiló a todos y cada uno de los pasajeros a los que recordaba haber visto en el embarque y luego se sentó a descansar.
Pensó que era una alucinación cuando vislumbró entre las sombras del viento la figura del joven perfectamente recortada. Su rostro se volvió conteniendo la emoción y pensó bien antes de actuar.
Para cuando la solución vino a chocarse con sus ideas, Colette se encontraba inconscientemente junto al joven.
-¿Ricardo?- Se atrevió Colette en una pregunta apenas audible.
La mirada del joven aterrizó en los cabellos de la joven que tiraba de su pasado.
-¿Me está hablando a mi?- Inquirió el joven.
-Si esto es tuyo sí. Sé que no debo inmiscuirme en sus asuntos pero…se lo dejó en la cafetería Condor.-Apuntó con una sonrisa a la levita.- Me pareció usted un buen hombre y decidí traérsela. Cual fue mi sorpresa que sin haberlo pensado estaba en una embarcación de camino a Chile, sin haber sacado mis pies flamencos de la capital.
El rostro del joven se le antojó sereno y cauto a un tiempo. No acertaba a adivinar sus sentimientos porque tampoco lo conocía pero esperaba que agradeciese el detalle.
-Es mío, si.-Afirmó. Por fin una hermosa sonrisa decoró los labios del joven.- No tendría que haberse molestado, tengo más en casa.
-Si no era molestia. Añadió Colette.- Esta levita ha sido la excusa perfecta para alejarme de todo. Empezar de cero.
El joven cogió la levita. Ella pensó que se  marcharía y que aquel viaje no había servido más que para dar una vuelta en barco.
-Por cierto, no me llamo Ricardo.
Ella la miró a los ojos sorprendida. No quiso preguntar su nombre y él tampoco se lo reveló.
-¿Podría tutearla? Quiero mostrarle algo.
-Claro que sí. Mi nombre es Claudine, aunque me conocen por el nombre de Colette.
-Claudine…, es hermoso.- Susurró el joven más cerca.
Ambos recorrieron la cubierta hasta llegar a las cómodas hamacas de mimbre y se sentaron allí. El joven dejó la levita en la hamaca. Sacó con cuidado una pequeña libreta repleta de papiros que sobresalían de ella. En la tapa de aquella libreta rezaba: "Libreta de sueños, canciones"
-Ábrela por una página, la que quieras. Ese será tuyo.
-¿Ese?- Preguntó Colette curiosa. Mas antes de esperar, alimentó su curiosidad.
Página cincuenta y cuatro.


"Cuando veo de nuevo el mar

el mar me ha visto o no me ha visto?
Por qué me preguntan las olas
lo mismo que yo les pregunto?
Y por qué golpean la roca
con tanto entusiasmo perdido?
¿No se cansan de repetir
su declaración a la arena?"





-Todo tuyo. Te lo dedicaré.
-¿Son todos tuyos?
-Si.
Sin darse cuenta, Colette leyó una pequeña firma al ocaso de la página rugosa.
-¿Te llamas Pablo?
El joven no contestó en seguida. Miró al horizonte. Si. Pablo era el nombre de aquel maravilloso joven que había robado tantos corazones. Sin embargo, no lo había buscado. Él solo se dedicaba a vivir. Por eso se había cambiado el nombre, por eso había viajado hasta París en busca de su maestro. No quería destrozar más vidas con ayuda de unas pocas palabras, vehículos de sus alocados sentimientos.
-Me llamo Pablo.- Confesó a su oído.
Ella vio en las páginas siguientes que al nombre le acompañaba una única letra: N.
Había escuchado hablar de aquel joven. Era guapo, bien parecido, de buena familia. Nunca arreglaba corazones. Más bien su oficio era romperlos.
-Te conozco.- Susurró Colette.
Las luces del crepúsculo hicieron que aquellas dos vidas se unieran lentas en un tímido beso.
-Ha sido un placer, Pablo. Un placer acompañarte en esta vida.
Pablo días después la vio bajar de primera clase. Era guapa, mucho. Pero no era para él.
Se prometió que algún día, cuando las canas poblaran su cabeza iría en su busca y le daría las gracias. Le agradecería haberle abierto los ojos.



























No la volvió a ver. Nunca.
Los años pasaron. Día si y día también Pablo buscaba la mirada de la joven en el horizonte. Siempre escribiendo para liberarse.
Una mañana encontró una levita apolillada sobre el tercer estante del armario y la recordó, feroz como las olas. Decidió coger aquel barco, una última vez.
Llegó a París y dando una bocanada de aire la buscó por donde su memoria recordaba que había estado en un corto espacio de tiempo. Los pasos, traicioneros la llevaron a su lecho. Sin saber cómo ni por qué bajo una almohada llena de lágrimas encontró una pequeña página arrancada de un diario que le parecía familiar.
El comienzo de aquel poema hizo que su avejentado corazón corriera más deprisa. Colette.

domingo, 18 de mayo de 2014

Jugar a vivir sin miedo


Playa serena. Cinco de la mañana y me suplicas de no me vaya. Que hace tiempo que ya tiraste la toalla. Que quieres que deje de mentir, de mentirte. Quieres que te diga que te quiero aunque todo se nos desmorone y al mundo le de por caerse sobre nosotros. Quieres que coja tu mano y con ella me deslice sobre la profundidad de tu mirada.
De lejos aún escuchamos el rumor de las olas y lentamente van saliendo las primeras luces de la mañana.
¿Quién nos habría advertido de la incertidumbre del mundo? ¿Quién nos diría que a día de hoy somos dos mitades en un mismo cielo?
Tú con tus verdades y tus retos, delante de mi en una playa al otro lado del mundo, demasiado lejos. Un calendario de por medio y unos días que ya se fueron.

sábado, 17 de mayo de 2014

Desde Roma con Amor


Volver. Volver sola, acompañada, pero volver. Decidir pisar sus milenarias calles mágicas y regresar, después de todo. Parece que fue ayer y sin embargo, ha pasado una vida.
Salía de aquel cuarto sin ascensor, del Trastevere y la brisa de la tarde se empeñaba en jugar con sus cabellos.
Las luces del ocaso bailaban al son del ruido de aquella ciudad. Domingo joven, romano. Veia pasar varias motocicletas a su paso, alocadas como siempre. Tenía que llegar temprano. Hoy era su día de gritarle al mundo que vivir valía la pena.
Caminando sin prisa ni pausa llegó a su rincón favorito de aquel mundo. Andrea le esperaba al final de aquella inmaculada escalinata. Croissants para dos. Lo saludó como siempre y él decidió que era la hora del grito.
Bordearon el Quirinal dando un interminable paseo por la calle del recuerdo.
En sus oídos, Ferro les recordaba porque estaban allí, entonces y juntos.
Llegaron a vía del Corso y bajaron. De aquellos suculentos dulces no quedaba más que el sabor en los labios.
Coliseo.
Ochenta arcos y mil maravillas. Puera secreta, puerta sur. Siempre estaba abierta, el bueno de Tito...
La pareja se coló con facilidad y consiguió ascender hasta lo más alto para ver los últimos rayos de sol marcharse. Olor a jazmín en flor cuando llegaba el momento del grito. Un grito, y luego el otro. Grito de amor desde Roma, de pasión de libertad.
Había vuelto.

martes, 13 de mayo de 2014

"Te querré más todavía"

"Mario, no te vayas. No me dejes entre tanto espesor de vegetación. No huyas. ¿Nunca te han dicho que huir es de cobardes? No vuelvas a aquel mil novecientos ochenta y dos. Quédate conmigo, te lo ruego."
En un rincón quedaban viejas flores de la ansiada y pasada primavera. Flores a las que los ropajes de gala se les habían caído. Flores demacradas por un sol cegador. Continuaba allí en el alféizar de la ventana, apoyada, mirando la inmensidad del mar sin tan siquiera parpadear. La ilusión se había perdido, la magia le cogía de la mano y la envolvía con un aura brillante pero ella seguía allí quitándose importancia, con lágrimas en los ojos y ansias de vivir. Con sus palabras entre los dedos. Palabras que clavaban un puñal en su angosto corazón, con muchos años de diferencia. Pasaba páginas, más y más cada día y nunca terminaba, no encontraba el punto final.
"No te vayas, Mario"
Las horas, segundo tras segundo pasaban lentas. Desde la inmensa casa de piedra en lo alto del acantilado se podía distinguir su figura, siempre expectante. La hiedra, ya vieja había decidido recorrer todos los rincones de la casa. Ya poco quedaba de la que un día había construido aquel joven lleno de sueños y esperanzas.
Los años habían pasado con la juventud y las sonrisas a quemarropa. Los cabellos de Luz brillaban plateados con el alba. Sus ojos, aún inundados de lagrimas, continuaban vivos. Su corazón entre las manos, con cada letra escrita por él.
Y aquella primavera, la de la esquina rota decidió verla partir. Luz abandonó la casa donde un día fue feliz para ir en busca de Mario.
Antes de irse volvió la vista atrás, adivinó el sonido de las olas traviesas y continuó su camino.
"Hola…¿Me has echado de menos, Mario?"


"Es claro que lo mejor no es la caricia en sí misma sino su continuación."
M.B. (1982)


sábado, 10 de mayo de 2014

Perfección


Coraza bella y fuerte, corazón valiente.
Billete de metro hasta Picadilli, bufanda al cuello.
Día nublado, noviembre dulce.
-No sale el sol, no sale nunca-

Sentado en el lugar más transitado de la capital londinense con el gorro sobre la cabeza y las gafas puestas a pesar de la escasa luz, él piensa. Debe encontrar la forma de acabar con eso. Quiere dejar de aparentar que vive una vida perfecta, y gritarle al mundo que está perdido y que no sonríe desde hace tiempo. Mira una a una las personas que confluyen en aquel vagón. Qué bonita la vida.
Necesita aire, respirar hondo y confesar otra de tantas cosas que le oprime el pecho, y le ahoga el corazón. Él, sonrisa perfecta, ojos verde tristeza la busca.
Desapareció sin decirle nada, y no pudo retroceder en el tiempo para encontrarla.
Aprieta con los dedos un pequeño trozo de papel arrugado, doblado mil veces que reza su dirección.
Una llamada le saca de sus pensamientos y raudo se levanta para salir de aquel pestilente vagón. No aguantaba más.
En la calle hace frío. El cielo es de color vida feliz, es de color rosa. Las farolas a lo largo del paseo comienzan a danzar con una tenue luz.
De pronto la ve.
Ella levanta la vista, como si supiera que alguien la estaba mirando. A través de los cristales empañados de sus gafas, el joven adivina el brillo de sus ojos.
-No te vayas…-Susurra él acercándose.
-¿Qué es lo que te pasa últimamente?- Pregunta ella llevando puesto el disfraz de indiferencia.
-¿Qué me pasa? ¿Por qué?
-Porque el teléfono de casa no suena. La pintura del óleo que hicimos se está secando, tu taza de café se ha quedado fría sobre el alféizar de la ventana, el segundo juego de llaves no está sobre el felpudo y el cajón de tus calcetines está vacío…
-Con lo fácil que es decirme que me echabas de menos.- Suspira él con una sonrisa amarga.
-Puedes tener a muchas detrás tuya.- Una lágrima se resbala por su mejilla.
-¿No te ha quedado claro? No quiero otras. Te quiero a ti. Quiero que me despiertes como haces cada mañana, necesito nuestra pelea de almohadas. Quiero dejarte notas por todas partes y que tu las encuentres y sonrías. Quiero que estos meses, lo que hemos vivido no acabe. Y no sabía cómo decírtelo sin que el secador aterrizara de nuevo sobre mi cabeza.
-¿Por eso estabas triste?- Quiere saber ella.
-¿Triste yo? Venga…-Bromea él.
-No me mientas…-Murmura frunciendo el ceño.
-Pensé que te había perdido para siempre.

Guiñar al sol

Acariciar esos recuerdos con los dedos de una sola mano, agarrarlos fuerte... ¿Cómo puede doler tanto echarte de menos? Dicen que se echa de menos la persona en la que nos convertimos cuando estamos con otros y puede que sea verdad.
¿Cómo podemos ser tan cómplices de una persona? Cuánto pueden cambiar las cosas…
Ya desde hace tiempo. Las cosas no son las mismas. Las conversaciones de madrugada terminaron, las ganas se fueron extinguiendo. ¿Dónde quedan todas las risas? Las estoy buscando, y eso que no se me da bien buscar, pero no por eso he dejado de hacerlo. Somos dos vidas paralelas que se volvieron locas y decidieron cruzarse en el camino, dos náufragos sin una isla desierta y dos mensajes en botella. Pregúntale a las estrellas cuánto hace que no sonríes como antes. Ellas te traerán de vuelta.
Porque te necesito a mi lado. Necesito que seas tú, de nuevo, quién entienda cuando no quiero sonreír y que vengas a abrazarme, necesito nuestras bromas. Necesito todas aquellas pequeñas cosas que aunque puedan parecer insignificantes me hacían feliz. Sigo siendo feliz, pero menos. Te echo tanto de menos…
Encuéntrame. Sin ti, me pierdo.

a N.

domingo, 4 de mayo de 2014

Siempre nos quedará París



-Despierta, hemos llegado. 
Ella se frotó los ojos con ambas manos. Llevaban horas en el autobús y había llovido durante todo el trayecto.
-Tenemos que ver muchas cosas.- Le volvió a sacar Mario de sus pensamientos.- Aligera.
-Mario,-Dijo ella.- te quiero.
El joven la miró tiernamente a los ojos. Ella le enseñaba a frenar, a vivir. Era cierto que debían darse prisa pero, si iban sin aliento no podrían apreciar las maravillas de la vida.
Mario la abrazó y de la mano la bajó del autobús. Una brisa fría les recorrió la espalda de arriba a abajo. Elena, todavía aturdida por el sueño se desperezó. Mario observó a la chica de sus sueños. Quién le diría que tras pasar por tanto estarían en un autobús de camino a París…Impresionante. Cómo se dejaba convencer. Aquella forma de morderse el labio de Elena se le antojó maravillosa. Otro motivo más de su sonrisa y una idea que voló fugaz hasta aterrizar en la cabeza de Mario.
-Elena…-Susurró a su oído.
Ella tembló como una hoja oponiéndose al viento del norte.
-…tengo una idea.-Terminó el joven.
Cogió con cuidado las maletas y de la más grande sacó un pañuelo colorido para vendarle los ojos.
-No puedes ver hasta que hayamos llegado.- Confesó ante el ceño fruncido de la joven.
Años atrás, cuando Mario había viajado a París con sus padres y todavía era un niño, encontró por accidente el lugar más mágico del mundo. Estaba allí, en la ciudad de la luz, y era solo suyo. Anduvieron durante unos minutos de la mano a través de las pobladas avenidas hasta que el joven indicó a Elena que se parase. La joven, intrigada, apretó aún más fuerte la mano de su novio.
-¿A dónde me llevas?- Quiso saber.
-Es un secreto.- Respondió Mario divertido.
A Elena le pareció que habían entrado a un edificio, debía de ser viejo a tenor del crujido de las escaleras de madera. Luego escuchó el chirrido de una puerta metálica y algo de luz se hizo ante la oscuridad de sus ojos cerrados, acompañada de una brisa de primavera.
Mario le soltó la mano y ella se sintió perdida. Aún así esperó. Escuchó que los pasos del joven iban de arriba a abajo. Buscaba algo que hacía quince años que había encontrado y escondido para una ocasión como aquella. Allí estaban. Bajo la florida enredadera, demasiado salvaje. Sacó dos copas de cristal, algo desgastadas y una botella de vino cerrada herméticamente. Mario estaba seguro de que antes de él, aquel lugar había sido la maravilla de otro romance de otoño. Siguió hurgando y encontró un pequeño trozo de tela rojo. Lo extendió sobre el balcón y colocó las copas y el vino sobre el mantel improvisado.
De pronto recordó que las tenues luces que habían iluminado aquella especie de jardín en otro tiempo se encendían  desde dentro. Corrió al interior y cuando dio con el interruptor salió fuera de nuevo.
-Ya puedes quitarte el pañuelo.-Musitó Mario al oído de Elena.
Ella tiró de aquel nudo para encontrarse aquel escenario salido de una película de época. Probablemente estarían en uno de los edificios más antiguos y elegantes de París, en la última planta. En el horizonte del Sena los colores se volvían intensos. Estaba atardeciendo y las nubes que habían invadido el cielo habían salido huyendo. Aquella torre, impertérrita coronaba la ciudad maravilla. Los labios de Elena aún estaban entreabiertos por la sorpresa y la joven miró a Mario, mientras estos se tornaban en una sonrisa.
-¿Cómo has encontrado este sitio?- Preguntó la joven.
-Igual que a ti.
Ella le regaló otra sonrisa. Aún así, seguía sin saber la respuesta.
-Lo encontré por casualidad.
Abajo en la calle ña música comenzaba a inundar el ambiente, transportando a la pareja a la Bohème francesa. En el cielo las luces que aquella torre y las estrellas competían por ver quien brillaba más fuerte.

El arte de vivir bailando


Es un sentimiento. 
Baile.
Acordes de una guitarra, guitarra española en una noche serena, que suenan lentos al compás de un ritmo, de unos pasos de tacones desgastados.
Volantes que vuelan frenéticos siguiendo los pasos marcados por otros. No siguen un camino, completan un círculo.
El cabello recogido, a ratos, a tientas, peinetas que lo adornan y unos pétalos de la mano de un cáliz demasiado fresco en uno de los lados de su rostro.
Faroles que iluminan ese rostro, calles demasiado largas que nunca terminan; brisa marina adornada por las noches de verano.
Quédate con ella de por vida.
Uno de sus brazos se eleva solo sobre su cabeza; su mano acompaña las notas secas que salen del cajón que otras manos tamborilean.
Una caída tras otra, y vuelta a empezar. Unos lunares que se extienden por toda su geografía. Un deseo de olor a azahar. Todo en blanco y negro para después colorearse con cada puesta de sol.
El sudor de un esfuerzo demasiado sufrido, un esfuerzo completado que ha dado sus frutos. Una sonrisa entre sus brazos puestos en jarra.
Las manecillas del reloj paradas. No es que no marquen las doce, es que ya ni siquiera marcan.
Otra rumba de voz aterciopelada.
Ansias de sur, de vida.

jueves, 1 de mayo de 2014

Del verbo echar, complemento de menos

Tengo una duda. Me gustaría saber por qué después de tanto fuimos tan poco. Quisiera poder ser capaz de articular palabra. Me gustaría decirte que te echo de menos y que tengo miedo de perderte pero no puedo hacerlo. No me sale. Siento que ya se ha acabado todo, siento que molesto y que sobro. Y eso era lo último que quería.
Me gustaría que aunque las cosas hayan cambiado, pudiéramos reírnos de la vida, al menos seguiríamos haciendo algo juntos. Me gustaría no perder amigos,poder conservarlos siempre.
A veces pensamos que nos lo merecemos todo pero yo no estoy en condiciones de pedir y menos ahora. Odio esta sensación. Esa de sentir que ya nada vale, que eres una extraña en tu propia vida, es esa que sientes cuando una punzada te atraviesa el corazón. Ni un hola, ni un adiós. Supongo que es lo que queda, lo que me merecía.


        a M.


viernes, 25 de abril de 2014

Apretando los dedos en una última caricia su corazón dejó de latir

Y de nuevo la vida golpea. Los ángeles lloran caprichosos hasta que consiguen lo que quieren y esos días inexplicablemente amanecen fríos. 
Hoy estábamos todos un poco más cansados de la rutina, aunque fuera viernes, un sentimiento extraño invadía el ambiente. Y es que siempre tienen que llevarse a rastras a los que no se lo merecen. Soñé que esa sonrisa, que esas ganas nunca se caerían de tu rostro pero claro, era sólo un sueño. Ya es tarde.
Ese abominable espectro que se ha convertido en el temor de los días de la sociedad actual debe ser encarcelado, controlado. Tenemos que acabar con él. No sólo porque sea injusto, que también, sino porque nos exprime las ganas de vivir si nos va quitando poco a poco a los que más queremos.
Tito, me hubiera gustado conocerte más allá de tu simpatía, más allá de tus ganas, tus esfuerzos y tu espíritu de lucha, más allá de esas impersonales cámaras.
Puede que suene a tópico pero contigo aprendimos un poquito mejor lo que significaba el fútbol, y parece que se estaba perdiendo pero al marcharte tu lo están volviendo a recordar. No será por mucho tiempo.
La vida ha querido pasarte por encima y lo ha conseguido.
No te preocupes, aquí estaremos bien, seguiremos tus pasos. Tus huellas aún siguen estando frescas en la arena de la playa. Esa eterna camiseta sigue colgada de un viejo balcón del paseo de gracia. Aún lleva tu olor.

Una cosa más. Cuando llegues arriba seguro que Luis te pregunta que tal sus niños, diles que le echan de menos, saluda a Puerta, a Jarque, te estarán esperando. Gabriel bromeará, dirá que se fue demasiado pronto.
Cuando las alas comiencen a salir no te asustes. Dale un beso a Nacho de mi parte y a mis abuelos, diles que les quiero.
Otro ángel más, otro que se ha llevado el cielo.


a T.V.



jueves, 24 de abril de 2014

Puedes perder pero recuerda, perder es otra forma de ganar

Decidme algo, ¿de verdad la gente se merece perder la sonrisa? ¿Merece tomarse mal algo que pueda hundirle? No. Como siempre se dice. Desde pequeños, cuando jugábamos a los barcos perseguíamos una frase que nos ha acompañado hasta ahora y de la cual hemos perdido el verdadero valor: "tocado pero no hundido",
Puede que vengan malos días, o que sean días aún peores, de esos que lo único que te pide el cuerpo es volver a tirar de la manta y darte la vuelta en la cama pero, ¿las batallas se ganan en un día? ¿Hemos visto alguna vez un hada de los sueños que venga a facilitarnos la vida? Eso pensaba yo. La tonta, la que sigue creyendo las leyendas urbanas, la que lleva por talismán una pulsera de la suerte.
Volvamos a jugar a los barcos, hoy y todos los días que queramos tomarla con el despertador, porque si no seguimos adelante, si soltamos nuestra sonrisa, la luz de nuestros ojos se irá apagando con rapidez hasta perecer. Nos perderemos lo bonito de la vida, abandonáremos la luz del sol, la brisa del mar, perderemos a esas personas que realmente se preocupan por nosotros y que sólo sonríen para imitarnos.
Si la vida te da una torta, demuéstrale que eres fuerte y no dejes que te obligue a poner la otra mejilla, devuélvesela.


Lo piensas y el mundo pierde sentido

¿Y recuerdas? Aquel era nuestro viaje. Sólo nuestro, y lo seguirá siendo. Ese viaje que comenzaría un día inexistente de verano y que realmente empezó como vagas ideas bajo los colores de una bandera.
Era un viaje de ida pero sin vuelta, un viaje en el que ni siquiera hacia falta maleta. 
Un viaje que quedó grabado en fotos de sitios que quisimos visitar, un viaje en la inmensidad del mundo.
Pero nunca llegamos a coger aquel último tren de la transitada estación. No sabemos que nos habría deparado el destino o si habríamos regresado algún día.
Ayer no me podía dormir. Me levanté de la cama y a tientas comencé a dar vueltas por la habitación. De repente mi pie se chocó con algo que no recordaba haber dejado de obstáculos. Palpé a tientas una pequeña caja: mi maleta repleta de sueños. No se lo he dicho a nadie pero ese pequeño trozo de intensidad es lo único que me pertenece en esta vida. Mis mejores momentos, los más divertidos, los más tiernos, los más alegres, todos tienen vida y están aprisionados en esa pequeña caja de madera. No le quise dar más vueltas al asunto. Esa caja siempre esta guardada, bajo llave. ¿Qué diantre hacía ahí? Cómo siempre el destino venía a importunar.
La abrí con cuidado y lo primero que encontré fueron esos dos billetes a ninguna parte. Algo de arena de aquellos días se escapó por entré mis dedos. Esos billetes ya no están en la caja, los he guardado en un lugar seguro, para evitar tener que limpiar más manchas oscuras, quizás demasiado humedecidas de su superficie.
La caja, mi parte de vida, ha vuelto a su rincón. 
Volví a meterme en la cama y mientras la luna quería impedir que cerrara los ojos yo subí a ese tren esperándote en la siguiente parada.


a R.

Noches en vela.

No sabía que pedir y pidió la luna. Pensó que no lo conseguiría nunca. Pasó que lo dejo escapar.
Él se marchó en busca de la felicidad. Se subía a los balcones más iluminados de París, al extremo más alto del Empire State, llegó hasta las montañas más altas, siguiendo siempre la noche, buscándola a ella. No entendía entonces lo difícil que sería conseguir hacerla suya. Y es que con las ganas y la ilusión encima, el camino se hacía un poco menos cansado.
Los ojos le brillaban cada vez que, sin querer, ella se escapaba entre bastidores por el horizonte. No dejaba que el la viera quitarse su vestido de gala y descubrir ese primoroso cuerpo, todo de luz. Pero él, continuando la lucha, la seguía.
Así fue como se dio cuenta de que el amor existía. Cómo se percató de que el olvido era su hermano y de que hacía ya tiempo que no se hablaban, de que él lo había traído la noche.
Como tantos otros días llego el crepúsculo, Lorenzo se despidió con un leve movimiento de la mano izquierda y él le devolvió la sonrisa. Las primeras estrellas empezaron a pegarse en el firmamento y esperaban impaciente la salida de Catalina. La luz comenzaba a brillar de nuevo cuando el joven vislumbró aquellas lágrimas de cristal. Entonces la abrazó para siempre.
Cuentan que ella sigue esperando. Él consiguió la luna pero no la llevo de vuelta a casa, Catalina a un le tiene entre sus brazos.




domingo, 20 de abril de 2014

Un número, una estrella


Llamadme rara. Si, merezco tener un cartel adherido sobre la frente que me llame por lo que soy: rara.
Adoro las casualidades, las sonrisas a media voz, los abrazos. Me encanta el pan con mantequilla, el yogur griego con galletas príncipe y ponerme en lo peor para después no llevarme decepciones. Soy de las que sacan un pie de la cama para dormir a la temperatura perfecta, una de las pocas zurdas que utiliza los cubiertos de la misma manera que un diestro.
Amo la música de todo tipo, siempre depende del momento, me encanta cantar, buscar formas en las nubes y vuelvo a ser una niña pequeña cuando me dan un beso en la frente.

En la vida hay que ser valiente y cada uno lo intenta a su manera. Porque quien no intenta, no consigue. Yo, por ejemplo, intento ser valiente entrelazando mis dedos a los dedos desgastados y longevos de las casualidades, a las comeduras de cabeza y a las noches en vela. Las madrugadas siempre son las mejores horas. Me encanta pensar que la vida nos ha colocado en un instante, en un momento en el que distintas personas se chocan por no frenar ocasionando desastrosas explosiones: de amor, de odio, de alegrías y tristezas…

Como cada domingo -el de hoy demasiado lluvioso- decido replantearme la vida del día siguiente, del maravilloso lunes, para poder empezarlo y lo que es aún mejor, seguirlo. Cada domingo surge una duda nueva que ronda mi cabeza, pero después se aleja presurosa hasta perderse en el horizonte, queriendo siempre surcar mares.
Veo las gotas caer por el cristal de una ventana que se me antoja extraña y pienso, queda poco, queda tanto, apenas hemos tenido invierno, ya casi llega el verano.

A menudo asociamos el invierno al frío, a la tristeza, a la nostalgia, lo presentamos unido a la oscuridad. Siento decirlo pero todos hemos tenido miedo a la oscuridad alguna vez, era hora de admitirlo. Nos encantaba levantarnos de madrugada y encender las luces del pasillo sin que se enterasen papá y mamá. Con un poco de luz volvíamos a ser valientes.

Por eso hoy confieso mi manera de ser valiente, no he olvidado esa luz que me salvaba de los monstruos que anidaban bajo mi cama y me hacía mecerme tiernamente en los brazos de Morfeo. Mi manera de ser valiente es correr en la oscuridad de una habitación hasta llegar a tientas al interruptor de la luz y encenderla, siempre que la apaguen, que me pasen y me pisen.

Luego llega el verano, tarde o temprano siempre llega. El verano va unido al calor, al olor a crema demasiado blanca, a amigos, a noches divertidas, a olas en un mar demasiado revuelto. El verano es ese  en el que los sueños se cumplen y las horas pasan demasiado rápidas. Me gustan los veranos.

Pero sobre todo, hoy estoy aquí para revelar que para mí ha cambiado la concepción de estas maravillosas estaciones. Sí, no olvido lo anterior, pero tampoco me estanco en el pasado.
A partir de hoy las dos estaciones son iguales, iguales de bonitas, de buenas de cariñosas. Hoy el invierno es dulce, sabor a chocolate caliente, a tardes de película, al crepitar de una chimenea, al tintineo de un trineo en navidad, a un cielo increíblemente estrellado. Ese es mi invierno. El verano por otro lado es salado, sabor a mar, a fruta, a amor, el verano tiene sabor a fiesta, a pies demasiado cansados, a espuma, tiene sabor de atardecer. No serían nada el uno sin el otro. No serían ellos.

martes, 15 de abril de 2014

Cuida que el sol no nuble tu mirada

Vas a ganar la batalla. Puedes pensar que es algo presuntuoso, decir quizás que es precipitado.
Ánimo, levanta, sé que juntos podemos hacerlo.
Nos más que un inquilino sin escrúpulos que ha decidido ahondar en tu vida y busca tus puntos débiles, y los míos. No es más que una nueva forma de vida, arrolladora, que reduce el tiempo. Qué irónico suena eso de que hasta que no te pasa no sabes lo que se siente, pero es verdad. Ni te lo imaginas. Son seis letras que rasgan como cuchillas las palabras de tu garganta y van absorbiendo hasta tu último aliento.
El 90% es la actitud. Ríe, y reirán contigo, sé feliz y se fastidiarán. No te dejes ni un minuto para pensar si lo que quieres es compadecerte o ver que falta algo sobre tu desnuda cabeza. Cuando te mires al espejo que sea porque esa línea que divide tu rostro en dos mitades desiguales decorada con perlas blancas, va a hacerse más grande y brillante. Que sea para ver que tus ojos también hablan y que las alegrías nunca vienen solas. Que sea para darte cuenta de que hay más como tu en el mundo, de que eres muy fuerte y de que cuando merece la pena vivir aunque sea por poco tiempo.
Desgraciadamente esto le ha pasado a muchos, antes que a ti. Algunos saben como llevarlo, y consiguen salir de esa pesadilla, otros estaban demasiado cerca del enemigo y la guerra los fue degradando hasta no dejar nada.
Puedo decirte que te quiero, aunque es algo que ya sabes. Y como yo miles de personas más no te han soltado nunca la mano.
Estos días está amaneciendo antes, amenaza con instalarse ya el verano y todo, para que tu puedas pasear por las playas, coger caracolas y ver al sol desaparecer antes que tú, durante muchos más años.





martes, 8 de abril de 2014

Amiga

De vez en cuando aparecen personas en tu vida que te hacen comprenderla, que te hacen disfrutar.
La amistad es una de esas cosas que solo puedes comprender cuando la compartes con alguien. Es uno de esos valores que estoy entendiendo. Tengo muy buenos amigos, algunos fallan, otros simplemente no están y otros se quedan a tu lado para siempre.



Ella es una de estos últimos. Puede que no hayamos conocido nuestra más sencilla inocencia, que Peter Pan ya nos cogiera demasiado mayores como para no crecer, pero la quiero con locura. Ella es mi hermana de condición.
Es increíble lo fácil que es coger confianzas cuando dos personas ponen de su parte. Y tengo que darle las gracias, porque a día de hoy, sin ella en mi vida, no sería quien soy.



Ella me ha enseñado a sonreír más a menudo, a no hundirme, a fingir que no me importan esas tonterías que me provocan tantos dolores de cabeza…También me ha enseñado que siempre lleva razón. 
Es una persona que vale tanto, tantísimo que, sinceramente por más que busque en todos los diccionarios del mundo no encontraré las palabras adecuadas para definirla. Pero de una cosa puedo estar segura, buscas "amiga" y sale su nombre, así, sin más.
Una amiga es alguien que está ahí cuando todos ya se han ido, una persona que te levanta tirándote del brazo cuando no ves la salida del túnel. Una amiga como ella es una persona que sabe escucharme, se calla y después me da su más sincera opinión como si de una madre se tratara. Es alguien que va de frente, y te dice las cosas a la cara, pero también es cariñosa y te dice lo que quieres oír. La que te llama para tonterías que terminan en horas colgadas al teléfono, la que te lo cuenta todo sin que se lo preguntes, con la que compartes las dietas hipercalóricas y prometes empezar la dieta el lunes.




Es maravillosa, como persona y como todo. Ella es la primera que dice "a quien pegamos" cuando me ve triste, la que me repite que me quiere diez mil veces al día, con la que se pueden compartir miles de conversaciones.



A veces me pregunto ¿qué habré hecho para merecérmela? 
Ella es la que me aguanta sin esperar nada a cambio y después se llama pesada cuando la escucho yo. De lo que no se da cuenta es de que me encanta escucharla, porque estoy ahí por ella, de la misma forma que ella está por mí. Soy una persona con la que siempre, y repito, siempre podrá contar.
Gracias por los paseos, por las risas, por los helados, las porquerías, por los momentos de locura. Gracias por las pelis, por los abrazos, por los bailes, por las caidas, por el verano.
Desgraciadamente no puedo predecir el futuro, y no se si siempre estará a mi lado, pero lo espero.
Gracias por existir.



a A.

domingo, 6 de abril de 2014

Cuando fallan los frenos.

Cuando falla el líquido de frenos, cuando se agota y no queda,sólo puedes pensar que no es más que una broma del destino. Puedes estar en dos situaciones. Puedes dejar de cubrir tus ojos y contemplar el mundo que te rodea o puedes no querer hacerlo. Puedes decirle a esa chica que le amas y quejar que de un tuyo pase a ser un vuestro. Puedes mirar al sol con los ojos y tirarte a una congelada piscina en pleno invierno o cerrar las ventanas y no querer sentirlo.
Puedes ver amanecer, levantarte cada día con el pie izquierdo y sólo por eso llevar sobre tus labios una sonrisa más bonita que el resto, o puedes mover primero el pie derecho, lavar tus dientes en silencio y pensar que lo que te queda es un futuro negro.
Puedes demostrarle a la vida que le has echado huevos, que a cada día que pasa te das cuenta de que vales un poco más y sin saberlo estar ayudando a los tuyos a vivir, o puedes pensar que ni siquiera tienes tiempo e irte a dormir cada noche con pesadillas tirándote al suelo.
Puedes comprobar que antes de existir las máquinas, los humanos éramos los dueños del mundo y que si la corriente se acaba tú sólo tienes que hacerlo. Puedes abrir la ventana y respirar el aire de la primavera, puedes leer frases absurdas en un muro demasiado magullado y saber que es el destino, o puedes pasar de las frases, depender de la tecnología y contener la respiración. Lo primero hará que acabes ciego, lo último, terminara por acabar contigo.
Puedes ser aliado del fuego, deslizar los pies por la fría arena en una noche de verano, sentir que a cada año es una experiencia que ganas y no una tristeza en forma de canas. Puedes darlo todo en un beso, querer que no acabe un abrazo. Puedes ser tú, me conformo con eso.



Faltar más que sobrar

Olvidemos el olor de las prisas, maquillemos el dolor y saquemos de paseo nuestras sonrisas. Hoy es un día especial, un típico domingo de no hacer nada. Hoy más que nunca me apetece verte. Apuntemos alto, que no se oiga más que la risa y que el viento nos despeine el pelo porque juega con la brisa.
Pongamos que nos olvidamos, pongamos que no somos más que personas dentro de un mundo de indiferencia, pongamos que nunca seremos eternos pero, respiramos, estamos vivos, sonriendo. Pongamos que empezamos de cero, que convertimos el mundo en nuestro.
Afuera nos esperan, impacientes, en silencio. Esperan que no estemos muertos.
Dicen que no somos nuestros, pero tampoco del viento.
Te propongo un plan. No me olvides. No te miento. No me gustaría mirar atrás y ver un pasado insustancial, vacío. No me gustaría darme cuenta de todo lo que he perdido. Si de algo me he dado cuenta es de que nada de esto es un cuento. Los finales felices no son más que las ganas de que todo salga perfecto, un día de playa, un secreto, una caricia y un baile lento.
Date cuenta de que hace ya tiempo que la gente no frena. Continúa en un ritmo frenético lo que antes era su vida, lo que pudo ser la alegría. Y cansa. Cansa pensar que no puedes disfrutar de las pequeñas cosas sin deberle nada a nadie y sin excusas ni explicaciones. Cansa pensar que queda un camino arduo y difícil y que por cada paso que das, tus pies retroceden dos sin saberlo.
Por eso hoy sin más excusas y sin pensar en un futuro, te digo que te quiero. Con miedo, un pelo demasiado despeinado, algo de polvo de hadas sobre el suelo y en el bolsillo, una brújula que no señala al Norte.


a M.

domingo, 30 de marzo de 2014

Son cambios

Quizás haya sido una pequeña punzada de dolor por todo lo perdido. Ella ha sentido que fue la que destrozó su destino al recibir esa misiva y volver a leerla cada tarde una y otra vez.
Piensa en todo lo que pudo haber sido y el corazón se le ha quedado encogido.
Los árboles de aquel parque le susurran al oído con ayuda del viento. Las estrellas ya se han ido y no queda más que un azul truncado decorando el cielo. Una flor casi marchita de un color muy vivo intenta salir a la carga entre el verdor de tanta vegetación que amenaza con devorarla.
Ahora no quedan más lágrimas. Hasta ellas la abandonaron en su tiempo. Ya no hay vuelta atrás.
Quizás sea que le duele ver su nombre completo desde pequeña que su abuelo la amenazaba de esta forma, a gritos. Quizás sea porque de la misma forma que uno se cae, se vuelve a levantar sacudiéndose los restos de suelo que quedan sobre sus rodillas, quizás porque tras dormir y soñar, uno abre los ojos buscando la luz del sol.
Puede que todo sea un sueño y que sea algo relativo, esto de decorarlo todo con un sentimiento como el amor.


Retrovisores para retroceder hasta un pasado en el que el volante siempre conduce hacia adelante

Viajaba por la carretera de la vida con la cabeza puesta en otra parte. Quería viajar lejos, fuera de sus expectativas, a lugares imposibles y a rincones infinitos.
Por ello, bajó aquella mañana temprano, con una hora de menos en busca de una hora más, que le diese tiempo para respirar.
La maleta bien repleta de ilusiones descansaba sobre el maletero de aquel maravilloso bólido. Aquel coche en antaño había llegado al fin del mundo, y que ahora no era más que un pequeño recuerdo suyo.  Acarició la carrocería, brillante a pesar del tiempo, buscando una vez más un reflejo que faltaba en su mirada. "Mirar lejos", le habían susurrado millones de veces al oído. 
Con algo de nostalgia volvió la vista atrás. Allí se quedaría todo, exento de su persona.
Una sonrisa le iluminó el rostro, amenazaba con ponerse a llover desde muy temprano pero algunos rayos de sol habían conseguido salir. Aquello era vida.
Se metió en el interior del coche inhalando ese aroma tan característico, una mezcla entre café recién hecho y tapicería envejecida. Una mezcla entre limón y sal, noches tempestuosas de pasión y brisas de verano. ¿Cómo podía recordar todo aquello con un simple olor?
Cerró la puerta y, aunque las primeras gotas habían comenzado a precipitar sobre la luna, abrió las ventanillas.
El sonido del motor al encenderlo por enésima vez fue música para sus oídos. Al principio condujo lento y fue acelerando conforme recuperaba la confianza en si mismo. Quería vivir.
Las últimas noticias suyas fueron ese destello de su coche con él en su interior perdiéndose en el horizonte de un día raro, antes de que el sol hubiera tenido la oportunidad de despedirse.



martes, 25 de marzo de 2014

Por nada del mundo tires la toalla

Pasa que a veces te enamoras.
Tiras la casa por la ventana, tu mundo se derrumba si ella falta, te conviertes en un chico diferente, y todo por ella…
No tiene que ser así. Cuando mejor se está en la vida es cuando quieres y recibes todo ese cariño a cambio, cuando mejor se vive es cuando eres tú mismo, sin importar lo que digan los demás.
¿De verdad la quieres? Mira que afirmar eso es algo muy serio. Si sientes que el día se acaba y empieza con ella en tu cabeza, si cuando te mira sonríe, y a pesar de las peleas sabes que siempre va a estar ahí por ti aunque tú no lo creas, si el corazón amenaza con salirse de tu pecho cuando ella se acerca; los sentimientos no te llegan a la cabeza. Estas enamorado, y no encuentras respuestas.
No te rindas ¿sabes? Al final nadie gana ni pierde, al final se vive.
Cuando te caigas levántate, cuando te falte el aire, demuestra que hay otras formas de respirar profundo,  cuando falte ríe con fuerza, cuando esté a tu lado sonríele.
Hazte el duro pero se cariñoso, deja que sea ella quien te comprenda. Anímala y que confíe en ti. Abrázala cuando haga falta. Se cómplice de sus bromas, sabes que te encantan.
Susúrrale al oído que la quieres y lo guapa que viene todas las mañanas.


jueves, 20 de marzo de 2014

sony doscientos noventa alfa

Increíble. Un único botón y tus recuerdos pueden quedarse contigo para un rato, para toda una vida o para siempre.
Qué miedo le tiene el ser humano a la muerte, a que todo pase, qué miedo le tiene a la vida. Vivimos guardando recuerdos del pasado, almacenando en un pozo sin fondo días anteriores hasta tener una carpeta demasiado llena de la cual no recordamos nada. Queremos definirlos, darles calidad, guardar, guardar guardar.
Quizás porque nos gusta sentirnos acompañados y cuando las personas no caminan a nuestro lado, lo hacen los recuerdos. Quizás porque una foto es un recuerdo de la risa de esa persona que ya no está, quizás es porque convertimos estos recuerdos en papel para rellenar tanto vacío en una pared blanca.
Yo no puedo evitarlo, me encanta pulsar el botón. No me gusta sentirme sola. Adoro el sonido que hace la recopilación de momentos, me gusta volver la vista atrás siempre con unos ojos diferentes, me gusta fijarme en esa ventana que está cerrada a aval y canto un veinte de mayo y empezar a pensar que en ella no llegará el verano. 
Me gustaría que al girar mi recopiladora de recuerdos pudiera captar el vuelo de esa mariposa que ha decidido tenderse al sol, o sus mismos rayos pero claro, no hay nada como el ojo humano y su compañero, el cerebro, para recordarlo.



Luna que te dieron que brillas tanto en lo alto

Descansa la noche, que la luna brilla,
quería tejer maravilla.
Si no era ahora, es entonces,
si no cuando el aire se oxida, en un rato,
quizás más tarde, lo que importa es que fluya la brisa.
Entonces la miras.
Encuentras el dolor en cada lágrima perdida
y en todos los recovecos de su pequeña sonrisa.
Buscas su alegría en las setecientas esquinas
que sin darse cuenta la han dado por perdida.
Y la miras, y la miras y fuera, el cielo brilla.
Y es ella de nuevo, la oyes y amas su risa.
Su reflejo se pierde en las olas,
su mirada queda fijada en la enyesada cornisa.
Ve la luz y te mira, siente lento y suspira, siente fuerte
y termina.














Artificios en un Cádiz de verano.

lunes, 17 de marzo de 2014

Una familia, por él

Ya son once.
Año tras años llevando flores al mar donde te esparciste. Qué me gusta soñar contigo, porque se que no solo son sueños, sé que tú aún sigues hablándome a través de ellos y que nunca has soltado mi mano.
Sé que tú familia era lo primero, por ello antes de irte lo dejaste todo escrito, decidiste todos y cada uno de nuestros caminos.
Son muchos años ya sin ti, abuelo. Te echo de menos. Todos los aniversarios han sido tristes, todos menos el de ayer. Creo que al fin entendimos lo que nos quisiste decir, entendimos todos los huevos kinder que nos dabas a escondidas por nuestros cumpleaños, entendimos incluso tus tirones de orejas. Ayer volvimos a ser una familia, unida, de nuevo. Reímos, cantamos, cayó alguna lágrima pero solo por la nostalgia de no sentir tu presencia.
Ayer miré alrededor. Todo era alegría; alegría porque la vida sigue, porque hemos crecido, contigo…
Ayer me preguntaron si recordaba tu voz y pensé que no pero la escuché de repente de lejos y afirmé abriendo mis labios en una sonrisa. Me lo preguntó uno de los más pequeños, pero está tan grande ya, que asusta…
Ella sigue como siempre, con el peso y el paso de los años sobre ella, siempre dispuesta a todo; feliz de tenernos cerca…
Ella, a la que no importa cocinar para cerca de setenta personas, ella que da los besos tan fuerte que duran en tu rostro unos meses, esos besos que duran por ti y para ti, esas sonrisas que nunca se caen de su rostro. No podría haber seguido adelante de no ser por ellos, por los vuestros.
De nuevo llegan a mi cabeza los recuerdos, las veces que me han contado cómo fue, como un cuento.
Aquella noche decidiste sacarla a bailar por última vez. Fuisteis felices, lo erais siempre.
Llegasteis con sigilo a casa y mientras ella se desabrochaba el vestido tu ya te habías cambiado. Acto seguido ella se quitó los pendientes, hablabais animadamente y ella te miró a los ojos.
Sonreíste una última vez pero no volviste.



domingo, 2 de marzo de 2014

Nosotras somos de las que vemos las estrellas aún cuando ya amaneció

Qué alegría más tonta esa de reír. Dicen que es bueno, que alarga la vida. Entonces tú y yo debemos ser inmortales. Bendita risa. Ahora, pensando en frío te digo que no sé que podría hacer sin ella. No sería yo. No hubiéramos tenido momentos tan maravillosos sin ella.
Risa. La propia palabra pronunciada hace que me mires a los ojos y ambas sepamos que somos cómplices. Entonces podemos comenzar a reírnos. Fuerte, más fuerte, siempre nuestra. De todo, de nada, de tonterías, de cosas serias. No perdamos nunca nuestro sentido del humor, que nos acompañe toda la vida. Acompáñame también tú, porque sin ti estoy perdida.
Empezando por los ánimos en forma de caricia en la espalda, siguiendo por tantas canciones bailando juntas, cantando a voz en grito hasta que la voz abandonase nuestros cuerpos, queriendo ser jóvenes y ser eternas.
Te pido que te quedes a mi lado. Dicen que una persona solo muere si se la olvida, yo con esto prometo hacerte inmortal, al menos hasta que pueda.
Coge a la risa de la mano, cuélgala de tus labios y traetela a cada fiesta. Enrédala en los tacones, que nunca pare, que nunca se sienta. Siéntate conmigo. No te vayas nunca, por favor.



Nunca pienses que no te quiere, no digas que no fue cierto

No digas que has perdido. No te atrevas a decirlo, porque aunque lo creas, no es verdad.
No la has perdido a ella. La has ganado en recuerdos, la has ganado en detalles, la has ganado en momentos. Y todos esos son solo vuestros.
Has conseguido ganarte un hueco más que inmenso en su corazón. Has sabido hacerla sonreír, y siempre estás ahí. No creas que no te lo agradece, está más que agradecida. Aún no ha encontrado las palabras para decirte cuanto te quiere.
Aún se siente culpable, pero eso ya no importa.
Todavía quiere que seas feliz, y que sigas adelante. Si quiere eso es porque realmente sabe y se ha dado cuenta de todo lo que vales.
Y que no te quiere perder, pero eso tú ya lo sabes.